Tal como habréis podido comprobar durante los últimos meses a través de la prensa, viajar en avión por el Nepal (puede matar) es incluso más peligroso que hacerlo por los Andes con una línea aérea peruana. En cuanto a la avalancha que se cargó a varios montañeros, os aclararé que los nepaleses llaman al monte Manaslu (Montaña de los Espíritus) “la montaña asesina” por razones evidentes.

La fiebre viral galopa (y corta el viento caminito de…) en Chitwan, donde, solamente en los hospitales, se han contabilizado más de doce mil casos. Como siempre, los presos todavía lo tienen peor, y en la cárcel local ya suman más de setecientos enfermos. Por el momento, toco madera (de sándalo rojo), la enfermedad corre a mí alrededor respetándome. La familia de Shankar (excepto los inquebrantables tatarabuelos…) la está pasando, igual que el resto de su vecindario.

Ya que estamos metidos en este tema, os explicaré que, dentro de una hora y media, a las diez de la mañana de este soleado día que será bochornoso como el de ayer (empiezo a sudar a partir de las ocho), y en uno de los mejores hospitales internacionales de Katmandú, la señora Tolstoi será operada de los ovarios. Puede considerarse afortunada porque, de no estar de por medio la mentalidad rusa de su marido, habría permanecido en casita, y llevando una vida normal a pesar de las fiebres crónicas, hasta que fuese demasiado tarde (su hermana Narmada estuvo a punto de palmarla debido a un problema parecido); drama que hubiese tenido todavía más posibilidades de terminar mal al ser ingresada en el “avanzado” e “higiénico” hospital local (a veinte kilómetros.).

Después de haberos comentado que tres meses de visado pueden parecer realmente tres semanas, añadiré que el día veintidós se cumplió un año de mi llegada a Asia, y que este tiempo ha transcurrido en un santiamén.

Otro añadido. Éste es acerca del imprescindible pero poco sano autocontrol del que os “hablaba” hace poco (la represión de los deseos auspicia la ansiedad). Al reflexionar acerca de ello después de mandaros las crónicas, comprendí que vosotros, como buenos vecinos, lo tenéis mucho más difícil porque no os podéis dar el gusto de hacer conscientemente el imbécil (y con ello vacunaros contra cualquier posibilidad de repetir tal imbecilidad); mientras que yo, al gozar del privilegio de ser constantemente extranjero y hallarme frecuentemente en unos lugares en los que, aparte de ser un total desconocido, me importa un bledo la opinión del vecindario, cuando me lo han “pedido” me he montado unos “números” impresionantes de los que mi personalidad observadora ha sido testigo pasivo preguntándose: “¡¿Pero será posible?!”.

Divinamente, oiga. En mi religión particular el pecado mortal se pena con la vida eterna. De existir, mi dios pacificaría el Universo, y sobretodo el planeta Tierra, transmitiendo automáticamente el dolor y el temor a quiénes los provocaran (claro que, debido a que estamos tarados, entonces se multiplicaría el número de sadomasoquistas). De ser cierto que Dios nos hubiese hecho a su imagen y semejanza, estoy seguro que habría sufrido una depresión al comprobar el resultado (igual que deben estar haciéndolo Buda, Jesús y Mohamed mientras toman té en el Nirvana). Y ya que hablo de estos grandes hombres del pasado, añadiré que los libros sagrados como Los Vedas, La Biblia y El Corán fueron escritos indudablemente con la inspiración divina: ¡O sea como sucede exactamente con todos las obras, por supuesto espirituales, que se crearon sin guiarse por los deseos de reconocimiento, fama, poder o posesiones!

Con vuestro permiso os continuaré dando la bronca con mis creencias. Supongo que recordaréis aquel experimento psicológico que se hizo en los Estados Unidos of Norteamérica (¿en los años 70?) con el que se demostró que más del 60% de los humanos estaba dispuesto a torturar e incluso matar a alguien si así se lo ordenaba el jefe (sobretodo si éste vestía una bata blanca y tenía el título de doctor). Ahora, tras observar a los terráqueos durante más de sesenta años, añadiré a ello que este gremio de imbéciles alcanza números aberrantes si la orden les llega por parte de la sociedad, pues por ese lado no falla simplemente la inteligencia, la imaginación y el poder decisorio, sino también el coraje para enfrentarse a las malditas injusticias.

Tras repetir varias veces que los habitantes de Sauraha son un encanto de personas a las que incluso comparo con los civilizados laosianos, cuando se trata de los animales demuestran tener tan poca sensibilidad como los ibéricos, y van por la vida repartiendo palos y pedradas a los perros, los búfalos, los caballos o los elefantes sin que, al preguntarles, “¡¿Pero tú de qué vas?!”, sepan tan siquiera por qué lo hacen. Escena repetida diariamente varias veces: El hermano mayor de Ranjana, empanado perdido como el resto de los varones de esta familia, cruza por el jardín camino del chiringuito que tiene montado en la esquina, ve un perro tumbado a la sombra, le pega una pedrada, el chucho sale por piernas gimoteando, el otro se larga, y, al poco, el perro regresa porque para él es imprescindible tener un lugar y se aferrará a éste aunque los “civilizados” seres humanos le den de palos. Solamente un imbécil obtuso repetiría una y otra vez tal barbaridad sin que se cruzase una mínima idea entre sus cejas mostrándole la absurdidad de su comportamiento, ¿no? Pero, claro, para empezar, él proviene de una cultura varias veces milenaria en la que, “Ay Dios, soy de casta alta”, sienten asco hacia los animales, y debido a que desconoce la existencia del valor y la imaginación jamás se la ha ocurrido enfrentarse a ella.

Cada vez que veo una película de ciencia-ficción compruebo que lo de la imaginación lo tenemos fatal, pues incluso estos profesionales que son supuestamente imaginativos (y cobran por ello) no pasan de alterar lo que ven continuamente con los ojos (y no con la imaginación…): “Anda, ponle dos cabezas con cara de sapo”. Un genio de la imaginación crearía algo que sería inimaginable para el ciudadano de a pie, por ejemplo un color nuevo y totalmente distinto. Creo que la educación escolar, la información, y las reglas son dañinas para la imaginación.

En cuanto al dogma, éste es parecido a un virus mortal que afecta asimismo a la fe. En mi caso, gracias al ecosistema que tengo continuamente a mi alrededor (¡Desde hace treinta años!), el flujo imaginativo es tan bestial como para que, de robarme alguien una de las paridas que escribo, fuese algo parecido a que me quitasen un cubo de agua teniendo al lado una cascada imparable.

Contradicciones. Aunque por un lado me preocupaba la situación del bebé de rinoceronte, pues temía que pudiese terminar entre las garras de algún depredador o atacado por una jauría de perros, sino bajo las ruedas de algún vehículo, me enfadé al saber que lo habían puesto entre rejas para protegerlo de tales peligros.

Durante estas semanas me encontraba frecuentemente a los guías (cada uno con su obligado grupo de turistas) en los sitios más insólitos, y la pregunta que me hacían era siempre la misma:
“Ey, “baba”, ¿has visto al rinoceronte?”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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