On the road again. Tras cinco meses de vida sedentaria empaqueté de nuevo mis pocas posesiones para hacer un viaje que, debido a su marcha, me lo imagino siguiendo el ritmo de los Canned Heat. Al estar convencido de que los monzones terminarían soltando en cualquier momento el agua de julio y agosto, temía verme obligado a moverme por lugares inundados, y llevaba el pasaporte y el ordenador aislados en plástico; pero sin embargo pude despedirme de la familia de Uma y de estas junglas bajo un simpático Sol de atardecida.

Me dirigí a patita hasta la casa del señor Lobo, y la falta de práctica me hizo a creer que mi equipaje había engordado. Mi caballeroso amigo me acompañó en su jeep hasta la carretera. Aunque él me aseguró que yo iba sobrado de tiempo, pues el cielo estaba despejado y ni tan siquiera corría el peligro de encontrar alguna avalancha, insistí en seguir con las precauciones obligadas en tales casos. En cuanto descendí de su automóvil, llegó un autobús, y ya empecé a pensar en la conexión cósmica: todo estaba como debía.

Al rato, y tras empezar a descender hacia las llanuras, nos detuvimos para llevar a cabo una reparación de emergencia que duró media hora. Gracias a no tener prisa y hallarnos ante unos paisajes impresionantes que incluían unos mantos de nubes que se hallaban por arriba y por abajo creando un bocadillo de denso verdor, gocé tranquilamente de la puesta de Sol hasta que nos pusimos de nuevo en marcha. No obstante, al poco nos volvíamos a detener, en esta ocasión para tomar el imprescindible chai.

Cuando salté del autobús en Kathgodam (dos horas para recorrer para recorrer veinte kilómetros), ya había oscurecido. Mi tren, un expreso que se dirigía a Calcuta, partió puntualmente a las diez. El revisor se vio obligado a despertarme al haberme quedado inmediatamente roque bajo el hechizo de la confortable litera. Era un momento trascendental porque todavía no estaba seguro de tener derecho al descuento de los indostanos de la tercera edad, y sólo me tranquilicé tras recibir el visto bueno. Cosa rara, el vagón iba medio vacío. El aire acondicionado había dejado afuera el bochorno y los mosquitos.

El alba ya me encontró sentado junto a la ventanilla y sin perderme detalle de las Llanuras del Ganges que se encargan de llenar la despensa de esta parte del país. Eran kilómetros y más kilómetros en los que competían el verdor de los arrozales y otros cereales con el de las lentejas, los mangos y el bambú. Se notaba la pobreza de los monzones debido precisamente a que pocas veces se veían comarcas inundadas. Cuando cruzamos sobre el Ganges por un puente metálico y kilométrico, me quedé atónito al ver por primera vez la versión monzónica que le da el color y aspecto de un Amazonas.

Hecho insólito: llegamos a Gorakhpur con adelanto. Al salir de la estación me golpearon los terroríficos rayos solares y las bochornosas temperaturas. Pregunté por el autobús hacia Sonauli, y recibí la típica respuesta: “¡Corra, que ya arranca!”. Calor y más calor. Tres horas más tarde cruzaba la frontera del Nepal a pie y sudando como un cerdo. La amabilidad de los funcionarios de uno y otro lado me emocionó. ¡Tres meses de visado nepalés: noventa euros! Umm.

En esos momentos, al llevar ya más de veinticuatro horas de correrías y empezar a estar cansando, lo más conveniente hubiese sido alquilar una habitación y continuar al día siguiente; pero ahí estaba mi otra personalidad, la que seguía acelerada, y decía, “Vamos a ver qué pasa”. Así que tomé un autobús que se dirigía a Katmandú y me dejó en Narayangadh a las diez de la noche (como si fuesen las tres de la madrugada en… Huesca). De nuevo debería haber buscado habitación al saber que difícilmente encontraría algún tipo de transporte para recorrer los últimos catorce kilómetros de viaje, pero, gracias a San Cristóbal, ahí estaban varios taxistas ilegales dispuestos a ganarse unas pocas rupias. “Mil”, dijo el primero. “Tú estás loco”, le corté. “Novecientas” bajó el segundo. Me monté el número del desinteresado disimulando mi agotamiento, y mantuve abierto el regateo diciendo que me iba a una pensión, hasta que el último de los taxistas se ofreció a llevarme por ochocientas rupias porque su domicilio se hallaba en la dirección que yo deseaba seguir. Al fin nos quedamos en setecientas (menos de siete euros), y llegué a Sauraha para instalarme en la misma cabaña que ocupara con anterioridad cuando se cumplían las treinta horas de viaje.

Según me contaron, los monzones habían dejado de manar un par de semanas antes, y cuando desperté por la mañana descubrí que había pasado de los 25º de las Colinas Kumaon a unos húmedos 40º. Empeorando las cosas, en ese primer día hicieron los inevitables cortes del servicio eléctrico durante las horas de más calor dejándome sin el consuelo del ventilador: ¡Suda mamón! Con ello podréis imaginar la alegría que sentí la siguiente madrugada cuando, incluso antes de abrir los ojos, el concierto constante de truenos me confirmó que mis esperanzas se habían hecho realidad: ¡Los monzones regresaban! ¡Ja, empezó el diluvio mientras me duchaba, y me sequé sin pensar que al salir me quedaría de nuevo empapado!

Me dediqué a pasear por el jardín con la toalla alrededor del trasero y el cepillo de los dientes (de plástico, los dientes y el cepillo)) en la boca. El cielo mandaba toneladas de agua. Era delicioso, y solo dejé de sonreír al preguntarme, “¿Qué estará sucediendo en mi rústica cabaña?” Efectivamente, el diluvio la había superado, y sobre la cama y el mosquitero caía la pequeña cascada de agua que se colaba por la parte central del tejado; un rápido repaso general me tranquilizó: mis trastos, y sobretodo esta maquina de escribir “modelna”, se encontraban en las zonas que todavía permanecían secas. Organicé el nuevo cambio de domicilio, que incluye el curro de barrer y quitar el polvo. Mis genes judíos y fenicios ya se estaban felicitando: sería para bien porque, tras la obligada negociación, he conseguido casi por el mismo precio (pensión completa: 80 eu. mensuales) la amplia cabaña con baño que ocupara hace tres años, en la que no sufro el bochorno ni la lluvia.

Telegráficamente

  • Uma se despidió de mí tocándome respetuosamente los pies; le dije que la echaría en falta, sobretodo a sus chapatis.
  • La familia había pasado el día luchando literalmente contra una gran tribu de macacos que, tras descubrir las verduras del huerto, se negaban a abandonar tal vergel.
  • Comprobado científicamente: el material de los coches cama ferroviarios indostanos es altamente inflamable, de ahí los desastres que ocurren.
  • Antes, durante los viajes, pasaban niños lisiados que se encargaban de barrer el suelo de los vagones (rápidamente cubiertos con todo tipo de desperdicios) a cambio de la voluntad de los pasajeros; así que me sorprendió la llegada de unos empleados que barrieron, fregaron, e incluso “perfumaron” el compartimento dejándolo impecable.
  • Aparte del verdor, el trayecto hasta Gorakhpur también me mostró los inmensos barrios de chabolas que nacen junto a las vías del tren; evidentemente, éstos han aparecido asimismo bajo los puentes de las nuevas autopistas: “¡Con techo incluido, ¿qué más quieres?!”
  • En cuanto entré en el nuevo país se hicieron evidentes tres cambios: me bebí gustosamente una cerveza “Tiger” sentado en un chiringuito en medio de la calle sin que nadie me prestase la mínima atención (“¡Mamá, un borracho!”), las chicas vestían pantalones cortos e iban de la mano con sus novios (aunque pueda parecer absurdo, ambos hechos serían inimaginables en la India), y el autobús estuvo dando vueltas durante media hora hasta hallar una gasolinera que tuviese gasolina.
  • Cuando aseguro que me siento más en casa junto al Himalaya que en la península Ibérica, no exagero; y no me refiero solamente al confort psicológico y a la comida, sino también al trato que recibo del vecindario en sitios como Rishikesh, las Colinas Kumaon o Sauraha, donde me reconocen y saludan incluso los perros.
  • En Bombay hay grupos de “castellers” y en Odisha hacen un requesón que supera al “mató” catalán.
  • La gordura indostana ha aumentado en los últimos decenios igual que lo ha hecho el tráfico rodado; desde el 1980 al 2008, el número de mujeres gordas ha pasado de 2,1 a 8 millones, mientras los hombres aumentaban de 2,3 a 4,4 millones.
  • Curiosidades indostanas: según las leyes indias, no se paga por una patente sino por la forma en qué se fabrica o consigue un producto; con ello, si logran el mismo resultado siguiendo un proceso distinto, las compañías son libres de copiar, plagiar y, así, de estafar.

Mira lo que pienso

  • Se ha comprobado (¿científicamente?) que las mujeres que no han parido tienen más tendencia a enloquecer que las demás, y me pregunto si será esa la razón por la que las sectas religiosas aficionadas al celibato como la católica se niegan a darles el liderato.
  • Los ojos de los niños no tienen cicatrices, y destellan un encanto parecido al de sus sonrisas cuando no han pasado todavía por la manos del dentista (la sonrisa de los viejos crea desconfianza porque las dentaduras son artificiales). Todos me aman y admiran. ¡Ya me lo dijo mi sicoterapeuta!
  • Si deseáis acabar con vuestra vida y, como yo, creéis que el suicidio le sienta fatal al karma, os recomiendo viajar hasta un lugar llamado North Sentinel Island, donde sus “hospitalarias” tribus tienen la costumbre (sana, diría yo, después de cuánto les hemos hecho a las demás) de matar sistemáticamente a cualquier extranjero.
  • Y hablando del karma, existe el “karma yoga”, que te deja el karma blanco y reluciente, y, según un servidor, también el “yoga karma” de los practicantes que se pasan de la raya y pagan con el karma de los dolores.
  • Estaba escrito sobre el respaldo de un autobús venezolano: “Las mujeres son como el 11, pues empiezan con uno y terminan con uno”.
  • Una forma perfecta para proteger los muros que se calientan demasiado durante el verano: plantando judías a las que se guía hacia las alturas con cordeles atados en el tejado para que crezcan diagonalmente creando un toldo verde y fresco.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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