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La crónica cósmica. Me senté en el jardín y pedí una cerveza “Singha”

La crónica cósmica. Me senté en el jardín y pedí una cerveza "Singha"
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TRAS EL SEÍSMO. A pesar de que mi cultura neoyorquina se limite a la que adquirí en las salas de cine, al llegar a Katmandú anduve continuamente con la mirada levantada como si estuviese en Manhattan porque temía que se viniese abajo alguno de los sesenta mil edificios que han sido condenados (por el momento solamente han derrumbado trescientos y se acercan los monzones…). De todas maneras, al poco descubrí que por lo menos en el gueto turístico de Thamel había pocas muestras del terremoto (barrio en el que dormí por primera vez debido a unas circunstancias que os aclararé en otra crónica).

Caso contrario al de la Plaza Durbar, en la que se hubiese podido creer que había sufrido el epicentro del terremoto porque no quedaba prácticamente nada de los cuatro templos más emblemáticos. En cuanto al palacio real, ¡Uf!, parte sus gruesos muros se habían partido, y el tejado, venido abajo. Impresionante y acojonante. Los peatones debían desplazarse por un corredor que habían abierto entre las ruinas, y unos carteles advertían por todos lados, “¡Peligro!”, pues los edificios que seguían en pie se hallaban en malas condiciones. Igual que en Pashupatinath, los dos templos dedicados a Shiva no sufrieron el menor daño, y Él continúa asomado a la ventana que hay bajo el tejado con una mano sobre el seno (¡Se llama teta!) de su señora la Diosa Parvati.

Tras pasar una noche en Thamel me enteré que esa madrugada habíamos tenido otro temblor, y decidí cambiar de domicilio: Godawari. Cuando dejé a mis espaldas unas ciudades tan sucias, polvorientas, ruidosas, y ahora derruidas, como Katmandú y Patan (son hermanas siamesas), y empecé a ascender en un microbús por la carreterita que me llevaba hacia un mundo de verdor absoluto que ya podía ver, sentí como en cada ocasión un alivio difícil de describir. ¡Uy! Un momento, un momento, que se me pasaba por alto mencionar a Lalitpur, la población vecina de las anteriores (Godawari pertenece a este municipio) que sufrió la peor devastación del valle y la carretera cruza entre sus ruinas.

Aparte del alivio que mencionaba antes, al descender del vehículo seis kilómetros después me encontré con un silencio insólito para los hijos de la ciudad que solamente rompían las cigarras “metalúrgicas” y los pájaros. Árboles, árboles y más árboles. Fui a tomar un baño purificador en el estanque del templo, y me sorprendió lo fría que estaba el agua porque durante los últimos seis meses sólo me había duchado en sitios muy cálidos como Konarak y Sauraha. Me instalé en un cuartucho que había encima del restaurante en que comía hace dos años, y lo hice acompañado de una perra muy sonriente que era vegetariana y dejaría de lado un hueso (le encantan los chapatis).

Llegados a este punto será preciso que os explique lo siguiente: Mi partida de Sauraha (con el equipaje a punto) se retrasó dos días (domingo y lunes) debido a “esas circunstancias ajenas”, las mismas que en Katmandú me llevaron a Thamel y a correr de un lado a otro solucionando ciertas cuestiones que me eran también ajenas (decía la canción, “María sólo trabaja, sólo trabaja, y su trabajo es ajeno”).

El jueves, tras dormir en Godawari, volví a Katmandú y, después de comprobar que se había solucionado todo lo solucionable, al fin pude decidir si me iba y hacia dónde lo hacía. Entonces fui a las oficinas de las Líneas Aéreas del Nepal, y conseguí una reserva para volar el viernes hacia Bangkok (mi visado terminaba hoy, el sábado): Tres horas de viaje y ciento cuarenta euros. ¿Calidad? ¡¿Qué calidad?! El aeropuerto de Katmandú es mundialmente conocido por sus miserables servicios y sus corruptos policías. En cuanto a los controles de seguridad, ¡Ja!, continúan metiéndote mano y sin usar (o tener…) detectores de metales. Completando este cóctel la pista de aterrizaje se halla en peores condiciones que las carreteras de Franco a causa del intenso tráfico de grandes aviones que siguió al terremoto, y despegamos dando saltos. El avión continuaba siendo el mismo Boeing vetusto con ceniceros y poco espacio que un día de estos acabará en un museo de antigüedades. Aunque ya habían dado el retiro a la azafata sexagenaria, la mayoría de las actuales superaba los cuarenta años.

Terminado ya este reportaje sobre la calidad nepalesa, ahora me meteré con la “Marca España”. ¡Ja! La única muestra que tengo de ésta es mi sufrido pasaporte, en cuya portada, y con sólo cinco años de vida, no queda el menor rastro del nombre o el escudo y vuelve locos a los agentes de aduanas; si a ello le añado que en los dos pasaportes anteriores se desprendió la lámina de plástico que cubría mi foto y los datos obligándome a repararla con pegamento, y que jamás se diera un caso así entre los muchos pasaportes de otras nacionalidades que he visto, me pregunto si los celtíberos son todavía más incapaces que los nepaleses (en Cuzco decían: “Antes estaban los Incas, y después llegaron los incapaces”).

Cuando se aterriza en un aeropuerto como el de Bangkok es inevitable que uno se plantee esas cuestiones acerca de la calidad porque incluso un alemán admitiría que todos sus servicios rozan la perfección: ¡Eficacia! Debido, supongo, a las diferentes epidemias que sazonan nuestro querido mundo, crucé frente a varias cámaras con las que unas enfermeras comprobaban la temperatura corporal de todos los pasajeros y, de darse el caso, les preguntarían cuál era su procedencia. La misma eficacia comportaba que las largas colas de inmigración avanzasen rápidamente y te concediesen un mes de visado gratuito en un santiamén.

Al decidir cada paso sobre la marcha, cuando me lié con el “Sky Train” y terminé en la parte equivocada de la capital en vez de la estación de los autobuses, dije “Aquí me quedo”. Tomé una moto-taxi que me llevó entre el perenne atasco de tráfico en plan “Moto GP” y, debido a una tormenta monzónica que ennegreció el cielo, me dejó completamente empapado frente a mi pensión favorita cerca de Khao San Road. Allí me recibieron efusivamente las seis mujeres de diferentes generaciones que consiguen hacerte creer que has regresado a tu hogar. Ellas mantienen la casa limpia e inmaculada. Junto a la entrada dispones de una taquilla con el número de tu habitación donde guardas los zapatos. Les gustan los letreros y siempre hay alguno nuevo ya sea acerca de temas mundanos, “Nada de prostitutas ni visitantes”, “Cierra con llave”, o filosóficos con diferentes consejos para hallar la felicidad. El precio es un poco abultado para mis bolsillos: Diez euros la habitación doble con baño.

Me senté en el jardín y pedí una cerveza “Singha” mientras sonaba tan insólita música como lo era la de una antigua canción que decía: “Blanca y radiante va la novia”. ¡Ja! Tras permanecer tres meses en un sitio bochornoso como Chitwán, el calor de Bangkok me pareció suave por primera vez. Di un paseo y me asustaron las multitudes de turistas (Katmandú estaba casi tan vacía como Sauraha). Se han multiplicado los chiringuitos que venden larvas, grillos, escorpiones, saltamontes, cucarachas, y demás insectos fritos. Un cambio positivo: Muchos bares y restaurantes ofrecen música occidental en vivo en vez de las aburridas canciones melódicas tailandesas. ¿Y después de Bangkok? Os lo aclararé mañana.

EL HINDOSTÁN

  • Hace tiempo que no cuento nada de mi querida India, el país que, con tantos bebés y descontrol, terminará cubierto de pañales.
  • Aquí va una noticia que lo dice todo: “En Nueva Delhi ha sido detenido el Ministro de Ley (¿de Justicia?) al haberse descubierto que sus credenciales de Ley (¿Derecho Civil?) eran falsas”: ¡Ja!
  • Aumenta el número de hombres que llegan a tener hasta tres o cuatro mujeres a las que se denomina como “las esposas del agua” porque su única ocupación es la de transportar agua desde unos sitios cada vez más lejanos.
  • También aumentan los productos de cosmética que prometen emblanquecer la piel: “Fair and handsom”. ¡Ja!
  • La compañía de automóviles “Tata” (acero, té, y docenas de etcéteras) ha comprado la deficitaria “Jaguar”.
  • La Organización Mundial de la Salud ha otorgado su Premio Limón a Nueva Delhi declarándola la ciudad más poluta del mundo por delante incluso de Pekín.
  • Se dio otra pelea entre un piloto y un copiloto de Air India cuyo avión no pudo despegar y los guardas de seguridad tuvieron que meterse en la cabina para separarles.

Nos despediremos del Indostán con unas imágenes que incluyen a sus habitantes andando parsimoniosamente (me resulta imposible pasear con ellos; Shankar me decía, “Tú andas como un elefante, y yo troto tras de ti como un caballo”), o subiendo las escaleras a cámara lenta (yo siempre trepo los escalones de dos en dos), a las motocicletas que al anochecer circulan sin luces para ahorrar (¿qué?), y a los periódicos cuyas páginas frontales y traseras están completamente destinadas a la publicidad, caso parecido al de las fachadas de muchas casas particulares a las que cubren de arriba abajo con los colores y logotipos de cualquier empresa: Que si cementos Tal, ropa interior Cual (con diferentes modelos de calzoncillos pintados a mano), y pasta de dientes Pascual.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Al tratar de caer simpático estás actuando con la misma falsedad que si engañases al incauto de turno.
  • Quienes prohibieron el desnudo y el sexo hallaron la información errónea en su enfermiza imaginación.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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1 comentario
  1. el amigo occitano dice

    me gustaria beber una cerveza con el senor nando

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