La crónica cósmica. Iban por la vida adquiriendo dudas

YO ESCRIBO, TÚ ESCRIBES, ÉL ESCRIBE, NOSOTROS… Los lectores más antiguos de estas crónicas recordaréis que muchos, muchos años antes las titulaba de forma distinta, dependiendo de la época o el sitio en que me hallase: “Las crónicas nepalesas”, “Las crónicas indostanas”, “Las crónicas monzónicas”, “Las crónicas asiáticas”, “Las crónicas otoñales”, “Las crónicas marroquíes”, “Las crónicas canarias”, etcétera.

Si al fin decidí llamarlas a todas por igual, o sea «cósmicas», fue para facilitar su archivo y localización cuando buscaba una en concreto. Pero actualmente, al permanecer tanto tiempo en el mismo lugar (a las afueras de esta población valenciana de Xàbia), me estoy planteando titularlas “Las crónicas del abuelito” (mejor dicho, del tío abuelo), porque en mi plácida vida actual se dan pocos hechos que, a pesar de ser totalmente de mi gusto, no creo que os resulten especialmente interesantes.

Ahí van unos ejemplos muy explícitos acerca del presente y el pasado: “Ayer, paseando entre los olivos, me crucé con dos conejos que, en vez de salir por piernas, permanecieron inmóviles observándome como si fuésemos primos”. El que sí podría ser primo mío es presidente del gobierno valenciano, puesto que también se llama Puig. Título de la película: “La Conjura de los Puig”. Y ahora los dos ejemplos del pasado, el primero de las Colinas Kumaon de la India, y segundo de la nepalesa Sauraha: “Anoche dos leopardos estuvieron luchando encarnizadamente frente a la aislada granja en que me hospedo”, y “Al despertar esta mañana me he quedado pasmado al ver que un elefante salvaje había destrozado el comercio en que compro la leche para el chai” (qué mala leche, ¿verdad?).

Al mencionar este imaginario título de “Las crónicas del abuelito” he pensado automáticamente en mi abuelo materno, al que no conocí porque murió mucho antes de nacer yo (será lo único que habré hecho con retraso pues, por lo general, siempre me precipito, y si no preguntádselo a mis amantes). ¡Cuántas cosas me hubiese podido contar mi abuelo de sus correrías por Cuba! Hace unos años escribí una novela acerca de él que pretendía ser más o menos biográfica, pero al fin, como me sucede siempre, preferí dejar vagar libremente a mi desmadrada imaginación y la mayor parte de la trama fue ficticia, pues a la realidad no le dejé ni un 10%. ¿Cómo se titulaba? Umm, santa desmemoria de viejo senil. ¡Ah, sí, la titulé: “Circunstancial” porque gran parte de los insólitos hechos que llenaron la vida del héroe fueron circunstanciales!

Yo soy como la tía del gran autor Sándor Márai, de la que dijo que escribía novelas como si dijese que hacía calceta. Eres escritor, aunque sea de tercera regional, cuando tecleas compulsiva y diariamente varias horas sin desear que haya fiestas o vacaciones de por medio; y de ser así, me parece que será imposible que escribas sólo una novela en toda tu puta existencia, “¿Cómo va tu novela?”, pues cada una de ellas provocará el nacimiento de la siguiente. A mí padre también le dediqué una novela y, aunque fue mucho más biográfica, me ocurrió exactamente igual que con mi abuelo: la ficción se coló por todos lados como el viento invernal en una casa mal aislada.

El caso más exagerado fue el de una australiana de mi edad que conocí en la población tailandesa de Kanchanaburi, quien me contó su excitante vida y me dio permiso para escribir acerca de ella. Sin embargo, al final la ficción acaparó de nuevo el escenario y la heroína, en vez de ser australiana, fue una huerfanita bengalí (o sea india) a la que adoptó una pareja australiana y experimentó personalmente lo que es el puto racismo: ¡A la mierda con los racistas y los fascistas! Me salió una novela muy entretenida y repleta de acción, sexo, drogas y rock and roll, que titulé: “Final Feliz”, con referencia a cierto tipo de masaje que ella había practicado realmente. Cuando doy por terminada una novela o una narración y empiezo a corregirla, me siento como si hubiese parido a un crío y lo observase detenidamente para ver cómo me había salido: ¡Uy, qué mono!

Volviendo al principio, a lo de las batallitas del abuelo, podría hablarles a los nietos que no tengo acerca de los lejanos tiempos en que, aparte de no haber teléfonos móviles ni un ATM en cada esquina, usé cheques de viaje hasta que me quedé sin dinero cuando en un banco de Estambul se negaron a pagarme el último que tenía después de haberlo firmado. Desde entonces empecé a llevar conmigo un cinturón llenó de dólares (aún no existía el euro) que, por lo general, cambiaba en el mercado negro: hacerlo en un banco de la India, que sería exclusivamente en las oficinas del “State Bank of India”, representaría perder toda una mañana haciendo colas (si no se celebraba una de tantas festividades y me veía obligado a regresar al día siguiente). Por el contrario, en el eficiente mercado negro te lo solucionarían en un santiamén, e incluso te invitarían a tomar un chai mientras esperabas, y además, claro, te pagarían mucho más. Como en Brasil, donde se anunciaba en la tele el precio oficial de las diferentes monedas y el del mercado negro, que a veces llegaba a doblar el anterior.

Para viajar con un montón de dinero en la cintura recorriendo países tercermundistas en los que te podrían rajar la garganta por uno solo de aquellos billetes, era imprescindible tener, como yo, el aspecto de un indigente del que la gente de “buena familia”, ¡ja!, se apartaba por temor. Atuendo de un superviviente: perenne barba de cuatro días, ropa y calzado que pida evidentemente el retiro, y, jamás de los jamases, llevar contigo un reloj, una cámara o mariconadas como anillos o brazaletes.

La crónica cósmica. Iban por la vida adquiriendo dudas

LA COSA PANDÉMICA. Una prueba de cuan aislados y peculiares han sido mis dos domicilios durante este año, en que el señor Cóvid-19 vino de visita y se quedó hasta nueva orden, es que sólo muy recientemente aprendí a ponerme la mascarilla de forma correcta. De todos modos, me limito a usarla una vez a la semana durante los pocos ratos en que voy al mercado. En la última ocasión que fui de compras me sorprendió advertir que todo el mundo me observaba, y yo, que soy muy saludable, les saludé con la mirada preguntándome si me estarían confundiendo con Brad Pitt hasta que la cajera me aclaró que no llevaba puesta la mascarilla.

Además de la protección que ofrecen las mascarillas, otra parte positiva de ellas es que los famosos (¡ja!) podemos movernos por la calle sin ser perseguidos por esas sanguijuelas llamadas paparazzi, mientras que los gilipollas no te pueden engañar con sus falsas sonrisas de vendedor de coches y, por el contrario, la buena gente está aprendiendo a sonreír con los ojos. Supongo y espero que las cámaras policiales de identificación facial no puedan funcionar debidamente cuando usamos una mascarilla, como el radar de la policía de tráfico, que se hace la picha un lío si estás cambiando de velocidad al tocar mínimamente el freno. En realidad, debido al puto virus, hemos aprendido (a hostias) a vivir con unas normas distintas, que se podrían comparar a las sentencias de un juez poco compasivo: cadena perpetua (así me parece el confinamiento) o pena de muerte en una UCI.

Lo del confinamiento ha tenido docenas de aspectos, y entre ellos, aparte de los que habrán sido bastante terribles, hubo algunos que superaron los sueños dorados de los afectados, como ha sido el caso del amigo holandés y las amigas madrileña y alemana, que han permanecido todo el año en cierta isla paradisíaca de Malasia gozándola prácticamente en exclusiva. Según nos ha contado nuestro colaborador Luís Garrido-Julve desde Bangkok, este año también ha sido muy agradable resistir en Tailandia, país que normalmente estaba abarrotado de turistas y ahora, gracias a la pandemia (que por cierto ha afectado muy poco a los siameses), se ha convertido en un remanso de paz en el que, rizando el rizo, los precios son más asequibles.

En un sitio caótico como el Nepal hubo varios confinamientos que, en cada ocasión, se impusieron estrictamente durante los primeros días sin que lo hubiesen anunciado debidamente, en los que apaleaban a los transgresores e imponían multas de cien rupias a los ciclistas y quinientas a los motociclistas, pero a continuación se relajaban o, mejor dicho, pasaban de todo y la gente volvía a las costumbres habituales.
Más caos nepalés: hospitales que se quedaban sin mascarillas y usaban las viejas. Hospitales clausurados porque habían enfermado algunos de sus médicos, y otros que también permanecían cerrados por falta de personal.

Un amigo de Omán y su novia libanesa se las arreglaron para venir desde Pokhara a Sauraha durante uno de los confinamientos perimetrales. Para llevar a cabo aquel recorrido de ciento cuarenta y cuatro kilómetros, en el que normalmente se necesitaban cuatro horas, tardaron dos días. La primera parte la hicieron en un taxi, luego anduvieron una hora por la carretera, después tomaron otro taxi, y más tarde recorrieron el último tramo en un minibús. Unas semanas más tarde hizo el mismo trayecto un joven hawaiano que tardó tres días.

En cuanto al temor e histerismo que están provocando los efectos colaterales de las vacunas, el personal tendría que recordar que todas las vacunas los tienen (una sobrina mía sufrió un principio de polio al ser vacunada contra esa terrible enfermedad), y también los fármacos que os metéis continuamente y que en muchas ocasiones son innecesarios. Yo, que sigo sin tomarme tan siquiera una aspirina y no me he puesto en manos de ningún médico desde el milenio anterior, no dudaré en vacunarme cuando me toque porque doy por sentado que será la única forma de poder viajar a partir de ahora: pasaporte en regla, visado, PCR negativo y vacuna (que muy posiblemente será anual).

MIRA LO QUE PIENSO

  • Qué gran placer siento al estar meando durante dos minutos.
  • La prueba de mi autenticidad es que no hago nada para complacerte a ti, sino a mí; pero te confesaré que me complace verte complacido.
  • La curiosidad nos empuja a hacer ciertas preguntas a pesar de saber que, sea cual sea la respuesta, nos joderá emocionalmente.
  • Las emociones representan a la perfección lo que los hindúes denominan “maya”, o sea una ilusión que no existe realmente.
  • Noticias falsas (fake news): reporteros sinvergüenzas y sin fronteras.
  • Iban por la vida adquiriendo dudas.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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