Cine Euterpe: “Grupo Salvaje”

El bueno de papá rinoceronte iba a lo suyo sin meterse con nadie. Él, un tipo casi siempre tranquilo y un padre tolerante con los desaguisados de su hijo adolescente, solamente deseaba llenarse la panza con la hierba tierna que había brotado junto al río cerca del mayor corral de elefantes. Claro que para ello había escogido una mala tarde porque, debido al buen tiempo reinante, y a que era sábado, o sea el único día festivo, en el lugar se habían juntado varias docenas de nepaleses que paliqueaban ruidosamente y se acercaban demasiado.

Al fin, harto ya de tanta tontería, el señor rinoceronte decidió buscar un comedor menos frecuentado, se dirigió hacia la masa humana consiguiendo una desbandada general, y empezó a pastar de nuevo en medio de la pradera sin apercibirse de una nueva pero igualmente molestada compañía. Ahora se trataba de una decena de perros que asediaban a una perrita de buen ver. A pesar de no comerse un rosco, ellos se lo estaban pasando bomba, y la llegada de la locomotora sobre patas solamente sirvió para aumentar su regocijo. Sabiendo de qué pie cojeaba, en un tris tras, con unos ladridos y cuatro corridas, lograron sacarle de quicio y, con ello, quienes se hallaban por los alrededores gozaron de un grandioso espectáculo al ver galopar al rinoceronte persiguiendo a los perros y siendo perseguido al mismo tiempo por algunos de éstos.

El paquidermo no detuvo su carrera hasta haber cruzado los dos ríos, y cuando llegó a la jungla les contó lo sucedido a los correctos animales salvajes: “¡Tíos, no os podéis imaginar la falta de respeto que me han mostrado aquellos animales domésticos de dos y cuatro patas!”.

Cine Cervantes: “El Confort de los Extranjeros”

Durante estos dos últimos meses han sido muy limitadas las ocasiones en que me relacionase con la gente aparte de los ratos pasados con Shankar y Raju; pero tal regla se alteró hace un par de días con la llegada de un “quebequeño”, sí, sí, de Quebec, y un “carcassonés” de Carcasona, que usaron las palabras adecuadas para enrollarse conmigo. Eran jóvenes, les gustaban la maría y las setas mágicas, y deseaban dar una mirada a la jungla. De entrada les llevé frente a la granja de Shankar, y se quedaron boquiabiertos al mostrarles el sitio donde el ciclista basurero arroja la mierda de elefante en que brotan diariamente docenas de setas mágicas.

Antes de subir al cielo de los alucinógenos decidieron tomar un buen almuerzo en casa de Shankar, y con ello le alegraron el día. A pesar de que les recomendé comer las sabrosas setas en una tortilla, los dos chavales se las metieron a palo seco. A continuación, cuando empezaban a “volar”, nos fuimos al bosque y les paseé por unos senderos en los que entraba la luz a pesar de la densidad, donde no había plantas agresivas o peligro alguno, y ni el mínimo rastro de la presencia humana.

Más tarde llegamos frente a uno de los corrales de elefantes cuando el Sol se ponía. Las praderas estaban solitarias y lucían de maravilla bajo los colores del ocaso. Fuimos hasta el río, y allí nos encontramos con los tres actores principales de la película: a menos de diez metros de nosotros, el viejo elefante cruzaba su camino con el rinoceronte papá y el rinoceronte hijo. La ausencia de personas comportaba un silencio hechizante. Los tres mastodontes se movían a cámara lenta.

El “quebequeño” comentó a mi lado: “Ésta ha sido la mejor tarde de mi vida”.

Cine Actualidades: “Enemigo Público”

Estábamos sentados en el jardín de la pensión, plenamente dedicados a decir cosas importantes mientras preparábamos una pipa tras otra, cuando de pronto, y como por arte de magia, las manos de Shankar y Raju hicieron desaparecer cuanto se hallaba sobre la mesa, o sea la hierba, el cuchillo y demás. Al volverme vi llegar a un policía que vestía el obligado uniforme azulado, se cubría con la gorrita parda, llevaba en la mano el “lathi” (palo de madera o bambú), y pedaleaba en una bicicleta india de la marca “Hero”.

Llegados aquí quizás será mejor aclarar que son muy raras las ocasiones en que se vea a un policía por Sauraha, y que la supuesta “police station” se halla a varios kilómetros y está en proceso de reconstrucción después de que fuese dinamitada por los maoístas. Dicho esto se comprenderá cuál fue nuestra sorpresa al ver venir al uniformado. Éste, como un auténtico “Hernández y Fernández” (de Tintín), empezó por contarnos detalladamente la misión secreta que le habían encomendado: iba a detener al hijo borrachín de un vecino.

Al haber comentado ya con anterioridad que las gentes de estas tierras son unos embusteros natos muy habilidosos, se podrá suponer como fueron los resultados de la operación policial: el hermano del perseguido juró no haberle visto el pelo desde hacía años, unos vecinos dijeron que había emigrado a Tombuctú, otros, los más bromistas, aseguraban que murió hace tiempo en un accidente “laboral” (¡Ja, no ha currado en su vida!), y unos terceros estaban seguros que trabajaba en un cabaret de Calcuta.

Después de recorrer toda la aldea con el mismo éxito, el policía aceptó su fracaso, y partió pedaleando sin apercibirse de que su hombre se encontraba tranquilamente sentado sobre la hierba jugando a las cartas con varios campesinos.

Cine Imperial: Noticiario No-Do

Ha terminado de hacerse el censo del Leopardo de las Nieves: quedan entre doscientos cincuenta y trescientos ejemplares. Es uno de los anímales más difíciles de ver y, tanto por el número como por el caso, pues se halla en peligro de extinción, es parecido al del Lince Ibérico.

Sauraha es una isla rodeada de ríos, un jardín infinito, espacioso, llano y poco habitado, que ahora, con la llegada del otoño, se ha sazonado con unas hogueras nocturnas, que son más parecidas a centros sociales, alrededor de las cuales se charla, bromea y, claro, se fuma. La yegua de la pensión se llama Luna, así, en castellano; nada raro si se piensa que en alguna de estas cabañas se susurraron palabras castellanas bajo la luz de la Luna.

Me lo aseguraron con toda naturalidad: “Es un empresario de Katmandú muy rico, así que se puede pagar tres esposas nepalíes y una inglesa”.

Me lo dijeron tranquilamente en la cara: “Era un hombre viejo, muy, muy viejo, que tendría unos cincuenta años”. ¡Ja!

Alguien olvidó una maleta en el portaequipajes de un autobús que iba hacia Pokhara y la guardaron en consigna en espera de que fuese reclamada. Solamente tras varios meses descubrieron que en su interior se hallaba un cadáver descuartizado.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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