La crónica cósmica. Energía positiva

Yo no lloro por las penas de los demás. Bueno, en realidad, tampoco lloro por las mías, pues mis lágrimas son invariablemente alegres. Pero siento una profunda tristeza cada vez que escucho la palabra extinción, porque no puede haber nada más triste que la extinción de una tribu con la que desaparecerán su idioma y sus tradiciones milenarias, la extinción de un animalito que ha evolucionado durante millones de años hasta alcanzar unas facultades insólitas, o la extinción, como ya ha sucedido, del noventa por ciento de los humildes insectos mientras nosotros cubríamos el mundo de pesticidas y polución.

Si esas extinciones se debiesen a desastres naturales, quizás me limitaría a exclamar, “¡Qué putada!”, como hicieron mis ancestros al ver desde Marte como se alteraba la órbita de una de las dos lunas que entonces tenía la Tierra, y terminaba chocando con su hermana mayor provocando la extinción de los simpáticos saurios y demás fauna de aquella remota época. Sin embargo, al no ser así y deberse tales extinciones a la codicia (más, quiero más) y la cobardía de los seres humanos (una araña, qué miedo), no puedo sentir más que vergüenza ajena.

He culpado a la codicia y la cobardía porque han sido los primeros ejemplos que se me han ocurrido, pero también habría podido mencionar, entre otros efectos destructores, vuestra adicción a los fármacos (sobre todo los antidepresivos, que terminan en muchos casos en el agua y afectan a los peces), al consumismo desmesurado o a la estupidez, como la de los cazadores “que tanto quiero”, señores que entre los meses de enero y septiembre del año anterior provocaron en España seiscientas cinco víctimas humanas en accidentes de caza, entre las que hubo cincuenta y una defunciones. En tal cómputo no entran Euskadi ni mi tierra, Cataluña, donde la semana anterior un cazador mató a un hombre que recolectaba piñas en un bosque, y a otro le mataron a su perro mientras paseaba.

Para que veáis cómo está el patio, la federación de cazadores españoles está tratando de impugnar las órdenes que, siguiendo las normas del gobierno de la Unión Europea, ha impuesto la Comisión del Patrimonio Natural para proteger al “Lobo Ibérico” prohibiendo su caza. Y lo mismo ocurre en cuanto a la tórtola.

¿Unas cifras más para terminar de amargaros el día? En España, país famoso por su falta de empatía y poca sensibilidad hacia los animales, son abandonados anualmente más de doscientos ochenta mil perros y gatos. Y en el mundo mueren cada segundo tres mil animales para el consumo humano: al ser yo lo que se podría denominar invitado perenne y no decidir nunca qué tipo de comida tomo, me alegra que aquí, en la casa de los amigos valencianos, se dé un caso parecido al de mi residencia nepalesa de Sauraha, donde el noventa por ciento de la alimentación es vegetariana.

Tras estos párrafos que pecan de depresivas, voy a llenar las siguientes con algunos datos alegres. He decidido que en mi próxima encarnación trataré de ser gato en un país musulmán. Pensé en ello al ver ayer un reportaje acerca de los gatos callejeros de una de mis ciudades preferidas, Estambul, donde la gente los mima y alimenta de una forma enternecedora.

Me recordó Malasia, otro país musulmán que es el paraíso gatuno, teniendo sus ejemplos más exagerados en una aldea de pescadores en la isla de Pinang y en otra isla, la de Duyong, que se halla en la costa oriental y en la desembocadura del rio Terengganu, donde habitan cientos de felices gatos (pero ni un solo perro) y te encontrarás por la calle a gatitos diminutos que pasean tranquilamente a su aire con la seguridad de que todo el mundo cuidará de ellos.

Mi amor por todos los animales se acentúa con los dos que conviven habitualmente conmigo (a menos que resida en la jungla), o sea los perros y los gatos; y a pesar de que los primeros son un encanto y personifican el amor total, siento más simpatía por los gatos por el simple hecho de ser independientes (como pretendo serlo yo). Tu perro puede estar triste o alegre dependiendo de cómo lo trates, pero nunca se enfadará contigo; mientras que tu gato, te mandará a paseo si te pasas un poco de la raya y buscará otro hogar (y antes de irse quizás se cague dentro de tus zapatos, como hacía el gato de Fat Fredy de los “Freak Brothers).

Energía positiva

Energías positivas. Yo me corro de gusto, tú te corres de gusto, todo dios se corre de gusto. Recientemente se hizo otro descubrimiento científico para el que no hacían falta estudios ni laboratorios: el optimismo y, en fin, el buen rollo, comportan salud y longevidad. Así, cuando escribo estas crónicas gozando como un cerdo, estoy llevando a cabo una ceremonia que me sienta de forma parecida a uno de esos tónicos de la medicina ayurvédica india que lo curan todo.

Pero hay más, por ejemplo, cuando el Señor y la Señora Lobo de la Colinas Kumaon de la India respondían a una de mis preguntas compartiendo conmigo su vasta cultura, entre nosotros no se estaba dando la relación que prima generalmente entre un maestro y sus alumnos porque, mientras uno aportaba sus conocimientos y el otro su atención, algo que hacíamos simplemente por amistad, o sea por amor, estábamos creando un vínculo energético del que ambos sacábamos provecho recargando nuestras baterías.

Con ello, os agradezco vuestro papel de lectores hipotéticos que, como unos supuestos oyentes radiofónicos (¿habéis escuchado el último podcast de www.conmochila.com?), ya cumplís con vuestro cometido energético por el simple hecho de existir, de estar ahí, y de seguir vivitos y coleando.

En cuanto a las anécdotas que narro compulsivamente como todo cronista nato, creo que han de sentaros como unas vitaminas imaginativas, aunque, con toda seguridad, de poder visualizar las imágenes que han creado en vuestras mentes, descubriríamos que cada uno está leyendo un tebeo del que, a pesar de tener el mismo guionista, las ilustraciones son propias y, así, distintas. Es un caso parecido al de aquel rajá que juntó a una docena de ciegos y, después de ordenarles palpar a un elefante, comprobó atónito que cada uno de ellos le describía a un animal totalmente diferente.

En la creación del cóctel que se da en mi sitio predilecto de las Colinas Kumaon que mencionaba antes, colaboraron diversas personas y circunstancias. Evidentemente, la naturaleza empezó por aportar la colección de lagos que alimentan sus bosques y a los animales que habitan en ellos. Las primeras personas en tomar cartas en el asunto fueron dos hermanas inglesas que, tras enamorarse del lugar, lo adquirieron en el año 1870 para atraer a sus compatriotas cuando huían de las llanuras durante las bochornosas primaveras indias. Aquellas emprendedoras señoras bautizaron la finca con el nombre de “Mild Lakes”, y en ella, aparte de residir en la jungla, los visitantes podían dedicarse a la caza y la pesca.

Sesenta años más tarde, en 1930, apareció en escena el señor Jones, que era norteamericano, presbiteriano y, además, obispo, quien fundó un áshram cristiano y, entre otras disposiciones, prohibió cazar a los leopardos. El siguiente en hacer acto de presencia en los años cincuenta fue el último rey del Nepal, al que había destronado un primo suyo, y éste, un amante de la naturaleza, adquirió la mayoría de tierras que colindaban con las del áshram. Completando las circunstancias que auspiciaron la supervivencia de esos bosques, durante las últimas décadas del Siglo XX el Servicio Forestal del gobierno indio expropió diversas fincas para crear una reserva que todavía no se ha convertido en realidad.

Hasta aquí la parte positiva. La negativa está en que, aparte de los pocos árboles que son talados ilegalmente, el mal que podría acabar con estos bosques son los periódicos incendios forestales que, a pesar de no afectar generalmente a las plantas desarrolladas, pues las llamas no pasan de correr a ras del suelo gracias a la limpieza sistemática que llevan a cabo las campesinas, destruyen los brotes comportando la creciente calvicie de esas montañas.

Ya que hemos abierto el baúl de los recuerdos de las Colinas Kumaon, continuaremos un poco más en ellas y os contaré que una noche, el amigo al que llamo Señor Oso, vino a mi cabaña trayendo una botella de ron que compartimos junto con unas pipas de costo. Al partir, y debido al pedo que él llevaba, optó por tomar el camino más largo, pero menos abrupto, y se dirigió a su aislada granja cruzando los bosques del áshram.

Tal como parece estar mandado entre los indostanos, el Señor Oso no llevaba más linterna que la poca luz producida por su teléfono móvil (y, si no, para eso están las linternitas que llevan los encendedores chinos); pero ésta fue suficiente para mostrarle cuatro destellantes ojos amarillentos que le observaban desde la oscuridad, y se vio obligado a regresar por donde había venido cuando a tan horripilante visión se le unieron unos terroríficos rugidos con los que una pareja de leopardos parecía preguntarle: “¿Pero tú no sabes, mono indiscreto, que en esta época celebramos la Luna de Miel?”.

El Señor Oso había aprovechado aquella visita para invitarme a comer al día siguiente, y cuando llegué a su casa, aparte de contarme la aventura de los leopardos, me sirvió la carne de un jabalí al que su mujer había guisado hasta dejarlo convertido en pura crema. Debido al bochorno y la sed, el pobre jabato se las había arreglado para hallarse en el peor momento en el sitio equivocado, pues decidió abrevar en el Lago de Sita, a pocos metros de donde se hallaban dos jóvenes pescadores de caña que, al advertir su presencia, le partieron la cabeza con una roca.

Valga aclarar que por esos alrededores se encuentran dos tipos de pescadores, de los que unos se dedican a ello profesionalmente, o sea para vender los peces en el bazar, y los otros, quienes, más que nada, usan tal actividad como excusa para organizar fiestas junto al lago, o sea que lo hacen por afición, y liberan sistemáticamente a cuantos peces pican el anzuelo.

MIRA LO QUE PIENSO – Debido a mi gandulería innata, pero, sobre todo, al descontrolado funcionamiento de mi memoria, que solamente recordará lo que le parezca notable (como los paisajes y la geografía en general), ya hace tiempo que no trato de aprender las lenguas de los sitios en que vivo. Pero es que, además, pienso que las personas que actualmente no hablan inglés no están interesadas en comunicarse con los extranjeros y tienen la mente cerrada, así que yo tampoco querré hablar con ellas. Recientemente leí un reportaje acerca de un estudio titulado “English Proficiency Index” en el que se aseguraba que había una relación entre la capacidad para hablar inglés y el grado de justicia social o igualdad como apertura hacia el exterior. En armonía con lo anterior, valga mencionar que actualmente, cuando se ha celebrado el 212 aniversario de Charles Darwin, el 40% de los norteamericanos siguen siendo creacionistas.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.