La crónica cósmica. Lo dicho: “idioti” perdido

La crónica cósmica. Lo dicho: “idioti” perdido
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MIRA LO QUE PIENSO (o el que avisa no es traidor)

Ayer recibí un halago y, como me ocurre siempre en estas ocasiones (que son contadas…), mi ego lo estuvo repitiendo todo el día como un eco: “Guapo, guapo, guapo”. ¡Ja! Soy la personificación de los “idioti” (egoísta) griegos que sólo se preocupaban de sí mismos. Cuando me cruzo con alguien y me pregunta cómo estoy, respondo invariablemente “bien”, pero nunca se me ocurre hacerle al otro la misma pregunta. ¿Se deberá a mí compulsiva sinceridad y a que, aparte de desagradarme hacer el paripé social, en realidad me importa poco si están bien o mal? Lo dicho: “idioti” perdido.

También considero una idiotez la adicción a la estética, en la que se llevan el premio los que sufren un cáncer de piel tras tostarse bajo el sol. O peor todavía, conseguir el aspecto de una croqueta en una cabina de bronceado: una burbuja eléctrica que ha de ser letal. Y qué decir de los adultos que sufren midorexia y, aparte de tratar desesperadamente de mantener un aspecto juvenil, actúan como adolescentes. Midorexia: es un nuevo término utilizado para referirse a la crisis de la mediana edad que lleva a recurrir a “alocadas tendencias”.

Supongo que todo el mundo se habrá planteado lo chocante que resultaría envejecer de un día para otro y descubrir por la mañana en el espejo a un viejo reviejo. ¡Boom! Los adictos a la estética que mencionaba, quizás saltasen por el balcón o, más acorde con los de ese gremio, optaran por una sobredosis de somníferos para dejar un cadáver con buen aspecto. ¡Ja, un cadáver bello! ¡Qué imbecilidad!

En el caso de alguien como yo, que ya se halla en “una avanzada edad” y ha vivido realmente, el planteamiento es el contrario, pues me pregunto cómo reaccionaría si rejuveneciese de pronto, pongamos por caso, regresando a los veinte años. Umm, eso de la pregunta es falso, puesto que de sobra sé que me horrorizaría y, de no ser porque el suicidio no entra en mis creencias particulares, acabaría con mi vida de la forma adecuada: de noche, en África, con un porrito en una mano y un vaso de ron en la otra, y acostado confortablemente en un almohadón sobre las vías del tren esperando que pasase el “Tanganica Express”. La idea de este coreográfico suicidio no ha sido fruto de mi imaginación, sino que lo he plagiado de una antigua novela titulada “Cocaína” (no recuerdo de qué autor era y creo que estaba ambientada a principios del Siglo XX), en la que una pareja decide suicidarse de esa forma.

Vaya, hombre, parece que el tema literario ha entrado en escena; aprovecharé para recomendaros una obra genial y sorprendente de mi admirado Stefan Zweig titulada “Novela de Ajedrez”, de la que no os comentaré nada porque, como ya sabéis, pienso que las sinopsis deberían estar prohibidas.

Otro de mis admirados escritores es Jo Nesbo, a través de quien me he aficionado a las novelas policiacas porque mantiene la intriga hasta el fin y te sorprende en la última línea. Esta afirmación es literal, y cuando me acerco al final de una de las aventuras de Harry Hole, lo hago esperando ya el batacazo de despedida que me pegará.

En mi Olimpo particular de la literatura no podía faltar el maestro Dostoievski, de quien hace poco releí “Crimen y Castigo”: un auténtico viaje en el tiempo que traza en mi imaginación una perfecta acuarela de aquellos tiempos, en la Rusia zarista del Siglo XIX. También leí otra obra suya un poco biográfica titulada “El Jugador”: la escribió con pleno conocimiento de causa del ludópata que lo pierde todo en las salas de los casinos.

Un reciente descubrimiento científico: el cerebro de los seres humanos se desarrolló y evolucionó mucho más desde el momento en que, hace unos seis mil años, empezamos a escribir y, así, a leer: unos iban al gimnasio y otros, a la biblioteca. Yo escribo con el mismo vocabulario que uso al hablar porque, según creo, así evito caer en la pedantería o la falta de credibilidad.

Con el Señor Tolstoi nos comunicamos con un vocabulario en el que entran palabras de distintos idiomas: alemán, ruso, inglés, nepalés, indostano o castellano; y cuando jugamos a backgammon, él ha aprendido a exclamar en castellano, “¡Qué pena!”, igual que hago yo recordando un anuncio de la tele venezolana que vi hace treinta años. Pero si charlamos de temas filosóficos solemos pedir ayuda al traductor de Google.

Ayer el Señor Tolstoi me comentó: “No es pecado ser tonto, sino enseñar tonterías”. Un día me dijo que yo era un fanático de la tolerancia, y me lo tomé como un halago. Conozco a un nazi que opina lo contrario, y se sentirá insultado si alguien le llama tolerante. También soy extremista en cuanto a la libertad y, por amor a ella, soporto las imbecilidades que hacen los demás: somos lo que hacemos. Está la libertad de expresión y, por supuesto, la de la prensa, aunque comporte la existencia de unas sanguijuelas que acosan con el micro en una mano y la cámara en la otra, o escriben las falacias malintencionadas que les ordenan sus jefes.

Adicción al móvil: un estudiante se mató al caer de un balcón cuando buscaba conexión para su móvil. Sin comentarios. Ya no nos vemos cuando nos cruzamos por la calle porque todo el mundo va con el teléfono en la mano.

La vida es una comedia o un drama dependiendo del guionista: ¿lo eres tú o lo son tus circunstancias? Mi vida es una comedia, y anoche me desternillaré al descubrir, tras ver una película, que no había conectado los cascos que llevaba puestos (¡con el volumen a tope, claro!) y además usaba las gafas de leer en vez de las del ordenador. Como podéis comprobar, no necesito mucho para sentirme alegre.

Añadidle a ello que el presupuesto de mis vicios es la mar de barato: el presidente de tal o cual gobierno fuma puros de cincuenta euros, pero yo prefiero los bidis de un céntimo (¡sí, fumar me cuesta un céntimo de euro!).

Aunque quizás no os apercibáis de ello, por lo general nos cae mal la gente que se parece demasiado a nosotros: pura supervivencia. E igual ocurre con sus defectos, pues nos molestan sobre todo los que también tenemos nosotros. ¡Cuánto me desagradan los egoístas! ¡Ja! De la misma forma, sentimos ojeriza por los animales y los insectos que nos recuerdan a nosotros mismos, como las ratas, las cucarachas o las hormigas. Al observar el comportamiento del personal pienso que en nuestro cóctel genético hay restos de garrapatas y sanguijuelas.

Me quedé en blanco cuando me preguntó si sabía qué animal follaba con las patas, pero me sacó rápidamente de dusas añadiendo: “El pato”. Yo le repliqué con mi clásico, “¿Osas llamarme oso?”, y él respondió con el esperado, “Oso”.

El instinto materno se impuso al amor de su vida, que no quería ser padre.

Me gustan las pelis de Scorsese y la música que suena en ellas, y también la banda sonora de “Peaky Blinders” (creo que con la voz de Nick Cave). Me gusta la belleza y las caras interesantes de Angelica Huston y Sofía Coppola. Me gustó “Big Bang”, que triunfó porque todos llevamos dentro a sus geniales personajes que interpretaban unos grandes actores. Me gusta reír hasta llorar con los chistes de Eugenio (Eu-genio): los genios se hallan siempre en un nivel distinto, como Pepe Rubianes o Gila, quien dijo: «Yo nací un día en que mi madre no estaba en casa”. Me gustó “BoJack Horseman”, y aluciné con el largo monólogo que hizo en el supuesto entierro de su madre, que al fin era el de otra persona. Me gustaron los increíbles guiones de “Black Mirrow”. Y me gustan las películas de los hermanos Cohen, incluso esa última locura suya titulada “La Balada de Buster Scruggs”.

MONZONES

Como premio por haber tenido la sana paciencia de leer esta sarta de pensamientos “profundos”, terminaré la crónica con unas cuantas noticias domésticas del Nepal que están inevitablemente relacionadas con los monzones.

El día en que empezó a llover, hubo la primera avalancha de tierra: 9 muertos. La siguiente avalancha: 4 muertos. Desde entonces son diarias las avalanchas y las inundaciones con muertos y pueblos arrasados. Las avalanchas ocurren en las tierras altas y las inundaciones, aquí, en las llanuras del Tarai: los ríos Lalbakaiya y Sapakoshi, que es el mayor del Nepal, se han salido de cauce como cada año. Ha ascendido asimismo el nivel del Río Rapti, que hace frontera entre Sauraha y el Parque Nacional de Chitwán: esperemos que no ocurra como hace tres años, cuando la cabaña en que vivo terminó bajo un metro de agua.

Por cierto, aquí en casa, la semana pasada una tormenta partió la gruesa rama de un árbol y, al venirse abajo, se llevó por delante las cañerías de un lavabo. Ya no puedo ir al templo del Dios Shiva porque ahora se halla rodeado por una laguna. Anteayer también murieron seis personas y hubo diez heridos a causa de los relámpagos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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