La crónica cósmica. Érase una noche en que…

Érase una noche en que, al contrario que en otras ocasiones, mi antro predilecto estaba prácticamente vacío y estuve a punto de volver por donde había venido al temer que no podría ejercer como reportero Tribulete (personaje de un tebeo de mi infancia). Cambié de opinión al ver entrar a un amigo mío indio llamado Rajendra que iba acompañado de tres hombres más, y al poco ya estaba sentado con ellos alrededor de la mesa redonda que hay al fondo del local.

La crónica cósmica. Érase una noche en que...

Tras pedir cervezas para todos, Rajendra propuso a los demás que contasen hechos insólitos o anécdotas especiales, y él empezó diciendo: “Una prueba del mediocre poder olfativo de las panteras lo tuve al cruzarme con un tigre que no se enteró de mi presencia a pesar de hallarme a pocos metros de él, justo al otro lado del árbol tras el que me escondía temblando como un flan”.

El siguiente en hablar era un joven ucraniano al que yo había confundido con un escandinavo: “Un tío abuelo mío fue testigo de como unos soldados de las SS alemanas encerraban a los seiscientos habitantes de una aldea en un edificio y después le prendían fuego. Aquellos bárbaros, primitivos y sanguinarios, estuvieron riendo y bromeando mientras escuchaban los angustiados chillidos que salían del interior”.

Ahora tomó la palabra un griego de unos treinta años que tenía el cutis de un niño y una voz muy frágil: “Yo soy crédulo de nacimiento y, aunque llegué un poco tarde para participar en la revolución juvenil y sexual, creí que habíamos superado los tiempos de la Inquisición hasta que salí del armario y empezaron a cerrarse las puertas ante mí. En un país supuestamente civilizado me dieron de hostias por besar en público a un gay, y en otro incluso me detuvieron por tratar de seducir a un tipo de mi edad, como si nos hallásemos en la Inglaterra victoriana”.

El que habló a continuación era un portugués que ya iba un poco borracho antes del primer trago, quien desternillándose nos soltó: “Tras haber observado repetidamente que las esposas de mis amigos se oponían a que ellos tomasen unas copas y que se subían por las paredes si lo hacían, solamente puedo aconsejaros de manera parecida a cómo lo hace la policía de tráfico, aunque en vez de deciros que si bebéis no conduzcáis, os recomendaré que, si bebéis, no os caséis. ¡Ja!”.

La taberna se iba llenando paulatinamente de clientes. Debido a que yo no poseo ni necesito un teléfono, siempre observo extrañado a los tipos que permanecen ensimismados con esos aparatitos; y así lo hice cuando me acerqué a la barra para pedir otra cerveza y vi un joven europeo que tenía la nariz pegada al suyo. Entonces él levantó la mirada y, al encontrarse con la mía, me asombró explicándome que se pagaba la vida jugando al póker por Internet, como estaba haciendo en aquel momento. “Soy muy bueno y gano suficiente dinero para viajar continuamente”.

Al estar mirando al rey del juego, que por cierto resultó ser andorrano, no me había fijado en el hombre pelirrojo que se acababa de sentar a mi derecha, que tras presentarse diciendo que era irlandés y se llamaba Mike, se metió en la conversación: “Pues yo me gano la vida mangando. Es un don que llevo en la sangre y nunca me han cogido con las manos en la masa. Me gusta tanto robar que incluso lo hago sin la menor necesidad. Una jugada de mi invención es la de rellenar una botella de ron con té, a la que después repongo debidamente el precinto. A continuación, con ésta escondida en el bolsillo interior de mi chaqueta, iré a una licorería en la que, tras pedir una botella de esa misma marca de ron, le pegaré el cambiazo sin que el tendero se entere. Entonces daré por finalizado el espectáculo diciendo que me he dejado la cartera en casa y volveré enseguida. Otro sistema es darle el palo a un supermercado, como hice en el Nepal cambiando la etiqueta de una botella de coñac francés, que costaba veinticinco mil rupias, por una de setecientas. Si os interesa ligar costo os puedo pasar uno muy bueno que le quité a un “camello” de Katmandú que pretendía cobrarme más de mil euros por cien gramos de charas y doscientos de polen. Yo había bebido un poco e iba lanzado. Discutimos, nos mosqueamos, y cuando se puso un poco chulo, lo noqueé con un par de buenos puñetazos. ¡Ja, me llevé la compra gratis!”.

Me olvidé del irlandés y el andorrano al oír que alguien me llamaba. Al volverme vi a Sanjay, un nepalés que trabajaba como guía de la jungla y se conocía el “Parque Nacional de Chitwán” al dedillo. Tras pedir su habitual whisky, me contó: “Esta mañana estaba dando un paseo por aquella parte de la jungla a la que a ti te gusta ir porque nunca hay nadie, y al acercarme al río he visto tres ciervos que se disponían a cruzarlo. El primero ha tenido el tiempo justo de hundir las patas delanteras en el agua antes de que saliese disparado un cocodrilo y le clavase los colmillos en el anca. Me he agachado sin pensármelo un momento, he agarrado una piedra, la he lanzado y le he dado al cocodrilo en medio de la cabezota. ¡Ja, ha soltado al ciervo y ha desaparecido bajo el agua! Por cierto, ¿sabías que los cocodrilos trepan en los árboles?”.

El camarero, que conocía bien mis aficiones periodísticas, se acercó a mí y, señalando a una mujer que acababa de llegar, dijo que ella podría contarme muchas cosas interesantes acerca de su insólita vida. De todos modos, me aconsejó que me dirigiese a ella con tiento porque podía tener muy mala leche.

Fui hacia allí imaginando que podría ser italiana, española o portuguesa; pero cuando le pregunté cual era su nacionalidad, respondió: “Soy catalana” Tras aceptar hablar para mi grabadora, cuanto me narró no tuvo desperdicio: “En la adolescencia crucé varias veces Europa haciendo autostop. Estuve viviendo diez años en Berlín y, además de currar en diferentes lugares, me pagaba la vida falsificando tiques de tren y de conciertos, que luego vendía. En esa época, cuando ibas a una discoteca te estampaban un anagrama sobre el dorso de la mano, que te serviría de pase, y yo, que había estudiado dibujo, se lo copiaba a quien me pagase unos marcos. En aquella ciudad trabajé varios años como cocinera de un restaurante argentino; lo dirigía un porteño que había alquilado el local cuando no había absolutamente nada y, con sus propias manos, construyó desde la barra a la cocina y los baños. Al tiempo, los propietarios, que eran unos cabrones, empezaron a putearle tratando de echarle, e incluso llegaron a cortarle el agua caliente, jugada de la que yo fui la más afectada al verme obligada a trajinar en la cocina de tal manera. Al fin, tras muchos tira y afloja, los propietarios consiguieron una orden judicial obligándole a desalojarlo un día determinado. Pero la víspera el porteño me hizo una proposición que acepté con gusto: me presenté allí acompañada de todos mis amigos punkis y les di licencia para arramblar con cuanto quisieran y destruir todo lo demás. ¡Ja, nos emborrachamos de lo lindo y terminamos duchándonos con cerveza a presión!”.

La mujer calló mientras tomaba un largo trago de su cubalibre, y luego continuó: “De pequeña me ganaba una pasta cazando serpientes en el bosque, que luego vendía a un hombre que las mataba, secaba y comía, porque según aseguraba, iban muy bien contra el reuma que sufría. Yo les ponía una trampa hecha con un tuvo que no tenía salida y ellas se metían dentro por sí solas. Una vez traje una serpiente que a mi cliente no quiso y me la llevé de vuelta a casa, pensando en liberarla al día siguiente en el mismo sitio en que la había cazado, pero se escapó y apareció en casa de una vecina que se puso histérica. De todos modos, no creas que yo fuese solamente una malvada depredadora, pues amo mucho a los animales y, en más de una ocasión, rescaté a las palomas que mi madre compraba para meterlas en el puchero. Una de ellas se convirtió en mi mascota y, cuando yo iba a la escuela, vendría conmigo subida a mi hombro y solamente saldría volando para regresar a casa cuando yo se lo ordenase al llegar al cole. Una vez incluso me la llevé de vacaciones a un pueblo de los Pirineos y aprendió enseguida cuál era la ventana de mi habitación donde le ponía la comida.

En mi familia éramos todos buenos jinetes; la prueba de ello es que, cuando nos caíamos del caballo o éste tropezaba y ambos terminábamos por los suelos, nunca nos rompíamos algún hueso como les sucedía a los novatos, que incluso podrían partirse la cabeza y morir: sabíamos montar, pero también sabíamos caer. Una vez, mientras participaba en la festividad de San Antonio Abad en Barcelona, mi caballo se desbocó y, después de recorrer una gran avenida a galope tendido, terminó pegándose la gran hostia contra un camión que estaba aparcado: milagrosamente, ni él ni yo sufrimos el menor daño.

En el Amazonas conocí a un chamán que me mostró las cabezas reducidas de tres hombres, a los que había matado en el pasado, y me explicó compungido que ahora estaba prohibido acabar con sus enemigos. Cuando cazó un mono para cocinarlo, aprovechó para mostrarme como reducía su cabeza. Me la traje de vuelta a Europa, pero terminó en la basura porque se pudría”. Le pregunté interesado cómo se reducía una cabeza, y ella me explicó: “El chamán la despellejó a partir de la garganta igual que se hace con el cuerpo de un conejo; después, dándole la vuelta, la introdujo en un río para que los peces limpiasen cualquier resto de carne o sangre; luego la hirvió un rato para reducir su tamaño y, para terminar, le cosió los labios y los párpados y la rellenó de hierba seca. Él me contó que se reducía la cabeza del muerto para evitar que su espíritu le diese la tabarra. La ceremonia incluía tener esas cabezas colgadas en su cabaña, y me dijo con tristeza que antes había tenido muchas más, pero que habían ardido cuando se incendió su casa”.

Me despedí de aquella mujer recordando la máxima filosófica que dice: la vida no se mide por su duración, sino por su intensidad.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Al mirar la película “La Corresponsal”, que es muy buena y está basada en hechos reales, sentí una gran tristeza al ver completamente destruida (como ha sucedido en realidad por culpa de la guerra civil que sufre Siria) la preciosa ciudad de Homs en que yo había pasado muy buenos días. Recuerdo perfectamente la pensión en que me hospedaba: era antigua, estaba construida con madera de luminosos colores y mi habitación tenía unos grandes ventanales que daban a unos jardines.
  • Leyendo la intrigante e interesante novela de Andrés Pascual titulada “A Merced de un Dios Salvaje”, he aprendido que en Armenia ya se producía vino seis mil años antes de Cristo, y que el vino de la Rioja fue peleón y no pasó tan siquiera por una barrica hasta que la filoxera, el mildiu y el oídio acabaron con las viñas francesas, porque entonces los vinicultores de aquel país vinieron a España y escogieron la Rioja para empezar de nuevo. Así fue como los riojanos, demostrándose como unos buenos alumnos, aprendieron suficientes cosas al respecto para elaborar sus afamados vinos.
  • Cuanto más nos alejamos del camino natural, más enloquecemos: los mejores ejemplos los tenéis en algunas religiones, tradiciones e incluso en algunas tendencias modernas.
  • Que sientas vergüenza de tu madre o tu padre (todos lo hacemos un poco en la adolescencia) es tan vergonzoso como sentir orgullo de lo que deberíamos avergonzarnos realmente.
  • No me gustan las prendas de vestir verdes, no me gustan los coches verdes y no me gustan las casas verdes; pero me gusta el color verde de los ríos, de los loros, del bosque, de los trigales, de los maizales, de los arrozales y, por supuesto, el color verde de la hierba.
  • La prueba de mi transparencia está en las muchas veces que hago el gilipollas en público; pero, claro, esto se debe a que, como he dicho otras veces, la opinión de los demás me importa un bledo e incluso consideraría como un insulto que creyeseis lo contrario.
  • “Hasta que la muerte nos separe”, le dijo el alma al cuerpo.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

Artículos por : Nando Baba
3 comentarios
  • A los jóvenes (a nosotros nos sucedió lo mismo) les cuesta imaginar (aceptar) que los viejos fueran alguna vez jóvenes. Un abrazo.

  • fuiste joven, nando….
    yo soy calvo y cuando alguien ve una foto mia de joven, comentan: anda, si tenias pelo!!!
    salu2 ;-)

    • ¡JA! A los jóvenes siempre les ha costado aceptar (a nosotros también nos sucedía) que los adultos y sobre todo los viejos también fueron jóvenes: es como una limitación emocional de la imaginación. Un abrazo, calvo.

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