Conmochila.com

La crónica cósmica. Hasta la próxima, Kapas

La crónica cósmica. Hasta la próxima, Kapas
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (1 votos, media: 5,00 de 5)
Me gusta viajarCargando…

NAVEGANDO CON EL PIRATA. Esta será la crónica del adiós. Hasta la próxima, Kapas. El amigo holandés me ha pedido que escriba algo en el libro de visitantes, y he pensado “decir” que vine por unos días y me he quedado tres meses, que buscaba tranquilidad y he hallado paz, y que llegué sin conocer a nadie y me iré teniendo una colección de nuevos amigos. Deseo confesar que, tal como sucede frecuentemente en las playas tropicales, durante este tiempo he sufrido un terrible ataque de gandulería, y prácticamente no he movido el culo de sitio; sirva como ejemplo que ni tan siquiera he recorrido el único sendero que cruza la isla hasta la costa oriental o he explorado otras playas que las que me quedan a mano. Pero esto también podría deberse al hecho de ser poco “ambicioso” y hallar una completa perfección de paisajes con tan sólo levantar la mirada de este teclado.

Las únicas excepciones se las debo, como con tantas otras cosas, al Pirata, quien me organizó un par de excursiones en su barca y amplió las imágenes de este sitio que llevaré en mi cabeza. El primero lo hicimos en tierra firme ascendiendo por el sinuoso curso del Río Marang en cuyo delta se halla el puerto del pueblo (todos los ríos que desembocan en esta costa se usan para anclar los barcos de pesca). Tendrá cien metros de anchura, y sus aguas verdosas son limpias porque descienden directamente de un gran lago encerrado entre altas montañas que hay en un parque nacional cercano. La parte que recorrimos está completamente escondida entre un muro de verdor, sobre todo de manglares y de unas palmeras similares, a pesar de cruzar zonas habitadas. Es el perfecto ecosistema para los grandes lagartos monitor que nadan ágilmente manteniendo la cabeza fuera del agua. Después de varios kilómetros nos metimos por un afluente en el que el Pirata iba a recuperar una red de pesca que alguien le había mangado.

La siguiente expedición fue más movidita. La preparó el amigo italiano del drone porque deseaba circunvalar la isla, pero aquella mañana su “máquina volante” sufrió algunos desperfectos al ser atacada por dos águilas marinas enfurecidas, y al final no vino. Ya os mencioné en otras ocasiones que este Mar del Sur de la China (¿de la China Meridional?) tiene un aspecto bastante distinto en el momento en que sales del canal de seis kilómetros de ancho que forma la isla (y también al acercarte a Marang), pero hasta ese día no lo había comprobado personalmente. ¡Ja, qué cambio se da en cuanto llegas al final de Kapas! Aparte de que el cielo estuviese un poco nublado, hacía buen tiempo, y me sorprendió la fuerza del viento que soplaba desde el este. Nos encontramos de pronto entre unas olas altas que nos llevaban de un lado a otro.

Esa costa oriental tiene el aspecto que en las Islas Canarias hallarías en la septentrional porque las aguas la atacan con furor; no hay una sola playa, y las lajas, e incluso algunos muros rocosos, caen verticalmente hasta el mar dando pocas opciones a la vegetación que sí cubre densamente las cumbres igual que en el resto de la isla. Debido al viento constante, los árboles que hay allí arriba parecen haber salido de la peluquería y llevar un horroroso peinado similar al de quienes tratan de domesticar su encrespado pelo apelotonándolo. Siglos atrás naufragaron frente a esa costa diferentes barcos chinos, y hasta ahora se encuentran restos de porcelana con los que un artista local crea pendientes, colgantes y brazaletes.

Me gustó todo lo que vi, e imaginé cuál sería el aspecto de esta orilla los días en que había fuerte marejada. Tras sobrepasar el límite de Kapas continuamos saltando sobre las olas hasta circunvalar también la diminuta “Gem Island” en la que hay un solo “resort”, por la que me di el gusto de dar una vuelta para poder decir que había estado allí. Llegados a este punto de la crónica, y antes de contaros otra anécdota naviera, os explicaré que “los isleños” me consideran un tipo muy valiente por el simple hecho de embarcarme con el Pirata.

Seguimos. Los monzones, igual que sucede muchas veces en el Himalaya, dieron sus peores coletazos cuando ya se los creía acabados, y nos obsequiaron con unas lluvias y un oleaje que superaron de largo a cuanto hubiese ocurrido hasta entonces (no es solamente mi opinión, pues escuché exclamar varias veces, “¡Nunca había visto algo así!”). Algunos turistas se desesperaron porque no pudieron partir y perdieron sus conexiones aéreas. Pero todo ello se quedó en nada el sábado anterior, día en que, tras dar una mirada al decorado, decidí que sería imposible ir a tierra firme para mandaros la crónica. ¡Ja, me las pintaba muy felices!

A las once vino a verme el Pirata para decirme, “¡Vámonos, que nos vamos!”. El responsable de ello era el plantador de coral, hombre que ese día debía tomar un avión hacia Manila. Al navegar con el Pirata siempre tengo la incertidumbre de lo que hará en los momentos más insólitos, y en esa ocasión, cuando nos hallábamos frente a la entrada del delta donde el oleaje pega con más fuerza, se detuvo para cambiar el tanque de la gasolina, algo que hizo con absoluta tranquilidad y sin quitarse el bidi de la boca. De todas maneras todavía no habíamos terminado, porque tras entrar en la corriente del río (cuyas aguas retrocedían empujadas por las del mar), el Pirata vio una embarcación mayor que trataba inútilmente de ir hacia Kapas sin que el piloto supiese cómo enfrentarse al muro de agua que tenía literalmente por encima, y dio media vuelta para meterse de nuevo en la locura marina con el fin de mostrarle al otro la forma de hacerlo (sería la única otra barca que navegase este día).

Umm, el viaje era de ida y vuelta, y el regreso resultó todavía más espectacular si cabe porque, a), el Pirata fue a visitar a su madre y no regresó hasta el atardecer cuando el mar y el viento se habían enzarzado en una lucha de titanes, y b), los representantes de los diferentes “resorts” que están abriendo estos días sus puertas y necesitaban traer material hacia la isla llenaron desvergonzadamente nuestra barca a tope. Y ya nos tienes a mí y al Pirata tirando hacia Kapas con la última luz del ocaso entre un oleaje que nos duchaba continuamente como si nos estuviesen arrojando cubos de agua encima. Avanzábamos en zigzag buscando la menor resistencia de las olas y el viento. Aunque ese recorrido dura normalmente entre quince o treinta minutos, esta vez tardamos más de una hora, y además nos lo pasamos de putísima madre.

EL HOLANDÉS. De la misma forma que para despedirme de Kapas era imprescindible dedicar una parte de esta crónica al Pirata que algunos apodan “Jack Sparrow”, también debo hacerlo con el amigo holandés porque es todo un personaje que cuida del mínimo detalle y reparte buen rollo por doquier. ¿Unos ejemplos? Unos días en que hubo “sequía” de cervezas ordenó a sus currantes que me reservasen todas las que quedaban. Yo llegaría al atardecer a su restaurante y hallaría la tele en marcha mostrando el último partido del Barça. Se llevó a Holanda (con todos los gastos pagados) a los cuatro empleados que llama su equipo, y ha edificado para ellos unas habitaciones de mejor calidad que las destinadas a los turistas. En su precioso restaurante de madera hay una biblioteca que haría las delicias de cualquier lector. Y me prestó una mochila sumergible tras enterarse que arriesgaba el “físico” de mi ordenador llevándolo en la barca. De haber venido yo a Kapas en otra época, difícilmente hubiese podido mantener la mínima relación con el amigo holandés porque a partir de ahora tendrá que atender al montón de turistas que empezarán a llegar.

FAUNÓPOLIS. Atrajo nuestra atención con unos llantos que recordaban a los de un cachorro, y descubrimos asombrados que era una rana de buena envergadura a la que tenía agarrada por un anca una serpiente diminuta (menos de un metro y gruesa como el dedo meñique). La diferencia de tamaño entre la boquita del reptil y su presa era tan absurda como si un gato tratase de devorar una vaca. La rana se agarraba a cualquier ramita mientras la otra tiraba de ella. Alguien dijo que no era venenosa, pero creo que se equivocaba porque al poco la rana había dejado de luchar por su vida y colgaba inerte. Si todo lo anterior me había impresionado, lo que vino a continuación me dejó atónito, pues la serpiente se levantó verticalmente del suelo y, desplazándose solamente sobre la parte trasera, se adentró en la jungla llevando a la rana en la boca.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Sabrás que amas a alguien cuando te enternezcan sus defectos.
  • Sinónimos de adolescencia con títulos de canciones: “Todo acelerado y sin saber adónde ir”, “Inseguridad”, “Et moi, et moi, et moi”, “Ansiedad”, “La ley del deseo”, “Dime espejito mágico…”.
  • ¿La meditación y el hecho de detener el cerebro da opción al alma a meter cuña?
  • Al ver el cúmulo de absurdos de las religiones, pero al dar por sentada al mismo tiempo la fuerza de la fe, pienso que debemos seguir nuestras propias creencias.
  • En esta vida (no recuerdo lo que hacía en las otras…) no le doy al pedal del gas, y sólo a veces dejo de darle al del freno (¿Speedy González?).
  • No volvió a hablar desde que su maestro le aconsejó que no dijese nada de lo que no estuviese completamente seguro.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
NOTA: ¿Te vas de viaje? Recuerda que puedes conseguir un 5% de descuento en IATI seguros solo por ser lector de conmochila. Haz click en el link anterior donde te explicamos cómo obtenerlo.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.