La crónica cósmica. La paz mental

LA PAZ MENTAL – Supongo, y es sólo un suponer, que al “oírme” mencionar repetidas veces lo que los hindúes denominan paz mental, os habrá sonado a paparruchada utópica; y con más razón en estos críticos tiempos en que las novelas “La Peste” de Albert Camus y “1984” de George Orwell se han convertido en realidad y la canción “God Save the Queen”, en la que los Sex Pistols decían que no había futuro, es más actual que cuando la publicaron en el año 1977.

El cóctel para tratar de mantener la paz mental incluye diferentes ingredientes, pero lo más determinante es saber seleccionar los pensamientos que escupe nuestra mente de forma imparable y arrojar directamente a la papelera los que podríamos calificar de nocivos. Un ejemplo explícito sería lo que escribí al final de la última crónica acerca de que las ideas fútiles y las emociones maliciosas son sólo chispas que se desvanecerán si no les añadimos “leña”.

Paz mental
Silhouette meditation girl on the background of the sea and sunset. Yoga and healthy lifestyle.

Este tipo de ejercicio es una de las buenas cosas que se aprenden haciendo meditación, tipo de yoga que te permite comprobar que los seres humanos estamos bastante locos, pues nos hacemos la picha un lío al prestar atención simultáneamente a los consejos del raciocinio y los deseos de las emociones. Como decía cierta canción de los años sesenta: “Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, un dos tres…”. ¿O es que acaso no habéis deseado en algunas ocasiones ir al mismo tiempo a Gijón y a Sevilla?

La paz mental me aporta una sensación de confort que se irá al carajo si hago la tontería de pensar en problemas que no tienen solución. Todavía más absurdo y digno de un masoquista es que me podría subir por las paredes con tan sólo recordar algún mal rollo que hubiese tenido hace una eternidad. Así le sucedía a un granjero amigo mío de la Selva Negra, quien, aunque era un buenazo, también pecaba de emocional y, si pensaba en un vecino suyo con el que había tenido un pequeño altercado años antes, se pondría como una moto y querría darle de hostias.

Lógicamente, me resulta más fácil mantener la paz mental si me encuentro en sitios que sean de mi gusto y, a falta de la bendita soledad, estoy acompañado de personas que me caigan simplemente simpáticas (¡buenas vibraciones, oiga!). O dicho de otra manera, donde encuentre el ecosistema ideal para un marcianito como yo. Pero eso, claro, será más difícil de conseguir si llevas un pesado equipaje lleno de necesidades.

A pesar de que en mi caso ese cóctel de la paz mental también incluye limpieza y orden, no me importa convivir con alguien que no cumpla con tales reglas porque me lo paso en grande haciendo limpieza general y, pongamos por caso, me alegro al entrar en una cocina que esté llena de cachorros sucios porque lo mío es vocacional: opino que el lavavajillas es el más innecesario de todos los innecesarios electrodomésticos que usa la gente.

Aquí van dos ejemplos de mi afición limpiadora. Cuando en los años ochenta iba frecuentemente a Lanzarote y vivía en la casa del amigo Enriquito Díaz de Bethancour y Díaz de Aguilar, aristócrata poco dado a la limpieza, al llegar allí me lo pasaba en grande dejando la casa reluciente. Él bromeaba otorgándome una simbólica medalla al mérito del trabajo.

El otro ejemplo de ese tipo se daba cuando convivía con mi amigo Mathura Das, un santón hindú que tenía su simple residencia en una jungla del centro de la India, donde todos los días se juntaba un grupo de seguidores suyos que, mientras tomaban un piscolabis, bebían chai y fumaban pipas de costo, dejaban el suelo cubierto de basura; nadie se preocupaba mínimamente de aquel desorden hasta que, de pronto, se organizaba una limpieza general en la que colaborábamos gustosamente porque formaba parte de la fiesta. De todos modos, en cuanto habíamos terminado de limpiar, ellos empezaban a ensuciarlo de nuevo. En fin, que gozaban limpiando, pero también ensuciando.

Mi actual paz mental en el aislado chalet de los amigos valencianos se la debo, entre otras bondades, al hecho de no tener que preocuparme de los visados como me ocurre por lo general al viajar continuamente; inconveniente que durante este último año en el Nepal alcanzó nuevas cotas debido al cierre de fronteras provocado por la pandemia.

Llegados a esta parte de la crónica os confesaré que, a pesar de cuanto dije antes acerca de evitar echar “leña” a las ideas y las emociones negativas, y aunque que este domicilio valenciano roce la perfección, sin embargo, hay de por medio algo que parece formar parte de la cultura (¿incultura?) de este país y que enturbia mi paz mental: el estruendo de los disparos de los cazadores, ¡bang!, ¡bang!, ¡bang!, que van pegando tiros por el bosque como si participasen en una batalla. Yo creo que la afición de las personas tiene que ver por lo general con la vocación y la creatividad; Aleix pinta acuarelas, Laura alimenta a los pobres, Montserrat cuida de los gatos del vecindario, Claude toca la guitarra y canta, Chris es ebanista, Sanjay planta árboles y yo junto palabras; pero, tristemente, también están esos energúmenos que, de ser preguntados acerca de su afición, responderían que a ellos les gusta matar y alterar la paz de la naturaleza, además de mi paz mental.

Y eso sin mencionar los accidentes de caza, como el que le ocurrió a una buena amiga mía a la que un cazador provocó el mayor choque emocional de su vida al matar “accidentalmente” a su perro, frente a ella, mientras paseaba tranquilamente por el bosque.

Entretanto, los señores que gobiernan el mundo (sea cual sea su partido político) no dejan de inventar continuamente nuevas leyes que restringen la libertad del personal (¡para su seguridad!), siguen permitiendo que esa tanda de tarados pegue tiros libremente por doquier.

Según un informe del Ministerio de Agricultura de España publicado anteayer por «Eldiario.es”, se calcula que en el año 2015 los cazadores mataron 795.000 tórtolas; que en 2016 fueron 890.000; en 2017, 797.000; y en 2018, 749.000. Me pregunto qué tipo de mentalidad primitiva puede encontrar placer masacrando a un pajarito tan dulce como la tórtola. Pero no hemos terminado, y actualmente los cazadores matan el triple de ciervos y jabalíes que hace diez años, habiendo pasado de abatir anualmente 227.000 a 639.000 animales. Sin comentarios.

LA TABERNA GALÁCTICA – Tendría que haberlo supuesto, pero, de todas formas, me sorprendió que hubiese bastantes “sadhus” (santones) en la delegación local de la Taberna Galáctica en Omkareshwar, en el centro de la India. Tal como sería de esperar en un sitio sagrado, se bebía chai y café en vez de alcohol, y el humo de los “chíloms” (pipas) dejaba poco espacio al oxígeno. Reconocí entre los clientes a mi viejo amigo Ravi, un santón de pelo blanquísimo y piel parda que estaba contando a una occidental: “En el año 1992, tras recoger un litro de agua en el nacimiento del Río Ganges en Gomuk, a cuatro mil metros de altitud en el Himalaya, fui andando durante cinco meses y cinco días hasta Rameshwaram, en el extremo meridional del subcontinente indio, y vertí el agua sobre el “língam” del templo dedicado al Dios Shiva”.

Luego me olvidé de Ravi para escuchar lo que explicaba un “sadhu” de mediana edad y penetrante mirada: “Estando en los “ghats” de Varanasi conocí a un napolitano llamado Pietro que me dio palique a pesar de que yo hubiese preferido seguir solo. Era un tipo todavía joven que habría pasado sus horas en el gimnasio. Me contó que estaba en la India huyendo de la mafia calabresa, para la que había trabajado antes de decidir cambiar de vida. No se hospedaba en una pensión cualquiera, sino en un buen hotel. Dijo que iba sobrado de dinero y me invitó a ir con él al Nepal con todos los gastos pagados. Me dejé tentar y acepté la oferta, aunque percibí algo del napolitano que no me gustaba.

En el momento de subir al autocar que nos llevaría primero hasta la frontera y después a Katmandú, Pietro me preguntó si podía meter su termo de agua en mi bolsa, y yo acepté dando por sentado que la suya estaría muy llena. Nos sentamos teniendo el corredor de por medio. Al rato nos detuvo un control militar que subió al autocar para comprobar la documentación y registrar a todo el mundo. Aparentemente Pietro dormía como un lirón y, al ver que era un occidental, no le despertaron. A mí, por el contrario, me cachearon de arriba abajo y vaciaron meticulosamente mi bolsa.

No sería hasta que llegásemos a Katmandú y nos instalásemos en un lujoso hotel de Thamel cuando me enterara que aquel cabroncete napolitano había escondido trescientos gramos de heroína birmana en el maldito termo de agua. En el momento en que me mostró tranquilamente las bolsas de polvo blanco que habían estado en mi equipaje y podrían haberme mandado a la cárcel por mucho tiempo, quise estrangularle; pero entonces él se quitó el cinturón de sus pantalones y, abriendo una cremallera que había en la parte interior, me dejó pasmado porque escondía miles de francos suizos. Yo me había quedado con la boca abierta y de ella ya no salían insultos. Pietro terminó de noquearme al entregarme tres mil francos de comisión por haber currado como “mula” sin saberlo”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.