La crónica cósmica. Soñé con devolverles la Tierra a los animales

La crónica cósmica. Soñé con devolverles la Tierra a los animales
1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (4 votos, media: 4,75 de 5)
Cargando…

El adjetivo que mejor me define es auténtico. No lo digo solamente porque sea un auténtico papanatas, sino porque siempre fui auténtico. De pequeño no habría podido ser un niño más auténtico, que es sinónimo de pesado e insoportable: me gustó tanto ese niño que lo he mantenido vivo a hasta hoy. Una prueba de ello es que todavía no he dado con la respuesta a qué quiero ser de mayor. Asimismo, mi versión de adolescente no hubiese podido ser más auténtica; tanto que podría servir el título de cierta canción: “Todo acelerado y sin saber adónde ir”.

Supongo, y es sólo un suponer, que le debo esa autenticidad sobre todo a mi candidez y a mi credulidad, dos virtudes o defectos, al gusto, que, mira por donde, también son propias de la infancia, y que me entregué en cada etapa de mi vida con un fervor total. ¡Soy un devoto de la vida! Antes de que “enloqueciese” al poner los pies en la India y encontrase a Dios en la jungla, mi fe era más terráquea que celestial, y siempre creí firmemente en lo que hacía, ya fuese, por ejemplo, como funcionario, finquero, automovilista, pinchadiscos o como locutor.

Umm, me estoy yendo por las ramas. Regresemos a mi adolescencia y al día en que, a los catorce años, me expulsaron de la escuela por no estudiar (“Su hijo no es que sea completamente tonto, pero no se esfuerza” ¡Ja!) y hallarme frecuentemente metido en líos. ¡La de hostias que recibí! ¿Será por eso que soy pacifista y jamás me he peleado?

Conservo mis cartillas de calificaciones escolares y os puedo asegurar que, en cuanto al número de suspensos, no me superaba ningún compañero. También he conservado algunos libros, como los de latín, que están completamente nuevos como si nunca hubiesen sido abiertos. ¡A quién se le ocurre aprender una lengua muerta! Las únicas asignaturas que aprobaba eran geografía, inglés y mecanografía.

Por favor, no creáis que me esté vanagloriando de esos nefastos resultados escolares. Además, me puedo excusar de ellos alegando que no fue totalmente culpa mía, sino, sobre todo, de mi mente. Una mente que siempre ha pecado de indómita y, debido a que hace lo que le sale de las narices (¿las mentes también tienen narices?), no prestara atención y no recordará nada que no le interese.

El fin de la parrafada que llena esas líneas anteriores era decir que cumplí los catorce años siendo un portento de incultura (lo único que aprendí en el internado fue a luchar por mi libertad). En cuanto a lectura, aparte de los tebeos de Tintín, cero, pues no había leído ni una sola novela en mi vida. El maestro que enderezó mi camino, convirtiéndome en un adicto a la lectura, fue mi amigo Magí al regalarme ocho volúmenes preciosos. Cuatro de ellos incluían las obras completas de Lovecraft: ¡Mamá, tengo miedo!

Había dado mis primeros pasos por el mundo de la fantasía con el maestro Lovecraft, pero fueron los otros cuatro libros los que abrieron un sinfín de puertas en mi mente como si fuesen setas mágicas, porque eran una recopilación de relatos de ciencia-ficción, que entonces se llamaban novelas de anticipación. Aunque ya había “viajado” por el espacio acompañando a Tintín y el capitán Haddock cuando visitaron la Luna, aquellos relatos de ciencia-ficción fueron parecidos a un tónico que desató mi desmadrada imaginación.

De todos modos, el tema que me atraía más era el de “el día después”, y a pesar de que no desease la llegada del Apocalipsis o el fin del mundo (bueno, un poco sí, pues siempre soñé con devolverles la Tierra a los animales), hubiese querido ser el último Homo Sapiens (estoy leyendo “Sapiens”: muy interesante) y pasearme a solas, pongamos por caso, por Topkapi o La Alhambra.

Pensé en todo esto mientras regresaba anoche hacia mi cabaña con el sonido ambiental de las ranas cantando en los arrozales inundados y el perfume de las flores en el aire. Sauraha (Chitwán, Nepal), igual que tantas otras poblaciones del mundo, ha tomado el aspecto de un pueblo fantasma debido a la pandemia de coronavirus, y hubiese podido creer que yo era único habitante de nuestro pequeño planeta. Afortunadamente, no era así, y al llegar a casa encontré a mi paisano cocinando unas albóndigas muy sabrosas y a su mujer esperándome con una botella de buen ron.

Mejor no estar completamente solo, ¿verdad? Pero ya conocéis mi adicción a la soledad, y me encanta la versión de Sauraha sin vehículos ni turistas. El silencio que reina me permite escuchar las voces de los niños que juegan a cien metros de distancia, y el canto de los pájaros parece amplificado. Esta situación me recuerda un poco a la que se dio tras el Gran Terremoto, que solamente afectó a Sauraha vaciándola de turistas y dándole una tranquilidad insólita.

Ya que he terminado hablando de la maldita pandemia, explicaré a quienes pueda interesar que el gobierno del Nepal ha extendido el Estado de Alarma (versión nepalí) hasta el 4 de abril, y el tráfico aéreo internacional solamente se reabrirá a partir del día 15 de ese mismo mes.

El tema de lo que yo denomino arresto domiciliario no acaba de estar claro (nada extraño en un país como éste). El primer día, una patrulla del ejército quiso detener a mi amiga Narmada cuando se dirigía a la carnicería tras haber anochecido. De día hay más permisividad de movimiento. La cosa no pasó de ahí pero, al poco, la misma patrulla detuvo a un pobre tipo que había estado pescando en el río con mucho éxito y se las prometía muy felices. Narmada fue testigo de cómo le recriminaban por circular de noche en bicicleta, por no cubrirse con una máscara y por haber estado pescando; ella apartó la mirada cuando empezaron a apalearle con cañas de bambú. Luego lo metieron en el jeep y se lo llevaron arrestado al cuartel. Supongo que el pescado terminaría en la mesa de los oficiales.

Al no tener a nadie cerca mientras ando, yo llevo la máscara en el bolsillo y me la pongo solamente si me cruzo con alguna de esas patrullas militares. Me sucedió un par de veces y no me dijeron nada, a pesar de que ya había oscurecido. No sé cómo se lo tomarían si me cogiesen a medianoche y haciendo eses por la calle cuando regreso de jugar a backgammon con el Señor Tolstoi. Otra de nuestras distracciones favoritas es mirar vídeos graciosos de animales: ¿puede haber algo más encantador que un gato acariciando a un periquito, una gata amantando a seis puercoespines o un chihuahua jugando alocada y amigablemente con un ratón y un gato siamés?

Cuando Michael, el trotamundos canadiense que dirige “Stand Up 4 Elephants”, decidió instalarse en el Nepal hace unos años, lo hizo pensando que, si el mundo se venía abajo por la razón que fuese, este país sería de los pocos que saldría adelante. Aparte del virus que hasta ahora “nos” ha respetado bastante, en mi caso la premonición de Michael en cuanto a la autosuficiencia se ha convertido en realidad porque, aunque todo el país permaneciese completamente cerrado durante varias semanas más, mi estómago no se quedaría con hambre, pues las verduras, las finas hierbas y las patatas que como son del huerto familiar, que por cierto está rodeado de maría silvestre por todos lados. Lo mismo puedo decir del arroz o del aceite de mostaza. Os recuerdo que el agua es subterránea. Pero no habíamos terminado, pues, además de patos y gallinas, el padre tiene una alberca en la que cría unos peces muy sabrosos, y la madre destila un “roxi” (licor) que se las trae. Esa mujer parió la friolera de dieciséis hijos, pero de ellos solamente siguen vivos la mitad.

En la carretera nacional que pasa por Tari Bazar permiten circular con bicicleta durante el día, pero no así los vehículos motorizados como las motocicletas, de las que la policía ya ha requisado más de un centenar. En mi pueblo dicen, “hecha la ley, hecha la trampa”, y una chica de Pokhara a la que “arresto domiciliario” la cogió aquí en Sauraha, logró regresar a casa consiguiendo un certificado médico conforme estaba enferma. Luego contrató los servicios de una ambulancia en la que viajó confortablemente acostada en una camilla: el mejor servicio de taxis del Nepal.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Send this to a friend