La crónica cósmica. Especialistas en comernos el coco

MIRA LO QUE PIENSO. Si tuviese la menor duda acerca de mi buen estado de ánimo actual, pues los homos sapiens somos especialistas en comernos el coco buscando preocupaciones donde no las hay, sabría que me siento de maravilla al comprobar que, en este domicilio alicantino, los días transcurren volando igual que en otros lugares de mi predilección, ya sean de la India, el Nepal o del Sudeste Asiático. Valga mencionar que influyen en ello las buenas vibraciones que los amigos valencianos tienen entre ellos, que me alcanzan automáticamente y son opuestas a las de otras parejas cuya relación se ha convertido en un campo de batalla y se pasan el día discutiendo.

La crónica cósmica. Especialistas en comernos el coco

Yo valoro la amistad por encima de los otros tipos de unión que se dan entre la gente, que podría definir diciendo, por ejemplo, “es mi sobrina, pero también mi amiga”. De todos modos, me parece que, cuando pensamos que alguien es nuestro amigo, deberíamos hacer una especie de valoración de uno al diez, pues muchas veces llamamos amigos a quienes son simplemente conocidos.

Todos tenemos algunos amigos con los que, a pesar de habernos relacionado con ellos durante muchos años, solamente lo hemos hecho en encuentros sociales en los que habremos tomado unas copas y hablado del tiempo, sin llegar nunca a profundizar, como lo sería compartir experiencias apasionantes o conversaciones profundas que nos permitiesen conocernos íntimamente. Y creo conocer mejor a personas con las que sólo he convivido durante un mes mientras viajábamos, que a otras que he tratado toda la vida sin llegar a saber realmente nada de ellas. Me parece que mucha gente no se conoce tan siquiera a sí misma porque no ha abandonado jamás la pecera en que vive y no tiene la menor idea de cómo reaccionaría en el caso de cruzar sus pasos con los de una pantera, notar el cañón de una metralleta apretado contra la espalda o ver que azotaban a alguien.

En varias ocasiones descubrí quién era yo realmente al enfrentarme al miedo para salvar a personas que se hallaban en peligro, y entonces pude decirle al papanatas del espejo: “Vaya, vaya, pues al fin va resultar que no eres tan cagueta como creías”.

De todos modos, también os confesaré que, mientras caía en picado con un parapente, tuve tanto miedo como para saber que, si sintiese un terror parecido, pongamos por caso, en el incendio de mi casa, saldría desvergonzadamente por piernas sin preocuparme de los seres queridos que estuviesen dentro, o saltaría por la ventana como hizo un vecino de Sauraha cuando hubo el terremoto del Nepal y fue el único difunto de la población, puesto que no se vino abajo ningún edificio.

Efectivamente, gracias a todas las experiencias que me han aportado mis correrías por el mundo, he llegado a conocerme bastante bien; pero hasta ahora sigo sin saber qué quiero ser de mayor. ¡Ja!

LA CUESTIÓN DIETÉTICA. Al ver ayer un reportaje acerca del llamado ayuno intermitente que realizaba alguna gente como si se tratase de una moda, pensé que su primer fallo estaba en que lo hacían dejándose aconsejar por el espejo y no por lo que les pedía el cuerpo; como me sucedió a mí una vez en que permanecí diez días sin probar bocado en los que, aparte de no sufrir debilidad alguna, me sentí de maravilla; sirva como ejemplo que, cuando llegué a una playa de la isla india de Diu y me adentré nadando en el mar de Arabia, lo hice con más agilidad de lo normal porque, aparte de haberme librado de unos kilitos superfluos, mis músculos seguían funcionando a la perfección. La gente la caga al comer unas galletitas por aquí y unos tentempiés por allá, olvidando que, de seguir unas fórmulas naturales, el estómago ha de permanecer vacío e inactivo la mayor parte del tiempo. Yo como solamente dos veces al día y el resto de la jornada me limito a beber té, zumo de fruta o agua.

Terminaré este tema acerca de la alimentación mencionando uno de los reportajes de Chicote en el que se horrorizaba (y te horrorizaba) al meter las narices en la cocina de algunos restaurantes chinos y comprobar la absoluta falta de higiene que reinaba en ellos.

LA TABERNA GALÁCTICA. En la isla malaya de Kapas me deleitaban todas las noches el paladar dos habilidosos cocineros castellanos que rondarían los cuarenta años de edad y antes de hartarse de Occidente tenían un restaurante en Gijón. La primera vez que se dejaron caer por aquella islita curraron en la cocina del resort KBC como voluntarios hasta que el carismático dueño les propuso que se encargasen totalmente de la parte alimenticia. Y allí siguieron durante varias temporadas porque el negocio les funcionaba de maravilla, trabajando desde febrero a septiembre, y les permitía viajar el resto del año. Ambos eran un encanto de personas, y el plato y el pastel que preparaban diariamente estaba invariablemente de rechupete. Entre el resto del servicio se encontraban los amigos maños, que curraban como voluntarios todos los años desde que descubriesen esa maravillosa isla.

Otro personaje que conocí en Kapas y me ha impactó fue una barcelonesa de treinta y tres años (su madre era canaria y su padre, leridano), quien llevaba una década colaborando con una ONG dedicada a proteger los orangutanes de Sumatra y, además, demostraba su coraje trabajando tres meses al año como guía de aventuras para turistas españoles por las junglas asiáticas. Era una mujer guapa y campechana, con una densa melena de pelo castaño, y te deslumbraba continuamente con la sonrisa de una persona feliz. Me contó que había empezado a viajar de pequeña con sus padres y a los veinte años ya supo qué quería hacer con su vida.

Normalmente los clientes de la Taberna Galáctica hablan de sus viajes, pero una noche conocí a dos tipos muy divertidos que lo hacían acerca del sexo. Me acerqué atraído por sus carcajadas y también porque hablaban en castellano. Uno de ellos, que era mejicano y rondaría los cincuenta años, estaba diciendo: “Dejé de joder cuando me harté de que me jodiesen, y aunque me joda no joder, ahora estoy menos jodido”.

El otro, un hombre de pelo blanco con aspecto de ejecutivo cuyo acento no dejaba lugar a dudas de que fuese andaluz, estuvo a punto de caerse de la silla de tanto reír. Después nos contó: “Yo tengo unas grandes necesidades sexuales y procuro follar dos o tres veces cada día. No creáis que se trate de un problema mental, pues evito pensar en ello y jamás hago la tontería de mirar porno, que por cierto me parece de muy mal gusto. Simplemente es que me parieron con una polla y un par de huevos que funcionan así, y punto. Como sabe todo el mundo, si uno quiere follar con frecuencia es mejor no estar casado ni mantener una relación fija.

En Sevilla lo soluciono fácilmente con varias amigas que tienen aficiones parecidas, y en cuanto a las vacaciones, voy invariablemente al mayor burdel de la Tierra, la ciudad tailandesa de Pattaya, donde hay más de doscientas mil putitas dispuestas a satisfacerme. Cuando estoy allí, cada atardecer acostumbro a tomar unas copas en un bar regentado por unos encantadores “lady-boys”, con los que ya he hecho una buena amistad, y un día me advirtieron que la policía andaba buscando a un pedófilo occidental.

El local estaba casi vacío y, al rato, se me acercó un tailandés que resultó ser un policía de paisano. Su comportamiento resultaba tan evidentemente ridículo que me recordó a los estúpidos policías que aparecen en “Las Aventuras de Tintín”. Tras entablar conversación conmigo de la forma más tonta me preguntó si yo venía a Tailandia para follar. Le respondí que yo vivía para follar. Él se mostró sorprendido debido a mi edad, y le expliqué que mi abuelo había muerto a los ochenta y cinco años mientras echaba un polvo en un burdel al que iba tres veces por semana. Entonces me preguntó susurrando si me gustaban las chicas jóvenes, muy jóvenes. Aguantándome la risa le dije que sí. Luego, lanzándose ya a fondo, añadió, “¿Y los niños?”. ¡Ja! Le respondí que prefería a las niñas, muy, muy jovencitas, tiernas y dulces. En ese momento, cuando él ya creía que me había pillado, añadí: “¡Pero me gustan con el coño muy peludo, las tetas muy grandes, y el trasero como una plaza de toro!”. ¡Ja, ja, ja! La gente que pasaba por la calle se volvió al oír mis carcajadas y el policía se alejó con la cola entre las piernas. ¡Ja, ja, ja!”.

Junto al mejicano y el andaluz estaba sentado un filipino que también nos contó algo relacionado con el tema policial: “El jefe de la policía de mi país aconsejó a los drogadictos que matasen a sus “camellos”, pero no aclaró si debían hacerlo antes o después de comprarles la droga. ¡Ja! Yo he deseado muchas veces matar a mi “camello” porque siempre me pasa un polvo que es malo y caro; pero si nos ponemos en ese plan también deberíamos matar al médico que nos receta unos fármacos adictivos por los que cobra una comisión, y al farmacéutico que nos los vende”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.