La crónica cósmica. El señor Tigre y el señor Jabalí

La crónica cósmica - El señor Tigre
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En estas crónicas, en vez de “continuará”, debería constar “se retocará”; porque, de forma inevitable, en cuanto he pulsado el botón de enviar ya empiezo a descubrir “olvidos”.

La “chai dhucán” que sigue funcionando con leña, no lo hace con ramitas, sino con troncos de árbol de hasta tres metros de largo que acaban siendo devorados diariamente por la hoguera.

En la película “The Big Year”, el campeón, al que interpreta Owen Wilson, alcanza la astronómica cifra de casi setecientas cincuenta especies de pájaros observadas. Durante la primavera del noventa y uno, y solamente en esta jungla, yo llegué a creerme el rey del mambo al sumar cincuenta y dos. Pero los amigos locales me aseguran que hay muchas más, y que la cifra podría alcanzar incluso la centena.

Al “deciros” que un pájaro era grande o pequeño, en realidad no os estaba aclarando gran cosa; pues la cuestión del tamaño tiene mucho parecido con lo de ser joven o viejo, y al fin todo depende del color del cristal, la altura y la edad desde los que se mira. De las aves que “corren” por aquí, los búhos grandes superan los cincuenta centímetros y las águilas alcanzan los ochenta. De todas maneras es necesario aclarar también que, si no voy errado, estas medidas son las del cuerpo; mientras que el ornitólogo inglés con quien viajé por el Amazonas, quien regresaba de pasar dos años en la Antártida, medía las aves por la longitud de las alas; de esa forma, el albatros, al alcanzar los tres metros, era el mayor, y el cóndor iba en segundo lugar a pesar de ser el más pesado de los animales que vuelan.

También completaré la imagen de la orquídea tempranera con unos trazos que incluyen el bosque de robles centenarios que se halla junto al lago Esmeralda, y una mancha amarillenta y verdosa que destaca sobre el oscuro tronco de uno de ellos, y al señor Lobo que, después de observarla detenidamente con sus potentes binoculares, da por sentado que se trata de una “hoja curiosa”, y a un servidor que, advirtiendo también la presencia de las típicas raicillitas de las orquídeas, asegura que no es así, y, al fin, las imágenes terminan incluyendo al señor Lobo descendiendo hasta encontrarse más cerca del roble para comprobar que sí, que efectivamente se trata de una orquídea.

Aunque otra crónica os aburriese apuntando uno por uno los nombres de los miembros de la familia con quienes vivo, pues es una información que me parece interesante, no hice lo mismo con los pájaros porque, aparte de no “deciros” nada, el número de ellos, de los diferentes “thrush, “tit”, “myna”, “nightjar”, “magpie”, “minivet”, “hornbill”, “drongo”, “bulbul”, “babbler” y “barbet”, por citar solamente unas pocas familias, es demasiado extenso. Mi predilecto es el “whisheling trush”, al que en la lengua de las montañas, el “pahari”, se llama “kalchunia”; es un pájaro del tamaño de una paloma, pero más esbelto, y color azul marino, que, de mañanita, se encarga de aterrizar sobre tu tejado para darte los buenos días con el más alegre y siempre improvisado canto.

Completaré la información acerca de las mujeres “podadoras” añadiendo que son raras las veces en que sea un hombre el que lleve a cabo tal curro, y que también son ellas las que cargan sobre sus cabezas unos fardos de hojas o leña, a veces durante varios kilómetros, que requieren de la ayuda de cuatro brazos para ser levantados. Ellas, las indostanas, son una prueba de la fortaleza del cuerpo humano (si se usa correctamente). Por su parte, los hombres se encargarán de cortar árboles, ilegalmente, por supuesto, y los arrastrarán hasta su granja aprovechando el desnivel del terreno.

Al contrario de quienes hablan de temas tan interesantes como la política, la economía o el fútbol, las conversaciones que se dan entre los “pahari” son poco distintas de las que mantuvieran sus tatarabuelos.

  • “Este año corren por aquí muchos “kakar” (ciervos ladradores)…”.
  • “Sí, se meten por todos lados…”.
  • “Ayer encontré a uno en el huerto…”.
  • “¿Viste las dos águilas pescadoras?”
  • “Descubrimos a un pollito del “búho águila” que ya superaba el medio metro, y nos deleitó con un par de vuelos…”.
  • “Anoche, cuando regresaba a casa, vi un leopardo…”.
  • “Estaba sentada en el porche después de cenar, y me quedé atónita al ver un leopardo que cruzaba tranquilamente frente a mí…”.
  • “Mira, esta es la foto del leopardo que se paseaba por mi jardín…”, me dijo el nieto del que fuera rey del Nepal en los años cincuenta. La imagen mostraba al gran gato de espaldas, y me sorprendió su espectacular cola porque las tres veces en que me encontré con alguno de ellos siempre los había visto de frente.

Pero la gente de aquí no habla solamente de los leopardos, sino que, más frecuentemente, son los macacos los que entran en el tema de conversación, y sobretodo en la vida de los campesinos, debido a los problemas que comporta invariablemente su presencia. El señor Lobo los aleja del vergel de sus amores disparándoles balines con una escopeta de aire comprimido. En realidad sus esfuerzos resultarían nulos de no haber sido porque los monos han aprendido a distinguir el ruido del arma y buscan la protección de los árboles en cuanto la oyen.

El único colmado de estos alrededores se halla aproximadamente a un kilómetro de distancia de mi domicilio siguiendo el camino que, debido al biruji que corre en invierno, el señor Chacal ha bautizado con el nombre de “Chill Street” (incluso ha encargado una placa a un pintor, y espero que sobreviva para la posteridad igual que el “Freak Street” de Katmandú). Tras la muerte del padre, ahora lleva el negocio el bueno de Gobinda. Éste, un campesino que desconoce la existencia del estrés, abre y cierra el chiringuito doscientas veces al día, ahora echando una cabezadita, y luego haciendo unos recados; y generalmente cuando llegas allí has de recitar el mantra de la paciencia hasta que él decida hacer acto de presencia consiguiendo que creas hallarte en la sala de espera del dentista. Ayer le pedí que me trajese diariamente una bolsa de leche, y al preguntarle a qué hora podría pasar recogerla, respondió simplemente, “temprano”.

El amigo occitano ha regresado a su tierra, y yo reencuentro a la señora Soledad. Aparte de su compañía, echaré en falta su fantasiosa versión de la lengua inglesa; sus “chilut” (por “childhood”), “oni” (por “honey”), “ungri” (por “hungry”), “utsait” (por “outside”), “pulit” (por “polite”), etcétera. De forma parecida a cómo me sucediese a mí con anterioridad, el occitano se quedó asombrado cuando, en una de las visitas que hicimos al señor Lobo, se encontró entre varias mujeres indias que fumaban porros y bebían cubalibre, porque tal hecho resultaría totalmente inaudito en los lugares eminentemente tradicionales en que acostumbramos a residir. Curiosamente estos bosques y lagos son el punto de encuentro con mujeres especiales, como la que ha publicado libros y producido películas, o la que ha viajado por todo el mundo siguiendo los periplos de su marido, que capitanea un submarino nuclear, o la que ha cruzado muchos países africanos en jeep llevando a cabo proyectos para la Unión Europea o Las Naciones Unidas.

A pesar de no molestarnos mínimamente la modernización del país, nosotros no venimos a la India para pasearnos por su Silicon Valley, sino para meter las narices, para experimentar y, así, vivir, un mundo que está desapareciendo a marchas forzadas.

Mentiras jesuíticas o verdades a medias. Titulares: el año anterior las exportaciones de la India alcanzaron la cifra récord de trescientos billones de dólares. Sin titulares: en el mismo período la India importó tantos productos como para alcanzar la cifra récord de cuatrocientos ochenta y ocho billones de dólares.

Durante el último año se detuvo en los aeropuertos indios a cuatro pilotos y a once miembros de la cabina cuando se disponían a embarcar en sus aviones llevando en la venas un vergonzoso nivel de alcoholemia. En lo que va del presente año, el número de beodos de las diversas líneas aéreas indostanas que fueron detenidos ha aumentado a catorce pilotos y treinta y un miembros de la cabina.

Una de tantas celebraciones religiosas: El único vecino cercano, brahmán como todos los demás, instaló un par de altavoces trompeteros en el tejado, alquiló un buen amplificador, y, con la colaboración de varios primos suyos, nos deleitó leyendo durante veinticuatro horas los textos del Ramayana. En tal ocasión, y solamente por una vez, los sufridos e involuntarios oyentes recibimos agradecidos los cortes del servicio eléctrico.

He conocido a otros dos personajes curiosos. Uno de ellos, el señor Tigre, nació en la ciudad norteamericana de Boston después que sus padres emigraran allí desde Varanasi. La familia del señor Tigre multiplicó por igual su número y sus posesiones en el rico suelo americano igual que lo hicieran las ardillas del Sahara en Fuerteventura al encontrase en una tierra más fértil, y cuando el joven Tigre se acercaba a la mayoría de edad los negocios del clan incluían la importación de prendas y productos artesanales indios además de varios hoteles y restaurantes. En ese momento, su padre, sintiendo un ramalazo tradicionalista, y creyendo que su hijo parecía más yanqui que indostano, decidió mandar al señor Tigre a la India para que aprendiese su lengua y sus costumbres. En un principio tales planes le sintieron como una patada, e incluso llegó a plantearse una fuga, pero en cuanto puso los pies en las milenarias calles de Kashi, la parte más antigua de Varanasi (o Benares), se enamoró por igual de la tierra de sus ancestros, de su cultura y tradiciones, y, empeorando las cosas, también de una preciosa muchacha con la que terminó casándose. Desde entonces el señor Tigre no ha regresado jamás a Norteamérica, pero no ha permanecido ocioso, y ya es propietarios de tres hoteles aparte de la villa que ha edificado cerca de aquí.

Para comprender porqué me resulta curioso el segundo personaje, quizás deberíais conocer mejor a los indostanos. En este pequeño mundo nacen de vez en cuando unas personas a las que, más que cualquier otra cosa, les gusta llevar compulsivamente la contraria. Y tal fue el caso del señor Jabalí, quien, a pesar de pertenecer a una rica familia de comerciantes que eran fervientemente hindúes, durante la adolescencia dio la espalda a los negocios, y luego se enamoró de la lengua de los musulmanes locales, el urdú, de la que, hasta hoy en día, a los cincuenta años, no ha dejado de escribir y publicar libros de poesía. Pero las rarezas del señor Jabalí no terminaron con la adopción de la versión indostana del árabe, sino que, al mismo tiempo, también le sedujo la música moderna occidental, y lideró un grupo de rock con el que grabó varios discos mientras, pacientemente, adquiría una de las mejores colecciones de blues del país. De ser imaginativos, os preguntaréis si el señor Jabalí realizó todavía alguna excentricidad más; y la respuesta es que sí, ya que en la edad adulta se convirtió al cristianismo evangelista, y ahora dirige una institución de esta religión.

Érase una vez, hará de ello unos veinte años, en que el respetado Nemcareli Baba viajaba en un tren. Tal como sucede casi siempre con los santones, el buen hombre ni tan siquiera había pensado en pagar un tique y, cuando el revisor se lo reclamó, terminaron por echarle del tren en la primera estación en que se detuvieron. Desde el andén, y sin dejar de sonreír en todo momento, el santón les dijo, “si yo no me voy, el tren no se va”. Y así fue, pues, según aseguran, ni tan siquiera lograron mover el convoy usando varias locomotoras. Al fin las autoridades pidieron perdón al hombre santo, éste regresó a su asiento, y pudieron proseguir el viaje sin más incidentes. Quienes me contaron esta historia también añadieron que Nemcareli Baba podía percibir perfectamente las emociones y sentimientos de los demás; yo les aseguré que esto era normal, y que si gozabas de paz mental y te hallabas en un sitio tranquilo, notabas esas vibraciones de lejos; pero ellos no dijeron esta boca es mía.

Última hora: la intimidación y la humillación afectan considerablemente nuestro sistema inmunológico.

La maría es la mala hierba de estos alrededores y brota en cada cuneta o terreno descuidado.

A veces, solamente a veces, la humanidad parece evolucionar. El parlamento de Nueva Delhi ha prohibido los experimentos de todo tipo en los que se usen animales. Siguiendo una filosofía parecida, el de este estado, Uttarakhand, ha anulado los permisos para edificar nuevas presas en el Ganges. Añadiré solamente como recordatorio que en Alemania, hace ya de ello varios años, se prohibieron los espectáculos circenses que incluyesen animales.

Los vecinos que tenía en el Nepal se conectaban ilegalmente a las redes eléctricas usando largas cañas de bambú. Los de aquí se limitan a bloquear el contador y tienen las luces continuamente encendidas.

Estoy abonado al “The Times of India”, pero, al ser Soni quien se encarga de traérmelo cuando va al bazar, y al no ocurrir así todos los días, a veces recibo cinco periódicos en el mismo momento. A ello se le junta que, debido a las diferencias horarias, los resultados deportivos del domingo no se publiquen hasta el martes, y termino enterándome de las defunciones cuando el muerto ya lleva varios días criando malvas.

Mohamed aconsejaba que no malgastásemos nuestro tiempo con los imbéciles.

Los estudiantes musulmanes de la universidad de Hyderabad organizaron una manifestación exigiendo que se sirviese carne de vaca en la cantina, y el resultado fueron varios muertos, docenas de heridos, vehículos incendiados, y un montón de detenidos.

Ante una nueva ley que obliga a registrar todos los matrimonios, los extremistas musulmanes se han opuesto a ella aduciendo que va en contra de la Sharia.

Después de varios días de lluvias refrescantes, el calor está regresando con fuerza, y las cigarras ya arman alboroto a las siete de la mañana.

Me ha impactado la película “Camino de la Libertad”, en inglés “The Way Back”. Para quien no la haya visto, narra la historia real de unos presos que, después de fugarse de un GULAG siberiano durante la Segunda Guerra Mundial, vinieron paseando hasta la India.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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