La crónica cósmica. El «bicibasurero» y las escobas asiáticas

La crónica cósmica escobas asiáticas
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Gracias a vuestros comentarios he descubierto que estas crónicas podían llevaros a creer erróneamente que en Sauraha se corren unos peligros parecidos a los que, por ejemplo, se encuentran en las sabanas africanas entre manadas de leones o en las Sundarbans bengalíes donde hay más tigres que personas; pero no es en manera alguna así, y la única diferencia con otros lugares está en el tipo de tráfico que corre por sus calles y caminos, en los que, si no miras a derecha e izquierda antes de cruzar, además de un autobús te puede pillar un elefante o un rinoceronte. Por lo demás, uno se acostumbra a pasear observando de una forma especial y prestando atención a cualquier ruido porque, a pesar de que pueda parecer difícil, y tal como aseguran los expertos, dentro del bosque puedes tener un elefante a diez metros que permanezca totalmente quieto y oculto por la vegetación. Cuando practicas correctamente este yoga de la observación, los ojos se van automáticamente hacia el punto indicado, caso que me sucedió la otra tarde cuando me encontré con uno de los elefantes ancianos a los que dejan libres y a su aire; aunque normalmente se mueven por la pradera, a éste se le había antojado meterse bajo los árboles, y resultaba realmente difícil de ver porque su color era poco distinto al de los troncos de muchos árboles.

Una cuestión de creencias. La tatarabuela de la familia de Shankar me reprobó severamente porque yo estaba silbando, pues, según aseguró, yo atraía la mala suerte al hacerlo. Le respondí que, aparte de no creer en la mala suerte (sólo en la buena), estaba convencido que si la fortuna que me había acompañado durante toda mi vida se debía precisamente a mi afición a silbar. Ella, casi centenaria, desdentada y cubierta de arrugas, me observó como si desvariase.

Estaban follando en el bosque y tuvieron que salir corriendo con el culo al aire cuando apareció en escena un rinoceronte.

Con Rajú observamos por primera vez en nuestra vida uno de los actos más secretos de la naturaleza: dos gatos follando.

Las chicas nepalesas se casan jóvenes, pero también envejecen jóvenes.

Les pregunté, ¿los mentirosos podéis respetar a quiénes creen vuestras mentiras? Tal cómo era de esperar, ellos me respondieron con su silencio; el mismo que continuó cuando les aseguré que no existe desodorante para las mentiras y que siempre huelen mal. También les denuncia el tono de sus voces y, por supuesto sus miradas. Solamente hay un “sauraheño” que no miente, pero es así porque anda corto de agilidad mental y se limita a exagerar. Hace unos días, al haber sido yo testigo de los hechos que él exageraba, le tuve que cortar diciendo que no, que no eran veinte policías armados, ni diez, ni siete (el número fue disminuyendo tal como yo lo iba negando), sino solo tres los que habían entrado en su casa cuando ambos llevábamos, eso sí, unas espectaculares bolsas de maría en el bolsillo.

Tras haberos hecho reír al contaros la anécdota del piropo que me echara la dulce quinceañera, os recordaré que en las crónicas de hace dos años expliqué que una mujer de una etnia mongol, joven y hermosa, me había suplicado que le concediese el honroso permiso de llamarme abuelo. Yo se lo di, pero con la condición de que solamente lo hiciese cuando estuviésemos a solas.

Nunca ha dejado de sorprenderme lo estúpido que me consideran los estúpidos, y lo inteligente que me consideran los inteligentes (que además son más simpáticos…). ¿Cómo me consideras tú?

Hace unos meses un amigo que por lo general peca de incrédulo me contó que había visto levitar a un hombre; y ahora, aquí, me he encontrado por primera vez con alguien, también creíble, que, siguiendo determinadas pautas, dice que puede ver nuestras áureas.

Los sentimientos de algunos de los personajes que habitan en mi interior son totalmente contradictorios, pues el patriota se vanagloria de lo que avergüenza al filósofo.

No transcurre una sola semana sin que en la sección de sucesos aparezca algún elefante que ha armado la marimorena aplastando una casa con sus habitantes dentro. En esta época también muere gente de frío todos los días.

Los rinocerontes seleccionan meticulosamente dónde cagar, y a continuación usan el mismo sitio durante un año.

Shankar me mostró unos árboles en los que las hormigas rojas hacen los nidos tejiendo hojas verdes que renuevan cada año antes de que empiecen los monzones.

La otra noche llovió, y la perra Dholi fue a despertar a Narmada pidiéndole ayuda porque sus cinco preciosos cachorros se estaban mojando.

El “bicibasurero” que recoge la mierda de elefante lleva a cabo su diaria y continuada tarea con una pala y ayudándose con el pie; doy por sentado que ni se le habrá pasado por la cabeza que una pequeña plancha metálica o un pedazo de madera le facilitaría el trabajo. En realidad se debe a la dejadez endémica de esta tierra en que, aparte de actuar muchos de ellos como unos brahmanes a los que les está prohibido ensuciarse la manos, sus habitantes, y sobretodo los varones, parecen creer firmemente que es mejor dejar para mañana cuanto puedas hacer hoy.

Los occidentales se sorprenden de que las escobas asiáticas no tengan un palo y te obliguen a agacharte para barrer. Los orientales se sorprenden de que los occidentales hayan perdido la habilidad de agacharse.
Las dos veces en que he intentado advertir a Shankar acerca de los peligros que comporta vivir a menos de doscientos metros de un servidor telefónico, él ha hecho olímpicamente oídos sordos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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