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La crónica cósmica. Lavado de coco a domicilio

La crónica cósmica. Lavado de cerebro a domicilio
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– Almanaque de Primavera – Lavandería Neuronal – Comidas de coco a domicilio –

Cuando tienes asegurado el chapati, el mayor riesgo que corres en la vida es que resulte un muermo; afortunadamente, hasta hoy mismo continúo librándome de este mal porque entre mis excentricidades se encuentra la de que me parezcan muy excitantes las inseguridades de la vejez (“¡Ay, se me va la cabeza!”, “¡Ay, sufro unos vértigos!”, “Ay, noté un dolor aquí!”); además, en vez de comerme el coco ante mis crecientes senilidades, me río un montón de ellas (o sea de mí…). Sin embargo, debido a mis creencias, esto no es óbice para que me parezca más atractiva la muerte que la vejez. Para seguir vivo hasta el final de esta maratón es imprescindible conservar la inocencia animal, la candidez infantil, o sea la credulidad, y la marcha de la juventud. Un cuerpo viejo, ya sea el tuyo, el de tu pareja, el de un buen amigo o el de tu perro, es como un coche o una prenda a los que coges cariño a través de los años (durante los cuáles llega a tener alma).

De estar mentalmente sanos nos avergonzaríamos del complejo de superioridad de manera parecida a como lo hacemos con el de inferioridad, pues la prepotencia y la arrogancia que auspicia el egocentrismo, ya sea con o sin motivo, prueban la existencia de una carencia que nos empequeñece como si nos observásemos a través de unos binoculares usados al revés. El primer paso para llegar a ser un individuo civilizado es el de aceptar que todos somos iguales (de tontos, locos e inseguros), y que cualquiera se puede convertir en nuestro maestro. ¿Qué te parecería si jugásemos al juego de la verdad y me contases tus vergüenzas en vez de tus grandiosidades? (y lo mismo te digo de tu “maravilloso” país). El amor es humilde, como lo es el agradecimiento, pero quien sufre de egocentrismo da por sentado que la gente amable le ama sólo a él, y cree que el mundo debería estarle agradecido aunque desconozca personalmente el agradecimiento.

A pesar de que detrás de cada crítica vaya implícita la afirmación, “Yo lo hubiese hecho mejor”, creo que, tal como os he repetido otras veces un amigo (de verdássss…) tiene el derecho y la obligación de llamarte idiota, porque es el único de quien esperas y das por sentada una transparencia absoluta. Pero además, debido a que todos necesitamos hacer de vez en cuando el imbécil (unos más que otros…), es precisamente el amigo quien debe cargar con ello y soportarte en tales momentos sin darle después la menor importancia (cosa que no haría el vecino (incluso a veces el de cama)). Debido a que en las balanzas de la amistad se juntan por un lado las confesiones íntimas y por otro las críticas llevadas a cabo a sus espaldas (las de la amistad), me pregunto cómo es posible que haya tanto majadero que asegure ser amigo tuyo a pesar de hablar más de ti que contigo.

Yo siento una gran admiración por los muchísimos conocimientos y habilidades que no tengo, y, por ejemplo, me postro ante quienes comprenden diferentes escrituras e idiomas, o cantan y bailan como ángeles, etcétera. De forma parecida, respeto a los héroes como vosotros, las madres y los padres, los currantes pagadores de impuestos e hipotecas, los votantes que os veis obligados a escoger entre el malo y el peor, y los devotos que tenéis fe en esta carrera de obstáculos en que nos ha tocado competir.

Definitivamente soy un retrasado mental, pues he tardado sesenta y cinco años en descubrir que, cuando las mujeres se cubren de cosméticos ante el espejo, no lo hacen solamente para gustarse a sí mismas, sino que además te están poniendo a prueba para comprobar si eres capaz de aguantar la risa ante su cómico aspecto.

Los incrédulos recalcitrantes lograrían superar su cobardía si fuesen capaces de comprender que las reglas de lo intangible son parecidas al cuento acerca de la distancia de la línea recta, que a pesar de ser la más corta puede resultar asimismo la más larga en cuanto al tiempo que se tarde en recorrerla: ¡O sea que no todo es como parece!

Al hablar de la evolución pecamos de meter en el mismo saco la del cuerpo y la mente del individuo, la de la sociedad con sus políticas, religiones y demás monsergas antinaturales, y la de la tecnología con cuanto incluye el mundo moderno desde la medicina a la arquitectura y el chip; y Joe Macaco seguirá siendo un mono aunque se vista de seda en Armani, conduzca un deportivo de Torino, y se forre “hackeando” con su Apple.

Tal como saben perfectamente los propietarios de las compañías tabacaleras, las diferentes adicciones y debilidades que adquirimos durante la adolescencia son las más difíciles abandonar, por ejemplo la de seguir las modas tratando de enmascarar la inseguridad. Debido a que es en esa edad cuando encontramos los cruces más definitivos de nuestra vida, sería aconsejable limitarnos a un tipo de experiencias que pecasen de cándidas. En mi pueblo, y en la peor época de la heroína, había chavales que se metían un pico de caballo antes de haber fumado un solo porro, o sea una atrocidad parecida a la que haría una virgencita que se apuntase a una orgía antes de haber recibido el primer beso de su vida (por supuesto del chico que estuviese tiernamente enamorada). Estas cosas suceden gracias a la estupidez social que mete asimismo a todas las drogas en el mismo saco: ¡El gobierno de la comunidad europea ha bloqueado cualquier investigación médica de los alucinógenos a pesar de saber lo beneficiosos que son para la depresión y otras enfermedades!

Por cierto, que si junto lo uno con lo otro, o sea lo de la adicción del adolescente y lo del amor, “¡Love is a drug!”, ¿no resultará que los románticos que tuvimos la suerte o el infortunio de descubrir el amor a tan tierna edad somos más proclives a caer en las redes de Joe Cupido?

Os confesaré que, precisamente por ser adicto a la vida (al vivir, muero un poco cada día), encontraría fuerzas para dejar cualquiera de mis vicios por el simple hecho de sospechar que no pudiese lograrlo.

Al creer que todo lo natural es sano, he llegado a la conclusión de que solamente estará cuerdo quien haya llevado a cabo en cada momento de su vida las experiencias propias de esa edad; porque de no ser así, y como si se tratase un curso escolar que no hubiésemos aprobado (como yo, que no pasé de segundo de bachillerato…), cargaremos el resto de nuestros días con este peso sobre los hombros y, aparte de morir arrepintiéndonos de no haber hecho esto o aquello (“Tendría que haberle machacado los huevos a ese hijo de la gran puta”, dijo al expirar), no habremos conseguido el conocimiento comprendido. Umm, tras alcanzar el conocimiento comprendido de las personas, he dejado de darles consejos.

Siempre pienso que no importa tanto el sistema político, social, personal o económico que se siga, o sea el qué, como la forma en qué se haga, o sea el cómo; y, pongamos por caso, preferiré viajar en un autocar vetusto con un buen chófer, que no con uno que acabe de salir de la fábrica y tenga tras el volante a alguien que haya conseguido el carnet de conducir el día antes. Vaya una mierda de ejemplo, ¿no? A ver, a ver, déjame buscar otro…. Ah, sí, que en la mili hubiese escogido antes un cabo hijo puta pero inteligente y con un par de cojones, que no al buenazo de turno que era también un calzonazos. En fin, a lo que íbamos: Durante los últimos milenios los hombres, o sea los machos humanos, hemos seguido diferentes sistemas para lograr el dulce propósito de meternos entre las piernas de las mujeres (vaya, parece que al fin he conseguido despertar vuestro interés por esta infinita parrafada), por un lado con los que van de macacos y dando palos, por otro con los fabricantes de dinero que reparten joyas, o con el cómico provocando sana risa, con el maestro nato enseñando, con los románticos compartiendo sueños absurdos, con los caballeros quijotescos repartiendo el bien, con los trovadores componiendo y recitando poesías, con los gorilas luciendo su musculatura, con los guerreros conquistando, con los amantes del intelecto filosofando, e incluso con los ladrones robando. Sea cuál sea la forma escogida, y de hacerse las cosas bien, tendrá algunas posibilidades de terminar siendo de alguna manera positiva como sucede con los animales: aquí se reproduce el que canta mejor y allí el que tiene más cornamenta o piernas (Umm, otro ejemplo que ya te cagas…). Sin embargo, el sistema que siguen los hindúes no es en manera alguna así, porque las bodas organizadas por las casamenteras han permitido que durante seis mil años se estuviesen reproduciendo unos papanatas que, de otra manera, no se hubiesen comido un rosco. De ahí que, debido a esta selección antinatural, muchos de ellos sean incapaces de seducir a una mujer y se limiten a violarla como lo haría un macaco acomplejado; barbaridad que, al ser también unos decadentes faltados de todo coraje por el simple hecho de seguir tan decadente sistema, llevan a cabo en grupo. Es una razón más para despreciar a este monstruo repelente, el grupo, que puede llegar a tener miles de piernas y ningún cerebro.

Digo yo que si a los “cabezas rapadas” les diese la vena mística, seguramente colocarían en sus altares a Yul Bryner (espero que Joe Rasta no se ría de ellos, porque lo suyo con el sangriento dictador etíope también se las trae)

Entre la variopinta locura de la especie humana incluso se da la generosidad del egoísta, la santidad del buen diabólico, y la bondad del mafioso.

Me encontré con alguien que era extremadamente parecido a ti, creo que fue en el zoológico.

Aunque ya es de un absoluto mal gusto apodar a la gente según su origen, “¡Eh, tú, chino, “ventepacá”!”, todavía creo que es más despreciable hacerlo debido al color de la piel, “¡Negro!”, la fisonomía, “¡Narigudo!”, o la figura, “¡Enano!”

Gracias a nuestra reducida valentía, a las pocas luces, y a la nula imaginación, nos limitamos a reaccionar ante lo que hallamos; y, así, generalmente nos mostramos amorosos ante el amor, odiosos al hallar odio, etcétera. Es una vulgaridad que incluso logramos como grupo, pues la humanidad hace ya diez mil años que se limita a reaccionar como las bolas del billar. ¡Vamos a ver si os enteráis de que no actuamos, que solamente reaccionamos y, así, porque somos lo que hacemos, nosotros y nuestra maravillosa sociedad somos solamente una mierda de reacción!

Soy como un libro abierto, pero solamente para quienes saben leer.

Los que hayáis sido capaces de leer estas páginas recibiréis gratuitamente nuestro folleto, “El Masoquismo Bien Entendido”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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