La crónica cósmica. Sobredosis de endorfinas

Mi amigo Don Enrique Díaz de Bethancour y Diaz de Aguilar, Enriquito para los amigos, a veces bromeaba diciendo: “Ay, ay, ay, ay, ay, qué viejito soy y qué poco me quejo hoy”. Yo le he plagiado al despertar esta mañana con la sensación de haber cumplido ya los noventa y nueve años. Pero no creáis que se debiese, pongamos por caso, a una enfermedad, no, se debía al fiestón que nos pegamos ayer con el Señor Tolstoi, que debió de ser sonado porque sólo recuerdo algunos fragmentos alternados.

Otra prueba son las notas que tomo habitualmente y que en estos casos acostumbran a ser ilegibles o incomprensibles, si no ambas cosas.

No sé si a vosotros os ocurrirá igual, pero este caos pandémico auspicia mis ganas de desenfreno como si adivinase que me quedaran cuatro días. Ya lo dije en otra ocasión: algunos frenan mientras otros aceleran. Ya que he mencionado la pandemia, y aunque no os voy a amargar el día hablando de ella, sí os informaré que anteayer el gobierno de Malasia decretó que las fronteras de aquel país permanecerían cerradas como mínimo hasta fin de año.

VIDA DOMÉSTICA

En esta soledad, tan de mi gusto, que comporta esa extraña época, sigo practicando diariamente las tres lenguas que hablo, en un caso mal, en el otro peor y en el tercero, fatal. El castellano, aparte de escribirlo tres horas todas las mañanas, lo practico con un vasco que tiene un gimnasio y reside a las afueras de Sauraha. Con mi paisano y anfitrión, claro, hablo en catalán. Luego, ya, con mi macarrónico inglés, acompañado de mucha mímica, me comunico con los “sauraheños”, que, de todos modos, pertenecen a distintas etnias y tienen sus propios idiomas.

Umm, este tema no estaría completo si olvidase mencionar el peculiar vocabulario que han creado el Señor Tolstoi y mi paisano para hablar con sus esposas nepalesas en un supuesto inglés que, en un caso, está salteado con palabras del alemán y el ruso, y en el otro con las del castellano y el catalán; además, si así lo desean, pueden darles un sentido distinto, como el “simple” del amigo ruso, que significa bonito.

Al mediodía yo como el obligado “dal bhat” sentado en el jardín contemplando las mariposas y los pájaros. A pesar de que normalmente son contadas las personas que se hallen por los alrededores, que además son todas de mi gusto, ayer descubrí de pronto que me habían dejado completamente solo y sufrí una sobredosis de endorfinas.

Mi amigo Shankar compró un gallo de una raza especial: es negro de los pies a la cabeza, o sea de las patas hasta la cresta (sí, la cresta, el pico y los ojos) y cuya carne es supuestamente medicinal. Sirve para curar esto, aquello y todo lo demás. Vamos a ver si los pollitos también le salen negros. Cuando me lo mostró sin apercibirse de mi dudosa expresión, puso una cara parecida cuando le dije que, en esta estación tan calurosa, los huevos se podían guardar en la nevera: “¡¿Cómo?!”.

Hará cosa de cuatro años la madre de Ranjana, que tiene mi edad y es una campesina de la etnia tharu hasta la médula, hizo algo tan novedoso para ella como lo fue volar de Katmandú a Bruselas para visitar al mayor de sus hijos, un renombrado masajista que reside allí desde hace un par de décadas y está casado con una mujer belga. Cuando me cuentan una anécdota como ésta, imagino ilusionado las sensaciones que tendría tal persona al hacer algo insólito para ella. ¡Pero si ya debió alucinar al entrar en el cutre aeropuerto de Katmandú! Y después el gran momento del despegue, con la espalda pegada al asiento, los motores atronando y los ojos tras la ventanilla viendo cómo el suelo se aleja y los edificios empequeñecen.

Tras deciros que es una mujer de campo, ¿a que no adivináis qué souvenir belga le trajo a su marido? ¡Un auténtico transistor idéntico a los que la gente usaba en los años sesenta! Yo creía que ya no existían, y ahora el padre de Ranjana escucha la radio mientras repara la red que usa para pescar pececitos en la alberca donde reside el nuevo cocodrilo. Supongo que él y yo somos los últimos seres humanos que no tenemos un teléfono móvil.

Sucesos. Un joven que repartía garrafas de agua a domicilio en un triciclo, al dejar una en la solitaria casa del canadiense Michael y ver, a), su ordenador junto a la entrada, y b), que no había nadie por los alrededores, descubrió de pronto su vocación de mangante, metió el ordenador en la cabina del triciclo y salió cagando leches. Al contrario de lo que quizás creyese en aquellos momentos, ése no era su día de suerte porque el camino por el que iba terminaba al llegar a la calle, frente al jardín de Shankar, donde yo estaba tomando mi chai matinal y le vi perfectamente, pudiendo describir el vehículo.

Sin embargo, yo no hubiese sabido lo del hurto de no haber sido porque también se cruzó con otro testigo que sí lo hizo. Era una mujer francesa, maestra de yoga y casada con un nepalés, que es la única vecina de Michael y, quien, tras ver al ladrón, descubrió lo que había sucedido y dio la alarma. Unas imágenes mentales: ella regresó rápidamente a la calle con su Vespa, yo le indiqué la dirección que había tomado el mangante, ella le pidió a Shankar que la acompañase, él trepó en el escúter y empezaron la persecución.

Más tarde, cuando yo regresaba hacia mi cabaña, me crucé con ellos. Ahora también estaba Michael con su moto. Habían recuperado el ordenador, pero la parte más insólita de ese incidente había sido su final porque, cuando dieron alcance al ladrón y le denunciaron ante el vecindario en el que estaba vendiendo agua en esos momentos, el único castigo que recibió fueron un par de bofetadas que le propinó un brahmán. Ni policía, ni denuncia, ni, ni, ni, ni: Nepal is different.

El segundo confinamiento del Nepal no impidió que mi servicial camello llegase hasta mi puerta circulando por pistas forestales. No obstante, esta vez se retrasó un poco debido a una curiosa tradición de su etnia: su esposa acababa de parir y él tuvo que permanecer quince días a su lado sin salir de casa, momento en que darían nombre al bebé.

La plácida vida de Sauraha: por “culpa” del silencio, oigo el pitido de mis oídos. Me crucé con un crío que aún no tendría dos años e iba a su aire por la calle: “Voy a dar un paseo y ahora vuelvo”.

De forma parecida a los avaros que se corren de gusto contando su dinero, yo recuerdo mis viajes echando simplemente una mirada a mis limitadas posesiones: la camisa kurta india de Jaisalmer, las sandalias tailandesas de Kanchanaburi que ya se caen a pedazos, el bloc vietnamita de Hanoi, el bolígrafo malayo de Kuala Terengganu, las gafas laosianas de Luang Prabang con su funda alemana de la Selva Negra, el bañador de Bangkok, los calzoncillos indios de la marca Macho que compro cada año en una tiendecita diminuta de Katmandú, los cascos nepaleses de Sauraha, el cenicero indio de Varanasi, la bolsa marroquí de cuero para el costo, la navaja francesa Opinel y las tijeras de Fuerteventura.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Comparad vuestros temores, muchas veces infundados, con los de las personas que viven peligrosamente todo el tiempo y duermen en cabañas de adobe soñando con elefantes o tigres. Comparad vuestros temores con los que sufrían los judíos en la Rusia zarista o en la Alemania nazi, o los que sufren actualmente los palestinos de Gaza. Comparad vuestros temores con los de quienes pueden perderlo todo en cualquier momento debido a las inundaciones o las avalanchas.
  • Soy sincero gracias a mi gandulería innata, pues la mentira es parecida a una carga pesada.
  • Cuando leo noticias acerca de las frecuentes agresiones de los guardas de seguridad que actúan como unos nazis en los transportes públicos, las estaciones, las discotecas y en los centros comerciales, me pregunto si esos mamarrachos habrán pasado algún test psicológico antes de dejarles blandir la porra.
  • Vicios adictivos: criticar, aconsejar, ordenar y obedecer.
  • El fin de mi vida no me sorprenderá porque lo he dado por sentado muchas veces en las que no sucedió.
  • No hagas promesas que no vayas a cumplir, pero tampoco las que sí cumplirás, porque entonces ya no hace falta hacerlas: soy cumplidor, así que no hago promesas.
  • Por lógica podría existir todo lo que no haya sido demostrado científicamente que no existe, como el poder curativo de algunos chamanes.
  • Hay incidentes en los que no tenemos tiempo para pensar y sólo cuentan los reflejos, pero la mayoría de veces vale la pena reflexionar un instante antes de reaccionar, por ejemplo, rompiendo algo.
  • Cuando curré de vaquero, en algunas ocasiones las vacas que ordeñaba me daban patadas. ¿Lo harían porque ese día no les apetecía que les tocasen las tetas como les pasa a veces a las mujeres?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.