La crónica cósmica. Me había asilvestrado demasiado

DE NUEVO EN MARCHA – Creo que si Adán y Eva hubiesen pertenecido a mi tribu (la de los nómadas), habrían partido del Paraíso la mar de felices y sin comerse el coco (sólo la manzana: ¡si por lo menos hubiese sido una buena naranja valenciana o un mango Dusheri del Valle del Ganges!). Se habrían despedido de la serpiente diciendo simplemente que iban a dar una vuelta porque, sea de donde sea que nos marchemos, los nómadas lo hacemos mirando hacia delante, hacia el futuro; como lo hice yo ayer al abrazar a los amigos valencianos en la antigua y preciosa estación ferroviaria de Valencia y tomar el tren que me llevaría a Cataluña, de donde me largué hace seis años y medio tras comprobar que yo me había asilvestrado demasiado, pensando que no regresaría.

La crónica cósmica. Me había asilvestrado demasiado

Umm, en realidad pensé que tampoco regresaría a Celtiberia ni a Europa: qué divertido resulta hacer y deshacer planes, ¿verdad?; además es uno de los entretenimientos más baratos que hay.

Supongo que si a las personas sedentarias no les gusta ni tan siquiera ir a pasar una noche en el pueblo de al lado es debido a que no saben adaptarse; mientras que a nosotros, los que tenemos un culo de mal asiento, nos gusta hacerlo precisamente porque hemos desarrollado la habilidad de adaptarnos y nos corremos de gusto haciéndolo, sean cuales sean las circunstancias: un lugar desconocido, una cama incómoda, una comida exótica o la compañía de unos neandertales de ultraderecha. El simple hecho de preparar el equipaje ya me pone a mil, aunque, como en esta última ocasión, incluyese la pesada y voluminosa botella de cazalla que me regaló el amigo valenciano para “vengarse” de todas las molestias que les había ocasionado durante los cinco meses que permanecí en su casa.

En mi afición por la ciencia de la adaptación también influye, como le contaba hace un ratico a la amiga aragonesa (¡mañica!), mi facilidad para prepararme mentalmente si sospecho que se avecina algo desagradable, pues al pensar simplemente en ello ya estoy advirtiendo a las siempre descontroladas emociones o a los millones de células que habitan mi cuerpo si se trata, pongamos por caso, de patearme un montón de kilómetros o no tener opción de comer ni beber, como fue el caso del tren en que viajé ayer cuando nos comunicaron a la hora del almuerzo que, debido a la pandemia, no se venderían alimentos ni bebidas: “Che, estómago, que hoy te quedarás con las ganas”, y punto. La preparación mental también es muy útil cuando, por ejemplo, le presto cien rupias a un indostano, momento en que, para evitar comerme el coco o preocuparme, doy por sentado que no me las devolverá.

Aunque saqué del equipaje el libro que estoy leyendo (“El Sol Brilla por la Noche en Cachemira” de Andrés Pascual), me olvidé de él desde el instante en que el tren se puso puntualmente en marcha porque, como he confesado en otras ocasiones, soy un mirón compulsivo de paisajes y, durante las casi cuatro horas de viaje, no apartaría los ojos de cuanto se viera tras la ventanilla: unas llanuras cubiertas de árboles frutales y, tras ellas, por el oeste, unas colinas rocosas y peladas, mientras que por el este lucía el precioso color azul marino (mi predilecto) del Mar Mediterráneo.

Cuando vivía en la Selva Negra alemana pensé muchas veces que España, ya fuese debido al descontrol, la corrupción, la bribonería o la afición al “viva la vida”, estaba a “medio camino” entre Alemania y la India. Lo he recordado ahora, al ver andenes descuidados y cubiertos de hierbas o relojes parados en estaciones que parecían abandonadas. Como si la conexión cósmica quisiese reafirmarme en esta opinión, en el asiento de enfrente viajaba un sij (sí, esos señores del Punjab que llevan un turbante, a los que los británicos les cortaron su país en dos, aquí la India y allá Paquistán), quien bajó la cortina de la ventanilla sin plantearse que pudiese molestarme: es tan difícil que nuestros actos molesten a un indio como que a ellos se les pase por la cabeza que puedan molestarte. Un buen ejemplo de ello son las muchas veces en que, mientras yo estaba mirando algo en la tele de un lugar público, un indio se plantó tranquilamente en medio dándome la espalda y sin preocuparse si, como decimos en mi pueblo, la carne de burro no era transparente. También pensé en la India al ver un hotel en el que anunciaban “habitaciones para hacer la siesta”, pues las dhabas (los tradicionales restaurantes indios), acostumbran a tener camastros para que los clientes, sobre todo los camioneros, echen una cabezadita después de comer.

Pensando en los controles sanitarios provocados por la pandemia que prohibían viajar entre el “País Valencià” y “Catalunya”, yo llevaba conmigo el nuevo carnet de identidad (que había mantenido caducado tres años y que renové en Denia el día antes de partir) y también un certificado conforme estaba empadronado en una población catalana; pero al fin, igual que en el aeropuerto de Valencia cuando llegué del Nepal, nadie me puso trabas (en realidad no hubo el menor control) al cruzar la frontera invisible de una comunidad a otra, y llegué, además puntualmente, a mi pueblo. El tique de larga distancia incluía también el del tren de cercanías que cogí en la moderna y fea estación barcelonesa de Sants, que lo parece más si la comparas con la antigua y encantadora Estación de Francia, que se halla junto al “Parc de la Ciutadella”. Este último recorrido en tren lo hice acompañado de una mujer que, tras confesarme que era analfabeta, me pidió ayuda con el fin de no equivocarse de tren.

EN LA TABERNA GALÁCTICA – Mi mirada cayó sobre un tipo solitario que se hallaba al final de la barra de mi antro predilecto. Rondaría los cincuenta años, tenía el pelo negro y era corpulento. Pensé que se lo pasaba en grande simplemente observando al personal, y quise saber quién era. “Nací en Inglaterra”, me contó, “pero emigré a Australia y tengo esa nacionalidad. Soy ingeniero mecánico y curro sobre todo arreglando motores de barco porque me pagan unos sueldos muy espectaculares. A los siete años ya supe cuál sería mi camino: nada de lujos o de preocuparme del nivel social, y vida simple. Viajo continuamente llevando un equipaje diminuto, y al ver los que cargan los turistas pienso que están locos. He residido en diferentes países y estuve bastante tiempo en Palma de Mallorca. Umm, me gustaba mucho la morcilla, la sobrasada, el “fuet”, la paella, el potaje y las hierbas ibicencas. ¡Y qué caballos! Se llaman cartujanos, ¿verdad? Allí conocí a una letona y viví tres años en su país dando clases de inglés. No me gusta ninguna ciudad grande, y mis países favoritos son Méjico, California, Nueva Zelanda, Marruecos, Grecia, Tailandia y Sri Lanka. Sólo hago trabajos temporales hasta recaudar el dinero necesario para ponerme de nuevo en marcha. Me encanta la soledad. Si tengo alguna afición es la de observar al mundo y a sus gentes, y por la tarde tomo unos whiskies mirando la puesta de Sol. Mejor, imposible”.

Del mismo modo que hay parejas a las que sólo se puede denominar de extrañas porque no ligan ni por casualidad, ahora me acerqué a un trío de tertulianos que habrían podido ser los embajadores de diferentes sistemas solares. Umm, definirlos como tertulianos podría llevarnos a engaño. En realidad cada uno de ellos saltaba de un tema a otro como si no hubieran escuchado lo que se acababa de decir. Traté de adivinar cuáles podrían ser sus nacionalidades u orígenes, y me dije: “Ese cuarentón con aspecto de abogado es indio sin duda alguna, el careto asiático del siguiente me recuerda a un tailandés, y el último tiene un toque de sinvergüenza simpático que podría provenir de Sudamérica”.

Éste, que rondaría la treintena, estaba diciendo: “Cuando el médico le comunicó a un buen amigo mío de Belem que sufría un cáncer de páncreas y sólo le quedaban unos pocos meses de vida, él decidió morir rápidamente y, en vez de ingresar en una clínica o tan siquiera medicarse, se adentró en las selvas del Amazonas esperando que algún depredador acabase con él. De aquello hace ya diez años, y él, aparte de seguir vivo, está más sano y fuerte que antes”. Esta anécdota me recordó a alguien de mi pueblo que, al saber que tenía un cáncer de pulmón y poco tiempo de vida, se fue a la India en bicicleta y hoy en día todavía sigue pedaleando.

El supuesto abogado indio dijo que provenía de la muy sagrada ciudad de Varanasi, y tras hablar un poco acerca del hinduismo, explicó a los demás: “El lunes es el día del Dios Shiva, el martes el de Ganesh, el dios de la sabiduría, el jueves el de Sarasvati, la diosa de la cultura y las artes, y el sábado, de Hannumán, el aguerrido y fiel dios de los monos. Aparte de los días dedicados a esas y otras deidades, también tenemos uno para las abejas, el miércoles, y consideramos auspicioso si una reina y su séquito se instalan en nuestra casa. Asimismo, siempre empezamos la edificación de una nueva vivienda en tal día”. El sudamericano le comentó que en los templos hindúes no había visto nunca la menor referencia a las abejas, como sucedía, por ejemplo, con el ratón que acompaña invariablemente a Ganesh, y el indio le respondió: “No hace falta porque son las mismas abejas las que se acostumbran a instalar bajo los aleros de los templos”.

El asiático, que resultó ser laosiano y no tailandés, destellaba la calma de un lama, y no me sorprendió cuando contó: “Recientemente pasé unas cortas vacaciones en una playa de Sri Lanka famosa por sus arrecifes de coral. Tal como hago habitualmente, evité juntarme con el resto de los turistas porque me siento mejor a solas; y con ello, claro, atraje la atención de algunas damas deseosas de sexo. Una de ellas que hablaba con un marcado acento alemán y llevaba un vestido que mostraba más de lo que ocultaba, me estuvo soltando insinuaciones hasta que, debido a mi indiferencia, me espetó: “Te lo montas de asceta espiritual, pero estoy segura que te gustaría echar un polvo conmigo”. “Oh, sí, por supuesto”, le repliqué, “pero dependería de la hora”. “¡¿Que dependería de la hora?!”, exclamó atónita, “¿acaso tu gurú sólo te permite follar en ciertos momentos?”. “No, no es eso”, le dije sonriendo, “sino que no me perdería una buena puesta de Sol o una tertulia interesante para follar, a pesar de que hace demasiado tiempo que no lo hago y me muero de ganas”. ¡Ja, me contempló con odio por unos momentos, y luego se marchó a toda prisa por donde había venido!”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.