La crónica cósmica. Si no lo leo no lo creo

Al darse pocos hechos significativos durante estos plácidos días en Le Teil (¡la France!), hoy he vuelto a desempolvar la máquina del tiempo y haremos un viaje al pasado, al año 2012, y más concretamente al sitio en que he permanecido más tiempo en esta última década: la población nepalesa de Sauraha.

“Il y a des millions de petits chinois, et moi, et moi, et moi” (el amigo occitano, que tiene memoria de elefante, afirma que el texto de esta antigua canción de Jacques Dutronc no era exactamente así). Umm, vaya una forma de empezar, ¿no? El mundo parecía hallarse en armonía con mi paz mental; terminaba otro día de creativa soledad y me senté sobre la hierba felicitándome porque, aparentemente, la pradera me pertenecía en exclusiva. Entonces, a mis espaldas, el ligero crujido de una ramita me advirtió que ya no estaba a solas y, al momento, aparecieron a mi lado unos pies a los que siguieron otros, y otros, y otros, y otros.

No, no era un ciempiés, sino cincuenta mujeres chinas de mediana edad que marchaban en fila india siguiendo a un guía nepalés. Las primeras debían de ser tímidas y no se dejaron llevar por la curiosidad para echarme una mirada; pero cuando lo hizo una de ellas, el resto la copió y me ofrecieron una variada muestra de los diferentes tipos de sonrisas asiáticas. Lo que vino a continuación ya era de esperar: la más osada (¿osas llamarme oso?) sacó una cámara y, haciendo una demostración de sus habilidades mímicas, me pidió permiso para fotografiarme. Con ello, claro, al momento ya habían aparecido cincuenta cámaras que se dedicaban a inmortalizar mi extremado atractivo físico. Pero no habíamos terminado, pues, a continuación, un par de ellas también desearon aparecer en las fotos y, tras entregar las cámaras a sus amigas, se sentaron a mi lado. Evidentemente, muchas de ellas se apuntaron para posar, ahora tú, ahora yo, e incluso, creyendo que yo estaba practicando yoga (sin ver el porro que escondía bajo la mano), hicieron algunas “asanas” para la posteridad. Luego me enseñaron varias de las fotos: en las primeras aparecía un servidor mostrando una digna seriedad, mientras que en las últimas me estaba desternillando de risa ante aquella cómica ópera china.

Según cuentan, en una aldea cercana vivía un granjero que había nacido con el poder de la jungla y, desde que fuera un crío, pasaba la mayor parte del tiempo dentro del Parque Nacional de Chitwán sin preocuparse de los guardas y de las normas. Era un tipo sano y de cuerpo atlético que iba descalzo y vestía solamente un taparrabos. Usaba como arma una sólida caña de bambú con la que plantaba cara, no solamente a señores tan malcarados como el jabalí y el oso perezoso, sino también al mismo rey del lugar, su alteza el tigre, al que había llegado a quitar alguna de sus presas. La fama del granjero incluía mucho valor pero, según creían algunos, también arrogancia, y aseguraban que le estaba faltando al respeto al rey de la jungla. El granjero estaba casado y tenía tres hijos y dos hijas. Las medidas de la cabaña de adobe y techo de paja que les servía de hogar eran las justas para que él y su esposa se acostaran uno al lado del otro; ella lo hacía junto a la puerta y la ventana, y él en el otro extremo, como si de esta forma pudiesen proteger mejor a los pequeños. Una noche, mientras se hallaban todos en el mundo de los sueños, el rey abandonó la jungla, fue hasta la aldea, saltó por la ventana sin que sus trescientos kilos de peso produjesen el mínimo ruido, evitó despertar a la esposa y a los hijos, se acercó al hombre que le había desafiado, lo mató sin darle tiempo a despertar, y se largó por donde había venido sin que nadie llegase a verle.

Otras veces ya había definido al Nepal como el país de la incertidumbre en el que lo último que debes hacer es dar algo por sentado. En esta ocasión se trata de las festividades de Dashain (que en la India se llaman Dussehra), de las que en las últimas crónicas os decía que duraban siete días en los que estaría invitado a comer en la casa de Shankar y Narmada. Pues bien, ahora, tras nueve días de ser cebado como un verraco, me he enterado que, en realidad, las fiestas empiezan mañana y no está nada claro cuándo terminarán. Umm. Me tratan como a un rey: anteayer pescado, ayer pollo, hoy pato, mañana tocino y pasado mañana búfalo, sin que atiendan mis solicitudes de limitarnos a la sana dieta vegetariana. Mientras cenamos bajo el porche de bambú usando mi linterna como lámpara, entre nuestras piernas se mueve una variada fauna que se encarga de limpiar cuanto cae al suelo: la gata, las dos perras (madre e hija), varias gallinas seguidas de sus polluelos, los patos y los patitos, la cabra y los dos cabritos obligados, y también dos lechones charlatanes que llegaron hace pocos días. Esta semana la familia también ha aumentado por el lado de los búfalos con el nacimiento de una criatura dulce y tierna que, poco a poco, empieza a cogerle el gusto a mis masajes.

¿Algunos precios? 1 euro: 111 rupias nepalesas. 1 dólar: 85. 1 lechón: 3.000 rupias. 1 cerdo: 8.000 (las cerdas son más baratas porque a partir de los 6 meses se ponen sexualmente agresivas y han de matarlas (ellos dicen, cortarlas) antes de que lleguen a tener un buen peso). 1 búfalo adulto: 40.000 rupias. 1 botella de ron (de 70 cl.): 800. 1 litro de gasolina: 135. 1 paquete de 15 bidis: 5. Uno de 20 cigarrillos: 40. 1 litro de leche: 50. 1 kilo de carne de cerdo: 250 rupias. Alquilar un desgranador de arroz durante una hora (están en época de cosecha): 150 rupias. Un curso escolar (14 años de edad y en una escuela de pago): 60.000 rupias. Salario de un policía: 10.000 rupias mensuales.

El policía al que pregunté cuánto cobraba había venido a la casa de Shankar y Narmada para llevársela a ella a comisaría. La razón: el impago de unas obras en las que se liaron junto con el señor Tolstoi, pero que se quedaron paradas cuando éste los mandó a paseo. Era lógico: se metieron en la movida sin poner los planes por escrito ni poder entenderse correctamente debido al idioma. El recorrido de tres kilómetros hasta la comisaría ya se había repetido varias veces, y siempre terminaba con la promesa de pagar cuanto antes. Sin embargo, en las otras ocasiones se los habían llevado a ambos a pesar de que el terreno y las facturas estuviesen a nombre de Narmada, y en ésta solamente la quisieron a ella. Transcurridas unas pocas horas el jefe de la policía telefoneó a Shankar pidiéndole por favor que se presentase cuanto antes en comisaría y les librase de su mujer, que no había dejado de darles la bronca acusándoles, como si ellos fuesen responsables de sus problemas. Shankar, al oír los gritos de su mujer a través del teléfono, sonrió encantado de tener por compañera a esta guerrera que se enamorara de él a los catorce años.

FAUNÓPOLIS – Un hombre de setenta años fue pisoteado y muerto por un elefante salvaje cuando intentó echarle de sus arrozales.

De mañanita, y después de cruzar bajo el bosque, llego frente al río Rapti. Una densa neblina lo cubre todo de tal manera que ni siquiera puedo ver las llanuras del parque nacional que nacen en la orilla contraria. Oigo el canto del agua, pero no la veo. Cuando los primeros rayos del sol logran atravesar el manto blanco, el cauce, que sigue siendo invisible, se transforma en una pista dorada que corta la blancura.

Un gallo silvestre y multicolor pasa volando por encima de mí con la agilidad de una paloma.

Un leopardo ha matado a su catorceava víctima humana.

Los cerdos de Sauraha engordan comiendo hierba; los atan en diferentes lugares, igual que hacen con las cabras, y van limpiando la jungla a bocados.

Ayer Shankar y yo estábamos junto al río Rapti durante la puesta de sol cuando me mostró un ciervo pinto que cruzaba por un claro entre la hierba de elefante; a éste primero le siguió otro, y luego otro, y otro y otro: contamos veintidós.

Aunque me repita, no puedo evitar comentar de nuevo los extraños sonidos que hacen los elefantes, porque son indescriptibles y, sin duda alguna, irreconocibles para un lerdo, pues no creeríais jamás que pudiesen provenir de ellos.

Al bebé de rinoceronte que se quedó huérfano le han puesto un tutor que, igual que al del elefante, le está enseñando a seguirle como si fuese un perrito.

Las empresas turísticas se han salido con la suya y el gobierno indio ha levantado la prohibición de meter las narices en las zonas en que se crían los tigres.

SI NO LO LEO NO LO CREO – En un periódico coreano (que llegó a mis manos siguiendo los caminos más insólitos) aparecía esta recopilación de errores cómicos leídos en carteles de las cuatro esquinas del mundo. Pido disculpas a los que no habláis inglés, pues se trata de los típicos juegos de palabras cuya gracia no se puede traducir:

  • “There will be a Moscow exhibition of arts by 15.000 Soviet Republic painters and sculptors. These were executed over the past two years”.
  • “Teeth extracted by the latest methodist”. Hong Kong.
  • “Please don’t feed the animals, if you have any suitable food give it to the guard on duty”. Zoo de Budapest.
  • “Specialist in women and other diseases”. Italia.
  • “Drop your trousers here for best resolts”. Lavandería de Bangkok.
  • “Ladies are requested not to have children in the bar”. Noruega.
  • “Special cocktails for the ladies with nuts”. Tokio.
  • “Ladies, leave your clothes here and spend the afternoon having a good time”. Lavandería en Roma.
  • “You are invited to take advantage of the chambermaid”. Hotel de Tokio.
  • “Would you like to ride on your own ass?”. Tailandia: anuncio para montar en burro.
  • “To stop the drip, turn cok to right”. Finlandia.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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