La crónica cósmica. Shankar y Raju

Shankar y Raju tienen unos cuarenta años y han sido uña y carne desde que, cuando eran todavía muy jóvenes, se conocieron al venir a Sauraha buscando curro. Shankar es el típico buen chico, suave y amable, al que todo el mundo trata en armonía, mientras que el Raju sigue siendo el muchacho travieso al que los líos parecen buscarle. El primero hizo todo tipo de trabajos hasta llegar a ser cocinero de un restaurante fino donde solamente le pagaban sesenta euros mensuales, mientras que el otro consiguió el titulo de guía, y ha pasado estos años paseando turistas por la jungla.

Ellos me describen cómo era antes Sauraha: sin puente para cruzar el río, y con los animales del parque paseando por sus aldeas como Pedro por su casa. No tenían electricidad ni por supuesto ventiladores, y Shankar me cuenta que, debido al calor, dormían sobre la hierba y bajo las estrellas, y que una noche le despertó un rinoceronte que le estaba olisqueando. Estos días también duerme en el campo, pero en un chamizo a dos metros del suelo, y acompañado por su encantadora esposa, para mantener a raya a los malditos jabalíes que pretenden masacrarle el arrozal porque es el último que queda por cosechar.

Cuando le compro medio litro de leche cada mañanita, el Shankar me invita a tomar una taza de “chai” y a fumar un par de pipas de maría; o sea que hace un negocio de primera. El bisabuelo de su esposa es aquel viejo que se quedó mudo un par de veces al ver como un tigre le mataba unas vacas. Este buen hombre, que gasta una cara de mala leche que acojona, solamente viste una toalla enrollada sobre el trasero ya sea en invierno o en verano, tiene noventa y nueve años, y sigue encargándose de ordeñar a las seis búfalas (nunca han pensado en ordeñar a las cabras…).

Un cocodrilo intentó comerse al perro de Shankar, y aunque le pegó un buen mordisco, el chucho reaccionó rápidamente, esencial para la supervivencia, le clavó los colmillos en los labios, el reptil abrió la boca para exclamar “pero cómo te pasas”, y él salió por piernas. Hasta ahora los cocodrilos que yo había visto por estos alrededores tiraban a ser pequeños como los caimanes del Amazonas, ponle unos dos metros; pero la otra tarde, en plan puesta de Sol, y en una playa cercana como si quisiese lucirse para los turistas, me quedé bastante atónito ante uno que me recordó a los monstruos que corren por Australia.

Y ya que hablo de los turistas y la fauna, debo decir que estoy absolutamente seguro de que cierto rinoceronte jovencito, al que solamente empieza a crecerle el cuerno, cobra un sueldo de la Oficina de Turismo para que se monte el número ante los turistas; espectáculo que ya alcanza su máximo esplendor cuando “papá rino” se junta con su retoño y se dedica a lucir el medio metro de cuerno que tiene sobre el morro. Debido a la “alergia” que me producen los grupos, cada atardecer busco al rinoceronte y a la masa de chinos con cámaras que lo rodean (lo de los japoneses era un juego de niños…), y me largo por el lado contrario para gozar del tan delicado momento a solas, sentado sobre la hierba, y observando como el rápido ocaso cae sobre la jungla.

Los sesenta elefantes domésticos que corren por Sauraha están siempre atados o tienen un jinete sentado sobre el pescuezo, y la otra tarde me quedé bastante sorprendido al ver a uno que iba a su aire. Todavía se encontraba lejos, pero llevaba mi dirección, y yo, siempre atemorizado ante tales mastodontes, me detuve para observarle hasta tener las cosas claras, hasta advertir que era un elefante viejo reviejo, que andaba al ritmo de un buey cojo, y que regresaba hacia su corral después de darse un baño en el río. Tras preguntarle a Raju me enteré que la edad del anciano eran setenta y siete años. No he montado ni una sola vez en los elefantes de Chitwán porque me desagrada el trato realmente sádico que les da la mayoría de los jinetes; así que no me apeno demasiado cuando alguno de ellos termina machacado (los elefantes no olvidan). En el “Kathamdnu Post” apareció un reportaje acerca de un caso totalmente contrario entre un jinete que cuida amorosamente a un macho inmenso cuyos colmillos casi tocan el suelo; entre ellos no había palos ni insultos, y solamente palabras susurradas que el paquidermo atendía a la maravilla. Una prueba del amor que se daba entre ambos estaba en que el elefante se enfrentó a un primo suyo, salvaje y malcarado, para defender a su amable humano.

Hoy empiezan las festividades de Divali (que se podrían comparar a las Navidades…) y el primer día está dedicado a los animales; los afortunados de este año han sido los cuervos y los perros, a los que, en vez de tirarles piedras y darles de palos como hacen habitualmente, hoy los miman y alimentan logrando desorientarles un poco más.

Supongo que si preguntase qué es un “bonobo”, la mayoría no sabría si me refiero a un juego, una seta o un automóvil (¿tendrán un nombres distinto en castellano?) Y lo más sorprendente es que tal desconocido, del que no consta su nombre en la mayoría de diccionarios y sobre el que no se ha escrito un solo libro, tiene el 98´7% de su A. D. N. idéntico al de los humanos. Los “bonobos” son primos de los chimpancés; pero, al contrario que éstos y otros parientes cercanos nuestros como los macacos, son extremadamente pacíficos y miman a sus jovenzuelos. Sin embargo, la prueba de lo civilizados que son los “bonobos” está en que, también igual que en mi pueblo, son las hembras las que mandan y cortan el bacalao, y entre ellos se da una activa y desvergonzada bisexualidad.

Al pensar en los peligros de la jungla, los ciudadanos de Occidente tendemos a pensar, por ejemplo, en los tigres o las cobras, cuando en realidad las responsables de la mayoría de las muertes en estas tierras son las avispas, a las que siguen las hormigas, los perros y los monos macacos.

Durante la guerra civil nepalesa las guerrillas maoístas se presentaron en casa de Shankar y, después de pedirles amablemente que guardasen las distancias, dinamitaron la central de telefónica que había junto a su casa.

Aparte de usar el móvil como linterna nocturna incluso cuando van en bicicleta (las bicis indias no llevan ningún tipo de iluminación), la función más habitual de los teléfonos es la de escuchar música con el volumen al máximo para competir con la que “emiten” los demás.

Al comentar el trayecto en autobús desde Katmandú hasta Sauraha, me olvidé de señalar que la distancia recorrida durante aquellas siete horas de viaje fue la de doscientos kilómetros.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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