La crónica cósmica. Mis pocas luces y menos habilidades

EN LA PLAYA. En la crónica anterior os llevé de visita a la ciudad y al campo, y hoy iremos a la playa, a una playa de la Costa Brava que se llama “Gola del Ter” porque en ella desemboca el río Ter. En esa zona se encuentra el “Parc Natural del Montgrí, les Illes Medes i el Baix Ter”. Valga aclarar acerca de las Medes que sería más apropiado llamarlas islitas, pues entre las siete no suman más que veintiuna hectáreas y media.

Otro dato: se hallan a menos de un kilómetro de la costa, frente a la playa de “l’Estartit”, pueblo al que yo había ido repetidamente de vacaciones con mis compinches cuando rondaba los veinte años de edad (“Ara que tinc vint anys…”). De todos modos, en esa alocada época mis máximos intereses se encontraban en las pocas discotecas de aquella población, que todavía era pequeña y tranquila, y no le presté la menor atención a la maravillosa naturaleza de la comarca en que se encuentra, el “Baix Empordà” (Bajo Ampurdán), con sus llanuras dedicadas al cultivo de arroz, maíz y manzanos, y con unos pueblos históricos como el que estoy ahora llamado Gualta.

Para que os hagáis una imagen, os diré que su “multitudinaria” población es de trescientos noventa y dos habitantes y que su altitud sobre el nivel del cercano mar es de quince metros. En la entrada del pueblo hay un puentecito de piedra llamado “El Pont de la Discordia” que cruza por encima del río “El Daró” y fue construido en el Siglo XVI: parte de él fue destruido en 1809 para evitar que lo atravesasen las tropas de Napoleón (y posteriormente reconstruido). No obstante, en Gualta hay un edificio que todavía es más antiguo y también más renombrado; me refiero a un molino parecido a una pequeña fortaleza que funciona con el agua de “El Daró”: fue construido en el Siglo XIV usando piedra labrada (como la mayoría de las casas del pueblo) y en el año 1898 se convirtió en la primera central hidroeléctrica de la provincia; al comprobar que producía más electricidad de la necesaria, ampliaron sus funciones y lo convirtieron también en una fábrica de hielo.

Después de toda esta información con la que he tratado de ampliar vuestra limitada cultura, creo que ha llegado el momento de mencionar a la persona que, además de darme cobijo en su casa cuando llegué de Valencia y haberme paseado por Barcelona y la Garrotxa como si temiese que me aburriera, ahora ha sido la responsable de que me halle aquí, en Gualta, y os escriba desde una cabaña de madera que, rodeada de amplios jardines, tiene de vecino un impresionante plátano cuya copa mide más de veinte metros de diámetro. Es una amiga que, a pesar de ser catorce años más joven que yo, parece haberme adoptado como lo hicieron los amigos valencianos, pues me cuida y alimenta con un cariño maternal: ¡Mi mamá me mima! Siempre he despertado el instinto materno de las mujeres: ¿se deberá a mis pocas luces y menos habilidades? ¡Ja!

La crónica cósmica. Mis pocas luces y menos habilidades

Antes de dejarme aquí a mis anchas, ella me llevó de excursión un atardecer y trepamos hasta la cumbre del “Puig de la Font de la Pasquala” desde el que se contemplaban unos paisajes espectaculares que incluían varios pueblos, el río Ter, el mar y las “Illes Medes”. También se veían algunos campos cercados en los que vivían felices unos caballos. Entre los cantos de distintos pájaros, destacaban los de una docena de pavos reales que ya se aposentaban en las ramas de los árboles para pasar la noche: curiosamente, el canto de esas hermosas aves originarias de la India, siempre me ha parecido tétrico, sobre todo cuando lo he escuchado con las últimas luces del ocaso.

Recuerdo que formaba parte del sonido ambiental en una finca de “La Geria”, en Lanzarote y frente al “Parque Nacional de Timanfaya”, en la que pasé bastante tiempo en los años ochenta. En el centro de la India he visto pavos reales con mucha frecuencia, y también en Chitwán, en el Nepal, donde los machos tienen unas colas más largas de lo habitual si cabe, o por lo menos me pareció que eran así cuando había comido algunas de las setas mágicas que brotaban en el estiércol de los elefantes y los rinocerontes: ¡Ja!

Valoro estos días que estoy pasando en Gualta por su plácida soledad, por los largos paseos que doy junto al Río Ter, por el silencio nocturno que solamente rompe la campana de la iglesia que tengo justo a lado y, aparte de dar las horas, dong, dong, dong, lo hace dos veces por si no te habías enterado, o sea veinticuatro cuando son las doce de la noche: ¡estos curas están locos! En la autenticidad de este nuevo domicilio temporal también destaca la ducha a cielo abierto, cuyos muros tienen el color verde de la yedra que lo encierra; me recuerda a la de mi cabaña de Pulau Duyong, la isla malaya cercana a Kuala Terengganu, aunque aquella colgaba sobre el río Terengganu, por cuyas aguas veía nadar ágilmente a unos lagartos monitor que medían más de dos metros.

EN LA TABERNA GALÁCTICA. Érase una gloriosa noche en que mi antro predilecto se había trasladado a mi isla malaya preferida y estaba a rebosar de clientes deseosos de hablar para mi grabadora. Este fue el resultado: “Para ser admitido en la escuela de la dignidad y el respeto has de demostrar que tratas con dignidad y respeto a los demás” dijo un oriental de pelo cano. Un joven tamil que estaba a su lado, añadió: “Y no sólo a los seres humanos, sino también a todos los animales, los insectos y las plantas”.

La siguiente en hablar fue una chica pequeñita, sonriente y con un aspecto físico que me resultó imposible de identificar, aunque llevaba un hiyab y un vestido largo y de aspecto tradicional del que yo aún no sabía que fuese típico del Yemen; pero ella sólo dijo escuetamente: “Soy yemení, pero estudio en la Universidad de Seúl”.

Ahora tomó la palabra una joven que tenía los ojos y el pelo negros; era extremada y dolorosamente guapa (se lo dije con la libertad que da ser el reviejo de la reunión, y terminó de noquearme con su hipnótica sonrisa). Para no liarme inútilmente me limitaré a definirla como una belleza clásica mejicana. Se presentó diciendo: “Soy californiana, pero mi padre es mejicano, mi madre nació en Irlanda, mi abuelo era francés y la abuela, italiana. Estoy esperando que me concedan el visado australiano para ir a Melbourne y matricularme en la escuela de danza. Tengo muy poco dinero ahorrado y buscaré algún empleo para pagarme la vida”.

Luego le tocó el turno a una pareja madrileña, y él nos explicó: “Estamos en esta isla sólo de vacaciones; la descubrimos el año pasado mientras dábamos la vuelta al mundo. Yo soy médico, y mi novia es realizadora de televisión. Decidimos tomarnos un año sabático en el que recorreríamos la Tierra, y empezamos por la India y el Nepal a pesar de que inicialmente habíamos planeado que fuesen los últimos países que visitaríamos. Luego siguieron Myanmar, Laos, Camboya, Tailandia, Malasia y Singapur. A continuación, fuimos a Australia y Nueva Zelanda, desde donde volamos hasta la Argentina antes de empezar el periplo Sudamericano”.

Su novia le quitó la palabra para contarnos: “Estuvimos buceando entre docenas de tiburones. Se corría peligro al descender hasta treinta metros de profundidad, pero se evitaba que te atacasen formando un grupo compacto con varios buceadores; no obstante, al llegar abajo se mostraban pacíficos y amigables (los tiburones…), y podías prácticamente jugar con ellos. Nos gusta esta isla porque, al contrario de otra que se encuentra a unos sesenta kilómetros hacia el sur y a una hora en barco desde la costa, no hay las terribles “moscas de la arena” que te machacan a picotazos y sólo te apercibes del desaguisado al día siguiente, cuando ya tienes el cuerpo cubierto de inflamaciones y enloqueces de picor. Lo bueno de aquella isla era su tranquilidad, pues sólo tiene una playa y dos resorts; pero para ir allí has de comprar el lote completo que incluye el transporte, la cabaña, la comida y tres inmersiones diarias en unos arrecifes de coral alejados, a los que te llevan en barca; y al fin te sale un poco carillo”.

La siguiente en acercarse al micrófono fue una mujer catalana que estaba casada con un noruego: “Yo hago un trabajo muy creativo, pues soy camarógrafa de cine, pero ahora, con mis hijas, me limito a la publicidad y así tengo más tiempo para la familia. Vivimos en un pueblecito del “Alt Empordà”, y nuestra casa, que es de piedra y tiene unos muros de un metro de grosor, ya constaba en los mapas de la población del año 980”.

Siguiendo con los hispanos, ahora habló un matrimonio bilbaíno muy simpático que tendrían unos cincuenta años: “Hace un par de años nos enamoramos del Nepal y construimos un orfanato en el Valle de Katmandú”. Una chica les preguntó con sorna: “¿Sois españoles?”, y ellos respondieron riendo: “¡No somos españoles! ¡Somos vascos!”.

El último en hablar para mi grabadora fue un inglés sesentón y bromista: “Era una mujer realmente preciosa y muy sexi, pero al amar yo el juego limpio y la sinceridad, antes de aceptar su proposición de echar un polvo, me saqué la dentadura postiza y se la mostré. ¡Ja, salió por piernas!”.

MIRA LO QUE PIENSO

Elucubraciones de un criticón: lo que denominamos criticar a los demás, o sea hablar mal de una persona a sus espaldas diciendo lo que no nos hemos atrevido a decirle a la cara, es invariablemente rastrero; y con más razón porque, por lo general, se tratará de alguien que nos considera su amigo. Pero lo peor es hacer tal crítica negativa hablando con alguien que ama al criticado, pues si el criticón se sale con la suya quizás consiga alterar e incluso destruir una relación, aunque, en ese caso, es fácil que el tiro le salga por la culata porque el amante se negará a aceptar que su amado tenga fallo alguno (el amor es ciego), y ya no digamos si se trata de su hijo o su hija, y reaccionará cogiéndole una merecida ojeriza al criticón

Elucubraciones de un desmemoriado: no sé si sufro un trastorno disfuncional de atención o simplemente que tengo una memoria selectiva. Quien haya leído muy poco quizás se vanaglorie de tener buena memoria aduciendo que puede recordar todo lo que ha leído; y de la misma absurda forma, un lector compulsivo podrá creer que tiene mala memoria porque será incapaz de recordar tan siquiera los títulos de los cientos de libros que haya leído. Igual sucede con las personas que se han conocido, los sitios que hemos visitado o los hechos en que hayamos estado metidos, que sumarán cantidades muy distintas en un quinceañero o un setentón.

Trabajar puede matar: según un estudio de la OMS, las jornadas laborales de más de cincuenta y cinco horas semanales provocaron en el año 2016 más 750.000 muertes (sobre todo debido a infartos e ictus), cifra que era 29% superior a la del 2000.

Vergüenza ajena y también propia: un programa de las Naciones Unidas para el medioambiente ha calculado que España arroja diariamente al mar más de 126 toneladas de residuos plásticos.

Libertad y domesticación: claro que tenéis derecho a preguntarme lo que queráis, pero no olvidéis que no estaré obligado a responder. ¿Veis por dónde voy, ciudadanos domesticados?

Búscale la parte positiva a todo, busca tu parte positiva.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.