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La Crónica Cósmica. Karaoke, el peor invento de la humanidad

La Crónica Cósmica. Karaoke, el peor invento de la humanidad
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Me gusta viajarCargando…

BACK TO LAO. Sólo permanecí en Chiang Khong durante una de las dos semanas de visado tailandés porque me harté de sudar y ser masacrado por insectos desconocidos a los que no veía pero que dejaban sus extrañas marcas sobre mi cuerpo. La balanza de la calidad y el precio que pagaba por la diminuta habitación parecida a una cueva tampoco se hallaba como debía aunque por lo general dispusiese de toda esa parte de la casa para mí solo (bueno, en realidad había días en que era el único ocupante porque no venía ni la propietaria).

Pero lo peor de todo estaba en lo que podría denominar como “sadismo laosiano”, y para ello debo explicaros que el gobierno de Laos se empeña en que sus ciudadanos escuchen la programación de la emisora de Radio Nacional, y lo hace instalando altavoces en la parte exterior de los edificios en que se halla la delegación local radiofónica de cada población; o sea que les hace un continuado lavado de cerebro político o logra el mismo resultado emitiendo una dulzona e insoportable música melódica (que a cualquier hijo del rock le sentará como la “kriptonita” para Superman). Aunque por lo general no se pasan con el volumen (en Luang Namtha sólo la oías si te hallabas cerca de los altavoces), en el caso de Huay Xai, o sea la pequeña ciudad que hay frente a Chiang Khong en la orilla contraria del Mekong, lo ponían a tope para mandar su mensaje más allá de sus fronteras, y además lo hacían desde las seis de la mañana.

Pero espera un momento (voy, voy…), porque todavía no hemos terminado, y he dejado para el final lo más-más, lo que supera todo lo imaginable y es la aberración en la que pongo todo mi aborrecimiento y repulsión: el odioso Karaoke, el peor invento de la humanidad tras la religión y el ejército; y allí, frente al tranquilo y silencioso barrio tailandés, en la orilla laosiana había un puto karaoke en el que un grupo de imbéciles competía cada noche para comprobar quién era capaz de cantar peor unas canciones que habrían provocado nauseas a un sordo. “Anoche estuviste en el karaoke, ¿verdad?”. “Sí, ¿cómo lo sabes?”. “¡Porque te estuve escuchando desde mi casa, cabrón!”.

LA TABERNA GALÁCTICA. Era un lunes por la noche y el local solamente tenía unos pocos clientes. Mi mirada cayó enseguida sobre aquella mujer que se mantenía apartada de los demás al final de la barra. Llevaba la melena de pelo castaño recogida en una cola de caballo y sobre su cara no había el mínimo maquillaje. Tenía los ojos verdes, la cara larga y chupada, y la barbilla de una persona segura de sí misma. La boca y la nariz eran de buen tamaño en armonía con los senos que se marcaban bajo la vieja camiseta verde que vestía. Estaba delgada pero tenía unos brazos fuertes. Completaba su indumentaria con unos vaqueros clásicos y unas botas de motorista. Daba largos tragos de cerveza directamente de la botella. Le calculé unos cuarenta y cinco años y adiviné que pertenecíamos a la misma tribu. Ella también me reconoció y aceptó mi compañía. Tal como se hace habitualmente en estos casos, nos presentamos contándonos la vida sin que se nos ocurriese mencionar en ningún momento nuestro nombre (somos lo que hacemos).

Dijo que era norteamericana, concretamente de Seattle, pero que no iba frecuentemente por allí. Me explicó que había viajado por medio mundo y que casi siempre lo había hecho en motocicleta. “He pasado el último año en las Islas Filipinas ayudando a las víctimas del tifón. Te recomiendo visitar ese país porque es precioso y sus gentes son maravillosas y alegres”. Buscamos viajes comunes como lo hace otra gente tratando de dar con amigos mutuos, y coincidimos en el del Amazonas y el Río Negro; ella había ascendido por el cauce de éste y pasado unos meses en una aldea junto a la frontera venezolana. En esa época se había convertido en una adicta a las hamacas igual que me sucediese a mí, y siempre llevaba una en su equipaje; pero la que tenía ahora costaba un dineral, era sintética, cabía en un puño, y no pesaba nada.

Después de pedir otra cerveza, afirmó: “Cuando tu hogar se halla donde acampas, significa que has dejado de ser un trotamundos y te has convertido en un nómada. El viaje es como una enfermedad que empiezas a sufrir haciendo turismo y se desarrolla hasta alcanzar diferentes niveles. Al principio vas completamente acelerado y no puedes dejar de tragar kilómetros visitando mil sitios y acumulando experiencias, pero cuando ya has dejado a tus espaldas diferentes junglas, desiertos, cumbres, islas, ríos y mares, pierdes poco a poco el interés por conocer los lugares emblemáticos que se hallan alrededor de tus residencias temporales”.

Mientras ella hablaba se juntó con nosotros el luxemburgués de setenta y nueve años que apareciera en la última crónica, quien, tras escucharla, añadió: “En esta vida tenemos un límite de kilómetros a recorrer, fiestas a las que asistir, museos que visitar o botellas que beber; y dando por sentado que un trotamundos es alguien que solamente hace lo que le apetece, es de suponer que será capaz de apercibirse de cuándo ha llegado el momento de poner el freno.

A mí tardó mucho en sucederme. En los años sesenta recorrí Oriente Medio y parte de África haciendo autostop. Estuve en Israel, el Sinaí y Egipto, el Sudán, Uganda y Kenia, me paseé bajo el Kilimanjaro, llegué a Nigeria cuando Biafra intentaba independizarse y sus gentes morían de hambre, y en Camerún cogí la malaria. Sobreviví porque así lo quiso el dios de los trotamundos, pero mi cuerpo quedó para el arrastre, y supe que había llegado el momento de dar por terminado este capítulo de mi vida. Entonces regresé a Europa y adquirí una granja en los Alpes franceses que se hallaba a más de veinte kilómetros de la población o la carretera más cercana. Aquello era el Paraíso, pero también el fin del mundo, y aunque tuve diferentes novias, ninguna soportó permanecer allí más de unos pocos meses.

Yo estuve veinte años, y hace cinco, tras un largo y duro invierno, decidí que preferiría pasar la última parte de mi vida en un sitio con un clima más amable. Entonces vine a Tailandia, donde tengo una esposa encantadora y una casa junto a la jungla. Aquí he cogido un par de veces el dengue, fiebre de la que me he curado yo solo porque no existe ninguna medicina contra ella. Lo único que echo en falta de Europa son las pequeñas playas de la Costa Brava con el agua más transparente que haya visto jamás”.

La Taberna Galáctica se había ido llenando paulatinamente. Dando una mirada a mí alrededor me fijé en un tipo que tendría una edad parecida a la mía, el pelo corto y mal cortado, una barba de cuatro días, y la boca desdentada, al que sólo tuve que dar un pequeño toque para que me contase su vida. “Aunque cueste de creer, me robaron los dientes postizos en Luang Prabang, y tendré que ir a Vientiane para hacerme unos nuevos. Fue algo completamente absurdo, porque el ladrón no se llevó el pasaporte ni el dinero que estaban justo al lado”. Era un pensionista australiano que habría preferido permanecer continuamente en el Sudeste Asiático, donde dan visados anuales a quienes se encuentran en tal situación; pero si quería seguir cobrando, su gobierno le obligaba a residir en Australia como mínimo seis meses al año. Me explicó que Laos era su país favorito, y que no iba a Birmania para no dar dinero a su tiránico y corrupto gobierno. “Los hoteles son muy caros porque deben pagar el veinte por ciento de los ingresos a la policía”. Dijo que escribía diariamente en “Facebook” y tenía bastantes seguidores.

El viejo luxemburgués interrumpió al australiano para presentarme a un hombre que se rió de mí cuando lo llamé africano: “Yo soy negro, pero nací en La Martinica, y nunca he puesto los pies en África. De todas maneras te agradezco el detalle, porque nombrar a alguien por sus rasgos físicos, ya sea el color de la piel o el tamaño de la nariz, es muy grosero”. Yo le había supuesto unos treinta y cinco años, y me admiré al enterarme que tenía veinte más. Pero lo sorpresa con mayúsculas, y la razón por la que haya tenido un papel secundario en esta crónica, me la dio a continuación al contarme: “Soy diseñador de webs y trabajo en la China, país en el que siempre he sido tratado con amabilidad, respeto y simpatía. Creo que los chinos son extremadamente cordiales y afectuosos”. No le oculté mi asombro, y le confesé que él era el primer extranjero al que escuchara hablar bien de los chinos. Nunca te acostarás….

MIRA LO QUE PIENSO (del conocimiento comprendido)

  • Hay una gran diferencia entre aceptar que tu pareja se líe con otra persona, a encontrarla inesperadamente en una “situación comprometida” (¡Ja!), o que ella lo haga frente a ti para joderte.
  • Tengo por costumbre irme de los sitios justo antes de que me echen, pero también lo hago antes de mandar al personal a paseo o tener la tentación de romper algo. Umm, al ser tan pacífico, esto solamente me ha sucedido en una ocasión, y fue la última vez en que estuve con mi mujer.
  • Se cabrearon desmesuradamente al quedarse sin futuro porque nunca habían tenido un presente.
  • Los comentarios obscenos de los hombres no molestarían igual a las mujeres si no implicasen violencia.
  • Todos hemos escuchado el eco del ego repitiendo los insultos o los piropos, ¿verdad?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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