La crónica cósmica. La granja de Sanjay y el exceso excesivo

La crónica cósmica - La granja de Sanjay
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Eran las diez de la noche, o sea la hora en que normalmente me acuesto, cuando el occitano y un servidor cruzábamos el puente de Rama y nos despedíamos de Rishikesh (¿cuántas veces lo habremos hecho?). Excusándose en su rol de turista, pues solamente ha venido a la India por un mes y medio, mi amigo se empeñó en tomar un taxi hasta la estación ferroviaria de Haredwar (25 km.: 700 rp. – 1 eu.: 68 rp.). El “Dehradun – Kathgodam Express” partió puntualmente a las doce y veinte.

Viajábamos de barato (120 rp.), en segunda y con litera reservada, y dormimos como angelitos a pesar de los mosquitos. En cada ocasión en que me despertaba el grito de, “¡Chai! ¡Chai garam!” (¡Té caliente!), el piloto automático me empujaba a saltar de la litera para beberme uno y fumar un bidi en medio de un andén desértico.

Llegamos a nuestro destino al amanecer. Al tomar un autobús equivocado tuvimos la oportunidad de trepar por las estribaciones del Himalaya recorriendo una preciosa carretera desconocida, que nos paseó entre bosques de robles y rododendros mientras nos mostraba unas vistas impresionantes bajo los primeros rayos del Sol.

Cuando saltamos del vehículo nos encontrábamos a mil trescientos metros de altitud y habíamos abandonado el bochorno y la polución en las llanuras. Allí nos recogió un segundo autobús que unos pocos kilómetros después nos dejó frente a la aislada casa del amigo Kalu: ducha, desayuno, unas pipas, y vámonos que nos vamos. Partimos en el taxi que él tiene alquilado las veinticuatro horas, nos metimos bajo sus bosques, dejamos el asfalto y el vehículo, y llegamos andando a la granja de Sanjay en la que yo residiera un par de meses hace dos años. Fin de trayecto.

Él, un brahmán pesetero de sesenta años que llenó sus arcas vendiendo las tierras en las cuales han edificado una asquerosa colección de casitas de vacaciones, nos recibió encantado; conociéndole, le imaginé con una moneda de una rupia en cada ojo.

Tras los saludos obligados, nos centramos rápidamente en los temas prácticos. Al occitano le tocó una de las habitaciones del edificio antiguo en que yo estuviera la otra vez, con mucha madera, piedra, adobe y encanto, mientras que a mí, debido a que tenían a un par de invitados en las otras dos, me instalaron en la amplia vivienda que ocupan los dos hijos y sus familias. A pesar de no tener en manera alguna el encanto de la otra, creo que mi habitación será ideal para no sucumbir al calor que hará en mayo y junio, y, a continuación, sin un instante de por medio, para mantenerme seco durante los monzones.

Teniendo claros cuáles eran los planes que me imponían las circunstancias, o sea gastar muy poco dinero durante los cinco meses que durará mi visado, yo venía preparado para enfrentarme a Sanjay; y los dos jugamos nuestras bazas, con Kalu de traductor, hasta que, tras bajar él un poco y yo subir otro tanto, acordamos que le pagaría doscientas rupias diarias por la habitación, las dos comidas y los imprescindibles chai (unos noventa euros mensuales).

La granja de Sanjay reina sobre un promontorio que, a derecha e izquierda, tiene dos pequeños valles en los que, ahora mismo, maduran el trigo invernal, las patatas y una buena colección de verduras; al frente, y tras unos jardines de árboles frutales, la empinada ladera de una colina lleva hacia la jungla. A pesar de los perros ladradores, de los cinco ruidosos niños, y de los gritos con que conversan invariablemente las cuatro mujeres de la familia, este lugar es increíblemente tranquilo, y son muchos los ratos en que, como ahora mismo, solamente se oyen los cantos de los pájaros y las cigarras.

La granja de Sanjay es el tipo de residencia que me aporta el ecosistema adecuado, uno que incluye bosques, lagos, animales y, sobretodo, una diversidad de aves excepcional, pero que exige hacer gasto de las suelas de las sandalias porque, vayas adónde vayas, en estas tierras se andan montones de kilómetros que pocas veces son llaneros.

Entre la colección de árboles frutales que se hallan en plena euforia primaveral, en la granja de Sanjay destacan sobre los demás varios naranjos que cubren el aire con el delicado perfume del azahar.

En esta casa guardan el agua para beber en un recipiente de cobre porque, según aseguran, de esa manera toma la forma de una bendición divina, parecida la del Ganges, que incluso es medicinal. Encontré la puerta del templo familiar cerrada, y al preguntarles me explicaron que, debido a la muerte de un pariente, permanecería así durante los próximos diez días.

En el pueblo de Noukuchiatal (el lago de las nueve esquinas) ha hecho acto de presencia un nuevo leopardo asesino que ya ha matado a varias personas. Como en cada ocasión los eficientes funcionarios gubernamentales se apresuraron a contratar a un cazador profesional que, al contrario del legendario Jim Corbett, quien comprobaba meticulosamente las huellas y se aseguraba de hallarse ante el asesino, se apresuró a matar al primer leopardo que encontró, y regresó a casa con el premio. Precisamente en el “Parque Nacional Jim Corbett” se dio hace un año un caso parecido: una tigresa mató a varias personas, y el cazador contratado se cargó a un tigre que tuvo la mala suerte de hallarse en el peor momento en el sitio equivocado: “Mira tú que cosa más curiosa, es la primera vez que veo a una tigresa con dos cojones”. “Anda, pues es verdad”. “Nuestro descubrimiento pasará a la historia”.

Mientras tomaba chai en la “dhucán” de un anciano que todavía conserva el sistema tradicional, o sea una cocina de adobe que funciona con troncos de leña, caí en la cuenta de que en esta India cambiante prácticamente ha desaparecido tal tipo de establecimiento al que substituyeron los hornillos de keroseno como ahora lo hace el gas con éstos.

Cuando la “English Wine Shop”, o sea la tienda de licor local, abrió sus puertas a las once, ante su enrejada entrada, igualita a la de un presidio, se apelotonaban los alcohólicos poco anónimos del pueblo para comprar precipitadamente sus dosis reglamentarias. La India es el mayor productor mundial de whisky, el mayor consumidor de azúcar, y también el país en que se cortan más diamantes.

Los tres amigos de Rishikesh (de los que os “hablaba” en una crónica anterior) que se emborracharan y pelearan, a continuación hicieron las paces, bebieron y fumaron juntos, y se olvidaron de la paliza y el incendio como si nunca hubiesen sucedido.

Con el occitano recordamos unos hechos totalmente insólitos que tuvieron como actor principal a un babero malayalam. Los actores secundarios éramos nosotros, quienes, como lo harían unos gladiadores, nos sentábamos en su sillón pensando, “los que van a morir, te saludan”; porque aquel hombre, de pelo blanco y rostro arrugado, sufría alguna enfermedad parecida a la del Parkinson, y sus manos temblaban y agitaban de una forma horrorosa hasta que, como si fuese por arte de magia, y cuando ya creíamos que íbamos a morir degollados, dejaban de hacerlo en el momento en que posaba la hoja de afeitar sobre nuestra garganta.

Con un humor fino y sarcástico, en “The Times of India” apareció un extenso artículo dedicado aparentemente a la botánica en el que se mencionaba una planta de reciente aparición, que estaba cubriendo el país de cabo a rabo, a la que bautizaron con el nombre de “Plasticus Indicus”. Efectivamente, la India, como el Nepal, Tailandia y otros países asiáticos, se está cubriendo paulatinamente de plástico.

Tras haber comentado varias veces la fobia que generalmente sienten los indostanos y nepaleses hacia los animales, ahora os hablaré de una tradición que es totalmente opuesta; ésta es la de permitir que las golondrinas aniden en el interior de los comercios, donde incluso tendrán unas aberturas por las que ellas puedan entrar y salir cuando los establecimientos se hallen cerrados al público.

Érase una vez una amante esposa bengalí que decidió librarse del pesado de su marido, y para ello contrató a un grupo de sicarios que deberían seguir exactamente las pautas que les marcara. A ella la amordazarían, al marido lo estrangularían, romperían cuatro cosas de la casa, y se llevarían unos pocos valores que ya les habría seleccionado para aparentar que se había tratado de un robo. Los sicarios eran unos buenos profesionales, y cumplieron a rajatabla con todo lo estipulado; pero luego añadieron unos pequeños detalles imaginativos por su cuenta con los que pudiesen sentirse más realizados: primero hicieron cola para violar a la desconsolada viuda, a continuación arramblaron con cuánto encontraron en su rica villa, y para terminar llamaron a la policía denunciando la jugada de la enviudada, amordazada, robada, violada y engañada, que pronto se encontraría enjaulada, juzgada, condenada y amargada.

Érase una vez una muchacha tamul, hija única y muy testaruda, que contrató a un sicario para que matase a sus padres porque se negaban a consentir unas relaciones amorosas que consideraban inadecuadas. Dicen que el crimen siempre paga (¡Ja, ja, y ja!), y por lo menos en esta ocasión el tinglado se descubrió, y la mala hija se encuentra entre rejas igual que su novio y el patoso asesino que dejó un sinfín de pruebas que llevaron a su detención.

Cuando los viejos hablamos del pasado, estamos contando una película que los otros no han visto y pocas veces les interesa.

Exceso excesivo. Todo exceso es defecto, y mientras corrijo la excesivamente larga novela acerca de mis excesivos viajes, mi excesiva imaginación, madre de un exceso de narraciones ficticias, me está provocando unas dudas excesivas acerca de mi excesivo pasado. No obstante, gracias a San Martín del Cáñamo, patrón de los amnésicos, tuve la inspiración de ensuciar docenas de diarios en los que se demuestra la excesiva realidad de mis excesos viajeros, pues cumplen con todos los requisitos para ser considerados históricos al incluir recortes de periódico, tickets, fotos, e incluso los pelos que arranqué de la melena de un león.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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