La crónica cósmica. Sabiendo que nos estábamos despidiendo

EPÍLOGO – Después de narraros en la crónica anterior la relación que mantuve con Claude Moretto durante treinta años y los viajes que hicimos, creo imprescindible, para completar vuestra acuarela mental, contaros algunos hechos de los últimos cinco meses de su vida, cuando su mujer me pidió que viniese a cuidar de él mientras ella se ausentaba un par de semanas por asuntos familiares. No dudé en aceptar esa proposición, pero inmediatamente decidí que me quedaría mucho más tiempo, hasta el final. Antes de seguir adelante debo puntualizar que, desde mi más tierna infancia, siempre que alguien enfermaba, aunque solamente fuese un catarro, yo daba por sentado que iba a morir. En el caso de Claude, a pesar de que cuando llegué a Le Teil aún tenía un buen aspecto, poco parecido al de alguien que padeciese un cáncer, y soportaba con fuerza la quimioterapia, me dediqué a él sabiendo que nos estábamos despidiendo. Años atrás, un amigo mío tailandés me explicó que, siguiendo las normas budistas, se había convertido temporalmente en monje para acompañar a su gurú en los últimos meses de su vida. Pensé que yo haría igual permaneciendo al lado de mi buen amigo occitano.

En realidad, la relación que mantuvimos en los primeros meses rozaba la normalidad, pues, si olvidamos que él respiraba con una máscara de oxígeno y permanecía continuamente en la cama, seguíamos charlando normalmente, ya fuese de nuestros viajes por la India y otros países, ya de los viejos amigos (“Bienaventurados los que tienen recuerdos” Zola). Pero también acerca de la muerte, tema que salteábamos con un poco de humor negro. Otras costumbres que conservábamos era jugar a backgammon (juego en el que continuaba ganándome casi siempre), ver las competiciones de F1 o Moto GP, e incluso tomábamos unas cervezas o algún cubalibre. Cuando le llevaba el desayuno, nos contábamos los sueños que habíamos tenido o comentábamos las películas que, cada uno por su parte, habría visto la noche anterior. También nos detallábamos la trama de la novela que estuviésemos leyendo en aquel momento.

Hasta que nos adentramos en otoño, él continuó realmente vivo. No obstante, se había hartado ya de permanecer postrado en la cama y deseaba morir cuanto antes. De ahí que se negase a seguir con la quimioterapia y soñara con hallarse en algún lugar cercano donde la eutanasia fuese legal, como Cataluña o Suiza, país en el que el coste de fallecer reglamentariamente era de diez mil euros. También se planteó alguna forma de suicidio, y consideraba como una condena el hecho de vivir más tiempo de tal forma. Aquella situación me recordó el título de la interesante novela “Morir no es tan fácil”, de la autora Belinda Bauer, en la que alguien que se hallaba inmovilizado en la cama de un hospital prefería tener la vista puesta en la sala y no en la ventana, como lo hacía Claude porque así podía por lo menos ver el cielo, los árboles y los pájaros.

Mis actividades, aparte echar una mano a su mujer en las cuestiones domésticas (¡mayordomo!), era permanecer a su lado y, sobre todo, hacerle reír cuando estaba comprensiblemente de mal humor: en cuanto me soltaba algún corte de mangas, yo le salía con alguna parida a la que solamente podía responder con una sonrisa. Otra forma de alegrar su humor fue convencerle de que, a pesar de ser poco aficionado a las series, mirase la divertida “Big bang theory”: ¡Cuánto me gustaba oírle reír a carcajadas ante las majaderías de Sheldon y compañía! Como prueba de que él tenía las cosas claras, tras comprobar que esa serie duraba muchas temporadas y adivinar que no le daría tiempo a verlas todas, empezó a saltarse capítulos.

Sí, eran tiempos tristes, pero bromeábamos en cuanto se daba la oportunidad. Como cuando le empezó a fallar un poco la memoria debido a la cortisona y olvidó, por ejemplo, que ya había desayunado; momento en que conseguí que se desternillase diciéndole que yo llevaba setenta años de esa manera. En este aspecto Claude y yo siempre fuimos como las dos caras de una moneda: él recordando un sinfín de cosas, incluyendo los nombres de docenas de personas que conociésemos en diferentes países, mientras que yo, como ya sabéis, soy la personificación de la amnesia. De todos modos, como prueba de que ni tan siquiera los fármacos y la fiebre lograron adormecer su memoria de elefante, un día en que su cuñada, su mujer y yo hablábamos frente a él de la fabulosa novela de Ayn Rand “El manantial” (“The fountainhead” en inglés y “La source vive” en francés), pero sin lograr recordar el título ni el nombre de la autora, Claude, no adivinó solamente a qué libro nos referíamos y cuál era el nombre de aquella escritora rusa, sino que nos indicó en qué parte de su biblioteca hallaríamos el ejemplar que él tenía.

Mientras el cáncer seguía avanzando con su destructora obra y la salud de Claude continuaba en paulatina decadencia, se multiplicaron las visitas de muchos amigos, algunos de los cuales salían de su habitación con los ojos húmedos. Entre las difíciles y diversas tareas que llevó a cabo su amorosa mujer (que sonreía frente a él y sollozaba a sus espaldas), tuvo que convencerle de solucionar los aspectos prácticos que él se empeñaba en dejar colgados: como vender a un amigo de la infancia su motocicleta BMW 1150 (Claude era un motociclista nato que prefería este medio de transporte a cualquier otro), poner la furgoneta-vivienda a nombre de ella o hacer un sinfín de papeleo burocrático, incluido solicitar la pensión a la que tenía derecho. Valga aclarar que el oficio de Claude era el de soldador, aunque en la última década se había dedicado sobre todo a ensamblar una aparatosa maquinaria de alimentación en diferentes países: Japón, India, Vietnam, Rusia, Hungría, España, Norteamérica, Ucrania y muchos otros que no recuerdo.

Cierta mañana, cuando iba a partir en la ambulancia que lo llevaría por última vez al hospital de Marsella donde le habían hecho la quimioterapia, dijo: “Esto es el principio del fin”. Poco a poco dejó de leer, de jugar a backgammon e incluso de saber si era de día o de noche. También fue perdiendo la voz y el apetito. Su mujer y yo dejamos de llevar a cabo la ceremonia de juntarnos a comer con él en su habitación. Afortunadamente, aparte de los problemas respiratorios, no padecía dolores, pero la musculatura de sus piernas se fue debilitando y ya no era capaz de desplazarse solo para ir al baño.

Los últimos días, sobre todo de noche, la fiebre le provocaba alucinaciones, y su mujer tenía que permanecer a su lado sin pegar ojo porque se quitaba la máscara de oxígeno. En su mirada se advertía que ya había empezado a partir, y yo, al despertar por la mañana, me preguntaba si todavía seguiría vivo. En una ocasión en que le había bajado la fiebre, le pregunté si me entendía cuando le hablaba, y respondió: “No sé”. Pensé en la película “All that jazz” de Bob Fosse, cuando el personaje principal (el actor Roy Scheider), que era un fumador empedernido y llevaba continuamente un cigarrillo en los labios, estaba en las últimas en un hospital y su fantasma cantaba: “Bye, bye life (y no “love” como en la canción original), bye, bye happines, I think I’m gone die”.

Nando y Claude

Claude falleció de madrugada. La expresión “descanse en paz” fue más literal si cabe en su caso, porque su cara estaba absolutamente relajada y solamente le hubiese hecho falta sonreír. Supongo que tuvo un paro cardíaco, pues durante los últimos días su corazón había tenido continuamente ciento treinta pulsaciones. Según las creencias hindúes, Claude acababa de despertar. Pienso que el cáncer es como un sistema judicial que te condena a una muerte que terminará llegando tarde o temprano.

Claude y su mujer habían hablado por adelantado del funeral, y él, acuciado por ella, escogió la música que escucharíamos mientras aparecía en una pantalla una selección de fotos de su vida: Leonard Cohen, “You want it darker” y “Boogie Street”, Bob Dylan, “All along the watch tower”, Higelia “Qui, qui dit mieux”, Prem Joshua, “Secret Place” y Krishna Das, “Namah Shivayah”. En vez del cercano crematorio de Montélimar, su mujer eligió el de Villedieu, que se hallaba a veinticuatro kilómetros, en el valle del Ardéche, porque tenía unas vistas espectaculares, hasta valía la pena hacer el viaje hasta allí. Era la despedida adecuada para un trotamundos. Se juntaron unos cuarenta amigos e incluso varios familiares de su mujer que se desplazaron desde París; algunos de ellos recitaron poemas o, sollozando, contaron algo acerca de Claude. Todo el mundo escribió mensajes en el ataúd, pero yo me limité a decir, “Hasta pronto, colega”. Cuando terminó el ritual y salimos afuera, varios amigos celebramos la última ceremonia de despedida fumándonos un porro de la buena maría local.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Estoy leyendo la muy interesante novela “Alamut”, del autor esloveno Vladimir Bartol, en la que se dicen cosas como estas: “¿Estás embriagado, estás enamorado? Regocíjate. ¿Las caricias y el vino te consumen? No lo lamentes. ¿Qué ocurrirá con nosotros? No te preocupes. ¿Lo que seas? Jamás lo sabrás… Por tanto, ¡a tu salud!”. “Prefieren una mentira bien servida al conocimiento, por elevado que sea, que no les ofrezca un punto de apoyo”. “El encanto de una virgen no conmueve a un eunuco, ¡y el imbécil se burla de toda la sabiduría del mundo”. “Nuestra felicidad no reposa sobre nada sólido. ¡Y cuán poco justificadas son a menudo nuestras quejas! ¿Qué hay de asombroso en que el hombre sabio sea tan indiferente a una como a las otras?”.
  • Qué desagradable es competir con los que compiten con los demás en vez de hacerlo consigo mismos.
  • Que tire la primera piedra quien no haya hablado mal de los demás a sus espaldas.
  • Las dos veces que me casé me quité el anillo en cuanto terminó la ceremonia matrimonial.
  • Tienes libre albedrío para reírte, pero no de mí: vete a la mierda.
  • Puede excusarse que hagamos el mal emocionalmente, pero no cuando lo hacemos ideológicamente.
  • El agua muere cuando deja de correr.
  • Una prueba más de que las cosas de este mundo no funcionan cómo deberían está en que unos pacifistas como Gandhi y Lennon muriesen asesinados, mientras los asesinos como Stalin, Franco o Pol Pot fallecieron tranquilamente en la cama.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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