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La crónica cósmica. El desastre económico y social

La crónica cósmica. El desastre económico y social
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Entre la colección de imágenes inolvidables que tengo archivadas en la cabeza se hallan las de un reportaje acerca del Serengeti en las cuales se mostraba una laguna mientras se iba quedando paulatinamente seca durante una época de sequía. En el transcurso de aquel penoso y lento proceso había animales que, dando quizás por sentado cuál era el futuro que allí les esperaba, o siguiendo simplemente la llamada del instinto de supervivencia, superaban el temor y partían en busca de mejores pastos a pesar del riesgo que correrían al hacerlo. El final del triste documental mostraba la laguna convertida en un pequeño charco y posteriormente la horrorosa muerte de cuántos habían permanecido a su lado.

Si estáis pensando que pretendo endilgaros una parrafada acerca de la naturaleza, vais equivocados, pues os quiero “hablar” del desastre económico y social de ciertos países en los que el “paro” (¿voy errado si pregunto desde cuándo se convirtió este verbo en substantivo?) galopa y corta el viento caminito del Infierno, y de quienes, olvidándose de Mahoma y su montaña, pasan los días esperando la llegada de un empleo como si tuviesen raíces en vez de piernas. Además, esta estupidez alcanza cotas colosales al tratarse en la mayoría de los casos de unos jóvenes que, a falta aparentemente de otras alternativas, siguen conviviendo con sus padres y, al hallarse libres de obligaciones, tendrían plena libertad de movimiento para optar a una de las muchas ofertas de trabajo que hay en otros países de la Comunidad Europea (¡Oficialmente los empleos vacantes suman un millón setecientos mil!).

Aparte de esta posibilidad que se da prácticamente en casa, “los parados” podrían imitar al berlinés que conocí en Sauraha e ir a recolectar mangos en Australia, kiwis en Nueva Zelanda, aguacates en Sudáfrica, naranjas en Israel, o, como el amigo riojano, cerezas en Canadá; y eso ya sin hablar de los que son especialistas, como era el caso de la catalana y el andaluz que conocí en Laos, ambos enfermeros, que se habían convertido en apátridas y residían dónde hallaban un empleo y buen rollo, o el de la francesa que había estudiado lenguas orientales y residía en Shangai cobrando un sueldo espectacular, o la holandesa que impartía clases de inglés en Taiwán.

Una de las debilidades más frecuentes entre los patriotas está en el orgullo (ajeno como la vergüenza) que sienten frente a las lumbreras nacionales como si ellos hubiesen contribuido de alguna manera en sus logros. Debido a que seguimos experimentando las mismas emociones que nuestros abuelitos cavernícolas, aplaudimos enfervorizados a las selecciones deportivas nacionales convencidos inconscientemente de haber sido nosotros los que metimos el gol de la victoria: ¡Quiero que ganen los de mi país! ¡Quiero que ganen los de mi pueblo! ¡Quiero que ganen los de mi barrio! ¡Quiero que ganen los de mi calle! ¡Quiero que ganen los de mi casa! Y, dejando ya las cosas claras: ¡Quisiera ganar yo aunque sea un mojigato incapaz de levantar el trasero del sofá! Para lograr autoconvencerse de la superioridad “racial” nacional, un buen patriota pecará siempre de obtuso (como todos los fanáticos) y, limitando su admiración a los apellidos que le suenen familiares, se olvidará de cuanto provenga de otros lugares. ¡Rediós, los de mi pueblo son capaces de hablar de música clásica, pintura, literatura o ciencia sin nombrar a los rusos, los alemanes, los ingleses, los franceses, los italianos y, sobre todo, a los judíos! (apabullante el número de apellidos judíos que llenan las enciclopedias, ¿no?) Y claro, todo ello parece más ridículo cuando te lo miras desde lejos, o sea tras las fronteras nacionales, y conociendo la opinión que tienen los extranjeros de tus compatriotas.

Me olvidé de comentaros algo acerca del Nepal que está relacionado con lo de antes. A los nepaleses les encanta ir de picnic, y son muchos los lugares pintorescos en los que se ha adecuado algún rincón para tal propósito. Cuando organizan estas diversiones llevan con ellos todo lo imaginable, desde aparatosos equipos de música a cuanto puedan necesitar para cocinar, comer y, sobretodo, beber. Debido a que el fin de la fiesta tiene invariablemente la forma de una desbandada general, y a que dejan desvergonzadamente tras ellos toda la basura (platos, vasos y bolsas de plástico, botellas rotas, etcétera), estos sitios (que dan pena) me recuerdan a algunos de mi tierra, y, con ello, supongo cómo nos verán los centroeuropeos.

Hará aproximadamente unos tres meses os “comenté” desde Sauraha que tenía medio pie amoratado (el izquierdo) porque me había picado algún bicho desconocido, y hasta ahorita mismo, aunque la piel ya haya recuperado su color normal, de no controlarme podría pasar horas rascándome (y así recordando las junglas de Chitwán: ¡Ja!).

Mira lo que pienso

  • Me preocuparía (y en realidad avergonzaría) no estar a la altura de los fabulosos amigos que tengo.
  • La mayoría de los actuales éxitos musicales, literarios y cinematográficos (e incluso las tendencias arquitectónicas) forman parte de unas modas efímeras, auspiciadas por la codicia, que no pasarán la historia o tan siquiera serán recordadas tras unas pocas décadas.
  • No le consideraban un artista porque no cobraba por su arte.
  • Lo (único) bueno de los fascistas ibéricos es que no se molestan en tratar de disimular sus demoníacas tendencias escondiendo la cola.
  • Las máscaras solamente logran engañar a quienes se han olvidado de la máscara con la que ellos mismos se cubren.
  • La alegría que siente el caballo galopando es similar a la tristeza que sufre encerrado en la cuadra.
  • Hoy, alcanzada ya la categoría de viejo, y de forma parecida a como me sucede con la música, la literatura y las ideas en general, soy capaz de apreciar unos tipos de belleza que antes me parecían vulgares.
  • “Lo he hecho todo por ti”, dijo aterrorizándome.
  • La fe es compulsiva, y después de repudiar a los sucesores de la Sangrienta Inquisición, la gente pone la suya en el rostro, las palabras o las acciones de algún actor, político (cada vez menos) o deportista.
  • Aseguraba un hombre reviejo y sabio que el polvo mas barato era el que había echado pagando; también decía: “Solamente los estúpidos pasan por la vicaría pensando en follar, y afortunadamente yo me casé por amor”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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