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La crónica cósmica. Otra gallina de las que va de por libre

La crónica cósmica. Otra gallina de las que va de por libre
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Me gusta viajarCargando…

YO DIVAGO, TÚ DIVAGAS, ÉL… Hay países que me caen más simpáticos (o menos antipáticos…) que otros, y Canadá, que es uno de ellos a pesar de que en cierta ocasión “las fuerzas del orden” expulsasen a hostias a unos amigos míos canadienses que habían formado una comuna hippie en el fin del mundo, me cae ahora incluso mejor porque su primer ministro, el señor Justin Trudeau, ha legalizado la maría (tal como había prometido en su programa electoral) sobre todo para joder a la mafia (él representa la otra cara de la moneda de unas momias como Trump “El Pistolero” o Modi “El Fanático Hinduista”).

He mencionado a Canadá porque estos días se está dando un caso que demuestra lo civilizadas que son sus gentes y sus leyes: Resulta (érase una vez…) que entre los días 5 y 15 de julio se celebrará en un parque de Ottawa el festival anual de música llamado “Bluesfest” al que se calcula que asistirán más de trescientas mil personas; pero, ¡Ja!, cuando se disponían a levantar el escenario principal descubrieron que justo allí había hecho su nido y puesto los huevos un pájaro protegido llamado “Kill Deer” (“Mata Ciervos”, porque así suena el canto que emite); y ahora, aparte de paralizarse las obras, los ornitólogos están estudiando el tema para saber si, en caso de trasladar el nido a otro sitio, papá y mamá abandonarían esos preciados huevos.

Las aves no son tan papanatas como se podría creer, y en esta aldea al norte de Vietnam donde vivo he tenido una prueba de ello precisamente con la que, por lo menos aparentemente, es la más estúpida; me refiero a la gallina, y concretamente a una de ellas, grandota y solitaria, que vaga libremente por estos alrededores (creo que no pertenece a nadie), con la cual me cruzo diariamente sin más problemas, “Buenos días, ¿cómo vamos?”, e incluso echa alguna cabezadita en la escalera que sube hasta “mi” dormitorio (lo ocupo en exclusiva), pero que ayer salió por piernas aterrorizada al verme venir con un cuchillo en las manos (iba a cortar y comerme una piña).

Juntando lo del nido del “Kill Deer” y lo de la supervivencia, esas aves que van poniendo huevos por la vida no se preocupan de sus retoños como lo hacen los mamíferos o los reptiles (no te metas con una mamá tigresa o una mamá cocodrilo, y ya no digamos con una anaconda); y en las Colinas Kumaon de la India tuve un ejemplo de ello cuando un “Faisán Corredor” (este nombre se lo he dado yo porque galopa a toda hostia) salió por piernas (y después por alas, pues terminó volando) dejando que sus pollitos se buscasen la vida por su cuenta (claro que también podría ser que con ello estuviese tratando de atraer mi atención).

Y más de lo mismo: Aquí hay otra gallina de las que va de por libre a la que acompañaba una decena de pollitos, y he visto como día a día iba disminuyendo el número de éstos (en Chitwán se los comían los cuervos) hasta que actualmente ya sólo le queda uno; pero ella sigue tan tranquila como, supongo, lo hacían las madres del pasado que llegaban a parir quince hijos y no se vendrían abajo al perder alguno de ellos (sería distinto de haber tenido solamente uno, ¿verdad?).

Y ahora, queridos alumnos, pasaremos de los pájaros a los insectos juntando una cosa con la otra, y os contaré que algunos vietnamitas tienen criaderos de grillos, saltamontes y diferentes escarabajos con los que alimentan a los pájaros cantores a los que, como ya os he mencionado en otras ocasiones, son muy aficionados. Pero también se dedican a cazarlos de noche en los arrozales y los maizales (como los cangrejos que venden en el mercado); lo hacen llevando una linterna fijada en la cabeza, y al ver los rayos de luz que cortan la oscuridad tengo la impresión de hallarme en una película de suspense. Bueno, esos insectos no sirven de alimento solamente a los pájaros, pues el menú que me sirven en esta casa ha incluido a veces sabrosas larvas y saltamontes fritos.

TRAZOS. Tras alcanzar lo que yo denomino “el conocimiento comprendido”, se acerca el momento de la despedida, primero de Ban Vân y Mai Châu, y diez días después, de Vietnam, porque se termina mi visado de tres meses, tiempo que, a pesar de haber pasado volando, ha dado para mucho. Así que voy a ensuciar unas cuantas líneas que podría titular “Peculiaridades y Características”.

Aunque la forma de conducir de los vietnamitas no es tan descontrolada como la de los indios o los nepaleses, de todos modos se montan unos números que a cualquier europeo o norteamericano le parecerían increíbles: Un motorista circulaba llevando atravesada a sus espaldas una gruesa viga de madera que ocupaba la totalidad de la calzada. Otro del mismo gremio transportaba una aparatosa nevera. Una mujer conducía su motocicleta con una mano mientras sujetaba a un bebé con la otra y llevaba a tres críos más sentados detrás. Muchas motocicletas son auténticos mercados ambulantes y, aparte de ir cargadas con un sinfín de productos, tienen un ruidoso altavoz con el que anuncian lo que venden. El chófer de un autocar turístico que tendría vocación de pinchadiscos estaba más atento a las canciones que seleccionaba en la pantalla de un ordenador que no a la carretera (yo, que iba sentado a su lado, alucinaba).

Desde Hanoi a Mai Châu no hay el confortable (pero cuatro veces más caro) servicio de autocares turísticos que te vienen a buscar al hotel, y tienes que ir a coger un “local bus” a My Dhin, que se halla a las afueras de la ciudad; y uno de éstos, aparte de ir recogiendo y repartiendo paquetes e incluso el correo durante todo el trayecto, llevaba el techo lleno de patos, y el maletero, de huevos. Ese viaje es chocante porque pasas de ver unas llanuras infinitas a meterte entre un sinfín de colinas que en muchos casos tienen forma cónica y están siempre cubiertas por una densa jungla.

Durante estos meses vietnamitas he repetido docenas de veces, “¡Hostia, tú, qué paisajes!”, pero es que son siempre incomparables, y especialmente los que encierran Ban Vân en un embudo formado por unas colinas (por supuesto verdes) cuyas empinadas laderas son prácticamente verticales, ante los que me detengo ceremoniosamente todos los días dándole las gracias al dios de los trotamundos por hallarme aquí.

Una de las razones por las que madrugo es la de hacer el paseo matinal y regresar antes de que el tórrido Sol tropical saque la cabezota por encima de esas colinas; y lo mismo ocurre por la tarde, pues no salgo hasta que se esconde tras las del otro lado. Sin embargo, esto no evita que sude como un cerdo (¡Los cerdos no sudan!), y me duche varias veces cada día. Además, cuando estoy en casa asombro a los vietnamitas al vestir solamente un lungui, prenda que ellos no usan ni han visto jamás: ¡Pero, aleluya, ahora han llegado los monzones trayendo lluvia, nubes y aire fresco!

Esta es la película vietnamita que se proyecta de mañanita sin que haya de por medio ningún turista que altere su autenticidad: La gente saca las jaulas de los pájaros cantores y las cuelgan de los árboles o en los porches. Los aldeanos de Ban Vân trabajan en los arrozales con las piernas hundidas en el barro mientras “los ciudadanos” de Mai Châu pasean y hacen gimnasia; hay una mujer que anda siempre de espaldas. Los campesinos montan sus puestos en las aceras para vender lichis, mangos, piñas, cocos, bananas, y diferentes tipos de verdura que en muchos casos no conozco. Un tendero descama y destripa una serpiente que mide más de dos metros. Una mujer lleva un pato vivo en una bolsa de plástico de la que el pobre bicho saca la cabeza preguntándose cómo acabará el día. Muchos vecinos barren la parte de la calle que queda frente a sus casas, riegan las plantas y los bonsáis, o hacen la colada en una palangana. El barbero le da un repaso a mi barba por una quinta parte del precio que pagué en Hôi An (una botella de buen vino tinto vietnamita cuesta en Mai Châu la mitad que en aquella turística ciudad).

MIRA LO QUE PIENSO

  • ¿Habría menos guerras si los reyes, los presidentes o los líderes religiosos tuviesen que ir a ellas marchando al frente de sus ejércitos? ¿Habría menos sacrificios de sangre si se sacrificase al oficiante? ¿Nos quejaríamos, cabrearíamos y preocuparíamos menos si fuésemos conscientes de que nos jode salud? ¿Dejaríamos de emparanoiarnos si descubriésemos que las putadas y los accidentes nos caen siempre inesperadamente?
  • “Todos somos Dios”, dijo Buda confirmando lo que yo os soltaba en la última crónica acerca de rezarle al espejo.
  • Batiendo todos los récords de “snail mail”, acaba de llegar a mi pueblo una carta que mandé desde Maheshwar, en la India, hace más de seis meses.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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