La crónica cósmica. Érase un náufrago amnésico que…

Si esta crónica fuese parte de una serie televisiva, ahora os haría un resumen de los capítulos anteriores para recordaros que estaba contando un viaje que, hasta el momento, me había llevado a Roma, Bríndisi, Corfú, Atenas, Mikonos, Nafplio, Olimpia, Meteora, Salónica, Estambul, Capadocia, Alepo, Palmira, Homs, Damasco, Amman y Petra. Y que terminé la crónica anterior en Jerusalén con un “continuará”. También os recordaré que tales correrías se daban en otoño de 1984.

A pesar de mis dudas acerca de cuanto afirman las tres religiones bíblicas, me gustó meter las narices en los rincones antiguos de Jerusalén en que supuestamente sucedieron hechos históricos que no voy a detallar porque sería el nunca acabar.

Una parte del Monte del Calvario había sido convertido en una estación de autobuses palestinos. A pesar de que en aquellos tiempos la rivalidad entre los palestinos y los judíos era más suave que ahora, las matrículas de los vehículos de unos y otros eran distintas, como también lo eran los transportes públicos: los judíos tenían unos autobuses modernos y puntuales, mientras que los de los palestinos se caían a pedazos y nunca sabías cuando llegarían. En fin, que había una descarada segregación que me recordó a la del apartheid sudafricano o a la de la Alemania nazi.

Fui a Nazaret en un autobús palestino sin saber que había toque de queda y me paseé por sus desérticas callejuelas siendo observado desde las ventanas por docenas de asombrados ojos palestinos. También estuve en Belén, pero partí inmediatamente porque la población estaba abarrotada de peregrinos católicos con los que preferí no codearme.

Aunque ya había empezado a padecer el “Síndrome del Viajero Solitario” y cada vez me gustaba más la soledad, esto no fue óbice para que entablara relación con un trotamundos holandés que era mi vecino de cama en el dormitorio del hostal de Jerusalén donde me hospedaba. Se hallaba en la treintena igual que yo, estaba un poco calvo, llevaba una perilla y se llamaba Hans. Le gustaba paliquear y viajaba con todo lo necesario para cocinar. Hicimos buenas migas porque ambos éramos vegetarianos. Pocos días después me propuso que fuese con él a Eilat, ciudad portuaria del Mar Rojo que está al sur de Israel, y tiene por un lado la frontera jordana y, por otro, la del Sinaí, península que Israel devolvió a Egipto al firmar el tratado de paz en 1979. Yo, que no tenía planes ni una guía de viaje, acepté sin dudarlo, como también lo haría en el futuro al acompañar a diferentes viajeros con los que me cruzaría.

Lo que no me dijo Hans, el holandés, era que nos hospedaríamos en un sitio muy especial: sobre la arena, justo en la frontera egipcia, en la costa del Mar Rojo, bajo las palmeras de la histórica playa de Tapa. Una de las cosas buenas de Israel estaba en que era legal acampar libremente en sus playas e, incluso, instalaban en ellas baños y sitios para cocinar y lavar los platos. En Tapa conocí a un judío norteamericano cuarentón llamado Tommy que había vivido varios años en distintas playas. Pero en Tapa no dormía sobre la arena, sino en un colchón tamaño matrimonial que compartía con varios perros. Sin embargo, Tommy no era el único en cuidar de sus perros, ya que había bastantes igual, y se agrupaban junto a las personas que les daban buen rollo y quizás un poco de comida. Una mañana nos quedamos pasmados al descubrir que, durante la noche, unos soldados israelitas habían envenenado a casi todos los perros y los estaban arrojando en un jeep. Hubo un enfrentamiento entre los “residentes” israelitas de Tapa y los militares que terminó rápidamente cuando aparecieron más y más soldados, que encerraron a los rebeldes en el mismo jeep en que agonizaban los perros y se los llevaron al cuartelillo.

Hasta aquel momento nos habíamos sentido en la gloria en Tapa, pero el incidente de los perros nos animó a juntarnos con unos alemanes que se dirigían a un oasis situado en la costa del Sinaí, al que llegamos tras viajar varias horas en un autobús egipcio. Aunque en el oasis pudimos tener una cabaña que nos protegiese del rocío, ésta estaba formada solamente por unas ramas de palmera, sin puerta alguna y la arena seguía, como en Tapa, siendo nuestra cama. Lo mejor de viajar como yo, o sea sin saber nada de los lugares a los que voy, está en las sorpresas que recibo continuamente.

La de aquel oasis la tuve cuando alguien me dio unas gafas de buceo y me dijo que me metiese en el mar. Únicamente un poeta podría describir lo que vi bajo aquellas aguas de increíble transparencia: uno de los arrecifes de coral más impresionantes de este mundo, que tenía la forma de un muro que se hundía hasta grandes profundidades, y era una auténtica jungla marina en la que cientos de peces de distintos colores competían con el colorido del coral. ¡Cuánta belleza y qué maravilla!

Hans esperaba un giro de su madre desde hacía varias semanas y, cuando al fin se quedó con los bolsillos vacíos, le presté dinero. De todos modos, gracias a su cocina portátil podíamos mantener el presupuesto y comer de maravilla estuviésemos dónde estuviésemos. Fue así al regresar a Israel e ir Masada, la colina en que los rebeldes israelitas mantuvieron a raya a las tropas romanas durante mucho tiempo, hasta que fueron masacrados o se suicidaron. Aunque estaba prohibido pernoctar allí, nosotros pasamos la noche bajo las estrellas y cenamos de maravilla. Nuestro siguiente destino fue el Mar Muerto, donde la densidad de la sal te permite flotar e, incluso, leer el periódico como si estuvieses sentado en un sillón. A poco de llegar oímos ya de lejos las carcajadas de los bañistas. Me pregunté quienes serían aquellos imbéciles hasta que, al meterme en el agua, empecé a reír como ellos al sentir aquella extraña sensación flotante. Por si planeáis ir al Mar Muerto y tener tan hilarante experiencia, os aconsejo que no metáis la cabeza bajo el agua, pues sería como si os arrojasen un puñado de sal a los ojos.

Al volver a Jerusalén, Hans, descorazonado, comprobó una vez más que todavía no le había llegado el giro de su madre. Entonces le hice mi primera proposición de aquel viaje, y él la aceptó: iríamos a la ciudad griega de Nafplio y trabajaríamos recolectando naranjas. El desvencijado barco, en cuya cubierta dormiríamos, y nos llevaría hasta el puerto griego de El Pireo, zarparía de Haifa un par de días más tarde. Días que decidimos pasarlos en la histórica Acre, donde Napoleón sufrió su primera derrota. Nos estábamos quedando sin dinero y en esa población nos alimentamos con la verdura en mal estado que nos daban en el mercado. Nos hospedamos en el dormitorio de una pensión que, como toda aquella población, parecía de otro milenio. Allí Hans se enamoró de una chica alemana con la que acabaría casándose y teniendo varios hijos.

En Atenas mi amigo holandés telefoneó a su madre y en pocas horas recibió, al fin, el dinero con que devolverme el préstamo que le había hecho. Al haber estado antes en Nafplio, yo sabía que aquella población era el destino de muchos jóvenes europeos que, en otoño, trabajaban cosechando naranjas y luego se iban a la India. Sin embargo, no tenía la menor idea de lo duro que podía ser este curro. Cuando se organizó una huelga tras haber trabajado solamente un día, en el que creo que Hans comió más naranjas de la que recolectó, ambos decidimos que una vez y nada más. Entonces mi amigo dijo que regresaría a Holanda y me invitó a acompañarle. Me explicó que los Servicios Sociales de su país, aparte de pasarle una buena mensualidad, le costeaban una casita ajardinada en la que me podría hospedar todo el tiempo que desease.

Dos días más tarde partíamos de Atenas en un autocar con el que cruzamos imparablemente, y sin un momento de descanso, Yugoslavia, Italia, Suiza y Francia. Estábamos en diciembre y, en el centro de Europa, empezaba a hacer realmente frío; inclemencia que no fue óbice para que, tras permanecer unos pocos días en la casa de Hans, recorriésemos Holanda y Bélgica haciendo autostop y terminásemos instalándonos en el piso parisino de una simpática pareja vasca que había pertenecido a la ETA. Me acuerdo de la joven porque era una de las mujeres más guapas que haya conocido. Me despedí de Hans en una estación del Metro cuando él se dirigía a Alemania en busca de su futura esposa: durante varios años nos mantuvimos en contacto por correo, pero nunca nos hemos vuelto a ver.

Yo tenía los bolsillos literalmente vacíos y partí de París haciendo autostop. Permanecí horas bajo la lluvia hasta que un vasco me llevó a las afueras de la ciudad y, cuando tomó una de las salidas, me dejó en plena autopista. Siempre bajo la lluvia, me puse a andar por el arcén sin plantearme las muchas posibilidades que tendría de morir atropellado o de que me detuviese una patrulla policial. Curiosa y absurdamente, me sentía la mar de contento e iba cantando. ¡Y no estaba loco, que no, estaba como una cabra! La suerte estuvo conmigo, pues al poco se apiadó de mí un melenudo que me dejó en la primera gasolinera. Allí recorrí el aparcamiento mirando las matrículas de los camiones hasta que di con uno español, concretamente de Valencia. Cuando el camionero apareció y le pregunté si podría llevarme, exclamó el obligado “¡Che!” antes de explicarme que su jefe le tenía prohibido coger autostopistas, pero que, con aquel tiempo invernal, no me iba a dejar colgado. Ese buen tipo no solamente me llevó a mi pueblo, sino que de camino cocinó para mí y pude dormir calentito en el interior de la cabina.

Y colorín colorado, aquí he acabado el relato de aquel viaje de cinco meses que sería el preámbulo de muchos más.

MIRA LO QUE PIENSO

Érase un amnésico que leía cada día el mismo periódico y veía cada noche la misma película; y era muy feliz porque en el primero solamente había buenas noticias y la trama de la segunda era una comedia optimista. Érase un náufrago amnésico que cada día creía haber llegado por primera vez a una isla deshabitada, que recorría y exploraba con gran excitación, sobre todo al descubrir sus propias huellas y seguirlas esperando encontrar a otro ser humano.

“Cuando el gobierno viola las leyes, la insurrección es para el pueblo el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”. Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1793 en Francia.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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