La crónica cósmica. El Gremio de Chinos Impotentes e Idiotas

La crónica cósmica. El Gremio de Chinos Impotentes e Idiotas
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Érase una vez una rinoceronte, dulce y jovencita, que se quedó huérfana. Su drama se debió a razones económicas, pues fueron unos cazadores furtivos quienes asesinaron a su madre para cortarle el cuerno que venderían a precio de oro al Gremio de Chinos Impotentes e Idiotas. A solas en medio de la jungla, y con el olfato advirtiéndole que el leopardo y el tigre no se hallaban lejos, llegada la noche la pequeña se apartó de la espesura, cruzó la pradera y el río, y, sin saberlo, buscó refugio entre las aldeas “tharu” de Sauraha. Al despertar por la mañana, la huérfana y los “sauraheños” se asombraron de forma parecida, ellos por encontrarse con aquella criatura abandonada, y ella al descubrir que, así de pronto, habían aparecido a su alrededor docenas de madres con dos patas que la alimentaban y mimaban. La bautizaron con el nombre de Sundari, que significa Hermosa, y ella formó parte del vecindario de Sauraha, dejándose arrullar como un perrito, hasta que, hará de ello unos cuatro años, y durante la visita del primer ministro australiano y su esposa, “look, darling, what a charming rhino”, Su Graciosa Majestad el último rey del Nepal tuvo la graciosa idea de regalarles a la dulce Sundari con la tranquilidad de quien se cree amo de cuanto le rodea, “no te preocupes, chico, te la mando con un mensajero, y punto”. Como resultado, ahora Sundari cumple cadena perpetua en el zoológico de Sidney.

Aunque, para evitar repetirme haya dejado prácticamente de comentar los encuentros con animales, éstos siguen siendo el pan de cada día. Recientemente fui testigo de unas imágenes que eran curiosas porque incluían a los dos actores principales de la saga “sauraheña”, el rinoceronte y el elefante doméstico. Ambos llevaban direcciones distintas y se cruzaron en la pradera permitiendo que les observase a gusto. El primero se dirigía al río y el otro cargaba un montón de hierba que le serviría de cena (el almuerzo lo toman en la jungla). Ambos detuvieron sus pasos y se miraron con lo que yo creí que era solamente indiferencia, hasta que el elefante, mostrando su faceta traviesa, intentó pegarle un trompazo al rinoceronte con el que solamente pretendía verle salir por piernas.

Otra primicia fue la de comprobar como un rinoceronte macho iba dejando marcas de orina siguiendo unas fórmulas muy parecidas a las de un gato.

A quien también pude dar una detenida mirada comprobando su habilidad es al tipo que monta de pie sobre su elefante. Anteriormente, al haberlo visto solamente de lejos, había creído que se soportaba con una cuerda en plan riendas; pero no es así, y él se limita a permanecer de pie sobre el trasero del elefante, con las manos a la espalda, mientras va acomodando continuamente el equilibrio de su cuerpo al bamboleo del paquidermo, con el que se limita a comunicarse verbalmente para indicarle la dirección, la velocidad o, cuando trepa por ejemplo la empinada orilla del río, pidiéndole calma y tranquilidad. Supongo que para lograr tan circense número se habrá pegado más de un batacazo.

Esta perfecta relación entre el hombre y el elefante me ha recordado a la de Raján y Simsim Pani, y que yo debía aclararos que cuando traduje el nombre de la yegua diciendo que era el de Gotita de Agua, me olvidé en el tintero que era Gotita de Agua de Lluvia.

Hace un par de días, mientras observaba a un grupo de turistas que ametrallaban a un rinoceronte con sus cámaras, pensé como tantas otras veces que, de haberlo visto correr, no se acercarían tanto a la locomotora sobre patas. En aquellos mismos momentos escuché el estruendo de un helicóptero a mis espaldas, y adiviné lo que iba a suceder cuando, al ver el monstruo aéreo, el rinoceronte saliese por piernas y, al estar prácticamente rodeado de turistas, provocase una estampida de estúpidos ciudadanos que chillarían asustados ante tan “insólito” hecho, “mañana me paso por la Oficina de Turismo y hago una reclamación”.

Aunque Sauraha no tenga discotecas ni la mínima vida nocturna, la pura realidad es que algunas de sus noches pueden ser bastante agitadas. ¿Un ejemplo? Anteayer, Shankar no lograba pegar ojo debido a dos razones de peso; una de ellas tenía que ver con las espectaculares ofertas económicas que le habían hecho y le solucionarían la vida, y la otra se debía a que Narmada estaba realizando uno ejercicios espirituales, de los que regresaría convertida en una “shivaíta” (seguidora de Shiva) vegetariana, y la pequeña cama le parecía exageradamente grande (bed´s too big without you…). A las dos de la madrugada le despertó un alboroto que solamente podía tener un significado: la valla de bambú acababa de saltar por los aires. Aclararé que, al llegar el invierno, Shankar tuvo la genial idea de plantar trigo en vez de mostaza como hace todo el mundo, y se olvidó de que a los rinocerontes les encanta el trigo tierno. Así, cuando salió corriendo, se encontró la frágil estructura de bambú por los suelos y al indeseado visitante atracándose. La tatarabuela nonagenaria también estaba allí, y ambos lograron ahuyentar al intruso después de gritar un buen rato. Epílogo: habiendo tenido tanto éxito, y llegada la noche siguiente, el afamado y cornudo autor repitió su actuación.

Un atardecer logré sacar de la pensión a un amigo ruso (que he apodado señor Tolstoi), y fuimos (en moto, porque no anda ni a palos) hasta uno de mis lugares preferidos en la jungla. Nos sentamos sobre la hierba, con el río serpenteando por debajo y las praderas alrededor. Silencio y soledad absolutos. Yo lié un porro y se lo pasé para que lo encendiese justo antes de que empezase el espectáculo. El primero en salir a escena fue un pavo real que lucía una cola de dos metros (los mayores y más espectaculares que haya visto) y se estuvo paseando un buen rato antes dejar paso al segundo actor. Éste era un jabalí que, en cuanto desapareció entre la hierba de elefante, dio entrada al primer ciervo, un venado de gran cornamenta, al que siguió otro ciervo, y otro, y otro, hasta que sumamos veintinueve animales a los que vimos salir de bosque y cruzar el río uno a uno.

La drogadicción entre los jóvenes locales ha aumentado de una forma preocupante. Anteriormente el consumo de la marihuana era una cosa de viejos, mientras que ahora todos los chavales andan con un porro entre los labios. Caso parecido al de las setas mágicas, de las que los “tharu” se apartaban sistemáticamente asegurando que enloquecían a quienes las comían, y ahora se las tragan cómo rosquillas. Tal como señalaba antes, este hecho es realmente preocupante porque, por un lado, ya han logrado que suba el precio de la hierba, y por otro que las setas resulten más difíciles de encontrar. Por cierto, que los perros siguen cayendo bajo el embrujo del olor a setas mágicas que emano al día siguiente de haberlas comido, y se arriman a mí como si fuese una butifarra añeja.

¿Exagerados? La madre de la familia con la que vivo nos había invitado a cenar para celebrar una de tantas festividades religiosas (la hermana visita y alimenta al hermano, los hijos ofrecen frutos a su madre, etcétera), y uno de los yernos, eufórico él gracias al licor “roxi” que la misma madre había destilado, explicaba al señor Tolstoi que yo ya hacía diez años que venía continuamente y sin falta a Sauraha (cuando en realidad es solamente la segunda vez que aterrizo por aquí).

Un chico llamado Mahesh que rondará los veinte años, me preguntó con mucha seriedad si era cierto que, según había leído, en el pasado los españoles habían sido unos bárbaros desalmados que esclavizaron, masacraron, quemaron y arrasaron por donde pasaron. Cómo sucede en tantas ocasiones entre los indostanos, a él solamente le interesaba la respuesta que yo le di con la expresión de mi rostro, y como es también habitual dejó de escucharme cuando empecé a explicarle que todos los imperialistas occidentales cojearon por el mismo lado, pero que, si poníamos por caso la actuación del ejército japonés en Corea y China, la del paquistaní en Bangladesh o la del indonesio en Timor, lo de aquéllos había sido cosa de niños. Tampoco escuchó cual era mi opinión acerca de la costumbre hindú de aislar en un corral a las parturientas y a las menstruantes como si fuesen leprosas, provocando que muchas mueran de frío. Y en manera alguna se enteró cuando le dije que a mi alma anarquista le repelían por igual todas las armas fuese cual fuese el uniforme de quien las cargaba, todos los sistemas judiciales y penitenciarios, y, sobretodo, que me cagaba en esta dictadura llamada democracia, con la que las masas oprimían a los individuos como yo, en la que se eligen invariablemente a unos líderes políticos a los que ni tan siquiera debieran darles el cargo de barrendero.

¿Os imagináis el “gustirrinín” que uno siente al comer continuamente unas verduras y cereales que han sido plantados y recolectados por la misma persona que los ha cocinado? Es un caso parecido al de la leche de los búfalos de Shankar, que por cierto ahora anda más escasa desde que Narmada ha incrementado la alimentación de los cinco cachorros de Dholi dándoles arroz con leche.

Durante las últimas inundaciones, en las que murió un montón de ganado y los campos se cubrieron de arena, el bisabuelo de Narmada salvó a sus búfalos metiéndose a medianoche bajo el agua hasta lograr desatarlos.

Otra faceta de mi buena suerte: debido a mi trato y forma se ser, yo toco la fibra de los que generalmente representan el papel de malos de la película, y, con ello, les doy la oportunidad de portarse bien una vez en su vida.

¿Ahorrador es igual a ecologista?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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