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La crónica cósmica. El personaje más exótico de esta isla

La crónica cósmica. El personaje más exótico de esta isla
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MAREJADILLA. Tras repetir varias veces que no sabía si podría mandaros la crónica de turno debido a los monzones y al estado de la mar, creo que en este caso será definitivamente así porque debido al mal tiempo se han interrumpido las comunicaciones, y ayer por la noche las olas llegaron a meterse incluso debajo de mi cabaña a pesar de hallarse en una elevación. Los barcos de pesca han anclado frente a esta playa buscando la protección del canal que se forma entre la isla y el continente (las barcas ya hace días que no salen).

El mejor ejemplo de la fuerza del oleaje (del Mar del Sur de la China o de la China Meridional, al gusto) lo he tenido repetidas veces al bañarme en las plácidas aguas de esta playa y mirar hacia el norte o el sur, o sea la parte del mar que no se halla protegida por la isla, pues daba la impresión de que el nivel del agua fuese más alto. Al detallaros la cantidad de basura (y también las conchas preciosas) que traía la marea alta, debí añadir que las olas la arrastran hasta el fondo de la playa dejando la arena inmaculadamente limpia como si la hubiesen barrido.

El barquero con aspecto de pirata malayo del que os he hablado anteriormente, quien por cierto es el personaje más exótico de esta isla llena de personajes exóticos, es un experto en enfrentarse a las grandes olas que encuentras frente a la entrada del delta del río. Cuando amarra la barca en una boya a unos diez metros de la orilla, normalmente viene a tierra con una piragua; pero ayer, a falta de ésta, me reí a gusto al ver que lo hacía en una caja de “porexpán” de unas medidas que daban justo para que permaneciese sentado con las piernas cruzadas. Una noche de marea muy alta se fue a la cama dejando la barca cerca de la playa, y al despertar por la mañana con la marea muy baja la encontró a veinte metros de la orilla.

¿El aspecto del pirata?: Mediana edad, chupado de cara, delgado como un fideo, melena larga y negra, faltado de muchos dientes, y como indumentaria habitual unos pantalones cortos y un sombrero de paja. Una de sus peculiaridades es la de paliquear continuamente, ya sea a solas o acompañado, en un idioma incomprensible. Según afirman las malas lenguas, en el pasado se había metido toda clase de “sustancias prohibidas”, pero ahora no se fuma ni un porro (¡Pero sí mis bidis!). Gracias a él me ahorro parte del pastón que me cobraban los otros barqueros para llevarme hasta Marang.

Yo como diariamente de maravilla (y a precio fijo) gracias al impecable servicio de cocina que hay en la casa del amigo holandés. Me quito el sombrero ante este hombre que logra mantener un ambiente relajado y amigable con la docena de currantes que tiene (me ofreció un empleo para que me encargase de regar las plantas del jardín), de los que la mayoría son “bangla”, o sea bengalíes de Bangladesh (las excepciones son el amable chino, un malayo muy suave, y la risueña chica tribal); las bromas y las risas son constantes, y cenamos todos juntos en plan familiar.

¿Un poco más de información acerca de Kapas?: Aparte del “resort” gubernamental con más de cincuenta cabañas, los otros seis no pasan de tener como mucho una docena. Donde yo estoy hay solamente seis cabañas. Mi soledad se ha multiplicado porque ahora ya han desaparecido definitivamente de escena los hijos del propietario (son tan vagos como para dejar durante varios días un plato o un vaso sucio sobre la misma mesa en que lo hayan usado).

Locuras tropicales: Tras explicaros que el servicio eléctrico de esta isla funciona con energía solar, añadiré que les sale carísimo, pues les cobran el triple que en el resto del país, y que anteriormente cada “resort” usaba su propio generador. Lo cómico y absurdo del caso es que hay unas farolas de alumbrado público a las que la jungla se tragó hace años y permanecen encendidas las veinticuatro horas del día iluminando a los mosquitos.

El título de la película-reportaje de esta semana sería “La Libertad Tenía un Precio”, y al ser real como la vida misma me limitaré a transcribir las declaraciones de los dos personajes que entrevisté. El primero, que es un tipo de mediana edad a quien le gusta fumarse un porrito de maría de vez en cuando, me contó: “Me extrañó ver llegar una barca en la que solamente iban dos hombres que no tenían el aspecto típico de los turistas ni llevaban el mínimo equipaje. En cuanto desembarcaron, vinieron directamente hacia mi cabaña y, tras identificarse como agentes de la policía, la registraron de arriba abajo sin encontrar nada ilegal. Después me obligaron a mear dentro de un recipiente y comprobaron que mi aromática orina contenía restos de cannabis. En un país más civilizado esto no sería una prueba suficiente para arrestarme, pero sí aquí, y se me llevaron en la barca para encerrarme entre rejas. Al no ser este mi primer encuentro con las fuerzas de la ley, mientras íbamos hacia Marang empecé con las obligadas negociaciones, y antes de llegar a tierra acordamos un precio razonable (60 euros) que pagué inmediatamente, así pude regresar sin más inconvenientes. Me salió mucho más barato que si me hubiesen metido en comisaría como me sucedió en otra ocasión, porque entonces habría tenido que sobornar a más gente”.

El segundo personaje que entrevisté también estaba relacionado con este tema, pero se hallaba en el lado contrario de la “valla”, pues trabajaba como guarda en la cárcel provincial de Terengganu. Somos lo que hacemos, y a pesar de su juventud tenía la cara de un peligroso y antipático bulldog; además iba armado incluso estando de vacaciones. Respondió telegráficamente a mis preguntas como si le costase pronunciar cada palabra: “La cárcel se edificó para albergar a ochocientos presos, pero actualmente hay más de mil doscientos. El setenta por ciento de ellos cumplen penas relacionadas con las drogas. Hay pocos extranjeros, y la mayoría de éstos son iraníes o nigerianos”.

En armonía con este tema os contaré que un día entró un ladrón en mi cabaña. Debió verme partir en barca hacia Marang y aprovechó la ocasión. No tuvo que esforzarse mucho porque la ventana cierra mal (bueno, en realidad no cierra en absoluto, pero debido a su diseño no podría pasar por ella ni un gato), y solamente tuvo que meter la mano para lograr abrir la puerta. Aclararé de entrada que no me robó nada porque no había nada de valor (ventajas de ser un “miserias”), ya que yo llevaba conmigo la cartera, el dinero y el pasaporte además del ordenador. Al ser yo un papanatas robótico y seguir unas rutinas inamovibles, adiviné que había sucedido algo raro incluso antes de llegar a la cabaña. Para empezar vi las huellas de unos pies descalzos en los escalones gracias a la arena que había dejado (afuera hay un grifo en el que me los limpio siempre para no llenar la cabaña de arena). Aunque el ladrón frustrado había vuelto a poner el seguro de la puerta, al entrar comprobé por dónde se había movido y las cosas que había tocado sin dejarlas exactamente como estaban. Desde ese día evito la posibilidad de que vuelva a suceder algo así asegurando la puerta con una cadena y un candado que coloco fijándolo con la ventana.

FAUNÓPOLIS

  • Aparte de dedicarme a contemplar peces dentro del agua, también lo hago fuera de ésta porque son muchas las veces en que un grupo de ellos salta y sale a la superficie huyendo de algún depredador.
  • Al explicaros que había visto una gran tortuga marina me olvidé de mencionar que, tras permanecer sumergida un montón de tiempo, sólo necesitó sacar la cabeza un instante para tragar suficiente aire y volver a las profundidades.
  • El amigo holandés tiene un bebé de tortuga con el que juego todos los días soñando con liberarla.
  • La soledad de esta playa comporta que prácticamente pueda identificar a quién pertenecen las huellas que veo sobre la arena. Entre éstas se encuentran las de un lagarto pequeño que no medirá más de un metro y la recorre diariamente de un extremo a otro y luego regresa por el mismo camino. Debido a esa rutina y a la lentitud con que hace sus paseos, me lo imagino como a un viejo pensionista que sólo sale de “casa” para mover un poco el esqueleto.
  • En un árbol cercano reside una pareja de pájaros de los que una tarde se metió uno en mi cabaña y luego no sabía salir a pesar de tener la puerta y la ventana abiertas. Mientras iba de un lado a otro, su compañera le esperaba afuera con cara de preocupación. Al ver que se acercaba el anochecer, al fin fui a por él con la escoba. Lo estuve persiguiendo hasta agotarlo, y lo saqué afuera en cuanto se quedó sentado sobre “mi arma”. Desde tan excitante día se ha convertido en amigo mío y deja que me acerqué a él con la seguridad de que no me lo voy a comer.
  • Entre los pájaros de la isla hay una especie de palomas silvestres que vuelan en grandes bandadas, y vistas desde abajo tienen el mismo color blanco y la franja negra en las alas que el “Águila Marina” como si tratasen de mimetizarla.
  • Debido al viento que sopla desde oriente, o sea a mis espaldas, hoy los murciélagos frugívoros han regresado de sus correrías nocturnas en tierra firme agotados y con tanto retraso como para hacerlo bajo los rayos del Sol; en vez de ir agrupados como al partir, en esta ocasión parecían los ciclistas de un pelotón desmembrado.
  • Para terminar con el tema de todos esos “bichos” que a vosotros os deben dejar indiferentes pero que a mí me fascinan, mencionaré a una mariposa nocturna de un tamaño, belleza y colores increíbles cuyas alas tienen unas formas irregulares que no había visto jamás.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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