La crónica cósmica. Soy un hikikomori

DIVERSIDAD. Cada río, cada montaña y cada selva tiene su propio aspecto, clima, flora, fauna e incluso lo que denomino su carácter. El río Nilo es completamente distinto del río Congo, y todavía se parecen menos el río Negro o el Tapajós al Amazonas, a pesar desembocar ambos en él. Las junglas malayas de Taman Negara y las indias de Periyar son tropicales y casi se hallan en la misma latitud, pero esas son sus únicas similitudes. Lo mismo podría decir entre los Andes y el Himalaya, que, aún siendo las dos cordilleras jovencitas y en proceso de crecimiento, no se asemejan en nada, pues, por poner un ejemplo, la primera de ellas tiene unas inmensas pampas a más de cuatro mil metros de altitud, mientras que el Himalaya se distingue por sus altos picos.

Con los mares y los océanos ocurre lo mismo, pero, al no ser yo un marinero, sólo puedo opinar por lo que veo desde sus costas. Las cálidas aguas del Mar de la China Meridional, y por supuesto su fauna y su flora, son diferentes a las del Océano Pacífico que bañan las costas sudamericanas, con la corriente extremadamente fría que asciende desde la Antártida. Por cierto, cuando Magallanes bautizó al Pacífico debió de llegar frente a ese océano en un día en que estaría especialmente calmado, pues, por lo general, no tiene nada de pacífico. Con las aguas de la Bahía de Bengala y las del Mar de Arabia, unas al este de la India y las otras al oeste, se da un caso similar, pues las primeras muestran siempre un aspecto peligroso, con las olas luchando entre ellas y montando unas sobre otras; mientras que las segundas, aunque también llegan a la costa con un fuerte oleaje que puede formar un muro de dos metros frente a ti, tras superarlo te encuentras con una mar plácida en la que da gusto nadar entre los delfines.

Para ser más sincero tendría que haber empezado estos párrafos con mi típico “me parece, y es sólo un parecer”, porque, lógicamente, mi opinión se basa en la pequeña parte que he visto de esos inmensos ríos, montes, selvas y mares. Pensé en este tema cuando los amigos valencianos me llevaron de excursión a visitar algunos de los quince preciosos miradores del Mar Mediterráneo que hay alrededor Xàbia (Jávea), que os enumero a continuación por si queréis echarles un vistazo en internet: Mirador de Els Molins, del Cap de Sant Antoni, de la Punta de l’Arenal, de la Séquia de la Nòria, de la Cala Blanca, de Caletes, de la Creu del Portixol, de L’illa, de La Falzia, del Cap Negre, del Cap de la Nau, de Les Pesqueres, de Ambolo, del Castell de la Granadella y de la Granadella. Durante aquella ilustrativa excursión descubrí que, a pesar de que la Tierra se haya convertido en mi hogar (y en mi patria: soy terráqueo, pero marcianito…), el Mediterráneo me provocaba un sentimiento especialmente entrañable y distinto al de los otros mares. Los romanos lo llamaban Mare Nostrum, o sea nuestro mar, y supongo que podría ser el topónimo que le diesen en todos los países que se encuentran en sus costas.

Mi difunto amigo Enriquito Díaz de Bethancour y Díaz de Aguilar, que había nacido en las Islas Canarias, bañadas por el Océano Atlántico, decía bromeando que el Mediterráneo era un charco. Alguna razón tenía, pues, aparte de sus pocas dimensiones y de que está rodeado de tierra por todos lados a excepción del Estrecho de Gibraltar, (¡Gibraltar español! ¡Ja!), sus tormentas y sus mareas se quedan en nada si se las compara a las de otros mares: cuando baja la marea en algunas de las playas tailandesas de Krabi, en el Mar de Andamán, el mar se aleja una distancia considerable.

MIRA LO QUE PIENSO

He dado a esta crónica el título de diversidad pensando no solamente en la diversidad que es imprescindible para una naturaleza sana, sino también en la de nuestra vida, que será más plena, profunda y satisfactoria si incluye una buena diversidad de experiencias, conocimientos e ideas.

Ayer también pensé en la diversidad mientras veía un programa de la televisión local “à punt” (a la que es muy aficionado el amigo valenciano) en el que entrevistaban a un experto culinario que hablaba en castellano mientras el presentador se dirigía a él en valenciano y la presentadora lo hacía a ratos en uno u otro idioma. Después apareció una cocinera que, a pesar de hablar supuestamente en valenciano, soltaba barbarismos a destajo como lo hacía mi difunto padre. Este simpático descontrol tenía que ver con la forma de hablar de las distintas comarcas del “País Valencià”, muchas de las cuales hacen frontera con Castilla, y pensé que las fronteras culturales no están formadas por una simple línea como las políticas, sino que tienen una anchura que puede alcanzar docenas de kilómetros. Ambos casos serían inimaginables en la televisión catalana, medio de comunicación desde el que se educa a los espectadores para que aprendan a hablar correctamente el idioma catalán.

Entre la colección de personajes que aparecen en la novela “Sin Asunto” que estoy escribiendo, hay un par de guerrilleros (uno es somalí y el otro, neoyorkino) que, ante la certeza de su inmediata muerte, charlan filosóficamente acerca de la vida, y dicen: “En las trincheras no hay ateos”.

Jugar al backgammon es parecido a un ejercicio físico con el que mantengo en forma a mi mente, pues exige llevar continuamente a cabo cálculos y desarrollar una estrategia con gran rapidez. Lo más interesante y divertido es que los resultados son impredecibles, aunque sí lo sean los movimientos del contrincante, pues el backgammon siempre te sorprende.

Mis hermanas me preguntaron cuándo regresaría a mi pueblo y pensé que lo haría cuando pudiese hacerlo sin cubrirme con una mascarilla.

La mascarilla puede que no te proteja completamente, pero sí protege a los demás de ti: vi volar a contra sol un poco de saliva de la boca de un hombre que comía conmigo y fue a caer en la bandeja de la comida.
Tras mostraros en una antigua crónica las estadísticas acerca del número de armas de fuego que había en distintos países, el amigo californiano me explicó que en Norteamérica la venta de armas había aumentado una barbaridad durante el mandato de Obama, porque la gente temía que su gobierno las prohibiese y querían hacer acopio de ellas; mientras que, por el contrario, con un pistolero como Trump en la Casa Blanca, había disminuido hasta récords históricos. Supongo que los fabricantes y vendedores de armas pertenecerán todos a la obtusa “Asociación Nacional del Rifle”, cuya máxima filosofía es: “Si no nos armamos nosotros, sólo lo estarán los malos de la película”.

En el Japón hay 24 comercios de la alimentación por cada 5 bares, en la India son 25 por 8, en Francia son 5 y por 9, y en España hay un comercio de alimentación por cada 4 bares.

En cada país que visito trato de usar los productos locales, pero casi siempre descubro en los envases y en letras pequeñas que tal o cual marca pertenece a una multinacional, ya sea una cerveza, un champú, una pasta de dientes, e incluso el agua que bebo.

Falacia oficial: la estadística de que un alto porcentaje de yonquis empezó fumando maría no incluye qué tanto porciento de los que la fumaron y jamás tomaron otras drogas, o cuántos alcohólicos empezaron con un vasito de vino o una cerveza.

¿Conocéis el nombre de una seta india llamada CUMPUSHI?, pues será mejor que os informéis porque, según afirman, lo cura todo. Crece flotando en el agua, y en Francia hay un médico que ha dejado de preparar y prescribir otras medicinas, pues dando de beber el agua maravillosa de la CUMPUSHI soluciona cualquier enfermedad.
Una constante de la India y el Nepal, que he notado más al venir a Occidente, es que todo está mal diseñado, mal fabricado, mal instalado y mal conservado (desde los muebles a las cortinas pasando por los retretes, los grifos, los electrodomésticos, etcétera). Unos alicates se usarán como si fuesen martillos, la broca de una taladradora estará mal colocada, varios hombres se sentarán en el mismo lado de una barca escorándola peligrosamente, los peldaños de las escaleras tendrán distinta altura y no podrás en manera alguna descenderlos corriendo y sin mirar donde pones los pies porque te romperías algún hueso, y los tiques del tren estarán invariablemente mal impresos por el simple hecho de haber colocado mal el rollo de papel en la impresora: ¡Las cosas mal hechas siempre salen caras!

El difamador es igual de rastrero que quienes difunden como un eco la difamación que él ha inventado.

En la divertida novela “El Viaje del Elefante”, de José Saramago, el maestro portugués afirmaba como si se dirigiese a alguien como yo que en la escuela no aprendió prácticamente nada, y decía jocosamente “La cosa buena que tiene la ignorancia es que nos defiende de los falsos saberes”. ¡Genial, ¿verdad?!

La locura, la estupidez, la inteligencia o la simpatía de una persona ¿aumenta dependiendo del número de personas que opinan acerca de ella, o es la misma si está sola como Robinson Crusoe?

¿Qué sienten los críticos al evaluar negativamente unas artes (música, literatura, cine), a pesar de que éstas pongan al público a mil?

¿Qué creen los teólogos al tratar de desarrollar racionalmente algo que sólo se puede sentir?

¿Qué piensan los devotos de los dogmas que les han impuesto?

¿No es así que sentimos la pérdida de la persona amada como el órgano que te sigue picando después de ser amputado?

La donación de órganos de un difunto ¿no tendría que ser sistemática a menos que hubiese un documento especificando lo contrario?

¿No debería haber un servicio social que entrevistase anualmente a todo el mundo en privado preguntando si deseaba seguir en un matrimonio o una pareja o prefería dejarlo inmediatamente sin un solo reencuentro más?

¿Valoras tus días por la satisfacción que sientes al acostarte por la noche?

La crónica cósmica. Soy un hikikomori

Soy un hikikomori, pero al aire libre. Hikikomori: trastorno que consiste en encerrarse en en una sola habitación y no salir durante un periodo de tiempo prolongado.

Me negaría a sobrevivir si para hacerlo tuviese que dejar de vivir.

Me engañaban con su silencio.

Aprecio especialmente a quienes me habéis visto hacer gilipolladas sin inmutaros.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.