Cuando los “sauraheños” te explican cómo era este lugar tan solo quince años antes parece que estén hablando de “Los Últimos de Filipinas”, de cuando la compra que acababan de realizar en “Thari Bazar” podía terminar dentro del río al volcar la canoa abarrotada con que lo cruzaban, o cuando la bicicleta era el único medio de transporte y solamente había cabañas de caña, barro y paja.

Según aseguran, en aquellos tiempos los elefantes salvajes salían continuamente de la jungla, y no lo hacían para echar un polvo con una elefantita doméstica, sino para arrasar con cuanto se les ponía por delante. Todos recuerdan perfectamente una terrible ocasión en que una hembra malcarada se metió en una aldea obligando a todo el mundo a salir por piernas.

El drama sucedió cuando una mujer, que llevaba un bebé de pocas semanas en brazos, tropezó, cayó de bruces, y el pequeño rodó por el suelo llorando. Ya sabemos que el llanto de los bebés puede ser especialmente irritante, y el elefante lo confirmó centrando su furia en aquel pequeño y ruidoso fardo, al que agarró con la trompa y lanzó a gran distancia acabando con la vida que acababa de empezar. Pero no hemos terminado, pues la historia tuvo un epílogo igualmente insólito; uno que se dio varios años más tarde cuando, con pocos días de diferencia, la mujer que perdiera a su hijo y la elefanta que se lo arrebatara, parieron cada una por su cuenta a dos preciosas y sanas gemelas.

Fue un hecho sonado porque, aparte de que entre los “tharu” nacían pocos gemelos, en el caso de los elefantes se consideró como un hecho casi único. Esta anécdota no estaría completa si le faltase su pizquita de especias, que si un poco de misticismo y otro de mágica, y, por supuesto, no debemos olvidar al karma y al colorín colorado este cuento se ha acabado: la elefanta no vio crecer a sus pequeñas porque murió poco después, mientras que las dos niñitas se hicieron mujeres, tuvieron hijitas, y la mujer que vio las patas de la elefanta asesina a pocos metros de su cabeza es hoy en día una abuelita que todavía se pone a temblar al recordar aquella fatídica fecha.

Un caso parecido, pero al mismo tiempo totalmente distinto, se dio una vez en unos arrozales indios y frente varios aterrorizados testigos, quienes dejaron de trabajar al ver como una inmensa tigresa salía de la jungla y se dirigía hacia un bebé que ya gateaba y se hallaba a solas bajo la sombra de un mango. Uno y otro se fueron acercando hasta que el morro de la pantera y la naricita de la criatura se llegaron a tocar, se husmearon y observaron, y luego la gata gigante siguió tranquilamente su camino demostrando que todavía hay clases.

Siendo yo un miedoso nato de mucho cuidado, temo de forma distinta a diferentes animales. Alguien debería inventar un medidor de terrores: en el primer nivel se daría un pequeño mosqueo que sería seguido del bello erizándose, del temblor de las piernas, del esfínter que quiere declararse en huelga, etcétera. Con el fantasma del miedo agarrado a mis hombros, yo he tratado con lobos y felinos sabiendo instintivamente que el diálogo era posible, que no dejaban de ser perros y gatos; caso contrario al de los elefantes, que me parecen tan marcianos como los bovinos, y de los que jamás aparto los ojos cuando me cruzo con ellos aunque sean domésticos. Sin embargo no recuerdo haber tenido un solo mal rollo con las serpientes y demás reptiles, pues nuestros encuentros siempre se han acompañado de una gran corrección por ambas partes. A los individuos no nos gustan los grupos, y el pánico total lo sentí cuando se me echó encima un enjambre de abejas silvestres en una selva colombiana.

Al narrar la comedia policial “Enemigo Público” en la última crónica, me dejé en el tintero el prólogo que desató tan cómicos acontecimientos; uno que estuvo en armonía con éstos y que incluyó a dos actores, al borrachín y a su colega habitual de vicio. Ambos se habían puesto hasta el pedo y actualmente no recuerdan a qué se debió que empezasen a discutir y terminaran mandándose a paseo. Mientras iba de camino a casa, el primer borrachín tuvo una idea genial para tocarle las narices al otro: le llamó por teléfono y, haciéndose pasar por un oficial de la policía, le amenazó con esto y aquello, “si no te portas bien te meto entre rejas”, y luego colgó. Como era de suponer, su colega reconoció aquella voz alcoholizada a pesar de la melopea que llevaba, y decidió completar la jugada llamando a la comisaría de policía para denunciar al otro: “Me ha insultado y amenazado asegurando que era de la policía”, estaba diciendo cuando, desde el otro lado de la línea, la aterradora voz de un oficial le preguntó: “¿Y usted cómo se llama?”. En un país como éste para acudir a la policía se ha de estar loco además de borracho, y el borracho colgó de pronto el teléfono en el momento en que el funcionario, intuyendo acertadamente, le preguntó: “Me suena tu voz. ¿Tú no eres el hermano de Rakesh?”. Ahora la policía les busca a ambos mientras ellos siguen emborrachándose diariamente juntos en un paradero supuestamente desconocido.

Va de números: 1.132 es el año nepalí y 2.068 el hindú, 250 euros cobra mensualmente un cocinero nepalí en Arabia Saudí, 11º es la temperatura mínima en Sauraha, 2 es el puesto que ocupa Nepal entre los países más corruptos de la corrupta Asia, 8 euros cuesta una botella de buen ron, 10 euros medio kilo de maría, 10 euros un aborto que en la India es gratuito, 300 euros un búfalo, 45 un becerro, 1´3 millones de euros es la cantidad que el gobierno nepalí “ha decidido aceptar” como ayuda del Consejo Británico, 5 céntimos de euro es el precio de un mechero y también el de un paquete de cigarrillos “bidi” (que al llegar me cobraban a 10), 400 euros es el coste anual de un alumno de escuela privada, 1 metro de altura fue el nivel que alcanzó el agua cuando sacó a Shankar de la cama durante los monzones, 0´92 es el tanto por ciento de mujeres (por cada hombre) que hay en el subcontinente indio (siendo la única excepción la tradicionalmente comunista Kerala), 1 céntimo de euro cuesta un caramelo y también un sobre de champú (de un solo uso).

Pura artesanía

Vino a recoger mierda de búfalo para remozar su cabaña, y ató el sacó con un cordel que hizo sobre la marcha con paja enrollada.

A pesar de tener dos manos, era evidente que la tendera también tenía algún problema, pues se limitaba a mostrarme dónde se hallaban las cosas que deseaba comprarle, y me pedía que fuese yo quien las cogiese. Multiplicando mi asombro, a la hora de cobrar tuvo que pedir ayuda a su hijita de pocos años. Solamente lo comprendí en el último instante: al ser hindú y tener la regla no le estaba permitido tocar nada (y en realidad no debiera ni tan siquiera haber estado allí…).

El becerro enfermó de mañanita y murió por la tarde. Al enterarse de ello rápidamente hicieron acto de presencia los miembros de una casta a la que estaba permitido tal tipo de comida, y el propietario les entregó el cadáver encantado.

Ahorraron un poco y se compraron un congelador que, como sucede con la mayoría de neveras y hornos eléctricos, usan como armario porque pocas veces tienen servicio eléctrico o el voltaje ha subido de pronto quemando el motor.

El mismo decorado con distintos actores. Acto primero: cuatro turistas chinos pasaron a mi lado siguiendo a su guía cuando yo estaba sentado en la pradera. Tras ellos, y un poco rezagada, llegó trotando una de esas mujeres jóvenes y “modelnas” que se vanaglorian de continuar comportándose con un desparpajo que estaría más acorde con la adolescencia (sino la infancia…). “¿Qué haces?”, me preguntó mientras tomaba asiento pegada a mí como si no hubiese millones de hectáreas libres alrededor. Pensé que, con el mismo tono, también me podría haber preguntado: “¿Jugamos a la canicas?”. “Gozo de la puesta de Sol… y de la soledad”, le respondí consiguiendo que partiese inmediatamente.

Acto segundo: Al poco vi venir a uno de los guías acompañado de una turista, así que escondí bajo mi mano el aparatoso porro de maría que estaba fumando, y me costó aguantar la risa al escuchar la siguiente conversación: “¿Qué hace este hombre?”, le preguntó ella observándome. “Yoga. Todos los atardeceres viene aquí para hacer yoga”, respondió el guía improvisando sobre la marcha.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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