La crónica cósmica. La vida sigue igual

La crónica cósmica. La vida sigue igual
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Esta mañana me desperté a las seis y media o, como diríamos en Cataluña, dos cuartos de siete. Fue al oír los distorsionados trompeteos de una de las típicas bandas musicales, que son imprescindibles en las bodas de la India y el Nepal y parecen especializarse en desafinar continuamente. También te dan la impresión de ir perdidamente borrachos, como decía en aquella antigua canción sudamericana: “¡Lo que pasa es que la banda está borracha, está borracha, está borracha…!”. Sonreí bajo las sábanas y canté la canción que para mí forma parte inseparable de esta curiosa población del Nepal llamada Sauraha: “La vida sigue igual”.

Igual que cada año en esta época en que el tiempo atmosférico cambia totalmente de un día para otro, pasando del invierno al verano y del aire fresco al calor como si pretendiese sorprenderte (siempre lo logra), el vecindario salta ahora de la cama más temprano, siguiendo el horario solar. Un ejemplo: hasta hace un par de semanas, la lechería abría sus puertas al público a las siete y media y actualmente ya lo hace a las siete.

Me dirigí a la casa de Shankar con un litro de leche guardado en mi bolsa de tela, la misma que he estado usando los últimos cinco años (eco, eco, eco, ecológico). Aguanté la risa al ver a tres mujeres que hablaban acaloradamente al mismo tiempo sin prestar atención a lo que decían las otras. Luego sonreí al ver las sonrisas de los sonrientes niños de Sauraha (niños libres, niños felices), de los que continúan naciendo un montón todos los años y a los que sus padres enseñan a juntar las palmas de las manos y decir, “Namasté, Nando Baba”, cuando paso trotando.

Después de ir al templo de Shiva y descender hasta el río, la ceremonia matinal del chai incluyó por supuesto la rápida visita de la suegra de Shankar, fumadora empedernida que jamás compra tabaco y me gorrea descaradamente los cigarrillos que usamos para los porritos.

Otra costumbre “sauraheña” que continúa inalterable a través de los años: la gente jamás cierra las puertas. Aquí va el imprescindible ejemplo: estaremos en la habitación del Señor Tolstoi con la ventana y la puerta cerradas porque ya será de noche y afuera hará un poco de frío, y sea quien sea que entre y salga (la suegra guerrera, la cuñada más guerrera todavía, o los marchosos sobrinos) lo hará dejando invariablemente la puerta abierta.

Creo que en algunas crónicas del año pasado escribía que los pocos cambios que se daban en Sauraha no lograban cambiar su plácida atmósfera: y así sigue siendo. Hay más hoteles, aunque debido a la epidemia de coronavirus se hallan al 15% de su capacidad, en el que debería ser el momento álgido de la temporada turística. También se han inaugurado nuevas tiendas en las que se ofrecen exactamente los mismos productos que en las otras cincuenta de los alrededores, a pesar de ser evidente que ya eran muchas para tan pocos clientes.

Una mejora: han asfaltaron el polvoriento y pedregoso camino que lleva a esta pensión y lo han bautizado con el nombre de “Rhino Street”. También ensancharon la calle que recorre Sauraha paralela al Río Rapti y le han dado el aspecto de una carretera. De todos modos, el tráfico sigue siendo mayormente de bicicletas: ventajas de vivir en una infinita llanura en la que no hay una sola cuesta. El ruido de los motores me advertirá de los vehículos que circulen a mis espaldas, pero no así las bicicletas, cuyo silencio es sinónimo de peligro, por lo que nunca cruzó la calle sin asegurarme que no llega algún ciclista lanzado. La venta ambulante de verdura y fruta corre a cargo de triciclos ricchó. ¡E igual hacen para repartir cajas de refrescos y bombonas de gas! Por supuesto, los periódicos “Kathmandu Post” e “Himalayan Times” llegan a mi cabaña en bicicleta: el coste mensual de cada uno es de un euro y medio.

Por si opináis que lo de ir de puerta en puerta dándole al pedal ha de ser muy duro, pensad que mucho peor es el caso de los vendedores ambulantes de alfombras, que van a patita y cargan sus pesados productos sobre los hombros. ¡Nunca deja de asombrarme la fuerza física de los nepaleses!
Otra costumbre que incluye ahorro y reciclaje: la gente pasa a recoger la basura orgánica de los restaurantes y la usa para alimentar al ganado, ya sean búfalos, vacas, cabras, patos o gallinas: ¡Bien!

SHIVARATRI

La fiesta dedicada al Dios Shiva la celebramos bajo un insólito día plomizo en el que no dejó de llover. Siguiendo la tradición, los niños cerraron el tráfico rodado con cordeles y cobraron una rupia a los vehículos que quisiesen cruzar estos improvisados puestos fronterizos, que a veces se hallaban a pocos metros unos de otros. En esa fecha, la amable gente de Sauraha ya lleva dinero suelto en el bolsillo con el propósito de pagar el impuesto sonriendo sin rechistar.

En el templo de Shiva, aparte de fumar chíloms de maría, volvieron a preparar “jalua” (o “halua”): un delicioso dulce de sémola en el que, como cada año, incluyeron la datura silvestre que crece en el jardín de ese sitio sagrado. Me negué a probarlo porque no había olvidado que, en otra ocasión parecida, estuve alucinando varios días (y no exagero). Pero sí acepté las copitas de ron a las que me invitaron Shankar y su cuñado para regar el pato asado que cenamos: pecado capital porque “Shivaratri” es una festividad vegetariana. Narmada, la esposa de Shankar, también tomó unos sorbos de licor y luego nos deleitó con una danza cuando los otros dos empezaron a cantar acompañándose de unas guitarras. Pero no habíamos terminado, pues al poco se juntaron al baile algunos de sus hijos e hijas y yo gocé otra vez de una de esas auténticas comedias nepalesas que pocas veces están al alcance de los turistas. Cuando a medianoche partí hacia mi cabaña, lo hice sin saber que un elefante salvaje había estado provocando destrozos por los alrededores.

NEPALIDADES

El idioma de las tribus “Kusundas” del Nepal está en peligro de extinción. Son seminómadas y se alimentan sobre todo de lo que recolectan en la jungla sin que jamás hayan tenido ganado ni cultivado cereales o verdura. Actualmente sólo quedan ciento cincuenta de ellos que hablen su lengua: son ancianos y tras su muerte también fallecerá su cultura milenaria.

Nepal se halla en el puesto 127º (entre 140 países) en cuanto a la velocidad de internet. Pero está por delante de su poderosa vecina, la India: 128º.

Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud, WHO, el número de cesáreas realizadas en las parturientas no debería sobrepasar el 15%. Sin embargo, en el Nepal alcanza el 33’5% y en algunos hospitales incluso han llegado al 90%: “¡Money makes the world go around, go around…!”.

Salarios nepaleses (euro: 124 rupias). Cocinero: 13.000 rupias mensuales. Ayudante de cocina: 8.000. Cartero: 25.000. Oficial de una empresa gubernamental como mi amigo Shankar: 35.000

ASÍ HABLAN LOS ESCRITORES

Craig Russel, escocés: “Hemos creado al Diablo a nuestra imagen y semejanza”.

Mashud Khan, de Bangladesh: “Crecí en Dhaka, que es una de las ciudades más polucionadas del mundo, y cuando un periódico me ofreció un puesto de corresponsal en Nueva Delhi, acepté creyendo que su aire no podría ser peor que el de Dhaka y soportaría sin problema los tres meses de invierno en que la polución alcanza sus niveles más altos. Pero me equivocaba, pues mi esposa, los niños o yo no nos atrevíamos a salir a la calle porque, aparte de que los ojos empezaban a escocernos inmediatamente, nos faltaba aire y tosíamos sin parar. Nuestros hijos no podían ir a la escuela y mi mujer les impartía lecciones en casa, donde llegamos a permanecer encerrados varias semanas seguidas”.

Shashikala Manandhar, escritora nepalesa de sesenta años: “Escribir es como cantar, si no practicas pierdes la voz”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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