La crónica cósmica. Sanguinarias partidas de backgammon

EL TÉ – Confieso que, además de ser adicto a la vida y estar empeñado en vivirla plenamente hasta morir, también soy adicto al té (“¡Habla con claridad y acepta simplemente que eres un tipo adictivo!”, grita mi amigo Pastorius entre el público del auditorio). Por las mañanas tomo chai, que es la versión del té que se inventaron los hindúes adoradores de las vacas y, sobre todo, de su leche, cuando los británicos consiguieron mangar a los chinos unas semillas de esa deliciosa planta y la sembraron en la India.

El chai, o sea el cóctel que resulta de mezclar té con leche, azúcar y especias como el clavo, el cardamomo y el jengibre, roza la perfección. Y no solamente por su sabor, sino también porque alimenta (a mí me sirve de desayuno) y, además, es medicinal. Me lo confirmó una amiga cordobesa que, después de haber estudiado medicina general, se especializó en medicina natural.

También soy muy aficionado al té verde que, por ejemplo, en Laos te sirven gratuitamente en todos lados (“¡Adicto!”, insiste el maldito Pastorius cuando los guardas de seguridad ya lo sacan de la sala), como hacen en Brasil con el café, del que siempre habrá un termo a punto en las mesas de los restaurantes, en la recepción de las pensiones e incluso en los barcos que navegan por el río Amazonas. Allí, saltando a medianoche de la hamaca, me tomaba uno y fumaba un cigarrillo con la mirada puesta en la jungla que la oscuridad no me permitía divisar.

Pero no habíamos terminado porque, desde que visité Sri Lanka, me acostumbré al delicioso té negro de Ceylán, que para mi gusto es el mejor. Esta versión clásica del té la tomo al atardecer como los ingleses (“Tea time”) y, debido a que me gusta muy caliente, me lo sirvo en vasitos diminutos tipo chupito para no darle tiempo a que se enfríe. Con el amigo valenciano lo bebemos a diario mientras jugamos nuestras “sanguinarias” partidas de backgammon. Durante la partida de ayer recordé las muchas veces en que hice una ceremonia parecida en Alepo, Damasco, Jerusalén, Alejandría, El Cairo o Chauen, ciudades en las que jugaba al backgammon con amigos árabes.

La crónica cósmica. Backgammon

Supongo que, de seguir por el mismo camino mi creciente senilidad, que también podría denominar despiste nato, al abrir el baúl de los recuerdos de mi anciana mente no sabré dónde estoy. Ya me sucedía algo parecido con harta frecuencia, aunque sólo de noche y en mi habitación, cuando viajaba continuamente (antes de la puta pandemia) y despertaba a oscuras preguntándome en qué sitio me hallaba. ¡Os confieso sinceramente que tal desconcierto me parecía muy divertido! ¿Me lo tomaré también a broma si sufro algún día Alzheimer? (“¡Eres la personificación del Alzheimer desde hace tiempo!”, me grita Pastorius desde el vestíbulo). Míreme, doctor, qué mal me encuentro; dígame, doctor, dónde estoy y quién soy. ¡Ja! Sospecho que los amigos valencianos me invitaron a convivir con ellos porque les resulta entretenido tener a un viejo senil haciendo paparruchadas por la casa como si fuese un bufón. Curiosamente, él me pide en muchas ocasiones que le recuerde esto o aquello con la plena seguridad que no lo olvidaré.

FOTOGALERÍA MENTAL – Después de tratar estos “profundos” temas personales, ahora os pintaré una de mis acuarelas imaginarias para mostraros un poco más el entorno en que resido actualmente bajo las empinadas laderas rocosas del monte Montgó, en la comarca alicantina de La Marina Alta, que no es solamente famosa por sus naranjas, limones y aceitunas, sino también por sus pasas, que secan en unos tradicionales y extensos porches abiertos a los cuatro vientos llamados “riu rau” (hay más de setecientos por estos alrededores). Antes se exportaban las pasas a todo el mundo, sobre todo al Reino Unido, desde el cercano puerto de Denia, que en los siglos anteriores era una auténtica ciudad del pecado porque los campesinos que venían a vender sus productos derrochaban el dinero en los burdeles y los casinos que había por doquier.

Durante mis paseos, y aparte de los colores de la naturaleza, el que prima es el pajizo de los muros secos de piedra labrada que delimitan las fincas y siguen construyendo actualmente unos albañiles muy habilidosos, con los que nos saludamos de mañanita con un “bon dia i bona hora”, aunque algunos de ellos son magrebíes. En realidad, al ser un lugar solitario en el que me cruzo con pocas personas, nos deseamos los buenos días con todo el mundo e incluso lo hacen quienes van dentro de un vehículo.

Una prueba de que éste es el país de las naranjas está en que, según me han contado, los perros se las comen y les encanta el aroma de su piel. Caso contrario al de los gatos, a los que les disgusta de tal manera que sirve para mantenerlos alejados como si se tratase de un repelente. En la casa de los amigos valencianos lo usamos con el travieso Sambal, gatito que tiene complejo de loro y, en cuanto te descuidas, trepa sobre tu hombro para contemplar el panorama desde las alturas.

El perro Bambú también tiene inclinaciones extrañas, pues, debido a los absurdos y altos brincos que pega para mostrar su alegría cuando lo sacan de paseo, cualquiera diría que cree ser un canguro. Los amigos valencianos empezaron a alimentarle recientemente con una equilibrada dieta de productos naturales, que incluye carne cruda, sardinas, verdura, fruta y aceite de salmón; y a pesar de que antes ya comía rancho de la mejor calidad, ahora espera su ración relamiéndose. Me pongo en su lugar imaginando lo que sería haber comido durante doce meses el mismo mejunje (acaba de cumplir el año) y el cambio que representaría saborear por primera vez las delicias preparadas por un buen chef. El amigo valenciano se las sirve en una bandeja y tienen tal aspecto que estarían acordes con un buen restaurante.

Ya que he hablado de Bambú y Sambal, también mencionaré a Songkran, el gato malayo que, cuando miramos algún documental acerca de la naturaleza, no pierde detalle de lo que aparece en la pantalla, como lo hizo anteayer mientras veíamos un reportaje primoroso que os recomiendo totalmente y se titula “100 Días de Soledad”, que filmó el fotógrafo José Díaz en la “Reserva de Redes”, de Asturias.

En los tres meses que llevo en el País Valencià mi peso ha aumentado desde los cincuenta y tres kilitos que pesaba el venir del Nepal hasta los casi sesenta (59’7). Como ya os conté en crónicas anteriores, el responsable de estos kilos extra es el amigo valenciano. Nuestra dieta también incluye miel de azahar, que “no ha viajado” porque la producen unos enjambres de abejas aposentadas en el bosque que hay justo aquí al lado. Más ecológico, imposible, ¿verdad? Aquí van más datos sobre la ecología bien entendida: los amigos valencianos elaboran de forma natural y ecológica el jabón del lavavajillas, el de la lavadora, el desodorante y la pasta de dientes. Asimismo, usan como compost para el huerto el poso del café, del té y las cáscaras de los huevos.

FAUNÓPOLIS

En la “Satpura Tiger Reserve” de Madhya Pradesh, en el centro de la India, han muerto cuatro tigres en lo que va de mes, y ayer acabó igual una hembra de cuatro años.

En otro parque nacional cercano, una tigresa parió y, más difícil todavía, sacó adelante a cuatro cachorros preciosos. Durante siete meses todo funcionó de maravilla, pero hace una semana un tigre adulto mató a uno de los cachorros, y ahora han desaparecido dos más, a los que están buscando docenas de guardas forestales.

La noticia que nos llega desde el “Parque Nacional de Kanha” es de distinto tinte, pues se refiere a la popular tigresa de dieciséis años, Munna, que ha reaparecido tras muchos días de ausencia cuando todo el mundo estaba pendiente de ella.

Por si deseáis adoptar un animal del “Parque Nacional de Van Vihar”, en el mismo estado de Madhya Pradesh, estos son los precios: un tigre o un león cuestan 200.000 rupias (un euro: 82 rupias indias); un leopardo o un oso perezoso, 100.000; una hiena, 36.000; un chacal, 30.000; un cocodrilo, 36.000, y una pitón, 8.000.

A los nueve años (y no a los diez como se hace normalmente) concedieron el retiro y una pensión al perro pastor alemán Jimmy (que curiosamente es una hembra), especializado en la captura de cazadores furtivos para el Servicio Forestal de Madhya Pradesh.

En el año 2009, la “Panna Tiger Reserve” de Madhya Pradesh se quedó sin tigres y empezaron a trasladarlos hacia allí desde otras junglas. La noticia ha aparecido en la prensa porque desde enero del 2017 los cazadores furtivos han matado a veintiséis tigres sin que el inepto gobierno local haya hecho absolutamente nada al respecto.

En una comida compartida en la jungla, documentada con las fotografías tomadas por una cámara oculta, un tigre de cuatro años cazó un jabalí de buen tamaño, del que se hartó sin llegar a terminárselo. El siguiente en tomar unos bocados fue un leopardo, y a éste le siguieron varias hienas que sólo dejaron los huesos.

Otras fotos preciosas que aparecieron en el periódico mostraban a un leopardo que había caído en un pozo seco y, tras ser sedado, fue rescatado por los miembros del Servicio Forestal. El lindo gatito no estaba dormido, y lo más sorprendente es cómo miraba tranquilamente cuanto sucedía a su alrededor. Supongo que estaría pensando: “¡Qué colocón, oiga!”.

En Madhya Pradesh hay un tigre de tres años que ya ha recorrido más de doscientos kilómetros tratando de encontrar pareja (tiran más dos tetas que…). Los agentes del Servicio Forestal, sabiendo que no hay ninguna hembra por los alrededores, tratarán de capturarlo para trasladarlo a otra zona en la que tenga más posibilidades de ligar.

En la ciudad de Nainital de las Colinas Kumaon, y entre los meses de enero y noviembre, más de mil personas fueron atacadas y mordidas por los malditos macacos.

Accidentes ferroviarios: Un tren del estado oriental indio de Assam se llevó por delante a seis elefantes. En Rajastán les sucedió lo mismo a veinte buitres. Y en Madhya Pradesh murió así una mamá leopardo que dejó un huérfano. Peor todavía, en California murieron un millón de abejas en un accidente de tráfico (son los riesgos del transporte colectivo).

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.