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La crónica cósmica. El terremoto

La crónica cósmica. El terremoto
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EL TERREMOTO. En esta ocasión, y antes de que empecéis la lectura, es más imprescindible que nunca recordaros que estas crónicas no son actuales, y que os llegan con más de dos años de retraso por unas razones que no vienen al caso (“¿Será porque te sale de los…?”). ¿Vamos allá?

Si os hubiese mandado la última crónica una hora más tarde, habría podido daros la primicia acerca del terremoto que asoló Nepal: ¡Noticias de Última Hora! Pero, claro, esto tampoco habría sido posible porque desde ese momento nos quedamos más de dos días sin electricidad ni Internet. A mí me cogió literalmente con los pantalones bajados, pues acababa de almorzar y estaba tumbado sobre la cama con un libro en las manos disponiéndome a hacer la siesta llevando como toda indumentaria mis calzoncillos de fina lencería.

Sucedió alrededor del mediodía. El primer aviso fue un ruido sobre el tejado que atribuí erróneamente a uno de tantos animales que lo usan de autopista. Un instante después todo empezó a moverse, los muros, el suelo, y por supuesto las lámparas y los muebles. Cuando iba a salir disparado al jardín, pensé en mi aspecto, y dediqué unos preciosos segundos en ponerme los pantalones comprobando con ello que la opinión de los demás me dominaba más que el temor. Tras abandonar la cabaña descubrí que me hallaba bajo un árbol tamarindo que temblaba al ritmo que marcaba la Tierra, y me apresuré a reunirme con el resto del personal en medio del jardín en el momento en que también lo hacía la hija de la casa viniendo de la ducha y cubriéndose con una toalla. Al hermano sordomudo de Shankar lo cogió agachado en el retrete, y sus explicaciones mímicas de lo sucedido ya han pasado a formar parte de las anécdotas cómicas de la familia.

El suelo se movía lanzándome de un lado a otro y debía acomodarme a su ritmo como si estuviese en una embarcación. El temor, la impotencia y la desorientación que sentía eran muy especiales. Pensé en la afirmación de cierto Papa, “Todo se mueve”, y también en lo afortunados que éramos al no hallarnos en un quinto piso y rodeados de edificios altos. ¿Qué estaría pasando en las ciudades?

El agua de una palangana iba de un lado a otro como si la removiesen. Los cristales repiqueteaban tratando de salirse de las ventanas. Pareció durar una eternidad aunque no fue en manera alguna tan fuerte y espectacular como el terremoto que “gozáramos” con el amigo californiano en el año 1986 junto la residencia del Dalai Lama. Después de haber supuestamente terminado, yo continuaba notando bajo los pies descalzos un sutil pero constante movimiento (más tarde comprobamos con un teléfono móvil “modelno” que así era realmente).

Todavía no sabíamos que en Sauraha nunca había habido un terremoto de tal magnitud. Durante la siguiente hora eché varias cabezaditas de las que en cada ocasión me sacó un nuevo temblor; las tres primeras salí corriendo al jardín, la cuarta continué acostado, y la quinta no desperté. Las dos casas que están construyendo mis amigos pasaron la prueba de fuego sin sufrir daños. En realidad alrededor de Chitwán no se hundió ningún edificio, y los seis muertos que hubo se debieron al miedo, a unos provocándoles un paro cardíaco, y al más papanatas aconsejándole saltar por una ventana.

Enseguida empezaron a esparcirse lo que en la mili denominábamos como macutazos, o sea rumores (la policía ha detenido a varios tipos por hacerlo) tan descabellados como asegurar que a las doce en punto de la noche habría un nuevo terremoto que duraría exactamente siete minutos; el mejor: “La Luna ha cambiado el sentido de su órbita”. Todo el mundo (menos yo) durmió bajo la estrellas, y muchos lo hicieron junto a unos muros que de darse el caso les hubiesen podido caer encima. Hubo un nuevo temblor poco antes de las cinco de la madrugada, y el instinto animal me despertó inmediatamente.

Hay muchas partes del Nepal a las que todavía no ha llegado ayuda. Hasta el momento se calcula que se habrán venido abajo seiscientas mil casas, y junto con éstas los templos más emblemáticos protegidos de la UNESCO de Katmandú (la Torre Dharahara parecida a un minarete se vino abajo con doscientos cincuenta visitantes en su interior), Patan y Bhaktapur.

Hoy, seis días después (continuo notando temblores de vez en cuando), siguen encontrando supervivientes y desenterrando cadáveres (ya han superado los seis mil). Una mujer sobrevivió enterrada treinta y dos horas gracias a una puerta que le cayó encima. A pesar de verse desbordados porque, como es habitual, no tenían nada preparado, el gobierno del Nepal se ha negado a dejar aterrizar aviones y recibir ayuda de varios países. Desde entonces han abandonado el Valle de Katmandú 436.906 personas (¿acaso tienen a alguien que los cuenta juntando palitos?).

Este terremoto no debería haber sorprendido a nadie, pues, como una muerte anunciada, “los entendidos” habían estado advirtiendo durante los últimos años que se preparaba algo fuerte. Cuando se restableció el servicio eléctrico la gente de Sauraha se pegó a los televisores viendo continua y repetidamente imágenes de la destrucción hasta hartarse. Algunos atribuyen este desastre al mal karma alegando que al vender tiques para visitar los lugares sagrados, los estaban prostituyendo: ¡El negocio se les ha venido abajo juntos con los edificios! Si hubiese sucedido durante el frío invierno o los monzones, habría sido mucho peor.

Para un servidor tal calamidad tuvo su parte positiva en el aspecto de que Sauraha se ha vaciado completamente de turistas y he recuperado la exclusividad de ciertas partes de la jungla que me habían sido arrebatas. Os daré unas imágenes que aclaren a qué me refiero: Tratando de huir de “la turisma”, un día me había metido por uno de esos senderos invisibles que, debido a la densidad, solamente encontrará quien sepa exactamente dónde se hallan, y cuál no sería mi sorpresa cuando llegó a mi olfato un perfume artificial al que enseguida se le juntaron otros; me detuve asombrado, y observé a mí alrededor, o, mejor dicho, escuché, ya que de ver, poco veía; nada, sólo silencio; pero después alcancé a un grupo de turistas que seguían obedientemente a un guía.

Vuestros correos me emocionaron, gracias. En cuanto al consejo de que aprovechase la oportunidad de ser evacuado, la respuesta es que, ante el caos que reina en el resto del país, y sobre todo en Katmandú, no abandonaría este paradisíaco oasis ni que me pagasen por ello.

Al escuchar las noticias acerca del terremoto, ¿sufristeis lo que yo denomino como racismo emocional al sentir más pena por un paisano que no por cinco mil asiáticos? El chaval catalán que le mandó un mensaje a su madre diciéndole, “Mama, estic bé”, cuando regrese y los chicos del barrio empiecen a mofarse de él (“¡Mira, ahí va el niño de mamá! ¡Eh, tú, calzonazos, ¿ya te has tomado el Cola Cao?!”), se arrepentirá de ello el resto de la vida.

El amigo riojano me hizo pensar en que debería dar aviso a la embajada española de Delhi para que no estuviesen tratando de localizarme, y les mandé un correo que me agradecieron inmediatamente.

MONÓLOGOS TABERNARIOS. El Señor Tolstoi me habló de ello con un vaso de roxi en la mano después de hacer treinta de las trescientas flexiones abdominales que lleva a cabo diariamente (con sus ciento y pico kilos de peso…): “Los primeros países en legalizar el cristianismo fueron Gracia y Armenia, mientras que “Moscova” solamente lo hizo alrededor del año 800. Fue así cuando el rey peregrinó hasta Bizancio para comprobar personalmente las diferencias que se daban entre la iglesia Católica y la Ortodoxa, y al llegar se quedó ciego; entonces le presentaron a una princesa llamada Olga, quien le dijo, “Si abrazas la religión Ortodoxa recuperaras la vista”. Él así lo hizo, y al poder ver de nuevo se enamoró de la princesa, con la que se casó y fueron muy felices y comieron perdices”.

“Más, quiero más”, le supliqué, y él me contó: “Lenin acabó con “El Libro de la Familia Rusa” que antes se encontraba en todas las casas y orientaba acerca de cuanto se refiriese al hogar, incluso el sexo; recomendaba sobre todo colocar un cuchillo largo de cocina en el centro de la cama matrimonial para evitar interferencias mentales durante el sueño.

Lenin y Stalin fueron los responsables de que muriesen más de cien millones de rusos; cuando ellos llegaron al poder la población superaba los doscientos cincuenta millones, mientras que ahora solamente hay ciento cuarenta. A mi bisabuela la condenaron a tres años de cárcel por robar una patata”. “Dime el nombre de alguno de los autores cuyos libros están prohibidos en Rusia”, le pedí, y él respondió: “El más perseguido desde los tiempos de Gorbachov es Gregory Klimoy”.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Sartre opinaba que la literatura es un pacto de generosidad entre el autor y el lector, con cada uno confiando en el otro y pidiéndole tanto como a sí mismo.
  • ¿Acaso acumulan dinero creyendo que existe un mercado donde comprar felicidad?
  • En el Siglo XVIII se usaba la sangre de los criminales ajusticiados para curar la epilepsia.
  • El nombre griego para el árbol del cacao es Teobroma, que significa “Comida Divina”.
  • Lo mejor que hacía era disimular lo que hacía peor.
  • “The New York Times” dedicó un extenso artículo a la vergonzosa ley mordaza española, a la que calificó de franquista.
  • No quiero nada de ti, ni tan solo tu aprecio.
  • Jamás les daré maldad, sólo bondad o indiferencia, dependiendo de lo que ellos pidan inconscientemente.
  • Se lo dio todo, menos lo que ella quería.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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