La crónica cósmica. El extranjero en casa

EL EXTRANJERO EN CASA. No es la primera vez que recurro a este encabezado plagiando el título de una novela de cierto escritor austríaco que conocí hace treinta años en la playa india de Varkala, y la uso porque define perfectamente al hijo pródigo que, al regresar a su tierra tras haber permanecido ausente mucho tiempo, descubre que ya se ha convertido en un extranjero y contempla su antiguo hogar como lo haría un turista. Esto es exactamente lo que me está sucediendo a mí desde el momento en que he puesto de nuevo los pies en la península Ibérica, pues me asombra cuanto veo, que no podría ser más distinto de los países asiáticos en que he vivido los últimos seis años y, como le ocurriría a todo trotamundos nato, me parece muy interesante.

Sin ir más lejos, me lo paso bomba recorriendo unos modernos y extensos supermercados que, aparte de ser inimaginables en sitios como Nepal, están abarrotados de distintos productos provenientes de todo el mundo, que en muchos casos son auténticas novedades para mí. Asimismo, y como lo haría un turista indio, al andar por la calle contemplo boquiabierto los lujosos y relucientes automóviles Jaguar, BMW, Audi, Ferrari, Porsche, o el híbrido y silencioso Volvo de los amigos valencianos cuyas virguerías tecnológicas incluso superan a la imaginación de un amante de la ciencia ficción como yo.

De todos modos, lo más maravilloso tiene que ver con los placeres del paladar, que me lo parecen más al no haberles dado un solo pensamiento gracias a la satisfactoria gastronomía nepalesa, india y asiática que he comido en estos últimos tiempos. Valga aclarar que también evitaba recordarlos para no calentarme la cabeza y alterar mi inestimable paz mental. Me refiero al jamón y al chorizo ibéricos, el queso manchego, la sobrasada mallorquina, el gazpacho andaluz, las aceitunas (aliñadas en casa por un hábil cocinero vocacional como el amigo valenciano), las alcachofas, el buen pan (inexistente en Asia), los aguacates, las gambas, la paella (comida social que los valencianos comen directamente de la sartén), las naranjas (¡y su zumo recién exprimido!), el “all i oli” (alioli), el pesto italiano, el salmón, el caviar, etcétera. En cuanto a la bebida, no podían faltar, por supuesto, el vino tinto de la Rioja o de la Ribera del Duero, y la deliciosa cerveza tostada “Turia” que producen aquí, en el “País Valencià”, por unos precios que son muy baratos si los comparo a los del Nepal. Supongo que, con tal dieta, voy a engordar un poco; así que aprovecharé para mencionar que regresé del Nepal pesando cincuenta y tres kilos.

Umm, he empezado esta crónica por la sección gastronómica en vez de contaros cómo fue mi llegada al pequeño aeropuerto de Valencia, en el que, siguiendo con los incidentes inesperados del viaje desde Katmandú, esperé inútilmente la aparición de mi equipaje y, debido a las restricciones de la pandemia y a la hora tardía, cuando terminé de hacer la pertinente denuncia yo era la única persona presente, ya que incluso se habían ido a casa los funcionarios del Servicio de Sanidad que hubiesen echado una mirada mi test PCR comprobando que no traía conmigo al puto virus, como comprobé poco después al ver en la tele los lentos protocolos que seguían habitualmente creando largas colas.

Afuera me esperaba el amigo valenciano, que me llevó de la mano a su chalet sin que yo, agotado tras el largo viaje, la noche en blanco y el cambio de horario, tuviese que hacer el menor esfuerzo físico o mental. Al principio de mis correrías por el mundo, en los años ochenta, cada regreso a casa era parecido a un aterrizaje forzoso del que salía mal parado emocionalmente; la solución a ese problema me la dio el amigo marsellés, viajero veterano que, aparte de confiarme que a casi todos los trotamundos les ocurría igual, una tarde en que paseábamos por una jungla de la India, me aconsejó: “Cuando vuelvas a Occidente, vete al campo en vez de quedarte en una población, siéntate bajo unos árboles y piensa que son los mismos que nos cubren ahora”. Aunque que podría denominar aquel ejercicio de lavado de coco personal, funcionó, y desde entonces, de ser posible, me las arreglo para instalarme siempre en alguna casa aislada en medio de la naturaleza.

Así ha sucedido ahora gracias al amigo valenciano que, conociéndome más que mi madre, estaba seguro de que en su actual domicilio no añoraría el gran jardín de Sauraha. Se trata de un chalet rodeado de tres mil metros cuadrados de jardín, ubicado entre plantaciones de limoneros, oliveras, viñedos, caquis y, sobre todo, naranjos, fruta de la que la gente te regala alguna que otra caja diciendo, “Te he traído estas naranjas de mi jardín”. Donación que hacen mencionado su variedad, de las que hay muchas que yo desconocía: “navelina”, “navelate”, “marisol”, “sanguinelli”; e igual ocurre con las mandarinas: clemenvilla, oroval, satsuma. Completan el decorado unos pinares, algunos nogales y retorcidos algarrobos con aspecto de llevar siglos aquí, y unas exóticas palmeras que dan prueba se las templadas temperaturas locales: ayer, en pleno mes de diciembre, estábamos a 22º. Los vecinos más cercanos son unas ovejas y unos caballos que pastan libremente por los alrededores.

El extranjero en casa

En cuanto a la situación geográfica, y si queréis situar esta comarca en el mapa, estamos en el municipio de Xàbia (Jávea en castellano), que está en la provincia de Alicante, junto a la frontera de Valencia. Curiosa y cósmicamente, cerca de aquí se encuentra el pueblo Aielo de Malferit, donde nació mi abuelo materno: “roda el mon i…”.

MIRA LO QUE PIENSO

Mientras contemplaba el interesante reportaje “The Long Way Round” acerca del largo viaje en moto que hicieron los actores británicos Ewan McGregor y Charley Boorman, pensé de nuevo que los motociclistas nacen siéndolo y no es algo que se aprenda, como lo será conducir automóviles o montar en bicicleta.
¡Cuánto admiro a los amigos que me quieren y aceptan a pesar de haberme visto hacer el imbécil repetidamente! La versión inglesa de esta misma idea sería: “A friend knows you, but loves you anyway”, que se podría traducir así: un amigo es alguien que te quiere a pesar de saber cómo eres. ¡JA! Tal como os había dicho otras veces, a los amigos no se les juzga, solamente se los quiere.

Después de abandonar mi refugio nepalés de Sauraha, ahora vivo por primera vez la verdadera locura del Cóvid19, y sufro el esperado choque emocional que a vosotros os ha provocado la sobredosis de noticias sobre la evolución de la pandemia, las restricciones de movilidad, la ilegalidad de las fiestas (que me recuerdan la Ley Seca norteamericana) en las que unos jóvenes irresponsables (todos lo somos a esa edad) niegan la existencia de ese maldito virus e infectarán y quizás provocarán la muerte de algunos familiares.
Al comprobar cómo aumentan actualmente los sentimientos patrióticos en el mundo como si se tratara de otro tipo de epidemia, me estoy planteando fabricar rollos de papel higiénico (w. c.) que lleven estampadas todas las banderas políticas del mundo, menos la blanca, claro. ¿Qué sienten los patriotas al descubrir que su rey o el presidente de su gobierno es más corrupto que un truhán o que su líder religioso tiene aficiones pedófilas?

¡Cuánto me gusta reír hasta llorar y cuánto valoro a los comediantes! ¡¿Puede haber alguien más cómico que Joaquín Reyes cantando y bailando la canción “¡Hijo Puta. Hay que decirlo más. Hijo puta!”.

En el ameno e interesante ensayo “El Infinito en un Junco”, Irene Vallejo explica que, de pequeña, su madre le leía relatos infantiles. Entonces, al recordar a mi padre, que todas las noches nos contaba a mis hermanas y a mí unos cuentos que eran fruto de su imaginación, pensé que fue como una escuela que nos sirvió para alimentar nuestra fantasía infantil. Algo que se podría comparar a una experiencia compartida, como un viaje, que nos unía a él.

Estoy de acuerdo con el autor Luisgé Martin, quien afirmó que las personas monógamas, las que no ha viajado y las que no leen, sólo han vivido a medias.

¿Es la longevidad una mierda que deseamos por miedo a morir, aunque estemos hartos de la vida y de los achaques?

Era un actor secundario de su propia vida.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.