La crónica cósmica. La cuarentena que yo llamo “arresto domiciliario”

La crónica cósmica. La cuarentena que yo llamo “arresto domiciliario”
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¡FELIZ AÑO NUEVO NEPALÉS 2077! Nepal, que siempre va a su bola, también tiene su propio calendario. El año empieza el 13 de abril, fecha en que se inicia un mes que, dependiendo del año, puede tener treinta y dos días. Otra peculiaridad nepalesa es el horario, que es un cuarto de hora distinto al de la India (no recuerdo si adelantándose o atrasándose). Hice las pertinentes felicitaciones en varios idiomas: “Bon any” con mi paisano, “Próspero año nuevo” con un matrimonio castellano que vive a las afueras de Sauraha, “Happy new year” con el canadiense Michael, y “Naya barsa co subacamona” (suena más o menos así) con mis amigos nepaleses.

En los periódicos (por supuesto, digitales) aparecen diariamente fotos de ciudades con aspecto fantasmagórico. Las más chocantes son las de algunos monumentos turísticos como el Taj Mahal, que normalmente estarían abarrotados.

En un país como el Nepal, el tema de la cuarentena (ya la alargaron hasta el 15 de abril), que yo llamo “arresto domiciliario” y los nepaleses simplemente “toque de queda”, funciona de forma caótica. En Katmandú está prohibido el tráfico rodado y quienes tratan de regresar a sus aldeas han de hacerlo a patita: una pareja anduvo más de doscientos kilómetros. Colateral: los perros callejeros de la capital, acostumbrados a recibir las sobras de los restaurantes y las carnicerías, se mueren de hambre.

Quienes también lo tienen mal son los veinte mil nepaleses a los que cerraron la frontera en las narices cuando regresaban de la India.

Aquí en Chitwán, los vehículos motorizados tampoco pueden circular por la carretera nacional que pasa por el cercano Tari Bazar; pero, sorprendentemente, todos los comercios están abiertos “y la vida sigue igual”. O por lo menos sería así si no empezasen a escasear diferentes productos, como las bombonas de gas. Esto ha provocado que se vuelva a cocinar con leña; pero, tócate las narices, tienen prohibido recolectarla, y si una patrulla militar los coge con las manos en la masa pueden recibir una tanda de palos. De todos modos, la gente lo hace a escondidas e, incluso, hay quien vende leña a domicilio. Más absurdo y negativo si cabe: en las tierras altas han prohibido cosechar el trigo de invierno. Sin embargo, en las plantaciones estatales, continúan recolectando el té. También está prohibido sacrificar animales en casa.

La peculiar reclusión de Sauraha. Casi todas las tiendas permanecen cerradas a excepción de la verdulería, cuya propietaria, una india musulmana, fue trasladada urgentemente al hospital porque se sintió mal. Afortunadamente se comprobó que no tenía el puto coronavirus y la trajeron de vuelta al día siguiente. Aunque circula algún que otro vehículo, la gente aprovecha esta insólita situación para usar la calle como pista de juegos, como el cricket o el bádminton. Los niños más pequeños dan sus primeros pasos de la mano de sus padres. Los perros y los patos hacen la siesta sobre el asfalto.

Al contrario que durante los primeros días, ahora casi nadie lleva mascarilla y las patrullas militares han dejado de imponer su uso. Pero anteayer, el gobierno local repartió mascarillas de casa en casa, y cuando Shankar trató de ponerle una al tatarabuelo centenario, le mandó a paseo amenazándole con su caña de bambú. Os recuerdo que tiene ciento nueve años, que es un chamán muy respetado, que ha pasado gran parte de su vida en la jungla y que normalmente se limita a “vestir” un taparrabos. Entre él y yo hubo muy buen rollo desde el principio. Tal como he dicho otras veces, viajo para conocer personajes insólitos como el tatarabuelo.

Pago diferido: en una ocasión, el tatarabuelo en su versión de chamán, curó a un tipo que había sido desahuciado por los médicos, y cuando éste se lo agradeció regalándole simplemente una semilla de mango, no pensó que fuese desagradecido, sino todo lo contrario. Ahora lo recuerda con cariño mientras toda la familia se atiborra con los sabrosos mangos del árbol que brotó de aquella semilla.

Entre la amplia colección de anécdotas inauditas que Shankar me ha contado del tatarabuelo, la más difícil de creer se refiere a un chamán amigo suyo, de una avanzada edad parecida, que se desplaza de un lado a otro montado en un tigre salvaje.

Como os mencionaba al principio de esta crónica, los nepaleses siempre van a su bola, y aquí tenéis dos ejemplos más: no pronuncian “film” sino “flim”, y al chai lo llaman “chia”. Así que no debería haberme sorprendido que ahora, en vez de decir “mask” (máscara), digan “maks”. Ellos son así, qué le vamos a hacer.

El número de infectados de coronavirus en el Nepal se mantuvo en nueve hasta que hubo tres casos más en Birgunj (comarca pegada a la frontera india de Bihar). Los tres enfermos son hombres indios. El mal número, el trece, llegó al día siguiente en la misma población. De todos modos, por el momento no ha muerto nadie. La primera persona en estar contagiada fue una chica nepalesa que regresó de Francia; como resultado, el resto de los pasajeros del avión (treinta) terminaron en cuarentena: tuvieron que ir a buscarlos a sus casas, dos de ellos aquí en Chitwán.

LA TABERNA GALÁCTICA

Anoche entré en mi antro predilecto al ver aparcada enfrente una camioneta de matrícula francesa. Encontré a los propietarios junto a la barra. Eran dos jóvenes marselleses que me contaron: “Hasta ahora hemos estado viajando un año y medio. Primero fuimos de Marsella a Turquía, y después cruzamos Irán, Paquistán y la India antes de llegar al Nepal, donde nos hemos quedado encallados al cerrarse las fronteras debido a la epidemia de coronavirus”.

“¡Qué casualidad”, exclamó un tipo cuarentón que estaba a nuestro lado, “yo acabo de hacer exactamente el mismo recorrido en motocicleta desde Italia!”.

La conexión cósmica de viajeros estaba servida, y ahora tomó la palabra otro recién llegado que también era francés. Dijo que llevaba media vida corriendo por Asia, y nos contó una anécdota digna de aquella película que en castellano se titulaba “¡Jo, qué noche!”:

“Hará unos cuatro años, cuando yo residía con mi novia camboyana en una aldea a varios kilómetros de Pattaya, en Tailandia, una noche fuimos a una discoteca y cogí una borrachera impresionante. A veces en esos asuntos etílicos no cuenta tanto la cantidad como la rapidez con que te tomas las copas, y en esa ocasión pisé el gas a fondo porque había tenido una pequeña riña con mi novia. Al notar de pronto que me había pasado de rosca, le dije a ella que salía a tomar el aire.

¡Ja, el aire tailandés que hallé afuera era parecido al de una sauna si lo comparaba con el de la discoteca! No me tenía en pie y terminé sentándome en el suelo apoyando la espalda en un muro. El alcohol que corría por mis venas me convenció de que estaba en la mejor de las camas y mis párpados se cerraron. Más que notarlo, intuí que alguien se había agachado por un momento junto a mí, y abrí los ojos a tiempo de ver a dos jóvenes tailandeses que se dirigían a un coche.

Inspeccioné alarmado mis bolsillos y, aunque la cartera seguía ahí, descubrí que el teléfono había volado. Me levanté tambaleándome y fui hacia ellos increpándoles. “¡Cabrones!”. No fue una buena idea porque, a), era un sitio solitario, b), yo no me hallaba en condiciones tan siquiera para mantenerme en pie, y c), ellos estaban cachas y yo no tenía media hostia. Me noquearon con unos diestros puñetazos. ¡Boom, boom, boom! Luego me metieron en el coche, arrancaron y condujeron varias cuadras. A continuación, me quitaron todo lo que tenía, me arrojaron afuera, me “deleitaron” con otra tanda de puñetazos y algunas patadas, y se marcharon sin desearme las buenas noches.

No sé cuánto rato permanecí tumbado allí. Me dolían todos los huesos y sangraba como un cerdo. No pasaba ni un alma. En cuanto fui capaz de levantarme, regresé a la discoteca; pero allí me dijeron que mi novia se había largado llevando un buen cabreo después de buscarme inútilmente por todos lados.

No tenía dinero para un taxi y recorrí lentamente los seis kilómetros hasta nuestra aldea, sufriendo como sólo puedo sufrir yo, o sea mucho. Sin embargo, todavía no habíamos terminado. De camino cayó un buen chaparrón, y cuando llamé al timbre de nuestra casa, ya que también me habían quitado las llaves, no podía con mi alma. ¿Qué creéis que ocurrió entonces? ¿Que mi novia salió corriendo para auxiliarme y apiadarse de mí? Umm, la respuesta es no. Lo que hizo fue mandarme a la mierda por el interfono, asegurando que estaba harta de mí y me dejó en la calle. Definitivamente esa noche debería haberme quedado en la cama viendo una película. ¡Ja!”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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