La crónica cósmica. El Cándido, el Fulero y el Filántropo

La crónica cósmica. El Cándido, el Fulero y el Filántropo
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[ El título de la comedia podría ser perfectamente: “el Cándido, el Fulero y el Filántropo”. Los tres eran amigos, y también más buenos que el pan aunque cada uno cojeara un poco por aquí y un poco por allá; y cuando al último de ellos se le metió entre ceja y ceja que era la noche ideal para echar un polvo, el que pecaba de listillo, o sea el Fulero, aseguró conocer el sitio ideal para conseguir unas buenas profesionales.

“Alguien” debería conducir una veintena larga de kilómetros en su motocicleta para traer a las princesas desde un burdel y hacer el camino de regreso de madrugada para llevarlas de vuelta a casa, y ninguno de los tres dudó que ese “alguien” solo podía ser el señor Cándido porque era el único que disponía de medio de transporte. Éste aceptó cumplir con la misión a pesar de haber perdido el carné de conducir y de que no iba a follar porque en casita le esperaba la más amante de la esposas. Después de cruzar varios bazares y pueblos dormidos, el señor Cándido detuvo su motocicleta frente a un portal en el que hacían guardia dos gorilas. Aclarados sus deseos, los otros empezaron por exigirle al señor Cándido que soltase la pasta, y luego usaron un teléfono interior para avisar a las señoritas. No olvidemos que las motocicletas nepalíes no acostumbran a tener un límite de ocupantes, y el señor Cándido llevó su carga hasta la cabaña en que les esperaban el señor Fulero y el señor Filántropo poniéndose hasta el gorro de un licor local llamado “roxi”.

Para no alargar más tanta parrafada saltaré directamente a lo que sucedió una hora más tarde mientras el señor Cándido mataba el rato dando tragos, y cuando en la habitación del señor Fulero y su acompañante se armó un alboroto de mucho cuidado porque, a pesar de que en un principio todo había funcionado de maravilla, “rediós, cómo la chupaba”, al poco el señor Fulero descubrió que ella era en realidad él. “¡Ah! ¡Me cago en todos los…!”. Siendo ya de por sí un tipo excitable, se le escapó un puñetazo que, como por arte de magia, convirtió al travestido en una pantera que respondió sacando las garras y arañándole la cara. Al día siguiente el señor Fulero se paseó fardando entre unos y otros asegurando que había sufrido la herida que cruzaba su mejilla mientras corría con un tigre pegado a sus espaldas. El señor Filántropo se rió de las penas del otro, pero se negó a comentar cuál fue su reacción al descubrir que, asimismo, su puta tenía una polla como una olla. ]

Yo había echado en falta las hogueras que reúnen a las familias a su alrededor porque era algo parecido a lo de una comida que ande corta de especias sin que logres saber exactamente por dónde falla la cosa; y entonces, entre la niebla, aparecieron frente cada cabaña los círculos familiares que extienden las manos hacia unas hogueras en las que queman exclusivamente paja humeante, y en las que prácticamente no se hay llamas aunque el invento dé de sí para romper con la humedad.

Narmada, la esposa de Shankar, sirve el “chai” matinal. A la perra Dolhi también le toca una taza, y ella demuestra que le ha gustado metiendo el morro en la mía en cuanto me despisto. Algún monstruo insensible arrojó ocho cachorros recién nacidos en la jungla, y cuando Shankar los encontró terminaron formando parte de la familia y alimentándose con leche de búfalo. Aunque todos los cachorros hallaron rápidamente domicilio, Narmada decidió quedarse con una perrita negra que sería corta de patas y nariguda. Ahora Dolhi cuida de todo el mundo y, entre su colección de obligaciones, acompaña a los búfalos cuando van solos a pastar por la pradera, algo que hace abriendo camino con la seguridad de que sin su ayuda se perderían. Dolhi está preñada, y hace prácticas maternales dando de mamar a dos cabritos que nacieron hará una semana. Mientras nos calentábamos alrededor de la hoguera, Shankar me aseguró que su segunda hija nació bajo unos hados afortunados porque, según dijo, las cosas les han ido maravillosamente desde entonces. La niña dejó claro que tiene ante sí un futuro brillante al preguntarle a su padre: “¿porqué no cultivas plantas que den dinero en vez de verduras?”.

Improvisamos un narguile usando un pedazo de bambú y una botella de plástico; más tarde, tras comprobarse satisfactoriamente su funcionamiento, la tatarabuela se excusó tras el frío matinal para dar unas profundas caladas.

Ante el espectáculo familiar de Shankar no dejo de comprobar diariamente lo que es una sociedad matriarcal porque a él los niños no le hacen ni puto caso pero todos se ponen firmes en cuanto la dulce Narmada se mosquea.

Una forma ideal para mejorar tu marca personal de marcha atlética sin doparte: Yo estaba dedicado a las ceremonias habituales que acompañan a la puesta de Sol. La niebla se aposentaba sobre la pradera, y no había un alma por los alrededores, cuando de pronto mi placidez y mis cantos desafinados se desvanecieron al escuchar un rugido. Provenía del bosque que tenía a mis espaldas, y no se parecía en nada a los diferentes sonidos de los elefantes o los rinocerontes. Sin entretenerme a comprobar quién era el rugidor, me levanté de un salto olvidándome del porrito que tenía entre los dedos y, como lo haría un gato, me alejé a paso rápido sin dejar de dar continuas miradas sobre el hombro.

El yoga de la transparencia, del “disimula, disimula”, del “no estoy aquí”, del “no me ven”, y del “soy transparente como el celofán”: Yo regresaba por el sendero que corre bajo el bosque siguiendo el río de cerca. Cómo cada tarde, hacía el camino con la última luz del ocaso. Entonces, tras un giro, me detuve petrificado al darme literalmente de bruces con el trasero de un rinoceronte. Después de unos instantes de incertidumbre, con el corazón martilleando contra las costillas y la respiración cortada, regresé sobre mis pasos como si estuviese rebobinando la película hasta perderle de vista. Luego, de puntillas (¿es una “catalanada”?), avancé la nariz para estudiar la situación. La locomotora sobre patas no se había enterado de mi presencia y pastaba tranquilamente ocupando la mitad del sendero con su espectacular trasero. Aunque la primera idea fue la de tomar otra dirección dando un rodeo de cuidado, al fin se impuso la pereza y, tras calcular distancias y posibilidades, me acerqué sigilosamente hasta el rinoceronte como lo hubiese hecho la Pantera Rosa, y pasé a un metro de sus nalgas comprobando que tenía un corte en una de ellas. Con solo levantar el brazo, le habría tocado.

Shankar me contó que los hombres del Nepal tienen un dicho idéntico al castellano que asegura que la polla española nunca “mea” sola.

Me temo que apareceré en un clip musical que estaban filmando el otro día en una de las aldeas “tharu”, pues el tipo de la cámara se olvidó inmediatamente de la pareja, que cantaba y bailaba vestida tradicionalmente, para enfocarme a mí. Completando tan auténticas imágenes, junto a los dos artistas se encontraban tres elefantes; pero la escena se vio interrumpida, “corten, corten”, cuando uno de éstos, que quizás tenía vocaciones artísticas, decidió ampliar la sección musical con su trombón de varas, y consiguió que la cantante saliese por piernas.

Las actividades de los turistas son tantas cómo para sentirme estresado cuando, tras aterrizar en Sauraha después de siete horas de autobús, y como si fuesen empresarios firmando contratos, veo como se apuntan a cuánto sea posible: montar en elefante, descenso por el río en una canoa, hacer una excursión por el parque que puede durar dos o tres días, observar pájaros y cocodrilos (con un guía especializado que carga un catalejo inmenso), pasar una noche en una torre dentro de la jungla, y un largo etcétera. Lo más popular entre los jóvenes es tomar un baño junto con un elefante montando sobre su pescuezo; primero éste se mete en el río, carga la trompa de agua y les ducha, y a continuación se echa obligándoles a lanzarse de cabeza al agua. Precio, un euro. El otro día, entre la gente y los elefantes que se juntaban en la playa también había algunos perros, y uno de éstos se vio obligado a poner pies en polvorosa para no terminar bajo los de un elefante que, vete a saber porqué, le cogió ojeriza y realizó unos pasos de claqué con las peores intenciones.

Mientras Kaka preparaba meticulosa y lentamente una pipa, yo me fijé en una cicatriz grande y fea que tenía en el muslo; “me la hizo un cocodrilo” respondió cuando se lo pregunté.

La invasión china del Nepal: en el año 2001 vinieron 8.700 turistas chinos, en el 2005 fueron 21.100, y en el 2011 ya han sobrepasado los 66.000.

En el Nepal hay 4 médicos por cada 100.000 habitantes.

Fe de erratas: en Sauraha no hay 60 elefantes domésticos sino 95; 35 de los cuales son de propiedad privada, y ahora han recibido también la autorización para entrar en el parque y molestar a los animales salvajes con su carga turística.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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