La crónica cósmica. Los hijos de internet

EL NOTAS (pero no el Gran Lebowski) – Como habrán comprobado quienes han viajado o convivido conmigo, siempre llevo en el bolsillo del chaleco un bloc y un bolígrafo para ir tomando notas de cuanto cruza por mi cabeza. Lo hago de esa manera porque tengo muchas ideas y poca memoria. Continuamente se me ocurre un tema o veo algo acerca de lo que querría escribir. Lo podría comparar con aquellos antiguos proyectores que iban pasando automáticamente una diapositiva tras otra sin darte opción a abrirles una carpeta mental y guardarlas en el baúl de los recuerdos.

Cuando me sucede así, pongamos por caso, mientras voy en tren, ese flujo de ideas aumenta de caudal, a veces sin tan siquiera darme tiempo a guardar el bloc. También me ocurre frecuentemente que, como si mi mente estuviese juguetona, me deja en blanco hasta que guardo el bloc en el bolsillo y entonces, ¡Boom!, me cuela una nueva idea entre ceja y ceja.

Valga aclarar que me estoy refiriendo a lo que escribo en estas crónicas, pues acerca de la novela de turno (la actual ya ha superado las cuatrocientas páginas) no necesito tomar notas porque, por la razón que sea, lo memorizo todo perfectamente, e incluso recordaré que he de corregir o cambiar algo en un párrafo determinado que escribí el día anterior. El resultado de todo esto es que el baúl de los recuerdos acostumbra a estar tan lleno que son muchas las notas que se cubren de polvo sin que lleguen a formar parte de alguna crónica.

Para que veáis que no exagero, hoy, como si hiciese limpieza general, os daré algunos ejemplos que, plagiando al antiguo y divertido programa de televisión “Muchachada Nui”, podría titular “mundo viejuno”. Si os parece bien, empezaremos este viaje mental rebobinando paulatinamente desde el pasado más reciente, o sea el del País Valencià, y después ya nos iremos alejando en el tiempo.

XÀBIA – Lo que más me sorprendió al llegar a la casa de los amigos valencianos, después de permanecer casi siete años seguidos en Asia, fue la calidad general, ya fuese la de unos grifos que no goteaban o unas ventanas con doble cristal que cerraban perfectamente. También me sorprendió que mi habitación tuviese un gran armario con sus correspondientes perchas, hecho que, sobre todo en el Nepal y la India, se consideraría insólito.

Otra novedad fue lo que denominé la música constante que me ofrecía el amigo valenciano, pues yo, a pesar de cuanto me gusta la música en general, es raro que la escuche mientras voy de solanas por el mundo, porque prefiero escribir o leer en silencio, actividades a las que dedico la mayor parte del tiempo. De no ser así, cuando llevo a cabo alguna tarea doméstica o voy de paseo, lo hago por supuesto cantando.

Las calles que había alrededor de la casa de los amigos valencianos tenían los nombres de distintos países y, curiosamente, la calle Groenlandia era fría (en invierno y de mañanita) porque estaba flanqueada por un largo “muro” de altos cipreses que impedían la entrada del sol; mientras que con la calle Mauritania sucedía lo contrario y resultaba agradablemente cálida: “¡Hostia, hoy hace más frío y creo que iré a Mauritania!”.

Mi cabezonería empeñándome en ser el último humano que no tenga un teléfono móvil está llegando al punto límite cero porque, como si yo fuese bandido al que la policía estuviera acorralando, debido a las imposiciones de la puta pandemia, incluso me lo exigieron cuando comí en un restaurante de Xàbia en el que solamente se podía leer la carta a través de un QR captado con el móvil.

NEPAL – El sagrado río Bagmati de Katmandú, al que se podría considerar el Ganges nepalés y pasa por el templo de Lord Pashupatinath (la apariencia del Dios Shiva como protector de los animales y la naturaleza), está muy polucionado y sus negruzcas aguas dan realmente asco. Recientemente, y como cada año, diferentes grupos ecologistas de Katmandú hicieron limpieza general y recogieron diez toneladas de basura.

En los años cincuenta del Siglo XX un alpinista inglés convenció al rey del Nepal para que prohibiese escalar la montaña Machhapuchhare, de 6.993 metros de altura. No sé porqué lo hizo ni cómo lo logró, pero la cuestión es que actualmente, y gracias a que los posteriores gobiernos democráticos no han refutado tal norma, esa montaña, al contrario que el Everest y otras atracciones turísticas del país, está completamente limpia de basura.

En la crónica anterior mencioné que la nueva ola de covid-19 había provocado que Katmandú y otros sitios del Nepal volviesen a estar confinados como el año anterior. Asimismo, como hace un año, han cerrado los aeropuertos, y los turistas que había en el país están siendo repatriados por sus gobiernos, igual que hacen con el personal de las embajadas dejando claro que la situación va de mal en peor.

MALASIA – Cuando voy a una ciudad desconocida me gusta saber cuántos habitantes tiene, pues es muy distinto que sean veinte mil, doscientos mil o dos millones, ¿verdad? En los países que visito también acostumbro a preguntar cuál es el salario medio, por ejemplo, el de un maestro o un funcionario. En Malasia, mientras iba en un minibús desde Kuala Lumpur a Kuala Tahan, en las junglas de Taman Negara, el chofer me dijo que cobraba mensualmente tres mil quinientos ringgit, o sea setecientos euros (el señor Tolstoi me contó que en Rusia cobraban unos doscientos dólares mensuales). Mi presupuesto en Kuala Tahan, incluyendo la plácida cabaña del “Park Lodge” junto al río Tembeling, la comida y las cervezas “Tiger”, era de seiscientos euros mensuales. En la tailandesa Kanchanaburi eran unos cuatrocientos. En las Colinas Kumaon de la India, trescientos. Y en la nepalesa Sauraha, doscientos. Confieso sin la mínima vergüenza que esas cantidades bajarían a casi la mitad si hiciese abstinencia de mis vicios predilectos.

Unos recuerdos de Taman Negara. La niebla parecida a algodón que cubría las copas de los árboles por la mañana. Una vendedora histérica del bazar, que solamente dejó de estarlo cuando apareció su marido y le pegó una sonora bofetada. Las inmensas tetas de una joven occidental tan espectaculares que atraían incluso las miradas asombradas de las otras turistas. Las que también llamaron la atención, pero sólo de la gente local, fueron dos chicas españolas que se cubrían de besos y caricias frente a todo el mundo. La simpatía de los chinos locales que transformó positivamente la opinión que yo tenía hasta entonces acerca de esas gentes. En este aspecto, cabe mencionar asimismo que la simpatía general de los malayos (y también la de los habitantes de los otros países del Sudeste Asiático) contrastaba bastante con la antipatía de muchos occidentales. Costumbres malayas: un autocar retrasó veinte minutos su partida para esperar a una pasajera poco puntual.

MIRA LO QUE PENSABA (seguimos en mundo viejuno, pero continúo pensando igual)

  • Lo mejor y lo peor siempre nos llega por sorpresa.
  • En una película aparecía un mensajero que llevaba un mensaje de voz que incluía una auténtica interpretación teatral: finísima idea, oiga.
  • Han creado un tipo de mochila que tiene unos amortiguadores que acompasan sus movimientos con los pasos del excursionista, consiguiendo que note menos su peso. Pensé que también se podría aprovechar ese movimiento continuo para, por ejemplo, recargar la batería de un ordenador, un teléfono o una linterna.
  • La nariz es totalmente determinante para convertir una cara en fea o guapa si armoniza con el resto, sea como sea de grande.
Los hijos de internet
  • Me lo dijo uno de esos jóvenes que se pasan la vida pegados al ordenador: “Los hijos de internet hemos crecido en una realidad distinta, con una cultura, unas ideas y unos valores totalmente diferentes a los de nuestros padres”.
  • ¿No es así que de jóvenes éramos más miedosos, pero también más inconscientes?
  • Lo natural es sano: el tacto también está en los pies si son libres y no están presos.
  • Mi amigo indio Jotia, que se negó a ponerse gafas al llegar a la edad en que casi todos las necesitamos, aseguraba que los ojos se adaptaban por sí mismos. No sé a qué se referiría exactamente en su caso, pero, de todos modos, he comprobado personalmente que así es, pues han sido ya varias las ocasiones en que, tras comprar unas gafas nuevas durante mis correrías (Luang Prabang, Varanasi, Katmandú), los primeros días no veía muy bien y después, como si efectivamente mis ojos se adaptasen a ellas, mejoraba hasta que olvidaba que las llevaba.
  • Sabiendo que siempre deseamos lo que no tenemos, me pregunto qué pensarán las mujeres musulmanas o las hindúes al ver a las occidentales, libres y naturales.
  • Me parece injusto que siempre se hable del tamaño de la polla (a la mierda con el pene) o de lo rápido que eyacula un hombre, y nunca se haga acerca del coño (a la mierda con la vagina) o de lo lenta que pueda ser una tía en llegar al orgasmo.
  • Hecha la ley, hecha la trampa: antes de todo este lío pandémico, algunas compañías aéreas habían empezado a exigirte cuando recogías la tarjeta de embarque que tuvieses un tique de vuelta u otro que te llevase posteriormente a un país distinto; como sería de esperar, a partir de entonces los pasajeros mostraban billetes falsos de tren, avión o bus que habrían imprimido antes de ir al aeropuerto.
  • Conozco los arquetipos de los hombres indios (aparte de la casta a la que puedan pertenecer), tanto el funcionario solitario que tiene un destino muy alejado de su hogar y ve a la familia un par de veces al año, como el “modelno” con una gorra de baseball. De todos modos, uno y otro llevará un bigotito fino y calzará unos zapatos dos números más grandes de los necesarios.
  • ¿No es así que, en cierta forma, la máquina de escribir acabó con el mal rollo casi segregacionista que sufren los zurdos y los igualó con nosotros los diestros? Una curiosidad en este aspecto: años atrás yo tenía una contraseña de Gmail cuyas letras se hallaban accidentalmente en la parte derecha del teclado, pero el resultado era el contrario del que se esperaría, porque tecleaba a toda hostia y muchas veces me equivocaba. Hasta que en una ocasión, cuando vivía en una aldea de pescadores de la isla malaya de Pinang, me hice uno de mis típicos líos y me bloquearon la cuenta. Entonces llamé al segundo de mis hermanos, que a pesar de tener diez años más que yo domina de maravilla el tema de los ordenadores; él me lo solucionó, pero puso una contraseña distinta que, de nuevo accidentalmente, se escribe casi exclusivamente con la mano izquierda: desde entonces, quizás porque la tecleo más lentamente, no creo haberme equivocado nunca.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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