La crónica cósmica. Salí sonriendo de la taberna galáctica

La crónica cósmica. Salí sonriendo de la taberna galáctica
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (3 votos, media: 5,00 de 5)
Cargando…

ALMANAQUE PRIMAVERAL DE LA TABERNA GALÁCTICA

Tras haber recibido insultos y amenazas por parte de los aficionados a la Taberna Galáctica quejándose de que durante las últimas semanas he tenido olvidado ese antro cósmico, hoy os llevaré a él para que podáis escuchar furtivamente las conversaciones de sus insólitos clientes. Empezaremos por los cinco hombres y la mujer que están sentados alrededor de una mesa redonda.

“Mi abuelo era un hampón fracasado que pasaba la mayor parte del tiempo en la cárcel”, está contando un armenio musculoso y barbudo que rondará los treinta años. “Él aparecía por casa muy de vez en cuando y corría con el rol de marido hasta que empezaba a ponerse nervioso. Mi abuela adivinaba lo que se avecinaba al ver como aumentaba el número de botellas de vodka que bebía diariamente. Y entonces, un día, ¡Boom!, él estallaba, salía a la calle, hacía un atraco y acababa de nuevo entre rejas. Pero, eso sí, en cada ocasión dejaba embarazada a la abuela. Al final de su vida había permanecido encerrado un total de veinte años, tenía cuatro hijos, catorce nietos y ni un rublo en el bolsillo”.

Quien toma ahora la palabra es un joven ucraniano: “Mi abuela vivía cerca de un lugar en el que los Soviets detonaron una bomba atómica subterránea tratando de encontrar petróleo. Pocas semanas después enfermó y murió sin que los médicos diesen con la razón hasta que le hicieron la autopsia y hallaron restos radioactivos en su cuerpo”.

El siguiente en hablar es un canadiense cuarentón y barrigudo que tiene su tercera cerveza en la mano: “Mi tío es un superviviente nato que ha vivido docenas de aventuras. Una vez, mientras hacía senderismo en solitario, se encontró con un gran oso pardo que habría atemorizado al más valiente. Mi tío tuvo la suerte de verlo antes de que el oso advirtiese su presencia. Sin embargo, hallándose en una cañada no tenía escapatoria. Además, sabía que ese animal podría seguir su rastro durante muchos kilómetros, simplemente para darse el placer de matarle. Pero mi tío también sabía que los osos no son carroñeros, y lo que hizo fue tumbarse sobre el suelo aparentando estar muerto. Lo tuvo muy difícil porque, aparte de aguantar la respiración, casi se meó mientras aquel monstruo peludo le olisqueaba”.

“¿Logró salvarse?”, le pregunta el armenio.  “Sí, y todas las Navidades nos cuenta aquella aventura”.

El hombre que está sentado junto al ucraniano destaca por su aspecto, incluso entre tan variopinto grupo. Es así porque, aparte de ser inconfundiblemente un indio de casta alta con unas espectaculares orejas que armonizan con sus carnosos labios, con la kurta y el dhoti de seda dorada que viste me recuerda al Dios Rama. Esto no es óbice para que sus primeras palabras sigan, por decirlo de alguna manera, el camino contrario: “Yo era ateo a pesar de provenir de una familia hindú, pero mi vida dio un giro de ciento ochenta grados cuando visité el áshram de la que se convertiría en mi gurú, Arjana Baba”.

El brahmán nos muestra la foto del más insólito de los gurús, pues se trata de una mujer joven y muy bella que lleva los labios pintados de rojo (“¡Labios ardientes!”, MASCH).

“Ella estaba sentada con los ojos cerrados y a su alrededor había a un grupo de gente que bailaba de las formas más raras siguiendo el ritmo de la música que interpretaban un flautista y un percusionista con sus tablas. Algunos se arrastraban y contorsionaban por el suelo imitando a una serpiente, y otros saltaban como si tratasen de salir volando. Todos mostraban una gran alegría. Yo continué con mi papel de escéptico y los contemplé pensando que estaban un poco locos. Pero entonces noté que mi cuerpo empezaba a temblar y mis manos a moverse como si me quisiesen empujar a unirme a ellos. Me atemoricé al comprobar que mi temblor aumentaba en vez de disminuir. Reaccioné de la forma más ridícula para un ateo, pues me puse a rezar. Uf, suspiré aliviado porque el temblor cesó inmediatamente. No obstante, a los pocos instantes empezó de nuevo y, aceptando que estaba recibiendo un mensaje divino, pasé el resto de la tarde sentado en el mismo sitio rezando continuamente. Desde ese día me convertí en seguidor de Arjana Baba y acudía al áshram para practicar meditación junto a ella. En una ocasión escuché una voz en mi interior ordenándome abrir los ojos, y al hacerlo me quedé boquiabierto al ver frente a mí al Dios Shiva. Su cuerpo desprendía una luz intensa que me deslumbraba. Fueron sólo unos momentos. Después me asombré todavía más porque se transformó en mi gurú”.

Cuando el brahmán termina de contarnos cómo había sucedido su conversión espiritual, me fijo en una pareja de mediana edad que le ha estado escuchando sin abrir la boca. Él parece asiático y ella tiene un rostro semítico que podría provenir de cualquier país mediterráneo e incluso árabe. No les molesta que les pregunte indiscretamente cuál es su relación, y nos explican tranquilamente que se conocieron quince años antes cuando todavía eran jóvenes y estaban solteros. No se enamoraron, pero se entendían muy bien, ya fuese charlando, paseando, pescando o entre las sábanas, y se convirtieron en unos buenos amigos que seguían reuniéndose todos los años para pasar las vacaciones juntos, incluso después de haberse casado con otros y haber tenido hijos.

El siguiente en atraer mi atención con su inconfundible acento es un argentino de pelo cano, con aspecto de haber puesto los pies en las cuatro esquinas del mundo, que está contando: “Entre las diversas cosas buenas que me aporta el viaje, yo valoro que me dé la oportunidad de conocer gente especial. Puede suceder en el barrio copto del Cairo, en un tren peruano a cuatro mil metros de altitud, en un barco ruso que se dirige desde el Pireo a Alejandría o en Varanasi mientras veo amanecer junto al Ganges. Siempre me felicito cuando la simple existencia de esos personajes me da esperanzas, pues me confirma que todavía quedan algunos individuos imaginativos y valerosos que no se han rendido ni han sido domesticados.

El caso más espectacular se dio durante los meses que viví en Lanzarote en el año 1985, donde se había formado una comunidad cosmopolita en la que primaba ese tipo de seres humanos especiales. Con esta definición no pretendo afirmar que fuesen asimismo responsables, equilibrados, inteligentes o prácticos; pero sí auténticos y empeñados en seguir su propio camino. Había un compositor musical cuyos éxitos se escuchaban por todo el mundo, un yonqui parisino multimillonario, un aristócrata decadente, un guitarrista que había llenado estadios con sus conciertos, un piloto que competía todos los años en el Rally París – Dakar, y también un chino que nació en Hong Kong y dedicó los primeros veinticinco años de su vida a cumplir con lo que denominó los deseos familiares y sociales, con sus tradiciones, creencias y supersticiones, y sólo se enfrentó a ellos cuando sus padres pretendieron que se casara.

Él, que acababa de graduarse como ingeniero en telecomunicaciones e iba sobrado de ofertas laborales, les pidió que le concediesen unos meses para reflexionar acerca de su futuro. Y aceptaron a pesar de parecerles una absurdidad. No viajó ni se fue de fiesta para resarcirse del tiempo que había pasado estudiando, sino que ingresó en un monasterio budista y estuvo haciendo meditación hasta conseguir aclarar sus dudas. Ahora vive en diferentes partes del mundo, trabaja por libre como diseñador gráfico, y es, como dice él, el guionista que impone las reglas y dirige la película de su vida”.

Era una noche tormentosa, pero ni el estruendo de los truenos o la ruidosa música que interpretaba mi grupo marciano preferido me impidieron escuchar lo que contaba un libanés que tenía un ligero parecido con el actor Omar Sharif:

“Los consejos acerca de la salud y la precaución tienen un significado distinto para quienes vivimos entre riesgos constantes paseándonos ahora por la jungla y por el desierto después, teniendo bandidos, depredadores y parásitos mortíferos a nuestro alrededor. ¡Ja, que si fumar puede matar, que la bebida te va a desquiciar, que si los chequeos, la longevidad y la seguridad! ¡Qué coño me importa abrocharme el cinturón de seguridad si circulo por una carretera infernal con precipicios de quinientos metros en la que una sola avalancha puede llevarse por delante aldeas enteras de las que no quedará ni rastro, o ponerme el chaleco salvavidas en un río plagado de pirañas y otros bichitos parecidos en el que tardaría más de una semana en llegar al servicio médico más cercano!”.

Quien tomó la palabra a continuación fue un siciliano de mirada profunda: “Los valores que guían a los trotamundos son totalmente distintos a los de los sedentarios o a los que podríamos denominar como gente normal; igual que sucede entre los actores y los artistas en general, que tienen su punto de vista particular acerca del sexo, ya sean heterosexuales, bisexuales, gais o lesbianas, y no les atemoriza seguir sus propias inclinaciones”.

La que se metió ahora fue una chilena con aspecto de no haber usado cosméticos en toda su vida: “A mí me parece que para ser un buen seguidor es imprescindible ser también completamente obtuso y estar dispuesto a cumplir con las directrices que le indique su gurú o su líder, por muy absurdas que sean. Los adeptos de las sectas creen ciegamente en lo que les ordenan y, tras comprobar las sandeces que hacen, estoy segura que aceptarían asistir al templo con un pepino metido en el culo, llevando un pulpo por sombrero o hurgándose la nariz mientras se levanta la hostia. Son como unos ciegos que se hallasen en una llanura infinita y se agarraran a la primera mano que les guiase sin importar hacia dónde iban”.

Ahora me fijé en una mujer solitaria que bebía cerveza junto a la barra y pensé que, de haber sido yo mucho, mucho más joven, le habría tirado los tejos. Era guapa y esbelta. Tenía los ojos y el pelo negros, y la piel, dorada. Uno de mis juegos favoritos es el de adivinar la procedencia de la gente, pero con ella me sentí perdido, pues hubiese podido ser india, árabe, griega o latina. En cuanto a la edad, lo mismo de lo mismo, porque podría tener veinte y pico años o incluso treinta bien llevados. Recé al dios de los noctámbulos pidiéndole que ella no me mandase a paseo cuando me acerqué dispuesto a darle palique. Mis plegarias fueron escuchadas y me recibió con una de esas sonrisas encantadoras que son un poco dolorosas. Completando tanta perfección, me contó tranquilamente su currículo de cabo a rabo:

“Soy colombiana y tengo treinta y ocho años. Mis padres eran pobres y durante la adolescencia me fugué de casa dispuesta a buscarme la vida. Tuve más empleos de los que pueda recordar, hasta que me harté de currar para los demás. A los dieciocho años monté una empresa relacionada con el cultivo ecológico. Estaba empollada en el tema porque siempre me había interesado la naturaleza y nunca dejaba de estudiar en los pocos ratos libres que tenía. El negocio funcionó de maravilla y pude ayudar económicamente a mi familia.

A los veinticinco años decidí emigrar a un país más pacífico y escogí Ecuador. En Quito conocí a un financiero al que convencí de que aportase capital para crear una empresa parecida a la mía pero a lo grande. Y nos forramos. Otra mujer se habría contentado con lo que había logrado, pero yo no. Tras cumplir los treinta y tres años vi “La Luz” y lo mandé todo a paseo. Me despedí amistosamente de mi socio llevándome un buen fajo de billetes y empecé a viajar continuamente. Desde entonces me he dedicado exclusivamente a recorrer el mundo. Estuve en España y en gran parte de Europa, después fui a Israel, a Sri Lanka, a la India y al Nepal. No me limito a estar con los brazos cruzados, y aparte de haberme convertido en maestra de yoga y Reiki, ahora voy a Chiang Mai para practicar Vipassana”.

“¡Ah, pues yo también soy maestra de Reiki!”, dijo una mujer corpulenta y de pelo gris, a la que no habíamos visto a pesar de estar sentada a nuestro lado. Se presentó explicándonos que era australiana. “Tengo sesenta y dos años. Durante mucho tiempo mi oficio había sido, por definirlo de alguna manera, el de curandera. Sanaba a la gente posando las manos, y también con masajes y acupuntura.

Pero hace diez meses decidí cambiar de vida y ahora me limito a viajar. De todos modos, al principio estaba especialmente interesada en la India y, al pensar que permanecería permanentemente allí, me despedí de mis amigos diciéndoles que, si deseaban verme, tendrían que buscarme en ese país. Sin embargo, desde el momento en que llegué todo empezó a funcionar mal, sobre todo mi salud y la relación con los hombres, y comprendí que la India no se había hecho para mí. Ahora voy a Tailandia para trabajar como voluntaria en algún santuario de elefantes, y si compruebo que soy capaz de tratar con ellos sin ensuciar las bragas, quizás intente meterme en alguna jungla”.

Salí sonriendo de la Taberna Galáctica, pues la noche había resultado realmente provechosa.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Send this to a friend