La crónica cósmica. El samadhi del naga baba

La crónica cósmica. El samadhi del naga baba
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Unos trazos para los recién llegados. A pesar de que Rishikesh sea otra de tantas ciudades indias feúchas y ruidosas, su aspecto y atmósfera cambian radicalmente al cruzar el río Ganges y llegar al barrio prácticamente peatonal de Swargashram, donde predominan unos áshrams parecidos a zonas residenciales ajardinadas y la mayoría de sus habitantes son sadhus, swamis, saniasis y demás tipos de monjes. Rizando el rizo, Swargashram se encuentra encerrado entre las aguas sagradas, limpias, verdosas y frescas de un Ganges joven (que se halla enmarcado entre playas de arena blanca y acaba de descender desde los cuatro mil metros de altitud en que se halla el glaciar del cual brota) y las colinas del “Parque Nacional de Rajaji” por las que pululan elefantes y tigres.

A pesar de ser un solo país, dentro de la India se dan unos precios totalmente distintos; sirva como ejemplo que Bombay, Bangalore y Goa son unos destinos que resultan poco asequibles a mis estreñidos bolsillos; que es el caso contrario de los sitios baratos como los estados de Bihar, Andhra o Madhya Pradesh. En Delhi todavía se puede sobrevivir si no te ves obligado a desplazarte de un lado a otro. Rishikesh se ha estado encareciendo continuamente (¡En Gorakpur la comida costaba la mitad!) sin que, como es habitual, se hayan preocupado de aumentar la calidad de los servicios. De encontrarnos en el Nepal, cada hotel, áshram y restaurante tendría “wi-fi” gratuito, mientras que aquí, cuando les hablas de ello, te observan con desconfianza como si pretendieras estafarles.

Para llevar a cabo un “samadhi”, los santones ralentizan las funciones vitales hasta que el corazón solamente realiza una pulsación cada hora. El amigo Vishambarpuri, “naga baba” de gran sabiduría y buen humor, había hecho varios “samadhi”, y en cada ocasión permaneció enterrado una semana sin oxígeno, comida ni agua. En más de una ocasión habíamos hecho la prueba de tomarle el pulso pudiendo comprobar que él lo detenía a voluntad. La comisaría de policía local se encarga primero de autorizar la ceremonia, y a continuación sella y hace constar en la documentación del santón que efectivamente ha llevado a cabo el “samadhi”. Una amiga italiana, santona ella, me cuenta que fue testigo del “samadhi” realizado por una santona japonesa que permaneció enterrada durante quince días en un sarcófago cúbico de mármol, perfectamente sellado, del que salió tan fresca y como si acabase de despertar.

Érase una vez un ciego de nacimiento que permaneció treinta años sentado junto al Puente del Dios Rama, Ram Jhula, cantando continuamente el nombre del dios y de su esposa, “Jei Sia Ram, Sita Ram”. Observándole, yo pensé: “No sabe que he pasado docenas de veces a su lado; pero, además, no ha visto jamás el Ganges, ni la sonrisa de un niño, las llamas de una hoguera, el careto de Mister Bean, el culo de Brigitte Bardot, la delicadeza del Taj Mahal, una puesta de Sol tropical, el firmamento estrellado, o los cuadros de Van Gogh”. Y me pregunté: “¿Qué imágenes debe aportarle su imaginación?”.

Hace dos años el amigo provenzal Luc estuvo merendando junto con su esposa californiana y el hijo de ambos en una cafetería de Puna, cerca de Bombay, en la que, una hora después de que ellos hubiesen partido, estalló una bomba que mató a todo el mundo.

Gracias a la frontera natural que crea el Ganges los ciudadanos de Rishikesh ven de vez en cuando a los elefantes que salen de la jungla para tomar un baño tranquilamente: en una orilla el mundo moderno de la marabunta humana y en la otra el de la naturaleza.

Después de pasar seis meses comiendo continuamente arroz y verduras, ahora alimento mis debilidades con la gran diversidad culinaria de Swargashram. A ello se han juntado también las exigencias azucaradas del que es sin duda alguna el mejor costo terráqueo, el carísimo (a dos euros el gramo) “charas”, del que, de compararlo con la maría que fumábamos en Chitwán, sería como hacerlo entre un buen Ribera del Duero y vino peleón.

Llegó el amigo occitano con quien me citara aquí el verano pasado, y ambos visitamos a una pareja milanesa que, como en cada ocasión, nos invitaron a tomar un café italiano tras otro antes de terminar sirviéndonos un espectacular plato de espagueti aderezados con parmesano. El bávaro Reiner también ha reaparecido en escena; curiosamente, ambos hemos pasado los últimos seis meses en el Nepal, aunque él lo hizo en las alturas de Pokhara, a los pies de los Annapurna, mientras yo estaba en las llanuras del Terai. Otro recién llegado que está encantado con las temperaturas veraniegas de Rishikesh es el francés Jean, quien dejó su casa centenaria en las montañas del Ardêche completamente congelada y a muchos grados bajo cero.

Me han asegurado que los geranios repelen maravillosamente a los mosquitos.

Una vaca callejera soltó una larga y cálida meada, y un hombre se apresuró a recoger tan sagrado líquido con las manos para purificarse lustrándose el cabello.

Una aclaración sobre el funcionamiento de la industria del yoga. Los maestros de distintos países que aterrizan en Rishikesh (o residen permanentemente aquí), alquilan alguno de los muchos salones y terrazas que ofrecen los áshrams y los hoteles (e incluso un hotel de arriba abajo), y organizan unos cursos que ya han anunciado con antelación en Internet. De esa forma las ofertas son constantes y los aficionados al yoga tienen la satisfacción asegurada sea cual sea su especialidad.

De la misma forma que algunas personas aseguran haber nacido con el cuerpo equivocado, en Swargashram tenemos un becerro que sufre un problema parecido. En este caso el joven cornudo está convencido de ser un perro guardián, y se cuela en el jardín del amigo Rawat para aposentarse sobre el felpudo, desde donde controla a quien entra y sale.

El Planeta de los Simios. Mientras daba mi paseíto matinal asustando a los pajaritos con mis cantos, al meterme por uno de los callejones que corren entre los áshrams creí hallarme en una película al ver venir en mi dirección a más de sesenta macacos. Estaban representadas todas las edades, con los papás, las mamás, los jovenzuelos y los bebés. No había ni una persona a la vista. Crucé entre ellos (con el esfínter controlado y sin tener la mínima dificultad) repitiendo el mantra adecuado para la ocasión, “soy invisible y estoy ciego, soy invisible y estoy ciego”.

Debido a mi ignorancia tiendo a pensar que generalmente a la señorita Filosofía le sentaría bien la compañía de la abuela Psicología.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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