La crónica cósmica. ¡Nos ha salido marciano!

Efemérides – A esta misma hora, las ocho de la mañana, y en un día como hoy, pero setenta años antes, mi santa madre (todas lo son, incluso las de los hijos de puta: ¡hijoputa, hijoputa, hay que decirlo más!) me parió en la cama matrimonial (hogar, dulce hogar) y, al ver mis orejas de elfo, exclamó: “¡Nos ha salido marciano!”. Pobrecita, no sospechaba cuánta razón tenía.

La crónica cósmica. ¡Nos ha salido marciano!

Sí, mis sufridos e hipotéticos lectores, hoy, como si cruzase la meta de una carrera de resistencia, me acabo de convertir en septuagenario, y me felicito por ello (happy birthday to me…) porque ya me sorprendió llegar a los sesenta. Al alcanzar esta meta invisible superando mis expectativas, todo lo que dure la fiesta a partir de hoy lo consideraré una propina y esperaré que caiga el telón en cualquier momento. En realidad, y como ya he mencionado en estas crónicas en otras ocasiones (“¡Sí, mamón, te repites mucho!”, grita Pastorius entre el público), siempre tengo la sana costumbre de acostarme esperando que así sea, o sea sin dejar nada pendiente, ni tan siquiera los deseos, y, al despertar la mañana siguiente, murmuro aparentando un cómico cabreo, “¡Vaya, hombre, parece que seguiré un día más en este jodido paraíso!” (suena mejor cuando, por ejemplo, resido en mi isla malaya predilecta o en una jungla de las Colinas Kumaon a los pies del Himalaya).

Cruzar esa meta de los setenta años no ha sido moco de pavo porque, de camino, he superado obstáculos de todo tipo, como una colección de enfermedades infantiles entre las que estuvo el letal tifus y, en la juventud, la tuberculosis. También me las arreglé para sufrir algunos accidentes peliagudos, como partirme la cabeza al caer de un trapecio circense que se hallaba a un par de metros del suelo, o al salir despedido del caballo que montaba y quedar colgado del estribo con los cascos de mi montura rozándome la cara. Más tarde, y ya en la veintena, tuve aparatosos accidentes al participar en competiciones automovilísticas, como lo fue descender por un barranco dando vueltas de campana sin sufrir rasguño alguno. Efectivamente, la suerte estuvo siempre conmigo, o, como dicen mis envidiosos amigos, “nací con una flor en el culo”; es un hecho que ahora, gracias a la perspectiva que me aporta el tiempo, veo con más claridad, pues en mi vida hubo un sinfín de incidentes de los que salí bien parado gracias a la fortuna: de ahí que sea un fiel devoto del ángel de la guarda.

Posteriormente, tras darle un giro a mi existencia a los treinta y tres años para convertirme en un trotamundos, la suerte continuó estando conmigo, pues no hay otra forma de explicar que saliese tranquilamente adelante mientras metía las narices en todo tipo de lugares y entre todo tipo de personas, animales e insectos sin vacunarme, medicarme o tomar las mínimas precauciones; individuos armados con navajas, machetes, pistolas o metralletas (como cierto grupo guerrillero o los soldados de varios ejércitos famosos por la facilidad con que apretaban el gatillo); animales como las cobras, las pirañas, las panteras o las hienas, e insectos como unas simples hormigas cuya picadura te mandaba al hospital con unas fiebres altísimas, o los parásitos que se introducían bajo la piel del pie e irían ascendiendo por las venas hasta llegar a tu corazón.

En este tema de la supervivencia puedo incluir ahora al puto covid-19, enfermedad que no he sufrido (toco madera) a pesar de haberme visto obligado a viajar algunas veces en autobuses, aviones y trenes abarrotados de gente. Esta semana me citaron para vacunarme en un pueblo cercano al mío (donde nació el motorista Dani Pedrosa). “Ven hoy a las cuatro de la tarde”, me ordenaron. Pero tras tenerme esperando un rato de pie bajo el sol la calle, me dijeron que regresase dentro de quince días. Informaré a los “extranjericios de p’allá p’afuera” (expresión preferida del difunto Enrique Díaz de Bethancour y Díaz de Aguilar) que la Península Ibérica sigue hallándose en muchos aspectos entre Europa y África porque, si comparamos sus servicios públicos y sus salarios con los de, pongamos por caso, Alemania o Dinamarca, tenemos claro que son los de una república bananera.

Aunque supongo que ya estaréis más que hartos del tema pandémico, aquí van cuatro noticias al respecto. En Katmandú vuelven a encontrarse confinados como hace un año debido a una nueva ola del covid-19 que ha cruzado la frontera desde la India. Este país ha tenido un desastroso repunte (además de dengue y de otra enfermedad llamada “hongos negros”) por culpa de sus estúpidos líderes políticos hinduistas que permitieron celebrar la festividad religiosa de la Kumba Mela a la que asistieron millones de peregrinos. El pasado invierno ya os hablé de ello en una crónica en la que, usando la lógica, vaticinaba que se podría armar la de Dios. Conociendo el descontrol habitual de la India, reí con tristeza al leer que iban a obligar a que todos los peregrinos tuviesen un PCR negativo. ¡Ah, por cierto, que el gobierno maoísta de Katmandú ha negado que exista la variante nepalesa del covid-19! En cuanto al hecho de estar vacunado, el amigo californiano me contó que, de todos modos, para ir de vacaciones a Hawái, él y su esposa vietnamita tuvieron que presentar, no uno, sino dos PCR negativos: el primero para volar hasta allí y el segundo para visitar otra isla. El resultado, claro, es que esos putos test no son precisamente baratos (tendrían que ser gratuitos) y encarecen mucho los viajes.

Otro efecto colateral de hallarme en la edad tardía es la sensación de haber ido dejando cadáveres a mis espaldas, ya sea por un ictus, un cáncer, un paro cardíaco, una trombosis, un accidente de tráfico o, más triste si cabe, un suicidio. De todos modos, opino que lo peor es morir de ansiedad, aburrimiento o apatía, como el perezoso que se ahoga por no nadar. Cerraré esta sección repitiendo (como en una crónica anterior) el sabio pensamiento de Avicena (Siglo XI): “La vida se mide por su intensidad, no por su duración”.

EN LA TABERNA GALÁCTICA – Tal como hago habitualmente, acerqué mi grabadora a varios clientes de mi antro predilecto y les pedí que soltaran lo primero que se les viniese a la cabeza. Un hombre que se hallaría en la cincuentena y tenía el perfil típico de tantos hijos del Mediterráneo, me mostró una foto de cierto molino antiguo y emblemático de la isla de Formentera, y me explicó: “Según cuentan las leyendas, Bob Dylan estuvo viviendo allí en los años sesenta y compuso la canción “Like a Rolling Stone” al ver rodar la piedra del molino”.

Otro hombre de edad y aspecto parecidos al anterior, dijo: “El equipo de Billy el Niño (un policía franquista famoso por su sadismo) me arrestó en 1974 junto a otros estudiantes barceloneses, por pertenecer al Partido Comunista Trotskista, y nos torturaron durante varios días en la comisaría de Vía Layetana. Luego nos trasladaron a la cárcel Modelo, cuando también estaba allí el joven anarquista Puig Antich, al que poco después ejecutaron a garrote vil”.

El siguiente en hablar fue un vasco de unos cuarenta años que, tras confesar que estaba enamorado de la India, nos explicó: “Me sucedió de todo en una sola semana: en una playa de Goa me clavé la jeringuilla de un yonqui en la que había restos de sangre, tuve malaria, llegué por primera vez a Omkareshwar a las once de la noche y fui a Sangam (la confluencia de dos ríos); allí escuché una voz terrorífica venida de ninguna parte y sentí como si me apretujase un gigante con sus manos; luego vi un ovni triangular que se movía en zigzag y, unos instantes después, destelló una luz verde bajo las aguas del río”.

Ahora acerqué el micrófono a un santón italiano, flaco como un fideo, con unas melenas que le cubrían las nalgas: “Ya que este amigo vasco ha hablado de Omkareshwar, aprovecharé para contaros que el sonido original del OM nació allí, en aquella isla del río Narmada. Los dioses Vishnu y Brahma al oírlo trataron de dilucidar qué podría ser, hasta que descubrieron que lo producían los cuerpos del dios Shiva y la diosa Parvati al abrazarse continuamente”.

El quinto en contarnos algo fue un joven checo: “Conocí a un tipo que dijo tener una habilidad muy especial y me preguntó si le permitiría experimentarla en mí mismo. Yo acepté y entonces me fue ordenando: ahora aspira, ahora respira. Me quedé inmediatamente atónito porque, según el ritmo que me marcaba como si él fuese el director de una orquesta y yo uno de sus músicos, noté que me enfurecía o tranquilizaba hasta extremos increíbles”.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Hacer tonterías frente a tus amigos es una prueba de confianza y una muestra de humildad.
  • “¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?”. “No lo sé ni me importa”.
  • Extinguidos o en proceso de extinción: las escupideras, los orinales, los ceniceros, las cabinas telefónicas, los buzones, los sellos, las cartas y las postales.
  • Los gitanos llaman “devoramiento” a su propio holocausto, que es poco conocido y fue mucho peor proporcionalmente que el de los judíos.
  • No os equivoquéis, los racistas no son malos, son sólo cobardes e imbéciles.
  • Aunque por el momento no deseo viajar ni tengo prisa por hacerlo, en mis sueños nocturnos ocurre de otra manera, como esta “pesadilla” que tuve anoche: viajaba en autobús por la India y el revisor nos decía en una parada que permaneceríamos allí un rato porque necesitaba que le hiciesen un masaje. Un masajista aparecía de inmediato como si hubiese estado esperando junto al vehículo y se ponía al tajo allí mismo. Entonces yo aprovechaba para ir a comprar bidis en una tienda que había enfrente. Pero en cuanto me giraba, descubría que el autobús ya se había ido, llevándose mi equipaje. Y yo corría desesperado por unas calles estrechas (que ahora eran europeas) buscando inútilmente un ricchó. Gracias a una técnica que he desarrollado últimamente, salí del sueño a voluntad, como si decidiese dejar de ver una película que no me gustara. Otro sueño me resultó muy estresante por el simple hecho de hallarme en una playa de Goa abarrotada de turistas: ¡AAAAAHHHHHHHHH!
  • Y hablando de playas: en algunas de Tailandia ya habían prohibido fumar antes de la pandemia, y podrías ser condenado a un año de cárcel por hacerlo.
  • Los artistas son como unas presas que caen en manos de los buitres del dinero, unos depredadores que esperan continuamente una nueva víctima.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.