La crónica cósmica. Los bosques han perdido su paz

UNA INVITACIÓN Y UNA EXCURSIÓN. Aquí en Francia ha empezado la temporada de caza y, sobre todo durante los fines de semana, los bosques han perdido su paz, como también nos ha sucedido a los paseantes al oír continuamente el estampido de los disparos. La novia del amigo occitano, curándose en salud, ahora viste un chaleco reflectante. Le planteé si no sería aconsejable que también la perra Chana llevase uno. En este país, tales mortíferos asuntos están debidamente organizados, y anteayer, al adentrarnos en el bosque, hallamos el cartel que podéis ver en la foto que os adjunto. En él, suponiendo correcta la traducción, constaba: “Hoy cazaremos en esta área. Estad alerta. Habrá una cacería. Nosotros amamos la naturaleza. No tema venir a hablar con nosotros”. No hará falta hacer comentarios, ¿verdad?

Ayer, aprovechando que hacía un día especialmente soleado y veraniego, la novia del amigo occitano me llevó de excursión y, cruzando el río Ródano, primero su cauce natural y después el canal que usan para la navegación, construido para evitar las frecuentes inundaciones que provocaba en las poblaciones cercanas como Le Teil, salimos del Ardéche para adentrarnos en el departamento de Drôme. Luego pasamos por la bonita ciudad de Montélimar, que solamente tiene treinta y cinco mil habitantes y está sobrada de parques, jardines y árboles. Continuando nuestro recorrido hacia el este, y teniendo ya enfrente las primeras estivaciones de los Alpes, tomamos una tranquila carretera que corría por unos terrenos llanos entre plantaciones de lavanda, árboles frutales, campos de cultivo y bosques.

¡Que placer siento al viajar en el asiento del copiloto contemplando unos buenos paisajes sin tener que preocuparme de nada! Las casas de las pocas poblaciones que cruzábamos eran de piedra labrada. Al rato aparecieron ante nosotros unos impresionantes muros de roca gris, totalmente verticales, sobre los que reaparecía el verde de los árboles. Nuestro destino era un pueblo que tenía el curioso nombres de Eyzahut y se encontraba arriba. Ascendimos lentamente por una empinada carreterita llena de curvas, notando como descendía paulatinamente la temperatura, hasta que tuvimos cinco grados menos que en el llano.

La novia del amigo occitano detuvo el coche frente a una aislada casa rodeada de jardines, y de ella salieron a recibirnos un hombre y una mujer franceses a los que yo había tratado sobre todo en la India. Con él habíamos viajado juntos por el estado de Madhya Pradesh e incluso habíamos compartido habitación: mi guerrera esposa le despertó más de una vez porque roncaba, ¡ja! En una ocasión él también me llevó en su coche desde un pueblo de los Pirineos franceses, del que no recuerdo el nombre, hasta Le Teil.

Su simpática mujer nos preparó un auténtico y sabroso almuerzo indio al estilo de Gujarat. Cuando solté uno de mis inevitables eructos, la novia del amigo occitano dijo: “¡Abdulá!”, como se hace en tales casos en el Magreb. Me preguntaron si yo sabía cocinar y respondí que, aparte de mis ensaladas, que lograban invariablemente la aprobación de los comensales, y que cuando estaba a solas siempre había sobrevivido de maravilla, por lo demás era un cocinero sin imaginación ni práctica. La «culpa” sería de quienes me han estado alimentado en los últimos tiempos, ya fuese Ranjana o Narmada en la nepalesa Sauraha, el amigo valenciano en Xàbia, mis sobrinas cuando estuve en mi pueblo, y ahora, aquí en Le Teil, la novia del amigo occitano.

Cuando estábamos de sobremesa en el jardín, llegó otro amigo francés con el que me había relacionado especialmente en la India y habíamos compartido taxi cuando fuimos desde Rishikesh (¡Rishicash!) al maravilloso lago Renuca. Igual que sucede inevitablemente siempre que se juntan varios trotamundos, la conversación que mantuvimos estuvo salteadas de anécdotas acerca de nuestros viajes; pero no precisamente de las más positivas, sino las que nos provocaron unos problemas de los que ahora nos reíamos.

“Llegamos a la increíble Mandu, en Madhya Pradesh (echadle una mirada en internet), un atardecer en el que se habían juntado allí cientos de estudiantes de arquitectura y no quedaba ni una sola habitación libre. Por suerte en aquel tiempo iba conmigo mi hijito, y un tendero, que se pirraba por los niños como todos los indios, nos permitió dormir en su tienda cuando la cerró por la noche. Años más tarde dejé de viajar con mi hijo y lo eché en falta porque todo era mucho más difícil; por ejemplo, en los autobuses ya no se apiadaban de mí y no me cedían amablemente un asiento”.

“A mí me sucedió algo parecido cuando fui desde Srinagar, en Cachemira, hacia Parvati Valley en Himachal Pradesh. El autobús me dejó al anochecer en Mandi, donde se celebraba una feria y no había una sola habitación libre. Acabé durmiendo en un campo de cricket acompañado de varios caballos que pastaban libremente”.

“Al viajar invariablemente sin tener una mínima información, me la arreglé para llegar una vez a Calcuta y otra a Katmandú cuando se celebraban las largas festividades de Dussehra (que en Nepal se llaman Dasain y duran quince días). Lo de Calcuta fue sonado porque ya había anochecido y me movía dificultosamente con mi equipaje al hombro por calles abarrotadas de gente. Traté de conseguir un tren que me sacase de allí, pero ni tan siquiera se podía entrar en la estación de los ferrocarriles, y ya no digamos conseguir un tique, debido a las grandes multitudes que había en ella. Empeorando las cosas, en todas las pensiones me decían que ni, ni, ni, ni, sin explicarme que en aquel barrio ninguna de ellas tenía licencia para aceptar extranjeros (“Incredible India”, como afirmaba un anuncio publicitario de la Oficina de Turismo). Cuando me aclaró este detalle un taxista que después me llevó a otra parte de la ciudad, me instalé en una habitación sucia, cutre y desconchada que tenía el cristal de la ventana roto, cuyo precio era idéntico al que había pagado el día antes en Bangkok por una habitación que estaba impecable en todos los aspectos”.

“En una ocasión desembarqué en la isla griega de Corfú viniendo desde la ciudad italiana de Bríndisi. Era en el mes de agosto y, debido a que todos los hoteles habían colgado el cartel de completo, terminé durmiendo en el suelo del puerto junto con otros cientos de mochileros despistados como yo”.

“A mí me sucedió un caso realmente dramático cuando llegué con un grupo de excursionistas a un lugar muy aislado en las montañas del Nepal, en el que no había ningún tipo de hostelería. Los aldeanos nos indicaron que a las afueras de la población encontraríamos un convento de monjas inglesas que quizás nos darían asilo. Pero cuando fuimos allí nos preguntaron si éramos cristianos, y al responder que no, nos cerraron la puerta en las narices. Afortunadamente, los aldeanos se apiadaron de nosotros y, además de limpiar en lo posible el corral de los yaks para que durmiésemos allí, cada familia aportó un puñado de arroz y lentejas que nos permitió preparar la cena”.

“Cuando estuve en Mandu y dormí en el antiguo palacio real, mi cuerpo parecía una autopista para insectos; los había de todos los tipos y me masacraban sin piedad, mientras que a mi esposa no la molestaban en absoluto; ¿se debería a que se había untado con agua de rosas?”.

“Los peores insectos son los chinches de cama que te amargan la vida sin que nunca logres tan siquiera verlos, como los que había en una pensión de Fez, en Marruecos, de la que terminé largándome en medio de la noche porque me estaban volviendo loco”.

“Yo sufrí a los malditos chinches en un oasis del Sinaí y tuve que cambiar cuatro veces de cabaña antes de hallar una que estuviese libre de “inquilinos””.

“Me rio cuando la gente se pone histérica por culpa de los mosquitos franceses, que son inofensivos si los comparo a los insectos que hay en Asia, como el que me picó hace más de un año y todavía me escuece”.

“Ayer, mientras comía unos anacardos, recordé una aventura que tuve en la isla de Marajó, que se halla en la desembocadura del Amazonas. Iba en bicicleta con un amigo mío por una pista de la selva y al ver un árbol de anacardos tuve la genial idea de tratar de comer uno, sin saber que su corteza contenía ácido anacárdico. ¡Ja, a los pocos momentos ya tenía los labios hinchados como los de un congoleño y corría desesperado buscando agua!”.

“Al ver anoche la película “Noé” en que actuaba Rusell Crowe, también hice un viaje al pasado al recordar “Una mente maravillosa”, película de ese mismo actor que vi en Cáceres la noche que pasé allí, viniendo de Sevilla camino al convento de Batuecas de los Carmelitas Descalzos, que se encuentra en la frontera entre Extremadura y Castilla. Al ser aquel un lugar muy aislado, al fin resultó que, para conseguir llegar allí con transportes públicos, tuve que ir primero a Salamanca y luego a La Alberca, pueblo desde donde descendí andando hasta aquel convento en el que sus amables monjes se ganan la vida escribiendo”.

Cuando nos despedimos al fin de aquellos amigos y partimos de Eyzahut, de vuelta a Le Teil nos detuvimos en un supermercado y, mientras hacíamos unas compras, se me acercó una mujer que, tras preguntarme si era Nando, me abrazó diciendo que ella era la antigua novia del amigo occitano con quien también había viajado por la India y convivido muchas veces aquí en el Ardéche. Este encuentro fue el epílogo perfecto de tan perfecto día.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Deseo acelerar el paso del tiempo en busca de un rápido final.
  • Mantengo mi paz mental dejando las cuestiones terrenales en manos de los humanos y las espirituales en las de Dios.
  • Leído en la obra “Las cosas que perdimos en el fuego”, de la autora argentina Mariana Enríquez: “Tenía una de esas caras olvidables, esas caras que, aunque las ves todos los días en el mismo lugar, es posible que no las reconozcas en un ámbito distinto”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

1400 934 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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