La crónica cósmica. La niebla de esperma

La crónica cósmica. La nube de esperma
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Diferentes maneras de viajar. Le llamamos George Harrison debido a su parecido con el guitarrista de los Beatles; es suizo, rondará la cincuentena y, a pesar de que ha estado viniendo a la India durante los últimos treinta años, solamente conoce Rishikesh. Ayer, mientras yo estaba tomando chai en el chiringuito de Lala, “George” apareció en escena; y cuando le pregunté si no le apetecía un té, él, observando el vasito que yo tenía en la mano como si pudiese ser radiactivo, me confesó que jamás había consumido nada en tal tipo de establecimiento; o sea que nunca había sentado sus neutrales nalgas en una “chai dhucan” (tienda de té o “tetería”) porque temía enfermar.

Otro trazo. En Swargashram, y hasta el presente, han sobrevivido docenas de árboles gigantes que ya son de por sí una razón para visitar este lugar. Algunos de los especímenes más espectaculares se encuentran escondidos y protegidos dentro de los áshrams, y solamente están al alcance de los amantes de la exploración.

Los alquileres se cobran diariamente, y el tipo que se encarga de ello pasa cada atardecer conduciendo su Vespa con el grueso libro de cuentas bajo el brazo. Es la hora adecuada, la única en que, si todo ha ido correctamente, hay dinero en la caja.

Les hicieron la prueba de alcoholemia, y al dar positivo les prohibieron “conducir” sus “vehículos”: eran seis pilotos de Air India y se disponían a cruzar medio mundo con sus Airbus. Nada sorprendente si pensamos que hace solamente una semana un piloto destrozó la cola del avión al tomar tierra dejando claro que no tenía ni idea de lo que se llevaba entre mano; la investigación posterior dio como resultado que dicho piloto era en realidad una pilota, y que para tener de una santa vez una mujer a los mandos de un avión le habían dado la licencia a pesar de no haber aprobado el examen de “conducir”.

Entre la extensa población de tigres que habita en los Sunderbarns del Golfo de Bengala no se ha visto a un solo leopardo desde el año 1931; tal hecho podría deberse a que los tigres de tan especial ecosistema, aparte de zamparse diariamente algún hombre y de recorrer grandes distancias a nado para atacar incluso a los pescadores, también se alimentaran con su primos hasta ahuyentarlos. Con ello el reciente descubrimiento de una pantera desconocida, de color negro y menor tamaño que el leopardo, ha asombrado a unos y otros.

Frente a la pensión del amigo Rawat se encuentra el “Hotel Surya Palace” al que me dirigí con el ordenador bajo el brazo porque es el único establecimiento que dispone de wifi. Después de pagar las treinta rupias (a 67 por cada euro) obligadas (por una hora), introdujeron la contraseña en mi aparatito, y desde entonces tenemos servicio de Internet gratuito desde la terraza de la pensión (Umm, no entra en la habitación del occitano). Todos los residentes, y muy especialmente los serios centroeuropeos, se han apresurado a copiarme para ahorrarse unas rupias y gozar del agradable cosquilleo que provoca invariablemente el mangoneo.

El ingenio funciona de forma parecida a un aspirador, pues absorbe continuamente inspiración de cuánto ve, oye, huele, siente y, por supuesto, de cuanto experimenta.

En los cajeros automáticos indios se encuentra un guarda que se encarga de evitar, como me sucediera a mí en diversas ocasiones, que la gente se apelotone en el interior del pequeño recinto igual que si estuviesen en un mercado. Para dejar claras las reglas del juego, un cartel anuncia que solamente se permite la entrada de una persona. Hasta aquí, todo bien; pero, ay Dios, un guarda es un ser robótico al que no se le exige que piense. Tal como he comprobado desternillándome, cada uno de ellos se muestra inflexible a la hora de cumplir con las órdenes que ha recibido, y aparte de no permitir que entren juntas las parejas, “oiga, que es mi marido”, “nada de nada, usted no me la pega”, incluso obligan a que un niño espere a su padre afuera.

Al hablar del “samadi” me olvidé de señalar que cuando muere un sadhu, santón, se dice que está haciendo “samadi” o que ha abandonado su cuerpo. Supongo que ésta es la razón por la que a ellos no los incineren (los entierran o los echan al Ganges). En los casos en que están haciendo realmente un “samadi” del que no regresarán, el cuerpo podrá permanecer en la posición del loto durante una eternidad, y en Bangkok vi una supuesta escultura que resultó ser un lama que ha estado haciendo “samadi” desde no sé cuántos años. La expresión correcta sería decir que “está en “samadi””.

El restaurante tiene una terraza superior que es muy del gusto de los turistas occidentales porque desde allí pueden ver el Ganges sin mezclarse con el populacho, pero, eso sí, algunos de ellos descienden de las alturas con el temor pintado en el rostro, y le explican al propietario que unos macacos se han zampado desvergonzadamente su cena. Les han pegado el susto de su vida y se han quedado con el estómago vacío; y además, como les deja claro el silencio del propietario, han de pagar la factura.

Tres jóvenes occidentales entraron en la cafetería, y al oler el bidi que fumaba el occitano, uno de ellos dijo ostentosamente, “vamos a sentarnos afuera porque me molesta el humo”. Casi al mismo tiempo que el chico pronunciaba la palabra humo, el propietario del local, el señor Jagadish, deseando dejar las cosas claras, sacó su paquete de bidis, prendió uno, y empezó a soltar satisfechas nubes de humo.

Después de hablar del maestro de yoga que tenía ciento tres años de edad recordé al punjabi que corrió un maratón a los cien años (quien, por cierto, continúa vivito y coleando a los ciento cinco).

Una advertencia para la gente de mi pueblo que en los últimos años ha empezado a sufrir la presencia del mosquito tigre: Me han contado (¿me lo cuenta o me lo dice?) que en las islas de Madagascar y La Reunión este puto insecto provoca una enfermedad muy peligrosa, que puede ser incluso mortal, llamada “chicunguña”.

“Indostanadas”. Érase una vez un matrimonio al que le salió una hija rebelde; ésta, Meira, después de negarse a pasar por la vicaría de la forma habitual, o sea poniéndose en manos de una casamentera profesional, se enamoró de un chico de otra casta, se fugó con él, se casaron e instalaron en Bombay, y fueron muy felices sin comer perdices porque eran vegetarianos. En este pequeño mundo se encuentran padres comprensivos y tolerantes, y también los hay que pecan de todo lo contrario; pero solamente en la India, y entre los hindúes, hallaremos unos padres monstruosos como los de Meira, quienes un año más tarde, y no pudiendo soportar más la vergüenza que sentían debido a la hija descarriada, contrataron a un sicario para que asesinase a Meira y a su marido. Afortunadamente, a veces, sólo a veces, ganan los buenos; y en esta ocasión se descubrió todo el tinglado antes de que sucediese ninguna desgracia, y los malos están entre rejas.

¿Otra “indostanada”? El hecho de que tres amigos tomaran unas copas juntos no merecería el menor comentario de haberse dado en cualquier otro país, pero no aquí. Para empezar, y siguiendo las inamovibles costumbres locales, se bebieron el whisky casero a toda prisa como si estuviese prohibido y, así, a los seis minutos (demostrado científicamente) llevaban un pedo vergonzoso y eran incapaces de discernir o hablar con claridad. Siguiendo siempre las tradiciones, al poco empezaron a discutir e insultarse. Al fin quien tenía más autoridad apaleó a uno de los otros, lo mandó a paseo, y éste, para resarcirse del cabreo y la humillación, se dirigió al domicilio del tercero, y le prendió fuego excusándose en que era amigo del tipo que le había pegado.

Se ha demostrado científicamente que las hormonas masculinas se bloquean y no sirven para nada en cuanto tienen a una mujer al lado porque se pierden entre una niebla de esperma y no ven más allá de sus narices. Con ello se demuestra la sabiduría de las culturas en las que los hombres y las mujeres pasan la mayor parte del tiempo separados. Por el contrario los obtusos que cubren a sus mujeres con un saco creyendo que así se tranquilizará su desmadrada libido pecan no solamente de brutos, sino también de estúpidos, pues les resultaría mucho más producente si simplemente se cortasen los cojones. En este tipo de caso se hallan los primitivos talibanes, quienes, por lo que parece (somos lo que hacemos), aparte de rezar y follar solamente saben pegar tiros; actividad que, eso sí, llevan a cabo cuando no tienen a sus mujeres al lado; ya que, de otra manera, y como señalaba al principio, sus pocas neuronas se bloquean con sólo olerlas. La conclusión es clara: en el caso de quienes van por la vida armados y amargando a los demás, sería mejor que permaneciesen continuamente junto a sus hembras cumpliendo simplemente con su rol natural de zánganos.

La duda siempre había estado allí, y nosotros, el occitano y un servidor, decidimos solventarla midiendo la largura del puente de Rama para saber la exacta anchura del Ganges. Después de contar el número de las placas metálicas que cubren el suelo del puente y calcular a palmos la longitud de cada una de ellas, podemos afirmar que, frente a Swargashram, el río sagrado mide casi doscientos metros.

Otro hecho que prueba la presencia de los elefantes en las junglas de los alrededores son los árboles que encontramos tumbados y con las raíces al aire, obra destructora que solamente estaría al alcance de un gigante paquidérmico.

Ya expliqué con anterioridad que la primitiva cultura del costo indostano evolucionó durante los años sesenta gracias a los hippies italianos, y que también fueron ellos los que diseñaron y crearon unas pipas, chíloms, de cerámica que se hallaban a años luz de las indostanas de terracota. Pero no habíamos terminado, y si de entrada usaban una tela o un cordel para limpiar el interior de las pipas cilíndricas, a continuación “inventaron” las finas varitas, de la medida adecuada, que se envuelven con la tela para pulir el chílom sin dañarlo; y actualmente se venden en Italia auténticas batutas de diseño que tienen nombres como “Alverman”, “Cayo” o “Danielle”, y se pagan a unos precios tan exorbitantes como las pipas.

¿Qué tienen en común unas ciudades como Caracas, el Cairo y Delhi? Todas ellas disponen de una moderna red de Metro que es usada frecuentemente por los suicidas para terminar con sus vidas y conseguir al mismo tiempo interrumpir el servicio.

Escuchado en la calle: “Se mostraban demasiado pacíficos y amables para ser honestos”.

Usando la típica expresión local, yo tengo el placer de anunciar que ha estallado la primavera, que de un día para otro el viento frío que descendía por el Ganges desde las montañas ha cambiado de dirección transformándose en aire caliente que asciende de las llanuras, que el bochorno nos ha animado a salir por piernas, y que esta noche el amigo occitano y un servidor nos dirigiremos hacia tierras más altas, hacia las “Colinas Kumaon”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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