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La crónica cósmica. El día más loco del año indostano

La crónica cósmica. El día más loco del año indostano
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VIDA SOCIAL. Bueno, bueno, bueno, aquí estamos de nuevo en el día más loco del año indostano, el “Joli” (Holi), en el que toda la población de la India se “coloca” desde primera hora de la mañana y sale a la calle dispuesta a cubrir el país de colores ya sea la gente, las vacas, los perros o los templos. Las temperaturas están en armonía: ¡Ayer tuvimos 37,2º! En Konarak esta fiesta terminará a las doce del mediodía, momento en que se dirigirán a la playa para lavarse; pero en otros sitios dura varios días, en el último de los cuales las mujeres se dedican a perseguir y apalear “amorosamente” a los hombres.

Al continuar un servidor con el rol antisocial, en esta ocasión he decidido quedarme en casa y no participar en la parranda que hay afuera; pero ello no ha sido óbice para que los dos jóvenes currantes de la pensión llamasen furtivamente a mi puerta a las siete y media, y, sin olvidarse de añadir “Excuse me”, entrasen con el chílom preparado, dispuestos a llenar mi habitación con el humo de la maría (debido a que estamos en la India, antes de encender la pipa han rezado la debida oración).

Umm, llaman de nuevo a la puerta, y quien ahora hace acto de presencia es el bueno del amigo brahmán, personaje que, como hace habitualmente, me desea los buenos días entregándome una flor para mi templo. Igual que en el día de la fiesta nacional, hoy no hay periódicos.

FAUNÓPOLIS. El amigo occitano partió hacia Europa y yo regresé a la soledad del bosque. Hace unos momentos le explicaba al amigo brahmán que todos guardamos en la mente auténticas imágenes fotográficas de las cosas que nos interesan realmente, y le daba como ejemplo que mi indómita memoria recordaba perfectamente los paisajes y podría distinguirlos entre miles de ellos, “Ya habíamos estado aquí, ¿verdad?”. Lo que me sucede con los animales salvajes es algo parecido, pero en cada caso se acompaña de una sensación especial que termina de darle sabor a la imagen (“¡Toma ya, “sabor a la imagen”, este tío está colgado!”).

Lo que estoy viendo y sintiendo en esos casos es siempre extraordinario: Una ardilla voladora cruzando el cielo enmarcada por la Luna llena. Un elefante que se abanica con las orejas advirtiéndome que no dé un paso más. Un cóndor contemplándome a pocos metros de distancia mientras asciende desde uno de los cañones más profundos de la Tierra seguido de seis parientes. Una pareja de lobos que toma asiento sobre la hierba para observarme como lo hago yo con ella. Un leopardo gruñendo con un ciervo en la boca. O un rinoceronte salido de la nada que logra aflojarme la vejiga y mojarme lo pantalones. Nunca hubo un momento parecido, ni lo volverá a haber porque además yo ya no seré el mismo. Si soy capaz de encandilarme ante un simple hormiguero parecido a un volcán de arena que sobresale entre las hojas secas, o un escarabajo de un verde destellante que completa la guarnición con unas botas de color turquesa, se comprenderá que cuando estoy en la jungla pierda toda noción del tiempo.

Ayer fue uno de esos días en los que, sin razón aparente, ocurrieron varios “encuentros”. La perra de la casa y su hijita me siguieron al ver que iba hacia el bosque, pero al poco apareció en el cielo un águila blanca, y la madre, pegándose a la pequeña para protegerla, la llevó apresuradamente de regreso a casa. El siguiente en cruzarse en mi camino fue un elegante halcón de color azulado que decidió descansar en un tronco a un par de metros frente a mis narices para contemplarme con el mismo interés que yo le dedicaba a él. Umm, el éxtasis de la observación, gustazo, oiga. Más tarde, mientras estaba sentado sobre la arena con un porrito entre los labios, pasó trotando un chacal; y después una familia de faisanes: sonreí porque, con sus miedos, prisas y carreras, me parecen muy cómicos. El personaje que apareció a continuación en escena también tenía alas, que por cierto eran espectacularmente grandes, y se trataba de un búho al que desperté al meterme bajo el túnel de cashews en que dormía y pasó volando justo por encima mi cabeza.

Y entonces llegó el que para mí fue un apoteósico fin de fiesta; pero antes de seguir adelante quiero explicar que, entre esas sensaciones únicas que mencionaba, la que quizás sea más especial tiene que ver con las serpientes, señoras con las que mantengo una relación inmejorable y hacia las que me siento atraído como si fuesen seres de otro mundo: el mundo del pasado, como todos los reptiles. ¿Cómo se puede ir por la vida sin brazos ni piernas (¡Y algunas de ellas son ciegas!) teniendo además como enemigo al mayor depredador de la Tierra, o sea el paranoico ser humano? Y así fue ayer al ver a una de ellas. Igual que en cada ocasión, la primera reacción incluyó temor y atracción, y, también como siempre, se impuso ésta. Fui tras ella porque iba a meterse bajo la cúpula de un cashew y la perdería de vista. Mediría un par de metros y era de un suave color verde. Al descubrir mi presencia, se asustó y apresuró. Tal como hago siempre con los reptiles, le hablé tratando de calmarla, “Tranquila, chica, relájate, que no pasa nada”. Al fin se detuvo y, clavando sus ojos en los míos, permanecimos un buen rato quietos como dos estatuas. Después me despedí y seguí mi camino dándole la espalda con una seguridad que no hubiese tenido de haberse tratado de otra especie: Ahora ya sé qué animales construyen las madrigueras que penetran bajo la arena y no tienen huella alguna junto a su entrada.

Un par de horas más tarde, y mientras aparecía en el cielo una pequeña pero destellante Luna llena, docenas de chacales completaron el espectáculo de la naturaleza con sus coros: Éstos son asimismo únicos porque, en un solo instante, sus cantos te llegan desde todos lados (a veces incluso desde tu jardín) dándote la sensación (en realidad es así) de estar rodeado. Terminaré está sección de Faunópolis comentando que los (muchos) perros de Konarak (increíblemente amigables, como los de Sauraha) entienden perfectamente las reglas de tráfico (aunque no alcancen el nivel de los macacos), y son contados los que mueren bajo las ruedas de algún vehículo (un cachorro y un adulto en lo que va de año).

TALIBANIA. Después de mandaros la última y “enternecedora” crónica dedicada a Talibania (¿es actualmente el país de nunca jamás?), me quedé patitieso al leer las declaraciones que hizo a la BBC el chofer del autobús que el año pasado participó en Delhi en la violación y posterior muerte de Nirbhaya, la estudiante de medicina de veintitrés años que regresaba a casa con su novio después de ver una película, junto a la que pararon el autobús ofreciéndose a llevarles.

Sus aberrantes opiniones resultan muy interesantes porque, les guste o no a los indios, son una muestra del funcionamiento mental y los valores que guían a sus hombres: “Las mujeres que salen de noche solamente pueden culparse a sí mismas por atraer la atención de quienes las molestan”.

¡Ay! “Al ser violadas no deberían oponerse ni luchar, sino permanecer silenciosas permitiendo la violación”. ¡Ay, ay! “Una chica decente no sale de casa después de las nueve de la tarde, porque, de otra manera, es más responsable que el violador”. ¡Ay, ay, ay! “Ella murió accidentalmente, ya que solamente queríamos darle una lección por salir tan tarde”. ¡Ay, ay, ay, ay! “El hecho de condenarme a mí y a los demás violadores a la pena de muerte provocará que los violadores asesinen a las mujeres que violen para evitar que los acusen”. ¡Ay, ay y mil veces ay! Lo dicho: Su enfermedad no está en la entrepierna, sino en el cerebro, son imbéciles.

Hace unas semanas estuve leyendo la novela “Half Girlfriend”, del indio Chetan Bhagat, con la que llegué a exasperarme y casi tirarla por la ventana precisamente porque pintaba de maravilla la absurda y contradictoria psicología que impera en la relación entre los hombres y las mujeres de este país. ¿Es la retorcida sexualidad indo-bíblica-cristiano-musulmana, que es habitual y descontrolada en la adolescencia, pero desquiciada en un adulto, como en la España reprimida de Franco?: ¡Lo natural es (o sería…) sano!

Las declaraciones de este chófer idiota han provocado un escándalo tan monumental (en la India) como para que el gobierno haya prohibido la emisión del reportaje a pesar de tener una de las leyes de prensa más tolerantes del mundo (algunos políticos de otros países opinan que con una ley así es imposible gobernar).

MIRA LO QUE PIENSO

  • Érase una vez un cómico que, hallándose en su lecho de muerte, sufrió un ataque de risa al imaginar a los absurdos personajes que le esperarían en el más allá, y, tras expirar desternillándose, continuó riendo al comprobar que había acertado, “¡Hombre, Groucho, ¿tú por aquí?!”.
  • Una de las cosas más difíciles de lograr es el simple hecho de no aparecer en las estadísticas, pero yo podré darme pronto este gusto al desaparecer de las que se refieren a los fumadores de maría porque en ellas no constan los que son mayores de 64 años.
  • Entre las diferentes razones por las que la novela “El Manantial” me parece especial, es que Roark, el personaje central, sigue siendo en cierta forma un completo extraño cuando ya has llegado a conocer perfecta y profundamente a los retorcidos actores secundarios.
  • Estoy triste porque me levanté con alegría y optimismo, y las expectativas no se hicieron realidad. ¡Ja!

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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1 comentario
  1. Mamoncin dice

    Como me pones!

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