Una parte de la película hindú que pocas veces aparece en las pantallas occidentales tiene que ver con su tradicional sistema matrimonial. Las bodas son concertadas por profesionales, aprobadas por los astrólogos, y la novia siempre se traslada a residir al domicilio familiar del novio, que se halla invariablemente en otra población, y ella se convierte temporalmente en esclava de la suegra. Completando tanta barbaridad, es el padre de la novia quien paga una dote exagerada que será mayor si desean conseguir un buen partido. Pero no hemos terminado, pues resulta que, en muchas ocasiones, cientos de ellas, la familia política “suicida” o “accidenta” a la recién casada cuando ya ha cobrado, o lo hacen si el padre no cumple con los pagos acordados (que al ser tan desmesurados se hacen a crédito).

Una de las razones por las que he tocado tan tenebroso tema está en un estudio con el que han comprobado que, en la gran mayoría de estos casos, la suegra es la instigadora de los crímenes. La otra razón está relacionada con unos hechos que acontecieron en el año noventa y uno: cuando apareció la noticia en los periódicos indios yo la recorté y guardé porque, aparte de ser primitivamente bestial, se había dado a menos de cincuenta kilómetros de una ciudad como Delhi en la que incluso había clubs de intercambio de parejas.

Sucedió que, érase una vez, un chico y una chica se enamoraron; tenían quince o dieciséis años, y hasta el más obtuso sabe que sus sentimientos se considerarían naturales y normales en cualquier lugar en que reinase la tolerancia; pero resulta que eran hindúes y, mientras que ella provenía de una casta alta, él pertenecía ni más ni menos que a la de los “dalit”, o sea los intocables. Aunque solamente se vieron cuatro veces en secreto y ni tan siquiera llegaron a hacer manitas, en el momento que los familiares de la chica se enteraron de tan inaceptable relación, los cogieron y ataron a ellos y a un primo del chico que les sirviera de enlace, ordenaron que se presentasen los familiares del chico, colgaron a los tres jóvenes de los pies, los estuvieron torturando toda la noche, y de madrugada sus mismos padres les ahorcaron. Cuando un periodista le preguntó a la madre de la chica si se arrepentía de haberla asesinado, ella respondió que todo lo contrario, pues estaba muy orgullosa y volvería a hacerlo.

Si he recordado este drama ha sido porque justo ahora, veinte años más tarde, el lento sistema judicial indio ha sentenciado a muerte a tres de aquellos criminales de honor y a cadena perpetua a seis más. El caso es memorable por ser simplemente la primera vez que se dan unas sentencias que, de alguna manera, están en armonía con el crimen cometido, y podrían servir de advertencia a esa sociedad en la cual se continúa creyendo que el linchamiento es legal.

Ya que hemos entrado en temas caseros, aquí van unas imágenes hogareñas. Érase una vez un matrimonio que tenía tres hijitos y residía en una cabaña de caña y adobe, de unos veinte metros cuadrados cortos, que se hallaba partida en dos mitades por un tabique (también de caña). En la parte frontal habían montado una lucrativa cafetería (donde también vendían galletas y cigarrillos) que disponía de una mesa exterior para atender hasta a cuatro clientes. En la parte trasera estaba la vivienda en sí, con unas colchonetas y el típico baúl de chapa que hace las veces de armario y caja de caudales. El suelo era de tierra prensada, el tejado de paja, usaban la letrina del vecindario, y también la bomba manual de agua bajo la que se lavarían ante todo el mundo. Su situación y nivel eran poco distintos del resto de la aldea.

El domicilio de Shankar es mayor y tiene diferentes partes, que si en este rincón duermen los tatarabuelos, que si aquí esto y que si acá aquello. Pero donde se desarrolla la vida familiar, por lo menos mientras sigan teniendo unas temperaturas suaves, es en una especie de chiringuito de bambú y caña (de hierba de elefante), de unos tres metros de ancho por diez de fondo, cuyos muros solamente te llegan a la cintura. En la zona posterior, y tras un tabique de cañas, se esconde primero la cama matrimonial y a continuación la cocina (en el suelo y usando leña). En la frontal han instalado dos mesas, con sus manteles y jarros con flores; y su sueño, como ya está sucediendo, es convertirlo en un restaurante que sirva comidas caseras por encargo. Al tener cerca el edificio local de la telefónica donde pasan la noche muchos oficiales, no hay día en que no recojan unas mil rupias.

Imágenes domésticas. Era de mañanita. Los cuatro hijos de Shankar hacían los deberes, tarea que se realiza invariablemente al despertar a las seis de la mañana (almuerzan a las nueve antes de ir a la escuela y cenan antes de las seis). Nosotros estábamos sentados en tan improvisado restaurante viendo pasar entre la niebla a los elefantes que iban camino del curro, mientras la esposa de Shankar servía “chai” a tres ingenieros de la compañía que estaban haciendo trabajos por los alrededores de Sauraha, y él preparaba un “chílom” con la maría que uno de ellos le había traído de la capital. Entonces me fijé que al otro lado de la calle, donde el barrendero arroja la mierda de los elefantes (la recoge con una pala y la transporta en una caja metálica que lleva en la parte de atrás de su bicicleta), habían brotado unas cuantas setas mágicas, y supe inmediatamente lo que desayunaría.

El asfalto es de cosecha reciente y ha sustituido a un camino polvoriento y pedregoso por donde no daba ningún gusto andar. Aparte de la extensa colección de animales que ya he mencionado anteriormente, por esta única calle transitan muchos niños, y es de lo más normal que te encuentres paseando a una pareja formada por una niñita de cuatro años que cuida de un hermanito que todavía está aprendiendo a andar.
Para terminar con la descripción de diferentes domicilios “sauraheños”, quizás valga detallar que el mío tiene la forma de una cabaña de unos…, espera que voy a medirla: exactamente veinte metros cuadrados sin contar el porche. El suelo es de un feo cemento pulido, las paredes de caña y barro (con pocos centímetros de grosor), la única columna esta hecha con el serpenteante tronco de un árbol, la puerta es de caña, las dos ventanas (¡que incluso tienen cristales y mosquiteros!) muestran el verdor del jardín por el que pasta la jaca, las vigas son de madera, y el tejado, sacando provecho de lo tradicional y lo moderno, es de chapa, pero por afuera está protegida del sol (¡y de la vista!) con paja.

Sobre los campos de Sauraha en los que algunos retrasados todavía se hallan liados terminando de cosechar el arroz, ya se está imponiendo el color amarillo de las flores de la mostaza a un ritmo que resulta simplemente increíble para los ojos de un mediterráneo. Shankar ha decidido que este invierno plantará trigo, al que seguirá el arroz primaveral que necesita ser regado, y luego el de los monzones. ¡Hay sitios donde incluso consiguen cuatro cosechas anuales!

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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