La crónica cósmica. Según afirman, la cosa funciona

La crónica cósmica. Según afirman, la cosa funciona
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Empezaré esta crónica respondiendo a la pregunta de mi querida hermana (que siempre se preocupa por mí): me siento de maravilla, estoy bien de salud, mi cuerpo de sesenta y ocho años no padece dolor alguno, mi hígado y mis pulmones soportan bastante bien mis excesos, y sigo sin consumir tan siquiera una aspirina. ¡Fármacos, no, gracias! Lo mismo le dije a un camello que me ofreció recientemente una de esas porquerías químicas: ni, ni, ni, ni.

Aunque mi difunta tía Adelaida habría opinado (al faltarle información) que los “fumetas” (o sea los aficionados al costo) somos unos drogadictos, la diferencia con los consumidores de fármacos como los también difuntos Michael Jackson, Prince, Elvis, George Michael o Carrie Fisher es abismal. Al contrario que la colección de cadáveres que los fármacos han ido dejando a su paso a través de los años, nadie ha muerto (a menos que fuese de risa) a causa de una inocente niñita como la buena María y su amigo el suave señor Costo. Y eso sin mencionar los crímenes que han cometido los adictos a las malas compañías, como la señora Heroína, su prima la señorita Cocaína y su cuñado el letal Crack.

¿A qué obtusos políticos se les ocurrió meter en el mismo costal a una criatura natural como la maría con esos productos químicos que alteran el carácter del consumidor volviéndolo duro y negativo, además de provocarle paranoia? Igual que se hace cuando hay accidentes de tráfico, ¿se ha comprobado de qué van colocados esos imbéciles desquiciados que de vez en cuando se lían a pegar tiros en un instituto o en un mercado?

Umm, al escribir esta parrafada anterior me han dado ganas de fumar un porrito que, aparte de estar muy rico, me relajará del estrés que llevo esta mañana: ¡Ja!
“Mi comandante, mi comandante, ese tipo llamado Nando Baba vuelve a hacer apología del cannabis”. “¿Por dónde anda ahora?”. “Está junto al Parque Nacional de Chitwán, en el Nepal”. “Bien, vamos a mandar inmediatamente un comando. Quiero que lo secuestren y que esta noche duerma en Carabanchel”. “¡A sus órdenes!”.

Que bien sienta la libertad, como la que tengo al poder parir esta crónica en plan caótico sin saber hacia dónde irá. Si todavía residiese en la Selva Negra alemana y entre un vecindario adicto al orden, quizás no me hubiese salido tan natural; pero al convivir con mis anárquicos amigos nepaleses, creo que es lo adecuado.

¿Unas imágenes? Trasladaos mentalmente a un teatro (nepalés, por supuesto) y tomad asiento cerca del escenario. Se apagan las luces y sube el telón. Es de mañanita. La niebla asciende desde el río y su humedad me provoca frío. Pero ya veo de lejos el humo de la hoguera. Troto hacia allí, hacia el grupo de personas que están sentadas a su alrededor. Abren el círculo para hacerme sitio. Traigo un litro de leche y se lo entrego a la abuela para que prepare chai. Extiendo las manos casi acariciando las llamas.

Soy el único que está ocioso. Dos mujeres pelan y cortan patatas con las mismas hoces que habrán usado antes para cortar leña o hierba; más incómodo y menos práctico, imposible. Una joven mamá ayuda a sus dos hijitos con los deberes escolares. Un par de perros se cuelan entre la gente para calentarse. Varios cuervos nos observan críticamente desde unas ramas.

Mi amigo Shankar termina de liar un porro, pero, cuando va a encenderlo, su teléfono le advierte que son las ocho. “Tengo que ir a fichar”, exclama levantándose. Corre hacia el edificio que hay junto a su casa (por lo demás solitaria): es su puesto de trabajo y desde hace unos pocos meses le obligan a fichar; pero esto es el Nepal, y Shankar, tras cumplir con ese requisito, regresa tranquilamente porque no hay nadie que le controle. Ahora le da por llevar el pelo largo y yo le llamo hippie, aunque él desconoce ese término (tendrá unos cuarenta años y pico).

El tatarabuelo centenario cuida del fuego, dándome la sensación de que juegue con los leños. Al poco tiene que interrumpir este quehacer para dedicarse al de chamán porque ha llegado un hombre acompañado de su hija, una niña que, según explica, ha tenido dolor de barriga toda la noche. El tatarabuelo prende fuego a unos cordeles de algodón y los hace girar en el aire para que su humo alcance a la niña mientras él murmura unos mantras. La ceremonia ha terminado en pocos minutos. La niña se siente mejor y el padre entrega al chamán como donativo media docena de mandarinas.

Mi amigo ruso, o sea el Señor Tolstoi al que he mencionado muchísimas veces en estas crónicas, me comenta que ahora su suegra y sus cuñadas nepalesas usan como medicina un libro sagrado cristiano ortodoxo que él trajo de Rusia: se lo colocan sobre la parte del cuerpo que les duele y, según afirman, la cosa funciona.

LA TABERNA GALÁCTICA

Lo vi desde la entrada. Era un hombre de unos treinta y pico años. Supuse acertadamente que sería holandés. Estaba solo y, aparte de aceptar mi compañía, me contó su interesante biografía: “En la escuela fui siempre el típico alumno al que los maestros tenían ojeriza con toda la razón. A los dieciséis años escogí estudiar artes y oficios y me convertí en pintor profesional, oficio que hice solamente en contadas ocasiones porque me ganaba mejor la vida vendiendo costo, videojuegos piratas o tarjetas para teléfonos de empresas inexistentes cuyas facturas nunca se pagaban. También curraba en verano en alguna playa donde contacté con diferentes hampones que confiaban en mí y me hacían todo tipo de encargos. Durante una temporada dirigí, en Ámsterdam, una “coffee-shop” en la que diariamente hacíamos unos cincuenta mil euros de caja. Legalmente, sólo estábamos autorizados a tener quinientos gramos de costo, y terminé pasando unos días en la cárcel cuando nos hicieron un registro y encontraron más de once kilos. De niño había visitado con mi madre Grecia, Turquía y la India. El día en que fui por primera vez a Tailandia tenía veinte años y me enamoré completamente de Asia. Y aquí sigo”.

El holandés se despidió diciendo que le esperaban en otro sitio, y yo, mientras trataba de conseguir la atención del camarero para pedirle una cerveza, me fijé en un asiático que estaba a mi lado y le hablaba a la botella vacía que tenía delante: “Le pregunté bromeando al kiosquero si tenía el periódico del día siguiente, y él, sin perder la calma, respondió que esperase un poco porque llegaría de un momento a otro”.

Dejando a aquel loco con su tema, presté atención a lo que explicaba un hombretón con el inconfundible acento de los rusos: “En invierno, el vecindario del sitio en que crecí, se relacionaba jugando a hockey sobre hielo. Participaban hombres y mujeres de todas las edades, incluidas las abuelas, y usábamos botas de cuero sin metal alguno”.

Dando unos pocos pasos entre el personal, pegué oído a lo que decía un indostano canoso que tenía unas orejas monumentales: “Le estaba contando algo a un amigo mío y recordé que ya se lo había dicho unos días antes. Entonces, al fijarme en la indiferencia que mostraba, me pregunté si callaba porque éramos camaradas y no quería herirme. Pero también podría ser que actuase así simplemente por buena educación, o que fuese un cobarde y temiese que yo me enfadara. Entonces recibí la Iluminación y lo adiviné al instante: aquel cabrón no se acordaba porque, igual que hacía en ese momento, no me había prestado la mínima atención y estuvo pensando en otras cosas. ¡Ja!”.

Luego me acerqué a una mesa que compartían varios tipos con cara de aventureros experimentados, y lo hice en el momento en que un portugués explicaba: “En la India continúa en vigor una ley victoriana que prohíbe a un indio compartir la habitación de un hotel con un occidental”. “Pues en Francia”, dijo un viejo con acento bretón, “todavía existe una ley de Napoleón que prohíbe a las mujeres llevar pantalones. Pero no habíamos terminado, pues en mi supuestamente progresista país, y hasta los años sesenta, ellas no estaban autorizadas a tener una cuenta bancaria sin la firma y el consentimiento de su marido, que se denominaba venia marital”. El que tomó ahora la palabra era un napolitano: “En armonía con esas leyes ancladas en el pasado, en mi ciudad conozco a musulmanas que antes vestían con minifalda y se desmadraban en las discos, pero ahora llevan burka como si hubiesen decidido regresar al Medievo”.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Procuro ser antipático para que la gente valore más a los que sois simpáticos.
  • ¿Los consejos son unas maquiavélicas órdenes encubiertas?
  • ¿Sabíais, hispanoparlantes, que snack significa piscolabis? ¿La primera es la palabra más usada y la segunda la que menos? ¿Imperialismo cultural innecesario?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
4 Comentarios
  1. Luis Garrido-Julve dice

    ¿Cómo no coincidir en tu apuesta por los productos naturales? Un abrazo desde Vietnam, buen Nando. Ya me gustaría estar en Nepal compartiendo charlas, cañas y naturaleza.

    1. Nando Baba dice

      Y a mí me gustaría estar en Hoi An tomando una cerveza «Saigon Special»: ¿somos como unos niños malcriados? Bom Bom.

  2. Oscar dice

    Me alegra leerte Nando! Sigo aprendiendo contigo, muchas gracias! Un abrazo desde Alicante, a punto de recibir a la tormenta gloria (o eso dicen).

    1. Nando Baba dice

      Un abrazo de osezno, amigo Óscar, desde Chitwán.

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