La crónica cósmica. La prueba de alcoholemia

QUIETO PARADO. Al cóctel de hechos insólitos que se están dando en este año 2020, que ya es seguro que pasará a la historia no solamente por sus curiosas cifras, se le ha juntado ahora en algunos sitios el toque de queda (“curfew”), que, como la peste, creíamos que solamente formaba parte del pasado, como en las películas de los años cuarenta en blanco y negro sobre la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, “Casablanca”, en la que las patrullas militares recorrían las calles dispuestas a arrestar o matar a quien incumpliese las ordenanzas.

De todos modos, en mi caso se trata de un pasado más cercano, porque durante mis viajes me encontré metido en varios toques de queda sin quererlo ni buscarlo, como los de Varanasi, en la India, que duraban las veinticuatro horas y no se debían a razones políticas o militares, sino a los altercados y enfrentamientos religiosos entre hindúes y musulmanes que se dan frecuentemente en aquella ciudad. En tales ocasiones, mientras tomaba el sol en la azotea de mi pensión en el histórico barrio de Kashi, era testigo de las persecuciones y apaleamientos que sufrían quienes se atrevían a salir a la calle. En Estambul, y a principios de los años ochenta, cuando Turquía estaba gobernada por una dictadura militar y se imponía el toque de queda nocturno, una patrulla mató a un turista francés que se había despistado. A mí podría haberme sucedido algo similar en Sudán la negra madrugada que crucé Jartum a patita para ir a la estación de los ferrocarriles, donde un funcionario muy alarmado me informó que había toque de queda y, de haberme cruzado con alguna patrulla, podrían haberme pegado un tiro.

ANÉCDOTAS PANDÉMICAS

En esta comarca nepalesa de Chitwán, el número de contagios de COVID-19 han sido pocos, pero durante los últimos tres meses hubo ciento sesenta y cinco casos de tifus y treinta y tres de dengue. Y eso sin mencionar una serie de enfermedades que podría definir de autóctonas, pues, según dicen, sólo se conocen en el Nepal; enfermedades que en algunos casos ni siquiera tienen nombre ni se sabe cómo curarlas, pero que todos los años dejan muertos a su paso.

En este santo país en que se falsifica todo, desde la documentación y los certificados de estudios, que algunos presentan para alistarse en la policía, a los carnés de conducir que venden a quienes no han aprobado el examen, no ha sido de extrañar que la gente se agencie falsos test del COVID-19. Tal fue el caso de varios nepaleses que viajaron a Corea con la Líneas Aéreas Nepalíes y dieron positivo al llegar a Seúl. Como resultado, claro, todos los pasajeros tuvieron que pasar la pertinente cuarentena y ahora las autoridades coreanas han vetado a la compañía nepalesa: ¡Prohibido el paso!

Efectos colaterales del confinamiento: la cantidad de productos industriales que Nepal importa de China y la India es apabullante; pero también se importa mucha comida (leche, carne, pescado). De ahí que la rupia nepalesa no levante cabeza; y cuando la pandemia cerró las fronteras de esos países, ¡Boom!, las cebollas indias dejaron de llegar al mercado (sí, incluso importan cebollas) y sus precios se duplicaron e incluso triplicaron en algunos mercados. Esta alteración de los precios, que debió de sentirse más en Katmandú y otras grandes ciudades, aquí en Sauraha, y para los carnívoros, tuvo una contrapartida positiva porque, cuando se cerró el tráfico rodado, las granjas de pollos de los alrededores se vieron obligadas a bajar los precios hasta la mitad.

Al mismo tiempo que esto sucedía, toda la población tuvo una idea similar: vamos a criar pollos y patos. Ahora es rara la casa en que no haya docenas de ellos, lo sé porque pasean libremente y, aunque terminen perdiendo la cabeza, habrán vivido decentemente en este gran jardín lleno de flores. Otra faceta positiva del confinamiento fue el intercambio de fruta entre el vecindario, como las bananas, las chirimoyas, los tamarindos o los mangos, de los que todo el mundo tiene árboles de distintos tipos que maduran en diferentes épocas. Cuántas veces durante los monzones me pidieron: “Llévale estos cuatro kilos a…”.

Karma: El Ministro de Turismo del gobierno maoísta soltó desvergonzadamente la patraña, “Nepal free virus”, y al día siguiente fue ingresado en estado grave debido a ese “inexistente” virus.

Más karma: otra de las muchas cosas que me gustan de Sauraha es la ausencia de policías por sus calles (confinamiento aparte), pues la simple visión de sus uniformes rompe la idílica armonía de esta población. Pero siempre se da la excepción, y recientemente apareció un policía corrupto que, en vez de pasarse el día rascándose la barriga en la comisaría como sus compañeros, iba de un lado a otro en una motocicleta y chantajeaba a la gente. Un ejemplo: Shankar fue testigo de cómo fotografiaba a una parejita que estaba acaramelada y les amenazaba con mostrar la foto a sus padres o publicarla en Internet. La mancha de su karma tuvo una forma viral y acabó pasándolas muy putas en el hospital. No sé si sobrevivió.

La crónica cósmica. La prueba de alcoholemia

Aunque quizás os parezca increíble, hasta la aparición del COVID-19 la policía de tráfico nepalesa hacía la prueba de alcoholemia usando simplemente el olfato. ¡Ja, acercaban la nariz a la boca del conductor y decidían si había bebido o no! También lo hacían así, pero oliendo en este caso la mano derecha, para comprobar si habían fumado maría; de ahí que Shankar haga la precavida guarrada de agarrar los porros con la izquierda, que es la usada para tocar porquerías y ningún uniformado la querrá olisquear.

Cuando la violenta policía norteamericana asesinó a Georg Floyd y hubo grandes manifestaciones en todo el mundo, aquí en el Nepal, y durante el confinamiento, arrestaron a un tendero por no haber bajado la persiana. Al enterarse de ello su hijo, se presentó en comisaría para saber cómo estaba. Hasta aquí, todo normal, ¿verdad? (suponiendo que se pueda definir de normal tal barbaridad). Pero rápidamente dejó de serlo porque, siguiendo las costumbres habituales de la policía nepalesa (y la india, y la paquistaní, y la…), ambos fueron apaleados a conciencia y fallecieron al día siguiente en el hospital. Se las denomina “muertes en custodia”, y hubo 129 de ellas durante el año 2019. Valga añadir que la policía se niega aceptar denuncias contra sus agentes: sin comentarios.

Más cifras: cuando empezó el lío de la pandemia, en el Nepal había un millón y medio de currantes extranjeros, de los que 200.000 querían regresar a casa. Luego, con la repatriación (con cuentagotas) de los nepaleses, muchos de éstos no encontraron empleo y volvieron ilegalmente a India, a pesar del aumento de contagios en aquel país. Tras los primeros 74 días de confinamiento, el número de muertos debidos al COVID-19 en Nepal sumaban 590, mientras que el de los suicidios auspiciados por el estrés alcanzaron los 1.227. Cuando la prensa anunció que las defunciones provocadas por el maldito virus en el mundo ya habían superado el millón, leí que todos los años mueren mundialmente más de cuatro millones de personas debido a la obesidad.

MALASIA

En Kuala Lumpur condenaron a cinco meses de cárcel a un turista indio que se había saltado la cuarentena.

El 85% de los currantes en las plantaciones de aceite de palma de este país son de Bangladesh e Indonesia; porque los malayos pasan de tan duro y mal pagado curro. Sin embargo, ahora, debido a la pandemia, andan cortos de mano de obra y la van a sustituir por presos de crímenes menores, o sea los relacionados con drogas.

En una crónica anterior os conté que Malasia, ante las trabas que ponía el Gobierno de la Unión Europea al aceite de palma, había optado por el mercado de la India. Pero las cosas se liaron cuando el Primer Ministro malayo criticó al de la India, el señor Modi, por el tema de los Derechos Humanos en Cachemira. Entonces el gobierno indio puso asimismo restricciones a la importación de aceite de palma fuese cual fuese su origen, y esto, como un efecto colateral, le ha pegado una hostia a la débil economía del Nepal, que también produce aceite de palma (no tenía la menor idea) y es el producto que más se exporta.

El gobierno malayo amnistió y repatrió a seis mil nepaleses indocumentados, que habrían pagado entre 100.000 y 150.000 rupias (euro: 141 rupia nepalesa) a diferentes empresas por conseguir un curro en Malasia.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.