La crónica cósmica. Los deseos son peligrosos

La crónica cósmica. Los deseos son peligrosos
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ELUCUBRACIONES DE LA EDAD TARDÍA (gracias, Luís Landero).

Desde que cumplí los sesenta años celebro cada nuevo aniversario como un récord personal (así es en realidad): “¡Vaya, hombre, ¿quién iba a creer que llegaría hasta aquí?!”. Pero en esta ocasión, dentro de pocos días, será un cumpleaños especial porque su número, 69, ha tenido gran importancia en mi vida. Primero al descubrir en la alocada adolescencia lo que era hacer un 69, y después cuando pasé varios meses en Londres en el explosivo 1969, año en que esa ciudad era la capital juvenil del mundo.
Me parece muy acertada la tradición de ciertas culturas en que la gente cambia de nombre en diferentes edades, pues, por lo general, hay poca relación entre un crío, un adulto o un anciano, aunque sigan teniendo el mismo número de carné de identidad.

En mi caso, y a pesar de que cuando me tocan las teclas adecuadas deje salir al niño que mantengo vivo en mi interior, tengo la sensación de que mis correrías juveniles pertenecen a otra vida, a otra persona. Aún suponiendo que mis introspecciones no me advirtiesen de ello, ¡ja!, el espejo no me engaña. Mencioné en otra crónica que me mosqueaba ese viejo guasón que siempre se mofa de mí desde los espejos, pero, la pura verdad, es que me cae simpático porque no trata de engañarme.

Ya se han cumplido seis meses desde el diciembre pasado en que llegué al Nepal desde Malasia y vine a Sauraha, población a la que podría denominar mi campamento de invierno. Al tomar posesión de mi cabaña habitual deseé pasar por primera vez los monzones aquí. Era un deseo absurdo porque el visado turístico de este país es de cinco meses por cada año natural y el mío expiraría, como ya lo ha hecho, el 29 de mayo.

He dicho más de una vez que los deseos son peligrosos, pues habitualmente se convierten en realidad de una forma inesperada, y, si no, que se lo pregunten a un conocido mío que deseó la soledad y al poco su familia murió en un accidente. El Cosmos se las ha arreglado para satisfacerme al montarse la pandemia del coronavirus y el confinamiento que ha provocado, pues, si no cambian las cosas, podría ser que pasase gustosamente los monzones aquí. Insólito: no tengo un visado, pero estoy legalmente en el país. El 29 de mayo le comenté a Ranjana que mi visado terminaba ese día, y cuando regresé a casa al atardecer me hizo la sabrosa broma de decirme que la Policía Turística había venido preguntando por un español que no tenía visado. Más que atemorizarme, por unos instantes me comí el coco pensando en que tendría que pasarme por la comisaría para dar explicaciones; pero entonces Ranjana me absolvió soltando una carcajada, “¡Es broma!”, a la que repliqué con varios insultos cariñosos: nos conocemos desde hace diez años en los que hemos entablado una buena amistad.

Os recordaré que Ranjana es la joven que cuida de mi estómago preparándome diariamente unos imaginativos “dal bhat” de rechupete con los que evita que mi paladar se aburra. Entre la verdura, las hierbas e incluso el zumo de fruta desconocida que ella me sirve, ayer me sorprendió con un curry de jaca (“jackfruit”), fruto muy sabroso que al cocinarlo adquiere la textura de la carne.

¡Qué aspecto tan distinto tiene el confinamiento de las ciudades con el del campo! En aquéllas padeciéndose literalmente hambre y aquí recolectando la cosecha de arroz a los tres meses de haberla plantado tras la mostaza de invierno. También están madurando los lichis y los mangos. De manera que el tolerante confinamiento de Sauraha sigue permitiéndonos adquirir todos los productos esenciales (miel, yogur, ron, bidis y… costo: ¡Ja!) por la puerta de atrás de los comercios. El barbero pasa a domicilio, como también lo sigue haciendo el repartidor del “Kathmandu Post” y el amigo Shankar para reparar la línea telefónica.

Al andar solamente cuatro kilómetros al día, me he puesto un poco barrigudo. Además, he ido ralentizando mi paso tal como aumentaba el calor. El destino de mis paseos es invariablemente el extremo occidental de Sauraha donde, aparte del templo del Dios Shiva al que voy todas las mañanitas, están las casas de Shankar y del Señor Tolstoi. En la primera tomo el chai del desayuno y en la segunda, al atardecer, juego “sangrientas” partidas de backgammon. Gracias a la práctica diaria, ahora nos hallamos ambos en un nivel en el que la lucha es apoteósica en todo momento y las partidas dan constantemente giros inesperados, con unos desenlaces finales en los que puede haber una sola ficha de diferencia y el cómputo de la tarde sea de cinco a cuatro.

El amigo ruso sigue dedicando a diario varias horas a distintos foros en los que interviene activamente. A veces es de viva voz, y otras, como hizo esta semana, escribiendo una larga exposición sobre temas políticos y sociales de su ciudad, Kostromá, en la que no dejó títere con cabeza. ¡En los cinco días que han transcurrido desde entonces ha tenido más de cincuenta y dos mil lectores!

A pesar de que la gran mayoría de ellos son admiradores, el Señor Tolstoi también tiene algunos detractores y, por supuesto, los inevitables “odiadores” (“haters”), esa subespecie de las sanguijuelas que no sabe que el odio empieza por uno mismo. Pero, al contrario de lo que hace habitualmente la gente en estos casos mandando esa bazofia directamente a la basura sin leerla, él les responde y logra en muchas ocasiones convertirlos en amigos. Aunque esto ya me parece admirable (y, sin embargo, una pérdida de tiempo), cuando me dejó totalmente fascinado fue al mostrarme las réplicas que daba a los más rastreros que se limitaban a insultarle. Aquí van dos chistosos ejemplos: “Gracias, hermano, eres un confesor de la verdad. Que Dios te bendiga”. ¡Ja! “Muchas gracias. El hombre es débil en el otoño de la vida”. ¡Ja al cuadrado! ¿Cómo se pueden rebatir tales paridas? No hay manera, y el Señor Tolstoi me lo confirmó diciendo que ninguno de esos mamarrachos había vuelto a decir esta boca es mía.

NEPALIDADES

Una estafa típica de los países como Tailandia, Sri Lanka, la India o el Nepal es la de pegar un braguetazo con un o una occidental convenciéndoles entre arrullos y promesas de amor eterno para que inviertan un pastón en la construcción de un hotelito o una vivienda. Luego, cuando han terminado de vaciarles los bolsillos, los echan a la calle. ¡Cuántas veces me habrán ofrecido gratuitamente un terreno para que edificase una casa!

Aquí en Sauraha se han dado varios casos en los que las víctimas fueron mujeres, como la alemana que financió el resort que queda a espaldas de mi pensión, o la japonesa que hizo lo propio con una lujosa vivienda en la que ahora reside su familia política mientras ella curra en Tokio para pagar el crédito que pidió.

No sé cuál será la situación de un matrimonio español que vive a las afueras de Sauraha en una casa que edificaron ellos mismos. Aunque me cruzo con él todas las mañanas, “¡Buenos días!”, he tardado varios meses en saber que tiene un gimnasio en el centro de la población (“business visa”); con lo que deduzco que planean quedarse permanentemente aquí.

Me gusta la simpatía y la amable suavidad de los nepaleses, que son parecidas a las de los indios, pero sin que normalmente se encuentren de por medio algunos fanáticos religiosos o patrióticos. También valoro la tolerancia con que aceptan las parejas mixtas (de distintas castas o religiones), pero esta semana hubo una triste excepción a esa regla en la ciudad de Chaurjahari, cuando un grupo de hombres de la casta thakur atacó el cortejo nupcial de un dalit (intocable) que pretendía casarse por amor con una chica asimismo thakur y asesinó al novio y a seis más de la comitiva. La cuna del estoicismo reside en países como la India y el Nepal, donde la población permanece imperturbable ante incidentes que provocarían histerismo a los occidentales.

MIRA LO QUE PIENSO

Respirar puede matar. El 48% del asma infantil de Barcelona se debe a la polución del aire.

¿Puede considerarse acoso el hecho de ser acusado injustamente de acosar? ¿Me estaré acosando? ¿Podría denunciar a mi sombra por acosarme?

¿La satisfacción de un escritor de 3ª Regional ante su obra es menor que la que siente uno de 1ª, como Tolstoi, Naipaul o Almudena Grandes?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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