La crónica cósmica. Mis gurús del viaje

MAESTROS. Creo haberos contado en alguna crónica que, en mis cantos matinales, que son como unos mantras particulares, dedico un recuerdo a los que denomino mis queridos difuntos, y lo hago mencionando su nombre mientras trato de visualizar sus caras. Uno de ellos era mi simpático, humilde y pequeñito amigo Ramón, al que debo agradecer que me llevase de la mano a Marruecos, país que él ya conocía al dedillo. Con anterioridad había viajado por Europa, y en el año 1969 viví varios meses en Londres, adonde, siguiendo el ejemplo y las indicaciones del segundo de mis hermanos, había ido supuestamente para perfeccionar mi inglés. Sin embargo, nunca había pisado otros continentes, y cuando crucé el estrecho de Gibraltar y descubrí que los colores, los aromas y los sabores marroquíes eran diferentes a los europeos, descubrí que me gustaban mucho más. ¡Rediós, incluso la luz parecía distinta! Recorrer las carreteras de Ketama y patearme los bazares de Tetuán, Fez, Marrakech y Essaouira fue una revelación (¡aquello sí era viajar!). Y desde aquí, en la costa valenciana, y en este pandémico año 2021, le doy las gracias al bueno de Ramón, a quien un cáncer se lo llevó años más tarde al Olimpo de los Viajeros.

Mis gurús viajeros

Mi siguiente maestro viajero fue precisamente el hermano menor del difunto Ramón, mi buen amigo Joan, que me animó indirectamente a visitar por primera vez la India y el Nepal cuando fue con su novia a los dos países y regresaron contándonos docenas de jugosas anécdotas. Capitales europeas como Copenhague, Estocolmo, Zúrich, Bruselas o Ámsterdam me habían maravillado con su arquitectura, elegancia, limpieza y orden; virtudes que me parecían más destacadas al vivir yo en un país tercermundista gobernado por un dictador fascista. Tal como comprobé en mi primer viaje por el subcontinente indio, las ciudades europeas no tenían en manera alguna el embrujo de Jaipur, Varanasi, Katmandú o Pokhara (que en el año 1981 era solamente un pueblo).

La semilla viajera que planté en Marruecos, brotó en la India y Nepal; pero a los gurús del viaje que me dejaron definitivamente anonadado sólo los conocí un año más tarde cuando fui a Grecia y Egipto. Cruzamos nuestros pasos en la cubierta de un barco ruso (del que, debido a la tiranía del gobierno soviético, su tripulación no estaba autorizada a descender jamás a tierra) en el que íbamos desde El Pireo a Alejandría. Era un joven matrimonio australiano, técnicos cinematográficos de profesión, que, tras ahorrar sistemáticamente hasta juntar la cantidad de dólares necesarios, estaban recorriendo el mundo con su hijo durante varios años.

En vez de ir a toda prisa de un lado a otro como hacíamos los turistas, ellos permanecían largas temporadas en los sitios que eran de su agrado, y escogían las habitaciones o las casitas en que se hospedaban sabiendo que no sería solamente por cuatro días. De esa forma, claro, pagaban el alquiler por mensualidades y la estancia les salía mucho más barata. Cumpliendo con todos los requisitos, dedicaban diariamente unas horas a la educación de su hijo, como lo harían unos maestros particulares. Poco después de separarnos, cuando yo regresé a mi pueblo tras dos meses del que había sido hasta entonces el más largo de mis viajes, me escribieron desde Sudán contándome que habían conseguido trabajo en una academia de lenguas y residían en una cabaña desde la que veían a los monos saltar por las ramas de los árboles. Fue la segunda revelación: había gente que viajaba continuamente, había trotamundos y había nómadas.

A mis siguientes maestros del viaje los encontré cuando ya había dado el gran salto convirtiéndome en un trotamundos. Uno de ellos era un fotógrafo barcelonés que trabajaba como freelance por Oriente Medio y Egipto y se limitaba a visitar a su familia en Cataluña una vez al año. Le conocí durante mi tercer viaje a Egipto en el dormitorio de la Pensión Suiza del Cairo que os mencioné en la crónica anterior, y fue el responsable de que visitase Sudán porque me aseguró que los sudaneses eran la mejor gente del mundo: no me engañaba ni exageraba.

En mi escueta colección de amigos que me aleccionaron acerca del viaje hay un par que tenían mi mismo apellido aristocrático (¡Ja!): Puig. Ambos serían unos diez años más jóvenes que yo (o menos viejos…). Uno de ellos era de mi pueblo y, aunque nos habíamos visto frecuentemente, no entablamos realmente amistad hasta que en dos ocasiones nos cruzamos accidentalmente en la India. Su aparición fue espectacular en los dos casos: la primera de ellas durante una fiesta de luna llena en una playa de Goa y la segunda en la multitudinaria Kumba Mela de Haridwar en la que había millones de personas.

El otro maestro también era catalán, pero de Perpiñán. Igual que el anterior, había estado viajando desde los diecisiete años e ido y vuelto varias veces a la India por tierra, pasando largas temporadas en Afganistán. Nuestros pasos se cruzaron durante la festividad del Holi (Joli) en la muy sagrada Omkareshwar, pequeña población del centro de la India en la que el noventa por ciento de sus habitantes eran santones e incluso el rajá y el jefe de la policía fumaban costo.

No sería correcto que diese por terminada esta sección dedicada mis gurús del viaje sin mencionar a mi padre, pues él, aunque indirectamente y sin poderlo sospechar, puso la primera semilla una tarde en que me acompañó al dentista y, al ver mi acojonada cara mientras estábamos en la sala de espera, salió a la calle y regresó al poco trayéndome un regalo, que no sólo me alegró el día sino que abrió una nueva puerta a mi cabeza de chorlito: un volumen de “Las Aventuras de Tintín”, el reportero aventurero con el que hice mis primeros viajes mentales.

FAUNÓPOLIS. En el Parque Nacional de Bardiya del Nepal lograron, por fin, reproducir en cautividad treinta y dos cocodrilos gaviales, especie en peligro de extinción. (¡Un proyecto que empezase en el año 1982!).
Igual que el año anterior, también en Bardiya, robaron las dieciséis cámaras que el Servicio Forestal instaló para censar a los tigres. En este parque enfermó y murió otro de los rinocerontes trasladados desde Chitwán, y esto sucedió en la misma zona en que un tigre mató hace a un mes a un rinoceronte jovencito, y ahora han encontrado a dos cachorros de leopardo muertos.

En cuanto a muertes debidas a los accidentes de tráfico, en el Parque Nacional de Banke (asimismo del Nepal) van sobrados gracias a una (absurda) carretera que lo cruza: durante los últimos once meses han muerto setenta y un animales. En ese mismo período fueron atropellados alrededor de Chitwán veinticuatro ciervos y un jabalí.

Por el contrario, a los patosos patos domésticos de Sauraha sigue sin preocuparles el tráfico rodado y los vehículos tienen que detenerse mientras una docena de ellos cruza lentamente la calzada en fila india. Por cierto, que según nos ha contado nuestro corresponsal de Chitwán, los preciosos patos “brahmini” ya han emigrado (¿a Siberia?). ¡Ha llegado la primavera, el número de pájaros cantores aumenta cada mañanita, el perfume de las flores llena el aire, y la gente ha de andar con la vista baja para no pisar las ranitas y los escarabajos rojos que van de un lado a otro!

Memorias entrañables de Sauraha: todos los recién nacidos son un encanto que me toca el corazón, y recuerdo el gustazo que sentía al acariciar a un potrillo muy travieso que tiraba de mí mordiéndome la kurta (camisa). Sus mejores amigos eran un cabrito y un perrito de una edad parecida. Pertenecía a un carretero que estaba adiestrando a su madre para que aprendiese a tirar de un carrito, y el potrillo la seguía encantado por la pradera.

Se calcula que en el mundo quedan solamente seis mil ejemplares del “Leopardo de las Nieves”. Hace unos pocos años había seiscientos en Pakistán, cantidad que se ha reducido a doscientos (Umm, esos números redondos…).

¿Sabíais que existe una raza de hormigas que son radioactivas? Yo conozco unas que han aprendido a perforar y abrir los envoltorios de plástico, concretamente los de los caramelos de menta que me gusta saborear.

Un borracho intentó cazar una serpiente venenosa y….

Los habitantes de la aislada Manang, población nepalesa que se halla a 3.519 metros de altitud, tuvieron una buena sorpresa al ver aparecer un leopardo porque ese animal jamás había vivido a tan alta cota: ¡Calentamiento global!

Se calcula que a principios del Siglo XX había en el mundo cien mil guepardos, de los que actualmente sólo quedan poco más de siete mil, que se hallan en el 9% del territorio que ocupaban originalmente.

¿Sabíais que los saltamontes ya convivían con los dinosaurios y tienen los oídos en la barriga? No os extrañéis, pues hay mucha gente que parece tener el cerebro entre las piernas.

¿Sabíais que el esqueleto de los tiburones no está hecho de huesos, sino de cartílagos parecidos a los de las orejas y la nariz, que les dan una gran elasticidad?

En otra crónica os conté que varios leopardos despistados se habían metido en Katmandú durante los últimos meses, pues esta semana tuvieron que cerrar temporalmente el aeropuerto debido precisamente a uno de ellos que quizás pretendía ir de vacaciones a África para visitar a un primo suyo.

A veces los científicos meten profundamente la pata; así lo hicieron en el año 2006 cuando pretendieron comprobar científicamente la edad de una almeja llamada Ming, a la que le calculaban unos 507 años, pues a la pobre no le sentaron bien sus toqueteos y falleció.

MIRA LO QUE PIENSO

  • ¿Los borregos aceptarán cualquier sistema que les impongan si les permite sobrevivir aún a sabiendas de que no vivirán realmente?
  • ¿Ante la paranoia del “nadie me quiere” sacamos del armario al egoísta, al cínico y al desagradecido, o sea al “idioti”?
  • ¿Está tu estómago preparado para digerir la sinceridad?
  • ¿No te resulta inconcebible que alguien mienta a su pareja día tras día y año tras año ocultando una mentira del pasado?
  • ¿No es así que el bufón está obligado a ser siempre irreverente y solamente un rey obtuso le castigará por ello?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.