La crónica cósmica. Estudios sobre la marihuana

La crónica cósmica. Estudio sobre la marihuana
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Anteayer me lo pasé en grande viendo Tintín, y no fue así solamente porque la película me gustase, sino porque estuve acompañado de los cuatro hijos de Shankar y Narmada, y también de los críos del reducido vecindario, quienes, a pesar de haberla visto ya una docena de veces, no dejaron de desternillarse ante las tribulaciones del capitán Hadock.

El señor Tolstoi treinta años y yo sesenta, pero, cuando andamos, cualquiera diría que es al revés porque él ha ido toda la vida en automóvil.

Un negocio impecable: alquílese una casita en un lugar que reciba frecuente turismo de paso, por ejemplo Sauraha, móntese en ella una guardería gratuita para una veintena de niños del vecindario, píntese desvergonzadamente en el muro la palabra orfanato, y a continuación siéntese a esperar las donaciones de los cándidos y generosos visitantes extranjeros: real como la vida misma.

Después de leer en el periódico que se celebraba el año nuevo chino, me olvidé del tema hasta que, cuando salí a pasear al atardecer, descubrí que cien mil chinos habían invadido Sauraha.

Nunca te acostarás sin saber algo más: acabo de enterarme que también brotan setas mágicas en la mierda de los caballos.

Ante el aspecto ajardinado de las praderas de Sauraha siempre me había preguntado a qué se debía, y ahora he comprobado que queman anualmente la hierba de elefante.

Siendo este el país de las huelgas (no transcurre un solo día sin que estalle alguna por un quítame allá ésas pajas), no me extrañó en absoluto ver el otro día que la yegua Luna hiciese lo propio negándose en manera alguna a pasar por el aro. ¡Ja! Generalmente ya resulta todo un espectáculo observar como el caballerizo intenta dominarla (evidentemente, no lleva ronzal y ha de agarrarla por la crin), porque invariablemente Luna baja la cabeza, echa las orejas hacia atrás, y a continuación le ataca obligándole a salir por piernas. Lo dicho: ¡Ja!

La razones “vocacionales” que animarán a un nepalés o a un indostano a entrar en el servicio forestal serán las de vender algún que otro árbol; de ahí que las noticias al respecto, que incluyen a oficiales sancionados, sean el pan de cada día. En la misma cesta entran las detenciones de muchos contrabandistas que cuales venden el kilo de madera de sándalo rojo por quince mil rupias, ciento cincuenta euros, o sea una cantidad astronómica para este país. Los compradores, evidentemente, son los nuevos ricos chinos. Para transportar tan valioso cargamento, y después de comprobar que la policía controlaba meticulosamente los camiones y automóviles que iban en dirección a la frontera china, los contrabandistas retornaron a sus orígenes al descubrir que un ciclista (los hay a miles) podía llevar hasta diez kilos sin llamar la atención.

Después de recomendaros que dieseis una mirada a las “explosiones” de Google, el señor Tolstoi (con más memoria y cultura) me recordó que la mayor de ellas, la más terrorífica, fue cosa de Kruschev.

He aprendido una palabra del nepalí que voy a usar con frecuencia ante tanto torturador de perros y demás animales: “darcherua”, que significa cobarde.

Después de admirarme ante los “susurradores” de caballos y perros, ahora me he postrado asombrado ante un hombre que susurra a las panteras; se llama Kevin Richardson.

Caso insólito: un chacal entró en una aldea y mordió a varios chiquillos a los que tuvieron que vacunar contra la rabia.

Al ver que Ranjana tomaba unos traguitos de ron todas las noches, le advertí acerca de los peligros del alcohol, del envejecimiento de la piel, etcétera. A pesar de estar totalmente de acuerdo, y de hablarme de varios casos en los que la bebida había llevado a conocidos suyos a la ruina, ella no se dio por aludida. Junto con el yoga, estas gentes inventaron el arte de la abstracción, uno que es comparable al del avestruz metiendo la cabeza bajo tierra.

Igual que sucediera en Camboya al apartar del poder a los desquiciados criminales de los Khmer Rojos, en el Nepal, aunque haya terminado la guerra civil y el Primer Ministro sea un civilizado maoísta, muchas partes del país siguen en manos de fracciones que se niegan a entregar las armas y seguir las directrices del parlamento.

Después de “hablaros” varias veces de los zánganos que corren por esta casa, el otro día vi la imagen perfecta que los podía definir mejor: “el empanado” estaba echado en una de las tumbonas, que supuestamente están destinadas a los clientes, y tenía la mano izquierda dentro de la bragueta, el pulgar de la derecha en la boca, y sobaba como un bendito bajo un Sol de justicia.

Y hablando del Diablo, resulta que la otra noche, cuando unos amigos míos se hallaban en el confortable mundo de los sueños, les despertaron las voces de unos borrachos, que iban armados con palos, y, entre insultos y palabrotas, gritaron a los cuatro vientos: “¡Queremos follar”.

A la mañana siguiente el padre estaba destrozado, atemorizado, paranoico perdido, y convencido de haber pasado por un peligro terrible; no se le podía quitar de la cabeza que le habían visitado unos asesinos profesionales, y que éstos volverían para terminar su trabajo. Yo me reí de él recordándole que esto era Sauraha y no Bombay, pero él solamente se tranquilizó un poco cuando, por carambola, llegó su gurú y realizó un poco de magia. Ya de regreso hacia mi pensión me detuve a charlar con un vecino, y al comentarle la movida nocturna, también se rió conmigo mientras decía que había reconocido precisamente a tan peligrosos asaltantes; los cuales eran ni más ni menos que los zánganos. Tras apresurarme a transmitirle tan tranquilizante noticia a mi amigo, le pregunté si no pensaba pasarse por la casa de los zánganos para contarle el caso al cabeza de familia; pero él me observó como si desvariase, y luego me explicó que, de hacer algo así, podrían terminar matándole. De ahí que en este país no haya cambiado nada desde hace seis mil años.

El supersticioso: se pasó el día trabajando de sol a sol, y llevó a cabo una tarea digna de un buey cargando y empujando unos pesos que te cagas; con ello, evidentemente, no debiera haberse sorprendido al despertar al día siguiente con algunas agujetas y demás; pero, muy al contrario, me aseguró muy convencido que le habían echado mal de ojo. Por favor, hipotético lector, no te rías demasiado sin dar antes una mirada al espejo para comprobar qué fármacos te hubieses metido tú en el cuerpo de encontrarte en su caso; ¿aquí un sedante, allá un analgésico, que si un antibiótico, que si ésta para dormir, aquélla para despertar y la otra para cagar? Cada loco con su tema, ¿no?

La otra tarde fui testigo de la larga conversación, acompañada de mucha mímica, que mantuvo el elefante anciano y pensionista con su vecina de corral cuando regresó de pasar el día libremente en la jungla: “pues sí, chica, resulta que…”. Pero la imagen también fue insólita por otra razón, ya que en ese momento vi en acción a la que es la primera mujer jinete y cuidadora de elefantes, quien se encargó de esposar a la anciana metiéndose entre sus patas.

Hace un par de días apareció en el Kathmandu Post un artículo acerca de una serie de estudios sobre la marihuana que acababa de llevar a cabo el gobierno norteamericano con los que se había llegado a la conclusión que ni era adictiva ni especialmente dañina. Al leerlo recordé un caso parecido que se dio en los años setenta cuando nosotros todavía “gozábamos” masoquistamente bajo la dictadura fascista. En aquella ocasión había sido el ejército norteamericano el que, ante la revolución hippy, decidió hacer el siguiente experimento revolucionario: se seleccionó a un centenar de voluntarios, los metieron en un cuartel aislado, les entregaron cuanta marihuana deseasen consumir, y los dejaron solos y a su aire durante varios meses (hubo tipos que se colocaron imparablemente, otros que solo lo hicieron ocasionalmente, y también quienes se aburrieron de tanta hierba y pasaron de ella). Terminado el plazo, y después hacer todo tipo de análisis y test sicológicos a los felices voluntarios, las conclusiones de los expertos fueron unánimes: la marihuana no era adictiva y los participantes en el experimento seguían siendo capaces de llevar a cabo cualquier tarea física o mental. Por todo ello, cuando me encuentro con “un adicto” a la marihuana, “ay, tío, pásame un porro que estoy que muerdo”, de los que hay muchos en Sauraha a pesar de que fumen una hierba que tiene unos efectos parecidos a los de la lechuga, estoy seguro de hallarme ante un papanatas que se convertiría en alcohólico tomando una caña de cerveza semanal.

Es evidente que el Cielo y el Infierno existen, porque se hallan en nuestro interior, y nosotros nos encontraremos en uno u otro dependiendo de si estamos sintiendo amor u odio (lo dijo Osho); con ello regreso de nuevo a que somos lo que hacemos y vivimos cuánto sentimos.

Servicios Turísticos y Espirituales: “¡Dénos su dinero y le edificaremos un templo! ¡No pierda el tiempo, y alcance directamente el Nirvana, el Cielo o el Paraíso con los atajos que le ofrecemos!”.

Perdemos la ingenuidad junto con el pelo y los dientes, o sea a hostias.

Cuando los elefantes no desean que se les moje la trompa al cruzar un río, se la anudan en la boca como quien se tapa la nariz. También hacen algo parecido, aunque en este caso metiendo el extremo en el interior de la boca, si les molesta la peste a petróleo del asfalto (evidentemente he llegado a tal conclusión por mi cuenta).

Cualquier información incompleta es una falacia: aseguraban que el ochenta por ciento de los pacientes de cáncer de pulmón, lengua y garganta eran fumadores de tabaco; pero se callaban que solamente era así entre los ciudadanos que residían permanentemente bajo una nube de polución; ya que entre los campesinos tal tanto por ciento se reducía hasta el veinte. En armonía con lo anterior, un estudio reciente asegura que quienes viven en el campo tienen hasta el cuarenta por ciento menos de posibilidades de sufrir la mayoría de cánceres. Tampoco nos explicaron nunca que el consumo de tabaco evita en gran manera el cáncer de piel y la depresión.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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