La crónica cósmica. Todas mis gallinas se llaman…

ÉRASE UNA VEZ. Al principio de mis correrías por el mundo viajé bastante por el sur de Europa. Recorrí España de arriba abajo y de abajo arriba haciendo autostop. También fui a dedo hasta la entonces llamada Yugoslavia. Dejé alucinados a los guardas fronterizos al entrar en Grecia andando por las vías del tren. Este país me gustaba mucho y lo visité repetidamente, igual que Turquía, desde la que crucé a pie la frontera de Siria. Más tarde lo hice igual con las de Jordania, Israel y Egipto, al que fui en cuatro ocasiones.

Me pateé las calles de Alejandría y el Cairo. En esa capital me hospedaba en el pequeño dormitorio de la Pensión Suiza, que quedaba a cuatro pasos de la emblemática Plaza Tahrir, a la que me dirigiría de negra madrugada cuando la ciudad aún dormía para tomar un autobús hasta Giza, donde, aparte de ver amanecer paseando por la zona del desierto que había alrededor de las pirámides, permanecería el resto del día saboreando las genuinas energía del lugar, y también el té y el pan de pita relleno de falafel que tomaría en una aldea cercana. Recuerdo una vez en que, tras contemplar la puesta de sol sentado en una pirámide pequeña, al volverme vi aparecer en escena la luna llena. Añadidles a estas imágenes la llamada a la oración que recibía desde las mezquitas y una manada de camellos pasando a lo lejos.

Los árabes sí sabían como construir ciudades. Asuán era otra de mis predilectas en Egipto, y no solamente por su auténtico y colorido bazar, sino, muy especialmente, por las pequeñas islas que hay en aquella parte del Nilo en la que el río luce sus mejores galas. Una de ellas es la Isla Kitchener, nombre del Lord Horatio Kitchener al que se la regaló el gobierno británico como recompensa por sus servicios cuando fue gobernador de Sudán y ganó la guerra contra los derviches (1896-1898), quien la convirtió en un jardín botánico y actualmente es una preciosa atracción para los amantes de la naturaleza.

Las aguas del Nilo son de color café con leche (como las del Amazonas) hasta que llegan a la enorme presa de Asuán (en realidad son dos presas, pues los británicos ya construyeron antes una de menor tamaño), donde se van depositando los residuos que antes la enriquecían. Sucede sobre todo en el delta del río, cuando desemboca en el Mar Mediterráneo y, paulatinamente, va empobreciendo aquellas tierras que antes fueran tan fértiles como para alimentar al resto del país. A partir de la presa, y al pasar por la ciudad de Asuán y sus islas, el Nilo adquiere un precioso color verdoso y por él navegan las tradicionales barcas árabes dhow (dau) de vela latina, que es blanca y triangular. Me gustaba mucho cruzar el río con una de ellas hasta la orilla opuesta y adentrarme por la pequeña población Nubia de aspecto milenario, que nació precisamente cuando las aguas de la presa se convirtieron en el inmenso Lago Nasser e inundaron sus aldeas en el norte del Sudán obligando a sus gentes a emigrar, y seguir después por el desierto gozando de mi preciada soledad.

En una ocasión fui a un mercado de camellos que se celebraba a una docena de kilómetros de Asuán, y allí conocí a unos beduinos, jóvenes y alegres, que acababan de llegar de Sudán trayendo una manada de camellos. Cuando me contaron que habían estado cruzando el desierto durante más de dos meses, me quedé pasmado y les observé como si fuesen viajeros de uno tiempo lejano del pasado. Ayer me acordé de ellos mientras escribía la novela “Sin Asunto” y decidí salvar la vida de los dos guerrilleros que os mencioné un par de veces en las crónicas anteriores: para sacarlos del atolladero en que se habían metido una madrugada en que estaban rodeados por los hombres de Al Shabab al norte de Somalia, y cuando ya había muerto el resto de sus camaradas, ordené a las fuerzas de la naturaleza (¡qué agradable resulta ser amo y señor de lo que escribo!) que provocaran una tormenta de arena que les permitiera escaquearse y llegar a Yibuti, desde donde fueron en un barco pesquero hasta la costa de Sudán sin saber todavía (mañana se lo diré…) que pasarán los próximos dos meses montados en sendos camellos (pobrecitos, con lo incómodo que es montar en un camello) e irán a Asuán guiados por unos beduinos que trasladarán una manada de camellos hasta allí. Ahora solamente faltaría añadir el típico “continuará”, ¿verdad?

ASUNTOS CASEROS –

Tal como confesé en el último podcast de conmochila, si yo no fuese un sinvergüenza me avergonzaría de que este año pandémico, que ha resultado horroroso para millones de personas, haya sido para mí uno de los mejores de mi vida (que ya es ponerle el listón bien alto…). Fue así en la nepalesa Sauraha y ha continuado siéndolo aquí, en la casa de los amigos valencianos en Xàbia y en el País Valencià, a quienes, sintiéndolo mucho, continúo acompañando y sin tener ganas de partir. Aunque, de todos modos, y debido a las circunstancias creadas por la Covid-19, por el momento no tenga otra opción. Al leer una primera información acerca de la vacuna en la que se aseguraba, no sé por qué razón, que no se podría inyectar a las personas mayores de sesenta y cinco años, recordé el incidente que tuve hace un par de años en el aeropuerto de Nairobi cuando un funcionario se empeñó en que yo me vacunara contra la fiebre amarilla, hasta que un médico le informó que no era efectiva en personas mayores de sesenta años.

La semana anterior, creo que al reflexionar acerca de mi vida, decía que no sufro el menor atisbo de esa enfermedad emocional llamada ansiedad, y otra prueba de ello es que no echo en falta mi vida de papanatas nómada y no me importaría que hubiese terminado para siempre si me obligasen a permanecer “recluido” en un sitio como este (los amigos valencianos se tirarán del “monyo” (pelo) al leer esto), en el que, si deseo prepararme un zumo de naranja o necesito una raja de limón para el cubalibre, solamente tengo que salir afuera y recolectar esos cítricos de algunos de los naranjos y limoneros que hay en el jardín. También tenemos mandarinas y ya están brotando los nísperos, e igual lo hacen unas sabrosas acelgas silvestres.

Durante los paseos por el bosque me cruzo con veloces conejos y perdices, que se felicitan de que haya terminado la temporada de caza, y el otro día también vi un sigiloso zorro. En una segunda excursión al olivo milenario conocí a dos preciosas perras (mamá e hija) pastoras suizas que eran completamente blancas y tenían el mismo aspecto que los lobos polares que aparecían en la interesante película “Never Cry Wolf”.

La crónica cósmica. Todas mis gallinas se llaman...

La fauna de la casa ha aumentado con la llegada de dos indómitas gallinas, que saltan los cercados y por el momento no ponen huevos, a las que hemos dado el mismo nombre: Cayetana. “¿Has visto a las Cayetanas?”. ¡Cocorico! «Todas mis gallinas se llaman…»

CELTIBERIA.

Entre los años 2015 y 2018 Madrid fue la ciudad europea con la peor calidad del aire y más alto índice de mortalidad relacionada con NO2 (dióxido de nitrógeno). París se hallaba en cuarto lugar, Milán en el quinto, Barcelona en el sexto y, curiosamente, Mollet del Vallès, una pequeña población cercana a mi pueblo, era la séptima.

Unos diputados gallegos, vascos, catalanes y valencianos se quejaron en el parlamento de Madrid pidiendo que se les permitiese hablar sus propias lenguas. Uno de ellos, que era valenciano, dijo que estaba harto de que, al dirigirse en valenciano a los funcionarios y, sobre todo, a los policías, le replicasen siempre: “¡Hábleme en cristiano!”.

MIRA LO QUE PIENSO

Leyendo la interesante revista catalana SÀPIENS me enteré que durante los siglos XVI y XVII, debido a la sobrepoblación que había en Occitania y a la despoblación que la peste había dejado en Cataluña, muchos occitanos emigraron a mi tierra e incluso catalanizaron sus apellidos. Por ejemplo, cambiando Puech por Puig. Maldita sea, a ver si al final resultará que tengo un parentesco lejano con mi amigo occitano. ¿Qué opinas, Claude?

Durante mi vida he visto aumentar de forma acojonante la publicidad, la polución del aire, la del agua y el ruido, la violencia en las pantallas y en las calles, el terrorismo (si no recuerdo mal fueron los extremistas italianos de derechas quienes empezaron a detonar bombas en sitios públicos). También he visto aumentar las alergias, que actualmente sufre uno de cada cuatro niños (se calcula que en un cercano futuro serán la mitad de ellos). Yo creía que guardaba relación con las vacunas, pero un estudio reciente ha dictaminado que se debe a la polución, a las prolongadas épocas de polen y a la higiene desmesurada con la que perdemos poder de adaptación). He visto aumentar asimismo las guerras sucias en que, sobre todo los ejércitos norteamericanos y rusos, mataron a muchas mujeres y niños. También ha aumentado el número de países democráticos, que en realidad no lo son (y si no que se lo pregunten a Mafalda): hecha la ley, hecha la trampa.

Me precio de mi gran poder de adaptación y de la satisfacción que siento al adaptarme a las costumbres de las gentes con quienes convivo.

En el futuro, cuando la policía nos arreste, nos advertirá: “Todo lo que piense, sienta o desee podrá ser usado en su contra.

Según el “Journal of Alzheimer’s Disease”, el CBD (o sea el cannabidiol que contiene la maría) ha dado buenos resultados con ratones que sufren Alzheimer. “Che, póngame unos gramitos, por favor”.

¿A qué se deberá que la denominada mentira caritativa, generalmente se acompaña de un ataque traicionero?

¿Te has planteado alguna vez que hubiesen arrojado las bombas de Hiroshima y Nagasaki sobre París, Roma, Londres, Nueva York o Barcelona?

¿No es acaso una prueba de tu locura cuando culpas a los demás de tus desaguisados emocionales como los celos y la envidia?

¿Muestras tu generosidad usando la psicología y das a los demás lo que ellos desean, en vez de lo que tú quieres?

¿No te parece que la moda es lo más importante para la gente que no halla nada más importante en la vida, igual que lo es para muchas personas hablar acerca de los demás, porque no tienen nada importante que decir acerca de sí mismas?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.